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Fecha: 19970216

Título: La Cuaresma, un vivir en el desierto.

Tiempo en audio: 8 min. 59 seg.


Las palabras solemnes del evangelio, abren el tiempo de Cuaresma en su dimensión cristológica más profunda. Nuestro propósito ha de ser vivir este tiempo con Jesucristo, irnos con Jesús al desierto, participar de la experiencia de Israel.

Unirnos a todos esos hombres y mujeres que a lo largo de la historia, dejando atrás algún Egipto, han buscado la pureza de una alianza, la fidelidad de una promesa.

Tiempo de Cuaresma, tiempo de desierto, de peregrinación y de encuentro profundo con Dios. Es el Espíritu Santo el que empuja a Nuestro Señor Jesucristo hacia el desierto. ¿Y qué le aguarda en ese desierto? La tentación, pero también la victoria sobre la tentación.

Las fieras, pero también los Ángeles que le sirven; voces extrañas, tenebrosas, pero también la voz del Padre, que allá en la soledad, en el despojo del desierto puede hacerse escuchar con más claridad.

La Cuaresma es entonces como un largo retiro espiritual que hace la Iglesia entera. Es la Iglesia en retiro espiritual con Jesucristo: su novio, su esposo. Es la Iglesia entera que quiere escuchar, como Jesús y con Jesús, esa palabra, ese designio que le conduzca hacia su verdadera misión.

Porque del desierto cuaresmal, la Iglesia saldrá fortalecida para decir también hoy que está cerca el Reino de Dios: "Convertíos y creed en el Evangelio" San Marcos 12,15.

Esa palabra tendrá fuerza si es una palabra que se ha hecho resonar en el desierto. No se trata de repetir simplemente voces, sino de hacer escuchar la voz de Dios, y la voz de Dios sòlo tiene poder al ser predicada cuando ha tenido poder al ser escuchada.

En verdad, todo el poder de la Palabra de Dios empieza cuando esa Palabra se apodera de nosotros. Si la Palabra no ha tenido poder en nuestras vidas tampoco lo tendrá en nuestra voz.

Vamos, entonces, al desierto cuaresmal para que la Palabra se apodere de nosotros; vamos para que el Evangelio avance su paso victorioso en nuestras vidas.

Vamos a la Cuaresma para experimentar la fuerza y la gracia de ese Espíritu, para comprender y asimilar, para asumir la gracia y el poder de la unción que hemos recibido en nuestro bautismo, a imagen de Nuestro Señor Jesucristo, autor y consumador de la fe.

Como dice la Carta de Pedro: "Cristo murió por los pecados una vez para siempre, el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios" 1 Pedro 3,18. En este año, en este ciclo B, esta frase tomada de la segunda lectura de la palabra de hoy, ilustra cuál ha de ser el norte de nuestra Cuaresma.

Se nos ha dicho muchas veces: es preparación para la Semana Mayor, para el misterio pascual, esto quiere decir, que ya desde nuestra entrada a este desierto hemos de contemplar esa suprema sequedad, ese absoluto desierto que es la Cruz.

La vida de Cristo, mejor, el ministerio público de Nuestro Señor tiene su inicio en este desierto y tiene su culminación en el desierto de la Cruz.

En este desierto, es tentado por Satanás, y en el desierto de la Cruz, el mismo Satanás, en voz de aquellos sumos sacerdotes y aquellos fariseos, le seguirá gritando, le seguirá tentando: "Bájate de ahí, deja tu misión, tuerce el camino, no hagas caso a Dios".

Al principio de la Cuaresma, en ese desierto, fieras lo rodean. Al final de la Cuaresma, en esa Semana Santa, la fiereza de los azotes, de los insultos, de los soldados y los sumos sacerdotes hará el papel de esas alimañas. Al principio de la Cuaresma, en este desierto, los Ángeles sirven a Cristo, lo acompañan, lo consuelan y están a sus órdenes.

También al final del desierto cuaresmal, en ese último y decisivo desierto de la Cruz, los Àngeles de Dios rodean el misterio del Verbo encarnado, adoran ese amor sublime y están al pie de la Cruz, a las órdenes de Jesucristo para ser enviados, como dice la Carta de Pedro, en ministerio de salvación en favor de todos nosotros.

La carta de Pedro, cuando afirma "Cristo murió por los pecados una vez para siempre" 1 Pedro 3,18, nos está mostrando desde el principio hacia dónde nos dirigimos. Nosotros no buscamos experiencias espirituales extrañas, estados mentales nunca vividos, sensaciones o emociones nuevas en el corazón.

Lo que queremos conscientemente es participar del misterio de Cristo, que Èl nos regale algo de su manera de vivir el desierto, algo de su profunda comprensión de que las idolatrías de este mundo han de ser dejadas, rechazadas, superadas, vencidas.

Queremos que el desierto de la Cuaresma, y sobre todo el desierto de la Cruz purifique nuestros corazones, los limpie con la unción del Espíritu y nos prepare para contemplar la gracia bendita de la Pascua. Continuemos, pues, este camino recién iniciado, continuemos esta Cuaresma.

Para muchos santos, una Cuaresma fue el momento decisivo de sus vidas, fue como la rampa o el trampolín que los lanzó verdaderamente a una vida en Cristo y esto lo necesitamos todos, religiosos y seglares, laicos y sacerdotes, todos necesitamos como esa pista de lanzamiento, de esa rampa que nos permita, por fin, despegar en nuestra vida espiritual.

Se predica, se cuenta de algunas iglesias del sur de Francia que nuestro Padre Santo Domingo estuvo allí en la predicación de la Cuaresma y fue abundante el fruto.

Pues que nuestro Padre Domingo nos invite a vivir esta Cuaresma en la presencia y en el alimento de Jesucristo, para también nosotros emprender o renovar nuestra carrera, para ser lanzados por la gracia del Espíritu hacia la luz última, hacia la bendición decisiva de la gracia pascual.