Bbau002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20000109

Título: Abrir los ojos para ver lo que Dios ha hecho por nosotros

Original en audio: 19 min. 15 seg.


La primera lectura trae una invitación, o también podemos decir una súplica, o quizá un mandato. Los que estudian gramática hablan de que el uso de los verbos tienen distintos modos: indicativo, optativo, condicional, subjuntivo, imperativo, infinitivo; este es un imperativo: “Mirad” Isaías 42,1 el imperativo suena a mandato.

Los que estudian gramática saben que el modo imperativo no es sólo para las órdenes sino también para las súplicas, cuando le decimos a Dios, por ejemplo: “Mírame, atiende a mi súplica”, ahí no le estamos ordenando a Dios, no le estamos mandando a Dios como si fuéramos mayores o mejores que Él, sino le estamos pidiendo.

Las peticiones van también en un lenguaje imperativo, en un lenguaje que en gramática se llama modo imperativo.

Casi siempre uno tiende a pensar, cuando se encuentra con una palabra en imperativo, que es una orden; pero resultan cosas muy bellas en el corazón si uno abre el compás interpretativo a otros modos, es decir, a otras resonancias dentro de ese mismo modo gramatical.

Por ejemplo, cuando Nuestro Señor Jesucristo nos dice: “Amad a vuestros enemigos” San Mateo 5,44, o cuando nos dice: “Sed perfectos” San Mateo 5,48, eso como un mandato, en el sentido de un imperativo, una orden, no funciona mucho en el corazón.

Al corazón, propiamente, no se le dan órdenes así, uno no funciona de esa manera, uno no puede, por ejemplo, decirle al corazón de una persona: “¡Enamórese, ya, mañana es tarde!” Eso no se puede, eso no funciona de esa manera.

El corazón humano no recibe propiamente órdenes así externas, no las recibe, se resiste, se rebela; pero sí puede ser persuadido por un consejo, sí puede ser atraído por una invitación, sí puede ser conmovido por una súplica.

“Sed perfectos” San Mateo 5,48, por ejemplo, ¿a quièn, que le digan eso, le va a funcionar? ¿Qué tal que uno llegue a una institución, por ejemplo, a un convento, y le digan eso: “Aquí las leyes son muy sencillas, no se equivoque nunca”, uno diría: "He llegado a un lugar monstruoso, porque todos los seres humanos nos equivocamos".

Pero si uno llega a una comunidad y le dicen: “Aquí todo el mundo se equivoca, pero estamos en una aspiración, estamos en un deseo, en un trabajo y en un camino; queremos avanzar hacia ese llamado de perfección que Dios nos hace, y te invitamos a que nos acompañes en ese camino hacia la perfección, ¡vamos!" Seguramente, ese lenguaje tiene un efecto distinto.

Además, las palabras que nos dice la Escritura, sobre todo cuando aparecen como pronunciadas directamente por Dios, no son palabras exteriores, como cuando usted va a arreglar el carro y dice: "Mire, mejor cámbiele el distribuidor", esa es una determinación, y el mecánico encargado de eso, se supone que sabe cómo cambiar distribuidores, y se supone que va a resolver el problema, después pasará la factura, pero va a resolver el problema.

¿Pero quién de nosotros es ese mecánico que tenga las cosas resueltas? Y se me presenta Cristo como patrón y yo soy el macánico, y me dice: "Perfecto, ¿oyó? Perfecto, ¿de a cuerdo?" ¿Acaso soy yo el que me voy a hacer perfecto? Todos los errores que uno comete, Dios mío, en un día, en una semana, en una vida, ¿acaso sabe uno cuál es el camino de la perfección?

Dios no nos da órdenes afuera de nosotros, como un patrón a un empleado, ese modo imperativo yo creo que hay que saber entenderlo, hay que recibirlo más como la sugerencia del médico, hay que recibirle más como el consejo del amigo, hay que recibirle más como la súplica que nace del amor por nosotros.

Es que la cosa cambia completamente cuando aparece la palabra amor, cuando descubrimos esa palabra, cuando descubrimos que Dios nos ama. "Cierra la puerta", suena muy distinto en labios de la mamá que me ha amado toda la vida, que está enfermita y que así muerta de frío me pide que cierre la puerta; ah, oír la misma expresión en labios del patrón que quiere que yo cierre la puerta.

Para entenderle de los imperativos a Dios hay que saber de qué corazón, de qué amor han nacido.

Cuando uno se asoma a esa realidad maravillosa del amor de Dios y cuando uno ve de qué amor han brotado los mandamientos, uno sabe que son normativos, claro que son, yo no estoy diciendo que porque sean especies de súplicas de amor no sean imperativos en el sentido fuerte para nosotros, lo que ustoy diciendo es que su fuerza más profunda, no proviene de amenaza alguna, de temor alguno, sino de un amor inmenso.

Cuando Jesús me dice: “Ama a tu enemigo”, me está diciendo tantas cosas, si me lo dijera otra persona tal vez sería un chiste o sería un imposible, pero me lo dice el que ha amado a sus enemigos, me lo dice el que me ha amado a mí cuando yo no me ocupaba de Él, me lo dice el que conoce mis fuerzas, me lo dice el que está dispuesto a luchar junto a mí y dentro de mí, me lo dice el que tiene la medicina para curar las heridas que yo me he hecho y que me han hecho otros.

Me lo dice el que ya ha mostrado la eficacia de su gracia en multitud de hombres y mujeres, me lo dice el que tiene preparados para mí tesoros maravillosos y promesas bellísimas; porque Él me dice eso, yo me siento interiormente atraído a obedecerle, porque es Él quien lo dice.

Tan bonito ese acto de contrición antiguo que decía, entre otras cosas: “Por ser vos quien sois”, esa es la gran razón del cristiano, "porque tú eres quien eres, por todo lo que has hecho por mí, porque he visto que tú tienes poder para curarme, porque sé que cuando tú trabajes conmigo y dentro de mí, Señor, mis enemigos van a ser tus enemigos y vas a quitar toda barrera y todo obstáculo, yo podré lo que ahora no puedo".

Toda esa homilía es sobre el modo imperativo en la Biblia; pero no hemos hablado del bautismo del Señor.

Resulta que todas esta homilía empezó por una palabra: “Mirad” Isaías 42,1. Sigo con la siguiente palabra. Quiero referirme al mandamiento que hoy nos trae Dios. Dice: “Mirad a mi Siervo” Isaías 42,1, esa es una de las súplicas del del Siervo de Isaías, y desde luego ese Siervo tiene su plena realización en Jesucristo, verdadero servidor en la voluntad de Dios Padre.

Consideremos lo que significa ese mandamiento, para terminar nuestras reflexiones de hoy, de modo que no sea yo llamado "el padre eterno".

“Mirad a mi Siervo” Isaías 42,1. Esta fiesta del Bautismo del Señor cierra una semana que es de las más hermosas. A los que no hayan podido asistir a la Misa de todos los días de esta semana que acaba de pasar, les digo: "¡De lo que se perdieron!"

Espero que el año entrante, y fíjense que aviso con tiempo, espero que el año entrante no se pierdan esa semana que va entre la Epifanía y el Bautismo, es una de las semanas más hermosas para conocer a Jesucristo, porque en el fondo este mandato, que está allá en Isaías, ese mandato que también está como sugerido por la escena del Jordán, ese mandato resume esta semana.

Esta es la semana en que Cristo es manifestado, Epifanía, manifestación; esta es la semana en que Cristo es revelado, es mostrado, no está oculto, sale a luz, se muestra; hasta ahí quería hacer Dios, hasta ahí.

Lo que Dios quería era eso, darte la salvación y mostrarte la salvación, ¿y ahora qué toca de parte mía? ¡Mira la salvación! Ya Dios ha hecho todo lo que puede hacer.

Por eso, en los escritos de Santa Catalina de Siena encontramos esta expresión extraña, dice ella, inspirada, creemos, por el Espíritu de Dios, que así como es un misterio la salvación y llegar al cielo, es un misterio la condenación y perderse en el infierno.

Esa frase que compara los desenlaces de la vida humana y que dice que ambos son misteriosos, a mí me parecía muy misteriosa, pero resulta que es así, es muy misterioso que una persona llegue a condenarse, es muy extraño, porque es que condenarse tampoco es tan fácil.

La misma Catalina desarrolla esa idea en otras partes de sus escritos; dice que para condenarse hay que ser un mártir del demonio. ¡No es tan fácil condenarse!

De manera que los que pensaban condenarse, sepan que les va a tocar muy duro, no es fácil. Porque dice que se necesita perseverancia, para llegar a condenarse se necesita perseverancia, y ese es un misterio, que una persona pueda perseverar en el mal, lo cual tiene demasiado que ver con la fiesta de hoy y con toda esta semana, pobrecitos, hombres, los que no asistieron a todas las Misas, pero tiene que ver con toda la semana.

Dios muestra su salvación, ¿a usted no le parecería muy misterioso encontrarse con una persona que ha estado por la calle todo el día, un día lleno de sol, sin una nube, y que dice: “No, no he visto la luz, no he visto el sol”?

Eso sería muy misterioso, lo menos que uno preguntaría es: ¿Pero usted cómo hizo? ¡Tiene que como esforzándose todo el día, y haciéndose sombra, para no ver los rayos de sol!" Tengo que hacer un esfuerzo para eso.

La salvación está ofrecida, el mensaje de la fiesta de hoy es ese, la salvación está ofrecida, está dada, ya está: ¡Mírela! ¡Mire ahí! ¡Mire hacia Jesús! ¡Mire lo que Él es! ¡Mire cómo obra! ¡Mire cómo ama! ¡Mire cómo ora! ¡Como actúa, qué padece, qué hace cuando padece, qué padece cuando hace! ¡Mírelo! ¡Ahí está la salvación! La salvación está ofrecida.

Esa comparación entre el sol y la salvación y el sol, ustedes saben que no es mía, entre otros, la Santa Iglesia la utiliza en el Oficio litúrgico de los Apóstoles, cuando compara la extensión del Evangelio con la gloria de los cielos.

¿Cómo hace uno para no darse cuenta del sol en un día despejado? ¿Cómo hace uno para no recibir la luz de Dios? Es algo misterioso, algo que sin embargo, tampoco nos deja el camino fácil a nosotros, porque dice Catalina, por citarla de nuevo, que “El camino del bien también requiere perseverancia”.

Y por eso el desenlace de las vidas es algo muy misterioso, que uno tiene que orarle a la misericordia de Dios, tiene que orar uno por la conversión de uno mismo y de los demás, y tiene que confiar, por eso es muy misterioso el final de las vidas, muy misterioso me parece a mi.

En lo que tiene que ver con esta fiesta de hoy, esta es la fiesta que cierra las epifanías: “Mirad a Cristo; ya está la salvación ofrecida, ya está, ahora mírala, abre esos ojos, en algunos casos, ponte las gafas, mira la salvación, lo que Dios te da, míralo, acógelo".

Y esa es la gracia que noostro vamos a pedir hoy: “Señor, abre mis ojos, que yo vea de qué soy dueño, que yo vea lo que tú has hecho por mí, que yo vea lo que ya es mío, porque tú me lo regalaste, que yo lo vea, ahí tendré paz, ahí tendré gozo, ahí tendré amor, ahí tendré alabanza; pero tengo que verlo, porque si no lo veo, es como si no existiera para mí".

Claro, una persona que en el día más soleado anda todo el día con los ojos así, puede andar también gritando y maldiciendo por la oscuridad que hay en el mundo: "¡Qué tinieblas horrendas!" "¡Qué asco de vida!", y todo tipo de expresiones. ¡Que Dios nos libre de eso!

¡Que Dios el Señor abra nuestros ojos, que veamos lo que Dios hizo, ya, ya lo hizo por nosotros, que veamos a quién nos ha ofrecido, qué promesas y qué realidades nos trae Ése, qué regalos están con Él! por eso dice también la Sagrada Escritura, en otro de los Cánticos, refiriéndose a Dios que viene: “Trae consigo su salario, ya Él trae la paga"Isaías 40,10.

Dios, abre nuestros ojos, muéstranos la salvación, ¿cómo podremos suplicarle a Dios? ¿Con cuánto ardor deberemos hacerlo por nosotros mismos y por los demás? Si usted se encontrara a una persona con un trapo negro amarrado en la cara dando tumbos, estrellándose con todo, renegando, protestando, amargado y triste, usted diría: “¡Pero quítese eso, vea la luz, ya no se golpee más, ya no se haga mas daño!”

Eso es lo que Dios nos dice, ¿Sí será una orden? A mí me parece más una súplica. “Mirad a mi Siervo” Isaías 42,1; es más una suplica, yo la siento ahora.

"¡Ya no se hagan más daño! ¡Ya no se maltraten más! ¡No pequen más! ¡No se destruyan más, miren a mi Hijo, “Miren a mi siervo a quien sostengo" Isaías 42,1, ¡mírenlo, no se hagan más daño, no se golpeen, no se destruyan!"

Ese tiempo tiene que terminar, esa noche debe acabarse, y la luz de Cristo brillar en todas las almas.

Amén.