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Fecha: 19970511

Título: La triunfante Ascension al cielo de Nuestro Senor Jesucristo

Original en Audio: 10 min. 48 seg.


Queridos Hermanos:

Si nosotros nos fijamos en los títulos de las lecturas que hemos escuchado, ya en ellas hay un mensaje, la primera lectura decía: "Comienzo de los Hechos de los Apóstoles", y la tercera lectura, el evangelio decía: "Conclusión del evangelio según San Marcos".

Esto quiere decir que hoy hemos leído el final de un libro de la Biblia, el evangelio según Marcos, y el comienzo de otro libro de la Biblia, los Hechos de los Apóstoles.

En cierto modo, este hecho literario nos ubica sobre la celebración que hoy tenemos, final del evangelio y comienzo de los Hechos de los Apóstoles.

¿Qué nos ha contado el evangelio? Una respuesta sencilla sería: la vida de Jesús, pero sabemos que de todos los años de la vida de Jesús, los Evangelios no nos dan muchos detalles, en cambio se concentran en los acontecimientos finales, es decir, su pasión, su muerte y su resurrección.

Los Evangelios no son exactamente una biografía de Jesús, sino son el testimonio de comunidades creyentes que han acogido a Cristo Resucitado como su Salvador y que cuentan lo que saben de ese Jesús que convivió con ellos, a quien supieron verdaderamente muerto y sepultado, y a quien testifican verdaderamente resucitado y glorioso.

Los Evangelios son testimonios creyentes sobre las maravillas realizadas en la Pascua de Jesucristo, como cumplimiento a las promesas del Antiguo Testamento y como anuncio de perdón y de paz para todo el que crea en Él. Ese es el evangelio.

¿Y qué son los llamados "Hechos de los Apóstoles"? Son las obras que unos hombres ignorantes y temerosos han realizado en el nombre de ese Cristo, del que acabamos de hablar, obras llenas del poder del Espíritu Santo, para conversión, sanación y liberación de muchos, y para la constitución de comunidades creyentes, de comunidades cristianas.

Entre esos dos momentos, es decir, entre este Cristo muerto y resucitado y el surgimiento de estas comunidades con el poder del Espíritu, es necesario hablar de la Ascensión del Señor.

Lo más importante en la Ascensión del Señor no son las fechas, como decir, cuarenta días en que Cristo andaba por ahí apareciéndose a unos y otros y de pronto dijo, "Bueno, ya está bueno de apariciones, ahora sí ya me voy".

No fue que Cristo se quedara como se dice vulgarmente "devolviendo los pasos", recorriendo por ahí sitios y convenciendo a la gente, y cuando ya los vio más o menos convencidos, se fue.

No es esa la idea precisa; más bien de lo que se trata es de algo más profundo: el mismo amor que trajo a Dios a la tierra ha llevado a este hombre resucitado a los cielos, y estaba incompleto el anuncio de la fe con sólo ver a Dios entre nosotros, era necesario que también nosotros nos pudiéramos ver en Él.

Después de su resurrección, hemos comprendido que ese hombre es el hijo de Dios, ¿pero cómo entender que nosotros podamos ser también hijos de ese Dios? ¿Cómo comprender que ese Dios puede ser también nuestro Padre? La clave nos la da un texto del evangelio según San Juan.

Cuando María de Magdala se encuentra con Cristo, llena de gozo se arroja a sus pies, Jesús le dice: "Suéltame porque no he subido a mi Padre; subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios" San Juan 20,17.

La mente humana tenía que maravillarse dos veces para llegar a ser cristiana: la primera vez, reconociendo a Dios presente en nuestra tierra; la segunda vez, viendo nuestra frágil humanidad en los cielos.

Ver prodigios como los que hizo Cristo en la tierra nos hace creer que Dios está en medio de nosotros, y ese es el nombre que el anuncio celestial le dio a Jesús en el evangelio de Mateo: Jesús es "Emmanuel", "Dios con nosotros" San Mateo 1,23.

Pero ahora falta darle la vuelta a la frase y descubrir que nosotros podemos estar con Dios, descubrir para qué vocación profunda hemos sido creados, y ese es el sentido de la fiesta que hoy estamos celebrando.

Hoy estamos descubriendo que también esta frágil carne, este frágil cuerpo nuestro, ungido por el poder del mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, puede compartir la naturaleza divina, y si ya es maravilla ver a Dios en Belén y en la Cruz, pues que no sea menor maravilla ver nuestra humanidad descansada en la nube y en el cielo, para eso hemos sido creados.

Enseñanzas de esta fiesta para nosotros: primera, en esta fiesta descubrimos la diferencia entre la predicación filantrópica y la predicación evangélica, llámase filantropía.

Como sabemos, ese amor a la especie humana, ese deseo de ser buena gente, ¿es el cristianismo, es una predicación para que todos seamos buenas personas, para que dejemos de acabarnos y hagamos un mundo que sea amable? Sí, en parte.

La predicación del perdón, del amor, de la paz que hacemos nosotros los cristianos se parece mucho a lo que puede hacer un budista, un hinduista o cualquier otra persona; pero hay una diferencia sustancial, y esa nos la enseña esta fiesta.

En la predicación filantrópica todo acaba en esta tierra: "Hagamos un mundo chévere, un mundo bonito, donde todo funcione, donde la gente no se porte mal".

Los paraísos que se predican para esta tierra tienen su parecido con la predicación cristiana, pero la fiesta de hoy nos enseña que la meta final no se encuentra en esta tierra; ninguna religión, oigase bien, ninguna religión afirma lo que hoy afirma y enseña la Iglesia: que la naturaleza divina puede ser participada por la humanidad, ¡por nuestra misma humanidad!

Y que la primera humanidad en la que tal cosa ha sucedido es la humanidad de Cristo glorificado después de su resurrección. Pero como nosotros creemos en ese Cristo y como el Padre Celestial envía a nosotros el mismo Espíritu que lo resucitó a Él, nosotros creemos que también nuestra humanidad va a ser glorificada.

Esto no se ha atrevido a predicarlo nadie, sino nosotros los cristianos, sólo nosotros nos hemos atrevido a decir que la naturaleza humana puede ser asumida en la naturaleza divina, y sin disolvernos, sin perder la identidad personal, la individualidad que cada uno es para la eternidad, y unirse a Dios.

Esta es una fiesta para descubrir cuál es la diferencia entre ser buena persona y creer en Cristo. Esa es la primera enseñanza.

Segunda y hermosa enseñanza: Cristo, cuando se aparece a los Apóstoles, se aparece con el mismo cuerpo que tuvo, ¿usted recuerda cómo le mostraba a Tomás, -el discípulo al que le costaba trabajo creer-, le mostraba las manos clavadas y la herida del costado y le decía: "Mira que soy yo mismo, Deja de ser incrédulo, y hazte creyente"? San Juan 20,27.

Cristo ha resucitado con su mismo cuerpo, ha sido glorificado con su mismo cuerpo y son esas, llagas gloriosas de Cristo, las que interceden por nosotros en los cielos, según nos enseña la Carta de los Hebreos.

Pues bien, nosotros, llamados por el amor de Dios a creer en Cristo, afirmamos lo mismo de nuestro propio cuerpo. Yo estoy feliz por la presencia de todos ustedes en esta tarde aquí, porque todos nosotros en esta celebración podemos convencernos,- y esta es la segunda enseñanza-, de la infinita, me atrevo a decir, infinita dignidad del cuerpo humano.

¡Qué lejos estamos aquí de las teorías reencarnacionistas! ¿Usted sabe qué significa la reencarnación? ¡Significa que su cuerpo no vale nada, hermanito! Su cuerpo no vale nada, es un vestido que usted se lo pone en un siglo, desaparece, y luego entra en otro cuerpo, se supone que usted es distinto de su cuerpo.

Para creer en la reencarnación usted tiene que mirar a su cuerpo como mira a su camisa, o su blusa o su gabardina, es algo que usted se quita y se pone; su cuerpo, por consiguiente, no tiene verdadero valor.