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Fecha: 20030622

Título: Jesus, dandonos su Sangre, nos dio todo

Original en audio: 16 min. 34 seg.


Queridos Hermanos:

Todos los años, celebramos esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre Santísimos de Jesucristo; pero cada año tiene su propio color, su propio acento, su propio modo de celebrar este misterio.

Nosotros sabemos que en la Iglesia existen las celebraciones de los domingos de acuerdo con los años. Por ejemplo, este año estamos en el ciclo B, que se llama; el año entrante es el ciclo C; y el siguiente, el ciclo A. Se utilizan esas tres letras.

De esa manera, las lecturas de los domingos cada año se apoyan en un Evangelista distinto, esto con el fin de que conozcamos mejor, admiremos mejor y amemos más el misterio de Jesús. Porque cada Evangelista es como una lámpara que ilumina el misterio de Cristo desde una determinada manera.

Este año, en el ciclo B, estamos con el evangelio según San Marcos; el año entrante, el ciclo C, estaremos con el evangelio de Lucas; el siguiente, el ciclo A, con el evangelio según San Mateo.

Ustedes se preguntarán que qué pasa con el evangelio de Juan, ¿por qué no tenemos cuatro ciclos? Lo que sucede es que el evangelio de Juan lo reserva la Iglesia para algunos tiempos especiales durante el año, por ejemplo, hemos acabado el tiempo de la Pascua, y en la Pascua nos pudimos dar un gran banquete de la Palabra de Dios, preparado por el Evangelista Juan.

Esto es bueno saberlo porque así aprendemos a amar más la Santa Misa. Cuando yo era niño, era un católico muy mediocre, pero algo he mejorado. Era un católico muy mediocre, y muchas veces iba a Misa porque tocaba ir.

¿Saben lo que yo pensaba de niño? Que casi siempre salían las mismas lecturas. Cuando yo era un niño pequeño, yo como que me imaginaba que el Padre de la Misa, por la mañana, abría la Biblia donde le salía, y eso era lo que nos leía.

Yo no le encontraba una secuencia, un orden, y por eso creía que las lecturas se repetían. No le ponía cuidado a las lecturas, y entonces me daba pereza la Misa.

A medida que fui conociendo cómo era esto de las lecturas, le tomé amor no sólo a las lecturas, sino a la Misa; y no sólo a la Misa, sino a Aquél que nos ofrece su Palabra, su Espíritu, su Cuerpo y su Sangre en la Misa, es decir, Jesucristo.

Porque para eso es la Santa Misa: para oír a Cristo, aprender de Cristo, celebrar a Cristo y salir del templo para dar testimonio de Cristo.

Pero volvamos a la celebración de hoy. Esta es la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Jesús, y como estamos en el ciclo B, debe tener alguna particularidad este año.

Yo creo que lo especial que tiene esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Jesús, en este año, es el énfasis en la Sangre.

En tiempos anteriores había dos fiestas: una fiesta del Cuerpo de Cristo, por eso todavía se dice: "La fiesta del Corpus Christi". Y había también otra fiesta más pequeñita, que casi pasaba inadvertida a mucha gente: la fiesta de la Santísima Sangre de Cristo.

Con el Concilio vaticano II, se hizo una reforma del calendario litúrgico, y entonces tenemos una fiesta donde celebramos juntos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En este año, el énfasis es la Sangre.

Cuando yo era niño,-sigamos con los recuerdos-, había una canción que cantaban en la Misa: "Lávame con tu Sangre; sana mis heridas, vuelve", así decía, y me parecía bonita la canción, pero también me impresionaba eso de: "Lávame con tu Sangre".

¡Qué cosa tan espantosa! ¡Lávame con tu Sangre! ¡Ser bañados, ser lavados en la Sangre de Jesús! Eso resulta impresionante, porque la sangre es impresionante. Mucha gente siente pánico y se paraliza de miedo ante la sangre. Y Cristo, en la cruz, se convirtió como en una fuente, como en un manantial de sangre.

La sangre, según nos recuerda la primera lectura, ha tenido una gran importancia en la Alianza. La Alianza de Moisés se celebró con sangre; en ese caso, ¿qué sangre era? Dice aquí: "Moisés mandó ofrecer holocaustos" Exodo 24,5, ¿con quiénes se ofrecía? Corderos o cabritos; era sangre de animales.

Y le echó al pueblo la mitad de la sangre de ese sacrificio. La gente quedó lavada, salpicada, bañada en sangre. Era sangre de animales.

Nosotros hemos celebrado una nueva Alianza, un Nuevo Testamento. El Testamento nuestro no es con la sangre de cabritos, ni con la sangre de corderos. El sacrificio nuestro, no es con la sangre de nuestros corderos, sino con la Sangre del Cordero de Dios, la Sangre de Jesucristo.

Entregar la sangre es entregar la vida. Uno puede dar dinero y quedar entero. Uno puede dar la casa, o le pueden quitar la ropa, y quedar vivo; pero el que entrega la sangre, lo entregó todo, entregó la vida.

Jesús, en la Cruz, entregó la vida, entregó la sangre. La Sangre de Jesús, entregada, es la demostración del amor, es la oración viva que hace posible la Alianza Nueva. El amor infinito de Jesús, manifiesto en la Sangre, está gritando a favor de nosotros perdón, misericordia, reconciliación.

El tamaño de la oración que Jesús hizo por ti y por mí, lo podemos calibrar porque entregó la vida. No se puede recuperar la Sangre derramada del Cuerpo de Cristo. Esa Sangre brota, salta, grita, canta, ora por nosotros; es una Sangre viva, vivificante. Es la manifestación de lo que Jesús ha hecho por nosotros.

En este día, démosle gracias a Jesús por su Sangre. Cuando yo era niño me escandalizaba un poco eso de "lávame con tu Sangre". Después me encontré una Santa que vivió hace muchos años, vivió en el siglo XIV, Santa Catalina de Siena.

Esta fue una mujer muy buena, muy pura, muy sabia. Ella, cuando se estaba muriendo, lo único que pedía era sangre. Pedía que la Sangre de Jesús viniera sobre ella, porque quería estar abrigada, envuelta, defendida por la Sangre del Cordero de Dios.

Nosotros también tenemos que sellarnos con la Sangre de Jesús, envolvernos en la Sangre de Jesús. Nuestros pecados, sumergidos en la Sangre de Jesús, nuestra vida de pecado, sumergida en la Sangre de Jesús, va a ser lavada, va a ser limpiada.

Acuérdate lo que nos dice el Apocalipsis; en el Apocalipsis hubo un señor, que se llama Juan, que tuvo una cantidad de visiones, y en una de esas visiones contempló una multitud muy bella con vestidos blancos, como el que tengo hoy, brillantísimos, hermosos.

Y ese hombre, llamado Juan, le preguntó a un anciano que lo estaba instruyendo: "¿Y estos quiénes son?" Apocalipsis 7,13, y el anciano le respondió: "Estos son los que han blanqueado sus vestidos en la Sangre de Cristo" Apocalipsis 7,14.

La Sangre de Jesucristo limpia, purifica: "Aunque vuestros pecados sean escandalosos como la grana; aunque vuestra vida sea tan escandalosa como el escarlata, quedará blanca como la nieve" Isaías 1,18, había prometido Dios por boca del profeta Isaías.

Eso se cumple hoy por el poder de la Sangre de Jesús. La Sangre que lava, la Sangre que limpia, la Sangre que trae la paz, la Sangre que sella la Alianza, la Sangre bendita de nuestro Salvador.

Cuando nos bautizaron, esa agua significaba la Sangre; y la misma Santa de la que hablé, Santa Catalina, dice que: "Cuando una persona se está confesando, es como si la bautizaran en la sangre, es un bautismo en la sangre".

Alabemos a Jesús, agradezcamos a Jesús, amemos a Jesús, porque dándonos su Sangre, nos dio todo.