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Fecha: 19970913

Título: La obra del Espiritu Santo en nosotros

Original en audio: 28 min. 21 seg.


Con la ayuda y la unción de Dios Nuestro Señor deseamos ofrecer una breve meditación en torno a la vida espiritual, es decir la vida en su profundidad. La vida espiritual no es una parte de la vida sino la profundidad de la vida. La vida espiritual no es un momento o una serie de momentos dentro de la vida sino aquella orientación fundamental, aquel motor esencialísimo, aquella fuerza por la cual y desde la cual nosotros obramos.

La vida espiritual no consiste en una serie de prácticas que nosotros realizamos, sino más bien es la vida del Espíritu, del Espíritu Santo en nosotros. Por la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo, por su Muerte y su Resurrección, el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones, nos dice el apóstol San Pablo. Y este amor de Dios no llega muerto a nosotros, llega vivo.

Así como la eucaristía es un pan que llega vivo y llega a realizar su propia vida en nosotros, así es el amor de Dios que, es el Espíritu Santo, no llega muerto a nosotros, llega vivo y llega a realizar su vida.

Por eso la vida espiritual no es simplemente una cualidad de mi vida. No es solamente un embellecimiento de mi vida, sino es una participación de una vida que me supera, que me trasciende infinitamente. Una vida que gratuita, graciosa y amorosamente se entrega a mí para unirme a la victoria del resucitado en toda la creación.

El amor de Dios llega vivo a nuestros corazones y el amor es infinitamente activo. Hay actos que son propios de su amor, por eso, así como nosotros no consideraríamos viva a una persona que no tiene lo que llamamos los signos vitales. Si no da signos de vida no decimos que está vivo.

Así también una vida que no da signos de amor no es vida espiritual. La vida espiritual, que es la vida del Espíritu Santo en nosotros, tiene sus signos vitales propios. Cuando nosotros nos acercamos a un enfermo y queremos valorar su estado miramos sus signos vitales. Por ejemplo, la temperatura, el pulso, la respiración, la pupila.

Pues así también hay signos de la vida del espíritu en nuestras vidas. El Espíritu Santo que llega vivo a nosotros realiza su propia vida en nosotros. Y ¿cuáles son los signos de esa vida? O por preguntarlo de otra manera ¿qué hace el Espíritu Santo cuando llega a una vida humana? Porque hay que tener presente que el Espíritu Santo es la vida misma de Dios. No podemos tener una respuesta completa a la pregunta ¿qué hace el Espíritu Santo en Dios mismo? Este misterio nos va a asombrar y a deleitar en toda la eternidad pero no lo logramos abarcar.


El Espíritu Santo ha sido comunicado también a los santos ángeles y en ellos hace su propia obra. Esto sería muy hermoso para meditarlo: la obra del Espíritu en los santos ángeles.

Pero el Espíritu Santo llega a una vida humana, como la tuya y como la mía, ¿qué hace ahí? Qué hace, eso se llama vida espiritual y ¿en dónde podemos ver esa vida espiritual realizada? Tendríamos que pensar en una existencia humana tomada, poseída por el espíritu Santo.

Para responder a nuestra pregunta tenemos que mirar a una vida humana tomada, ungida, empapada por el Espíritu Santo. ¿Existe esa vida? Sí existe, esa es la vida del Verbo Encarnado, esa es la vida de Jesús.

¿Qué hace el Espíritu Santo cuando se posesiona completamente de una vida, cuando asume por completo una vida? ¿Qué hace?: el evangelio.

Veamos el Evangelio, eso es lo que hace el Espíritu Santo. ¿Quién es Jesucristo? Es, una vida humana, una existencia humana asumida en toda su plenitud, en todas sus dimensiones y en todas sus consecuencias por el Espíritu Santo. Esto es lo que hace el Espíritu. Fíjate en lo que hemos dicho: asumida en toda su plenitud, en todas sus dimensiones y en todas sus consecuencias.

Dice por ejemplo el evangelio de San Juan que Cristo recibe el espíritu sin medida. Esto es lo que significa en toda su plenitud. Por otra parte a este Jesús la Biblia le llama Cristo que quiere decir Ungido. La palabra Cristo en castellano viene de χριστός, Christós en griego, que quiere decir ungido. Él está ungido, untado, untado del Espíritu Santo en todas sus dimensiones y por consiguiente va la obra del espíritu en todas sus consecuencias según nos describe aquella preciosa palabra del apóstol San Pedro cuando está en la casa del pagano Cornelio, dice allá que Cristo pasó haciendo el bien en todas sus consecuencias.

Bueno, ¿qué tenemos hasta aquí? Tenemos, podríamos decir, una afirmación básica: que la vida del espíritu no es algo dentro de nuestra vida sino que es nuestra misma vida en profundidad. Y hemos dicho que esta vida en profundidad es la misma vida del Espíritu Santo cuando se comunica en nosotros. Y hemos dicho también que esa vida del Espíritu Santo comunicada en toda su plenitud y en todas sus dimensiones y en todas sus consecuencias la vemos realizada en el Señor Jesucristo.Este es pues como un primer grupo de pensamientos, como una primera parte dentro de nuestra exposición.

Pasemos a una segunda parte. Hemos dicho que el Espíritu Santo obra en todas las dimensiones de nuestra vida. Desde San Agustín se acostumbra a hablar de las dimensiones de la vida en términos de las potencias del alma. San Agustín hablaba de tres potencias en el alma: la voluntad, el entendimiento y la memoria.

El Espíritu Santo cuando llega a nosotros obra en nuestra voluntad, en nuestro entendimiento y en nuestra memoria y realizando sus propios actos vitales en cada una de estas potencias engendra en nosotros esto que llamamos vida espiritual.

Entonces, vamos a contar un poco, de qué es lo que obra el Espíritu Santo en nuestras potencias, porque hay que tener en cuenta que el espíritu de amor, que es el Espíritu Santo, el espíritu de amor, no llega a anular a la criatura, no llega a suplantar a la criatura. No viene a nosotros para aplastarnos, para quitarnos, porque eso sería una contradicción en Dios.

Si nosotros somos criaturas de Dios y el Espíritu Santo llega a quitar nuestro ser de criaturas, entonces decididamente cabría una contradicción entre el Dios creador y el Dios santificador.

Dios es el creador, el redentor y el santificador. Por apropiación en las personas divinas solemos decir, solemos atribuir la obra de la creación principalmente a Dios Padre, la obra de la redención principalmente a Dios Hijo y la obra de la santificación especialmente a Dios Espíritu.

Aunque en la creación obra el Padre, por el Hijo, en el Espíritu. Y en la redención obra el Padre, por el Hijo en el Espíritu y en la santificación obra el Padre, por el Hijo en el Espíritu. Toda la Trinidad desde luego, pero por apropiación solemos decir que Dios Padre es el creador. Dios Hijo, el verbo encarnado Jesucristo el redentor y Dios Espíritu es el santificador.

Pues bien, si el Espíritu Santo llegara a mi vida para quitarme a mí y ponerse él, entonces habría como una contradicción entre el santificador y el creador porque yo soy una creatura de Dios. Pero el Espíritu Santo no llega a nuestras vidas para anular lo que nosotros somos, no llega para destruir la creatura que nosotros somos, sino llega al contrario para “hacerla ser”.

Esto es muy bello, así como el rocío, así como la lluvia llega a la matica para “hacerla ser”. La lluvia es distinta de la mata, la mata no está hecha de agua, ni la lluvia es un poco de mata saliendo. La lluvia es distinta a la mata, pero la lluvia llega a la mata y la hace ser. La hace ser lo que ella es.

Esta es una diferencia esencial entre la manera de entender la espiritualidad nosotros los cristianos y la manera de entender la espiritualidad en otras confesiones, o en otras religiones, digamos mejor.

Para otras religiones la unión con Dios es como la aniquilación de la criatura. Por ejemplo para el budismo unirse a Dios es como disolverse en la luz. En este caso la persona, como tal, desaparece, queda aniquilada, queda disuelta. El proceso de la ascensión hacia la luz es un proceso al mismo tiempo de disolución de la persona.

Para nosotros los cristianos ¡esto no puede ser! El Espíritu Santo no llega para que yo me disuelva en nada. El Espíritu Santo llega a mi vida para que yo sea más yo mismo; mientras que el pecado llega a mi vida para impedir que yo sea lo que soy, lo que estoy llamado a ser.

El pecado es un estorbo dentro de mi propio ser mientras que el don del Espíritu Santo es la posibilidad gratuita que Dios me da de alcanzar mi más completo ser y por encima de mi propio ser una participación en la naturaleza del mismo Dios.

De manera que cuando hablamos de los actos, o de los signos vitales, o de la obra del Espíritu Santo en nuestra vida no estamos hablando de que nuestro ser sea eliminado, de que nuestro ser sea destruido.

Por ejemplo, el Espíritu Santo es amor del tamaño y al estilo de Dios, pero cuando llega el Espíritu Santo a mi vida eso no anula mis amores, no anula mi capacidad de amar. Todo lo contrario: la eleva. Y todo aquello que era recto y bueno en mi manera de amar, permanece, permanece incluso embellecido, levantado.

En este sentido podemos comprender, por ejemplo, algunas de las oraciones de Santa Catalina de Siena. Ella ruega a Dios con un grado de contemplación, con un grado de unión con el Señor, simplemente pasmoso. En medio de un éxtasis, en medio de una altísima contemplación Catalina habla a Dios y también el Señor le habla.

Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia. Pues bien, en medio de esa contemplación altísima, en oraciones que le fueron escuchadas, ella ruega, por ejemplo, con estas palabras: “y te pido también Señor por aquellos que me has concedido amar con especial predilección”, palabras con las que se refería, según parece, algunas veces a su familia, otras veces a sus discípulos, otras veces a pobres o enfermos que llevaba especialmente en su corazón.

Esos eran afectos de su alma. Esas eran ternuras de su corazón y el Espíritu Santo no llegó a pisotear eso. El Espíritu Santo no entró a la vida de ella para pisotear y destruir eso y dejarla como en una especie de amor neutro y general. Una especie de amor indiferente o democrático, no. El Espíritu Santo llegó a la vida de ella para tomar estos amores, para purificar estos amores, para levantar estos amores y al mismo tiempo para comunicar otro amor.

El Espíritu de Dios, pues, no llega a nuestras potencias, no llega a lo que nosotros somos para destruir lo que nosotros somos, sino al contrario para darle su verdadero rostro, su verdadero lustre, su verdadera belleza, su verdadero alcance.

Me parece que hay un ejemplo muy hermoso de esta acción del espíritu en el sacramento del matrimonio. Nosotros aprendimos por catecismo que los sacramentos comunican la gracia divina. Si el matrimonio es un sacramento, el matrimonio comunica la gracia y sabemos también que la comunicación de la gracia no es independiente de la comunicación del espíritu, sino que en cierto modo es exactamente lo mismo.

Decir que los sacramentos comunican la gracia es decir también que vierten el Espíritu Santo en nosotros, que aumentan la efusión del Espíritu en nosotros porque la gracia de Dios, según decía aquel teólogo Karl Rahner, en el fondo es la autocomunicación de Dios que se da por el Espíritu Santo, de manera que si los sacramentos comunican la gracia, si el matrimonio comunica la gracia, quiere decir que el matrimonio comunica el Espíritu Santo.

Y aquí viene nuestro ejemplo: Se trata de una pareja, ellos se aman, ¿a qué llega el Espíritu Santo? ¿A que a ella no la quiera él? ¡Eso sería absurdo! Llega a que ahora lo pueda querer de una manera más profunda, más fiel y sobre todo con un objetivo, con una mira que va más allá de la vida en esta tierra.

Este es un ejemplo que debemos conservar en nuestra memoria sobre como obra el Espíritu Santo. No llega a aplastar lo que yo soy sino llega a darle su verdadero rumbo, su verdadera orientación.

Otro ejemplo: es propio del ser humano sentir ternura o sentir compasión ante ciertas circunstancias. La mayoría de los seres humanos en un estado síquico normal sentimos ternura por los niños, por ejemplo. Causan en nosotros ternura y compasión, por ejemplo, los enfermos.

A la gran mayoría de nosotros se nos suscitan esos sentimientos. Esos sentimientos tienen su origen, en principio, en nuestra propia naturaleza. Un ateo puede sentir ternura también por los niños y un ateo puede sentir compasión también por los enfermos.

El Espíritu Santo llega a mi vida, no para aplastar esa ternura, pero tampoco llega para que esa ternura se quede de este tamaño, porque la ternura dentro de sus propios límites, es cobarde y es egoísta. Si por solo ternura voy a atender yo a las personas, habrá niños, por ejemplo, que me caen muy bien y habrá niños que me caen muy mal y entonces no voy a tratar a los que me caen mal.

Habrá enfermos que me parecen queridísimos y despiertan en mi nobles sentimientos y habrá otros que ponen a prueba mi paciencia y a esos no voy a querer atenderlos.

Si yo me quedara con la sola ternura en el aspecto puramente humano y limitado yo empezaría a seleccionar y ya no sería el amor de Dios obrando en mí, sino sería mi puro sentimiento humano.

Cuando llega el Espíritu Santo no va eliminarme la ternura, pero sí, va a levantarla. Va a levantar la compasión natural que hay en mí, de manera que no se limite a un sentimiento de mi carne, a un sentimiento de mi filantropía sino que llegue a ser verdaderamente caridad de Dios, obra de Dios en esa historia.

Con estas aclaraciones miremos brevemente que puede hacer el espíritu en cada una de las potencias. ¿Qué hace el Espíritu Santo, por ejemplo, obrando en mi entendimiento? pues, da luz al entendimiento. ¿Qué quiere decir esto? Que me da muchos conocimientos en lugar de lo que sucede, es lo que llamamos ciencia infusa.

Santos tiene la iglesia que tuvieron este don. Llegar a tener conocimientos, contenidos. Sí, el Espíritu Santo puede darme contenidos. El Espíritu Santo, dice el Credo que habló por los profetas y a ellos les dio contenidos, les dijo qué decir.

Pero lo más frecuente en la acción del Espíritu Santo con el entendimiento no es que diga qué decir, sino que da, por así decirlo, el sentido de la verdad, el gusto por la verdad y la facilidad para recorrer los caminos de la verdad, para encontrar la verdad.

Da el estilo, da el sentido de la verdad y da la facilidad para encontrar los caminos hacia la verdad. En primer lugar, desde luego, hacia la verdad que es Jesucristo, es decir, da un sentido profundo sobre quién es Él, sobre dónde está Él, sobre cómo es Él. Es lo que dice el mismo Señor: cuando venga el Espíritu os enseñará todo, os recordará lo que yo estoy diciendo. Les enseñará todo.

¿Qué hace el Espíritu Santo en nuestra voluntad? Algunas veces, -así como hemos dicho del entendimiento-, algunas veces da actos explícitos, concretos. Por ejemplo cuando arranca una persona de un vicio. Algunas veces en oraciones en grupos, -yo he visto eso-, y a mi también me ha sucedido. Personas que son sanadas de un resentimiento por una oración así. Diría uno por un acto instantáneo, maravilloso. El Espíritu puede obrar así, diríamos ahí casi como que remplazando a la voluntad de la persona.

El Espíritu Santo puede llegar a eso, a llevar mi voluntad a un acto que está más allá de lo que ella ha alcanzado, pero usualmente la acción del Espíritu más bien está dirigida al estilo, al modo de amar. Es decir, le da un rasgo particular a mi personalidad para que reconozca las huellas del amor de Dios en la propia vida, para que reconozca el paso del amor en la historia de los hombres y para que sepa también acoger las inspiraciones de ese mismo amor en cada instante.

Por esto mismo el Espíritu le da perseverancia a los buenos propósitos y le da profundidad a nuestra manera de amar y le da un alcance más allá de nuestra simple ternura, como decíamos hace un momento.

El Espíritu Santo obra también en nuestra memoria. La memoria como la entendía San Agustín y Santa Catalina de Siena no es simplemente un archivo, una bodega. La memoria es la manera como yo miro mi propia historia y por consiguiente la manera como me miro yo mismo.

Dentro de aquello que San Agustín llamaba memoria está también eso que nosotros llamaríamos como el concepto de nosotros mismos.

¿Qué hace el Espíritu Santo en nuestra memoria? Nos permite mirar nuestra historia como una historia de Dios. Nos permite apreciar la providencia de Dios. Nos permite abrirnos al poder de Dios y esto no solo para nosotros como personas individualmente consideradas, sino por ejemplo para nuestra familia de origen, para nuestra comunidad religiosa, para nuestra comunidad parroquial. Nos da el sentido del obrar divino dentro de nuestra propia historia.

Es maravillosa la vida del Espíritu Santo. A medida que el Espíritu de Dios va obrando en nuestros corazones nosotros vamos teniendo una capacidad de percibir la verdad de Dios, de descubrir su amor y de contemplar su poder en nosotros y por eso mientras vamos así sostenidos por el Espíritu en realidad somos invencibles.

En realidad nada ni nadie puede contra nosotros porque ese espíritu puede rescatar de la muerte y por consiguiente puede rescatar también de todo aquello que amenaza la vida, empezando por aquello que amenaza la vida del Espíritu.

El Espíritu mantiene el recuerdo, el rostro de Cristo, el palpitar de su corazón, el estilo de sus palabras, la misión de sus manos. Conserva y acrecienta la victoria de Cristo en toda la iglesia y en cada uno de nosotros guiándonos mientras vamos por esta tierra hacia la plenitud, hacia la gloria de los cielos.