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Fecha: 20030112

Título: Antes de sentirnos abandonados por Dios, acordemonos que primero nosotros lo abandonamos a El

Original en audio: 7 min. 33 seg.


Cuando una persona se siente abandonada dice: "Dios no me escucha"; cuando una persona se siente abandonada siente, como lo describe el libro del Deuteronomio, "que los cielos son de bronce, como un metal muerto" Deuteronomio 28,23: "Dios no me escucha"; cuando una persona se siente abandonada se duele también del silencio de Dios: "Dios no me habla".

Hace poco el Papa Juan Pablo invitaba a una multitud teólogos y maestros espirituales a reflexionar sobre el silencio de Dios. ¡Qué duro es el silencio de Dios! "¿Dónde estaba Dios cuando secuestraron a mi papá? ¿Por qué Dios no hizo nada?" "¿Dónde estaba Dios que no impidió ese carro bomba? ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué se queda callado?" "¿Por qué Dios no hace nada ante tantas injusticias, mentiras, violaciones?"

Cuando sentimos lejos a Dios sentimos que no nos escucha y sentimos que tampoco nos habla: "Dios no me oye, Dios no me habla". Así también se sentía el pueblo de Israel. Incluso tenemos un texto que se encuentra en el profeta Daniel, donde se están estas palabras que expresan bien lo que sentía la gente en esa época: "Ya no vemos signos, ni hay profetas y nadie sabe hasta cuándo" Daniel 3,38. Se sentían abandonados de Dios, como tal vez nos hemos podido sentir nosotros.

Pero entonces vino Juan Bautista, y no fue pequeño el papel de Juan sino muy importante. Porque Juan llegó para enseñar una cosa fundamental: "Antes de que tú te sintieras abandonado de Dios, acuérdate que tú y yo y nuestro pueblo ha abandonado a Dios". Y esa es la primera parte de la enseñanza de esta fiesta del Bautismo.

La palabra de Juan sirvió para decirle al pueblo: "Tú hoy te quejas de que Dios no te oye y de que Dios no te habla, pero acuérdate que tú no oías a Dios y tú no le hablabas a Dios. No orabas y no leías la Palabra y no meditabas la Escritura. Ibas a Misa sólo por compromiso. Acuérdate, eso quiere decir que tú no oías a Dios".

"Y acuérdate que tú creías que podías resolver los problemas tú solo o tú sola con la fuerza de tus manos, con el talento de tu mente, con las estrategias de tu corazón, con tu bonita cara, con tus lindas palabras, con las fuerza de tus brazos, con tus influencias y tus amistades, tú creías que lo podías todo. Y por eso le hablabas muy poquito a Dios, o nada; y escuchabas muy poquito a Dios, o nada".

Esas fueron las denuncias que trajo Juan Bautista. Y con esas denuncias mostró que sí, es muy horrible sentirse abandonado por Dios, pero que no se nos olvide que primero nosotros abandonamos a Dios. Pero la cosa no podía terminar ahí. Esa es una historia muy triste. Esa historia lo único que dice es que nosotros le dimos la espalda a Dios, y que ahora sentimos que Él nos dio la espalda a nosotros. Eso es muy triste.

Es aquí donde entra la fiesta que estamos celebrando. He aquí que Dios, en su misericordia, abre un puente. Mira lo que nos dijo el evangelio: "Se bautizó Jesús, y esos cielos que parecían impenetrables, esos cielos que parecían de bronce, se abrieron. ¡Jesús abre los cielos! ¡Qué lindo!

Ahora nuestra voz se puede escuchar en lo más alto, porque los cielos se abrieron, ¡Cristo los abrió! Y antes no escuchábamos a Dios, hoy lo hemos escuchado porque dijo: "Tu eres Hijo muy querido, en ti tengo mi complacencia" San Marcos 1,11. ¡Que alegría, los cielos se pueden abrir, a Dios se le puede hablar, se puede escuchar a Dios! ¡Qué hermoso!

El Bautismo de Cristo rompe ese silencio espantoso, ese silencio doloroso, ese silencio de Dios. Ahora hemos oído a Dios, que con su voz ha acariciado a su Hijo, y con esa misma voz acaricia a todos los que nacemos en Cristo para una vida eterna en nuestro Bautismo.

Amén.