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Fecha: 20060618

Título: Necesitamos la santidad del Cuerpo de Cristo

Original en audio: 15 min. 51 seg.


Hermanos Míos:

¿Cómo podemos expresar en un lenguaje que sea cercano y comprensible, el contenido maravilloso de esta fiesta? Ésta es la que se llamaba tradicionalmente, "Corpus Christi", expresión que significa el Cuerpo de Cristo.

Hubo un cambio en el calendario litúrgico de la Iglesia, y ahora celebramos, no solamente la fiesta del Cuerpo de Cristo, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo, cosa que parece muy sensata.

Porque, en el calendario anterior había una gran fiesta para el Cuerpo de Cristo, y había una fiesta menor, casi desconocida para mucha gente, con el fin de celebrar el misterio de la Sangre de Cristo.

¿Cómo podemos traducir todo esto, de manera que nuestro corazón quede iluminado y convencido de lo que Dios nos quiere ofrecer? A mí se me ocurre, que podemos hablar del amor.

Esta es una gran fiesta del amor. Es la fiesta que nos enseña, que el amor es serio y el amor es real. Si queremos decirlo de otra manera, que Dios nos ama seriamente, y que Dios realmente nos ama.

El cuerpo y la sangre en nosotros, los seres humanos, son la expresión misma de la presencia. Por eso, cuando queremos expresar nuestra cercanía, nuestro amor, tratamos de abrazar, de dar una mano.

La persona que está muriendo, a veces busca ese consuelo, sentir una mano que sujeta su mano. Cuando estamos tristes, buscamos un abrazo que nos envuelva. Cuando estamos felices, pues, también lo expresamos con alegría, con besos, con palmas.

Nuestro cuerpo es nuestro mismo lenguaje y somos inseparables de él. Por tanto, porque el amor es real, Cristo también a través de su Cuerpo expresó de muchas maneras el amor.

Recordemos un par de pasajes bíblicos, que dejan ver esto. Ustedes saben que en el tiempo del Evangelio, los leprosos eran excluidos. No había manera de acercarse. El leproso tenía que vivir fuera de la ciudad. No podía tocar a nadie y nadie podía tocarlo a él.

Se pensaba en aquella época, que la lepra era directamente contagiosa por tocar a la persona enferma. De ahí que la ropa del leproso, las ollas o platos que usara el leproso, todo lo del leproso tenía que estar distante del resto de la gente.

Un leproso se acerca a Jesús y le dice: "Si tú quieres, puedes sanarme" San Marcos 1,40. Y lo maravilloso es que Jesús, no solamente lo sana, sino que lo sana tocándolo. A mí eso me parece un gesto extraordinario de ternura.

Este hombre estaba aislado. Tratemos de pensar lo que eso significa: estar aislado de todo contacto con otros seres humanos.

"Jesús extiende su mano y toca al leproso" San Marcos 1,41. ¡Es maravilloso esto! Porque, la mano de Jesús, no solamente le trae la salud física, sino de algún modo le devuelve la dignidad de persona.

Es como si le dijera: "Yo te restituyo tu derecho, tu condición de ser una persona normal, de estar con los demás". ¡Es muy hermoso ese momento!

Y a la vez recordamos un acontecimiento, cuando Jesús fue invitado a una cena. Era en casa de uno de los principales fariseos. Estaban otros, ahí, sentados también a la mesa. De repente, entra una mujer que era una pecadora pública.

Por una confusión de nombres, algunos dicen que se trataba de María Magdalena, lo que no consta de ningún modo en el texto. Pero, esta mujer, pecadora pública, una prostituta, podríamos decir, se acerca, abraza a Jesús, llora sobre los pies de Jesús y los besa.

¡Una expresión muy extraña de afecto! Mas, una expresión que no deja duda de la cercanía y al mismo tiempo, del amor y del dolor que tiene esa mujer por dentro.

Lo maravilloso es que Jesús no rechaza ser tocado por ella. Si ustedes han visto en la televisión, todavía en esta época, programas o noticias que vengan del Oriente Medio, de toda esa región, sean judíos o musulmanes, ustedes notarán, que a menos que sea gente que ha perdido como completamente la práctica religiosa, ellos nunca se tocan en público.

Ustedes vean, por ejemplo, las manifestaciones que hacen los árabes, o a veces los judíos fervorosos, y ustedes notarán que en esas manifestaciones van sólo hombres; nunca hay mujeres ahí revueltas.

Ellos son extremistas en eso de no tocar al sexo opuesto en público. Como consecuencia, todas esas reglamentaciones, el velo de las mujeres y esos ropajes que también encontramos a veces aquí en Dublin.

Entonces, es una distancia radical entre hombre y mujer. Jesús, que tenía que conocer esa situación, deja que esta mujer le acaricie los pies, se los bese y llore sobre su Cuerpo, lo que fue un terrible escándalo para la gente que estaba en el lugar.

Empezaron a decir: "Si Éste fuera un Profeta, tendría que haberse dado cuenta qué clase de mujer lo está tocando" San Lucas 7,39. Jesús fue lo suficientemente Profeta, para saber lo que ellos pensaban, y entonces les hizo una hermosa catequesis, una hermosa enseñanza.

Le dijo al dueño de la casa: "Cuando yo entré a tu casa, tú no me diste ni siquiera para lavarme mis pies" San Lucas 7,44, una expresión muy común de hospitalidad en aquella región. Porque, obviamente, siendo todo tierra, pues, la gente llega con los pies hinchados y sucios. Luego, es común en una casa ofrecer éso: lavar los pies.

"Tú no me diste siquiera éso, y esta mujer, mira lo que hace" San Lucas 7,44. La conclusión que saca Jesús, es: "Al que mucho se le perdona, mucho ama. Y al que poco se le perdona, poco ama" San Lucas 7,47.

El Cuerpo de Jesús es la expresión tangible, -tangible quiere decir éso, que se puede tocar-, es la expresión realísima del amor de Dios. Cuando uno piensa que Jesús está verdaderamente presente en la Eucaristía, es una realidad como escalofriante, que Jesús quiera venir a mi vida, que quiera tocar todo mi ser.

Si ustedes analizan, comulgar es como el más íntimo de los besos. Es un beso íntimo que Jesús le da a mi vida, a mi corazón. Y por supuesto, yo no lo merezco. Creo que, tal vez, nadie lo merece. ¡Es el beso más puro que uno pueda imaginar!

Jesús está tocando mi vida, está tocando mi cuerpo, así como tocó al leproso, o así como perdonó los pecados de la mujer aquella que lloraba.

Jesús nos ama realmente, y Dios nos ha mostrado la realidad, la verdad, la autenticidad de su amor, a través del Cuerpo Santísimo de Cristo. ¡Nosotros necesitamos esa santidad del Cuerpo de Cristo!

La necesitamos mucho. Porque, todos, creo que todos tenemos hambre de amor. Y si tenemos hambre de amor, tenemos hambre de abrazo, hambre de caricia, hambre de beso, quizás.

Si nosotros no recibimos éso, sanamente y santamente, entonces el corazón se empieza a desequilibrar, se empieza a desfasar. Los corazones que no pueden recibir, o que no pueden dar amor, amor real, empiezan a desequilibrarse.

Algunas veces producen neurosis, producen amargura, producen odio, producen resentimiento. Otras veces producen juicios implacables hacia otras personas.

Así como una planta sin agua no puede ser bella y termina muriendo, así también el corazón humano, sin un amor real, creíble, verdadero, languidece, se arruga, se marchita y muere.

Sin embargo, no cualquier amor sirve. Hay gente que viene con mucho abrazo y mucho beso, pero son besos traidores como el de Judas. Son besos que en el fondo están usándonos.

Y en esta escasez tan grande de afecto que tiene nuestro mundo moderno, es muy fácil que a uno le vendan una cosa por la otra. Es muy fácil, especialmente cuando somos jóvenes e inexpertos, que caigamos en la tentación de lanzarnos en una aventura afectiva, corporal y sexual, que después sólo deja un vacío terrible. Porque, la única conclusión es: "¡Usaron mi cuerpo!"

Fíjate que ahí se demuestra la unidad maravillosa que es el ser humano. Uno no puede sentir que usaron el cuerpo de uno, sin sentir que lo usaron a uno. Y si hay algo que degrada al ser humano, que lo deprime, que lo colma de rabia, es: "¡Me usaron!"

Porque, efectivamente, la gran diferencia que hay entre las cosas y las personas, -eso lo ha dicho mucha gente, pero entre otros, Kant, el filósofo-, es que la persona nunca debería ser una herramienta, un medio, un escalón. A las personas siempre hay que tratarlas como fines y no como medios. Es decir, nunca usar a nadie.

Pero, como estamos hambrientos de afecto, siempre existe esa posibilidad de que nos usen, o de que nosotros usemos a otras personas.

Nos metemos en unas experiencias extrañas y turbias, unas experiencias rarísimas que tienen que ver con el cuerpo. El resultado de eso es vacío; el resultado de eso es depresión; el resultado de eso es ira.

Jesús, el Jesús Santísimo que nos dio tanto amor a través de su Cuerpo, nos enseñó, que, "por los frutos se conoce al árbol" San Lucas 6,44. Y los frutos que se cosechan de esos amores rápidos, esos amores de una noche, esos noviazgos de un verano: "¡Voy a tener un novio durante este verano!" "¡Voy a conseguirme una novia para este verano!", ...

¡Tu vida es más larga que el verano! Entonces, terminando el verano, lo único que podrán decir ustedes, es: "Ella me usó y yo la usé. Y seguimos igual o peor de sedientos".

El corazón humano necesita otra clase de amor. Y por eso, creo que este sacramento de la Eucaristía es tan saludable para nosotros. Necesitamos el toque de Cristo, necesitamos el beso de Cristo, necesitamos la mirada purísima de Cristo.

A medida que nos acostumbramos, -aunque siempre será difícil para todos, solteros, casados, separados, viudos; para todo el mundo es difícil la afectividad-, ... ¡Es un terreno difícil para todos!

No obstante, aunque a todos nos cueste trabajo, si nos acostumbramos a la mirada serena, luminosa, pura, vivificante de Jesús, pues, eso nos va restableciendo, nos va dando dignidad, y va impidiendo que nos dejemos usar por otras personas, y sobre todo, que nosotros usemos a los demás.

Jesús, en cada Eucaristía, Jesús, en su divina presencia eucarística, nos está repitiendo, nos está gritando; desde la Hostia consagrada, Jesús nos está gritando: "¡Esto es amor! ¡Esto es mi Cuerpo!" Esas palabras las dice el sacerdote, o las dice Cristo a través del sacerdote en la Eucaristía.

Y si ese es el Cuerpo de Cristo, ese es el instrumento santísimo del amor de Dios entre nosotros. Esa es la humanidad santísima del Verbo de Dios, que así nos trae alimento, que así nos trae paz, que así nos trae la sanación, nos trae la luz y la guía que necesitábamos.

Por eso, hermanos, que en esta fiesta nos enamoremos de la Eucaristía, de recibir el toque de Jesús. Nos ha tocado demasiada gente, y no toda gente que nos tocó, nos tocó con verdadero amor. Era amor de mentiritas y era beso de Judas.

Para que nos sanen, para que nuestros corazones se sanen de esas caricias que no eran, necesitamos recibir las caricias que sí son, las caricias del amor de Jesús. Con esa obra de ese amor, nosotros vamos siendo reconstruidos y vamos aprendiendo también a amar a los demás.

Jesús nos dice: "¡Esto es amor! ¡Esto es amar!" Cuando queramos encontrar paz, y cuando queramos reconstruir nuestro corazón que a veces se desgasta, se deprime, o se fragmenta, pues, acudir a Jesús, acudir a Él.

En este país, una de las bendiciones que hay, que no las hay en todos los países, es que las iglesias suelen estar abiertas, -lamentablemente, muy vacías-, pero abiertas. ¡Eso ya no está en todas partes!

Estoy seguro de que cerca de tu casa, cerca de tu trabajo hay una iglesia. En esa iglesia está Jesús, y Jesús te está esperando. Desde el Sagrario, Jesús te está diciendo: "¡Esto es amor! ¡Esto es amar!"

Que ese amor de Dios nos bañe, nos restituya, nos bendiga, y que sintamos la alegría de ser amados y de poder amar.

Amén.