Bk01002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20060305

Título: La verdadera victoria se da en el discernimiento

Original en audio: 14 min. 2 seg.


¿Cómo se hace para acabar con la maldad? Cuando uno está muy disgustado, realmente disgustado, iracundo, uno quiere acabar con todo. Ya decía Séneca, que la ira es como una locura breve.

Cuando uno está iracundo, uno quiere romper las cosas, quiere acabar con la gente. Y en un ataque de ira se puede cometer, por ejemplo, un asesinato.

A veces, uno quiere soluciones drásticas cuando suceden crímenes serios, crímenes gravísimos. En situaciones de conflicto, en situaciones de guerra, en muchas ocasiones, lo que uno empieza como a desear, es acabar con el enemigo, exterminarlo.

Lo más parecido que hemos tenido a eso en las últimas décadas, es la bomba atómica: "¡Una bomba sobre esa ciudad, o sobre ese pueblo, y que se acaben esas casas y se muera toda esa gente!"

La Biblia nos cuenta que esa solución ya fue intentada. El relato del diluvio es un poco esa lógica; es acabar con el mal de raíz.

De acuerdo con ese relato, Dios está tan profundamente decepcionado de lo que son los seres humanos, de la abundancia de la estupidez y de la crueldad de la raza humana, que quiere acabar con todo.

Y apenas se salvan unos pocos que son justos. Se salvan los buenos de esa época; es decir, Noé y su familia. El diluvio es la imagen de ese exterminio total: acabar con el enemigo o con los que se portan como enemigos.

Pero, la primera lectura de hoy nos muestra que Dios hace una promesa. Él no va a utilizar más ese método. No ama ese método. Incluso, hay una lectura muy bonita en el Profeta Ezequiel, en donde Dios dice: "Yo no quiero la muerte del pecador. Lo que quiero es que se convierta y que viva" Ezequiel 33,11.

Nuestro Dios no es un Dios que ame la muerte. Es un Dios que quiere la conversión, para que haya vida. Él es el Dios vivo, y Él quiere la vida.

Y lo que hace Dios, o lo que quiere hacer Dios, nos sirve también a nosotros de ejemplo. Porque, todos tenemos nuestras iras. Hay gente, hay circunstancias, hay países o clases sociales, que pueden despertar la ira.

O, de pronto, pueden ser los políticos, o los ladrones, o pueden ser aquellas personas que nos han hecho daño a nosotros. Si alguien ha perturbado la paz del hogar, si llega una persona a meterse en la vida de una pareja, a veces hay odio. ¡Y cuántos crímenes se producen en esa ira!

Sin embargo, lo que el Señor nos muestra en su Palabra, es que hay otras maneras de abordar el problema del mal, y hay otros modos de vencer. Precisamente, Jesucristo, en el evangelio, nos muestra que hay otras formas de vencer.

Nosotros somos invitados hoy a dejar de lado esa violencia, ese deseo de acabar con las otras personas, o incluso deseo de acabar con nosotros mismos. Porque, también a veces uno toma esa posición como de ira contra uno mismo. Y eso tampoco sirve.

Disgustarse contra uno mismo, tomarle rabia a una parte de la historia de uno, o a un aspecto de la personalidad de uno, o a algo que sucedió en la vida de uno, o a una decisión en la que uno se equivocó, llenarse de rabia contra uno mismo, es también como querer producir una especie de explosión atómica que en el peor de los casos, conduce al deseo de matarse, al suicidio, por decepción o por rabia contra uno mismo.

El camino no es ése. El camino no es tan drástico. El bien y el mal tampoco están distribuidos así, tan claramente. Es muy difícil encontrar a una persona de la que no se pueda aprender nada bueno.

Es mucho más sabio conservar la actitud de aprender de todas las personas, empezando por aquellas que uno no entiende, aquellas que obran como uno no quisiera, o que tienen valores distintos de los de uno.

Siempre se puede aprender de las otras personas. Y siempre surgen muchas cosas buenas, incluso de las partes más oscuras de la vida de uno.

Hace poco estaba leyendo cuánta gente ha tenido unas crisis violentas, unas crisis existenciales muy fuertes. Se sienten aburridos y no entienden nada.

Pero, a través de la aceptación de esa crisis y de manejar la cosa, no como una bomba atómica, sino como un proceso de sanación, de crecimiento, de aceptación, llegan a grandes victorias.

Una persona conocida de todos nosotros, la Madre Teresa de Calcuta, ella era religiosa de una cierta comunidad. Pero, comenzó a sentirse aburrida, empezó a sentir que su vida religiosa no la llenaba, comenzó a sentirse realmente mal.

Entró en una crisis y no le encontraba sabor a lo que estaba haciendo. Afortunadamente, no tomó la solución de la bomba atómica, no tomó una decisión apresurada o absurda.

Más bien, lo que hizo fue entrar como en un discernimiento, en una paz. ¡Oír! Hay que oír esa parte del corazón de uno, que uno no quiere escuchar. ¡Hay que oír! Lo que es: "¿Por qué soy así? Realmente, ¿por qué me siento así? ¿Contra qué estoy peleando yo en mi vida?"

La Madre Teresa de Calcuta, que en esa época no había empezado su obra, entró en ese proceso de reflexión, de interiorización. ¡Y fue maravilloso! Porque, ella se dio cuenta de que sí tenía una vocación, que Dios sí la estaba llamando, aunque tenía que dar un paso más.

Entonces, habló con la gente de su comunidad religiosa. Les dijo: "Voy descubriendo que mi camino es otro". Se retiró de esa comunidad y comenzó a hacer su obra de misericordia, su obra maravillosa de misericordia en Calcuta, como sabemos.

Por eso, la llamamos así. Ella no es nacida allá. No obstante, fue en ese lugar donde encontró como ese camino de servicio.

Luego, lo que quiero decir es que esas soluciones drásticas de romper con todo, de reventarlo todo, no sirven, ni para mejorar el mundo, ni para mejorar la vida de uno. Lo que sirve es ese proceso interior de oración, de discernimiento. Ahí es donde está la verdadera victoria.

Jesús, antes de salir a predicar maravillosamente como lo hizo, de hacer tantos milagros, estuvo primero todo ese tiempo que nos recuerda el evangelio de hoy, en el desierto.

Allá, en ese discernimiento profundo, alcanzó su verdadera victoria sobre el demonio y su verdadera victoria sobre el absurdo, la nada y la muerte.

Jesús, en el desierto, en esa interiorización, en esa profundización, y desde luego, en esa oración, tuvo ahí su gran victoria. Y nosotros, en la Cuaresma, estamos llamados a eso.

¡Dejemos de pensar tanto que haya una catástrofe que acabe con los malos, o con los mentirosos, o con los ladrones, o con los adúlteros, o con la gente que a uno le cae mal!

Dejemos de pensar en catástrofes de esa clase. Dejemos de rechazar tantas cosas de nuestra propia familia y de nuestra propia vida. Es mucho más sensato entrar en escucha, en verdadera reconciliación y en verdadero discernimiento con lo que cada uno de nosotros es.

Si usted siente adentro de su corazón, si se siente en conflicto o se siente insatisfecho, esa es una bendición. ¡Felices los insatisfechos! Porque, son los que mantienen a este mundo en movimiento. La gente que está adaptada, la gente que está contenta, la gente que no tiene problemas, es gente que no cambia las cosas.

Si usted tiene una insatisfacción grande, si usted siente que este mundo no anda como debiera, bendiga a Dios, por favor. Porque, eso significa que usted tiene fuerza adentro, una fuerza para mejorar lo que es este mundo.

La gente que está muy tranquila y muy satisfecha, es gente que usualmente le aporta muy poco a los demás. Apenas se limitan a conservar sus privilegios, conservar lo que se llama el statu quo, estar ahí como vegetando un poco. La Biblia llama a esas personas, "los que vivieron como si no hubieran vivido" Eclesiástico 44,9.

Es necesario estar insatisfechos. Si usted está insatisfecho, oiga lo que le dice su corazón. Allá en lo profundo del corazón, usted puede sentir: "Se necesita como más justicia". ¡Bendito sea Dios!

Pues, vamos a ver cómo de esa necesidad, cómo de ese llamado interior, usted saca, no una bomba atómica ni un atentado terrorista, sino un camino de servicio para mejorar nuestra sociedad, para mejorar el mundo.

De pronto, usted siente que se necesita más ternura. Entonces, ¡póngale ternura a la vida! Descubra cuáles son los caminos de la ternura.

En Colombia tenemos un doctor, cuyo nombre ahora no recuerdo; como que es Walter Riso. Hay varios doctores, psicólogos, que están obteniendo mucho dinero en Colombia, -y me imagino que en otras partes-, pero digo de ahí porque conozco. Esta gente se ha hecho rica, en parte, haciendo propaganda a cosas como la ternura, y escribiendo libros sobre eso.

Diciendo cosas que son obvias, pero que uno a veces no las reconoce, -que todos necesitamos afecto, necesitamos amistad-, hay varios médicos y doctores, conferencistas, que incluso están ganando mucho dinero porque tenían esa convicción en el corazón. Vieron que ese era un aporte que le podían dar a este mundo.

Si usted tiene insatisfacciones, usted se parece a Jesucristo. Jesucristo fue un desadaptado. Si a Jesucristo le hubiera parecido que el mundo estaba muy bien como estaba, no hubiera hecho nunca nada.

Jesús estaba desadaptado. A Jesús no le gustaba el mundo que encontraba. No le gustaba la hipocresía de los fariseos. No le gustaba la dureza con que se trata a los pecadores. No le gustaba la ignorancia y la soledad con la que vive y muere tanta gente.

Y de esa insatisfacción, hubiera podido salir un terrorista. Pero, de esa insatisfacción, salió Jesús como lo vemos en el evangelio de hoy.

¿A qué salió? A amar, a servir, a cambiar el mundo. Y de su amor seguimos viviendo todavía nosotros.

Conclusión: La insatisfacción es muy importante. Es muy importante sentirse incómodo, sentirse a disgusto. Mas, no hay que hacer de eso un pretexto para destruir, sino una oportunidad para interiorizar, para descubrir nuevos caminos, para dar nuestro propio aporte maravilloso y fecundo a esta vida y a este mundo.

La Cuaresma es una oportunidad muy bonita para descubrir esas fuerzas vivas que están adentro de nosotros. Aquí nadie puede repetir a nadie. Dios es lo suficientemente creativo para hacer a cada uno de nosotros diferente. ¡Diferente!

¡Somos diferentes! El Papa Juan Pablo Segundo enfatizaba tanto eso: "Somos únicos, somos irrepetibles".

Capta lo único que tú eres. Capta las riquezas únicas que tiene tu vida. ¡Cáptalas! En esas riquezas hay insatisfacciones, hay, además, sentimientos de que soy un desadaptado. Jesús era un desadaptado, también.

A partir de ahí, construye tu aporte para tu familia, para tus amigos, para esta sociedad. ¡Es maravilloso lo que puede salir de ello!

Deseo que en esta Cuaresma recibamos mucha luz, para que cuando celebremos también la Pascua, podamos decir: "¡He encontrado una vida nueva en mi camino!"