Ba04002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19961222

Título: Busquemos siempre el amor de Cristo.

Original en audio: 12 min. 29 seg.


Queridos Hermanos:

A lo largo del adviento hemos venido haciendo un camino, un camino en la esperanza, guiados por el profeta Isaías, guiados por la voz recia de Juan Bautista, guiados hoy por la fe, la pureza, la sabiduría de la Virgen. Vamos siendo conducidos poco a poco, hacia el nacimiento de Jesucristo.

¿Qué hace la Iglesia en realidad en este tiempo que llamamos Adviento? Lo que hace es preparar el corazón para que no sea en vano la venida de Cristo, porque para que aproveche la venida de Cristo, hay que desearla. Así como para que aproveche el alimento, de alguna forma hay que tener apetito, hay que tener ganas.

Hay enfermedades graves como por ejemplo el cáncer, que cuando se ensañan con una persona la privan del hambre, del apetito.

El cáncer en las vías digestivas, tienen como uno de sus síntomas terribles ciertamente, que la persona, aunque necesita el alimento, lo rechaza; aunque le haría bien le repugna; aunque en ese alimento está su salud, no lo soporta.

Pues hay corazones carcomidos por el cáncer, que aunque necesitan de Jesús no les atrae, y aunque Jesús es y sería su salud, no lo soportan, no tienen hambre de Jesús, les falta hambre, apetito de Cristo.

Como la Iglesia sabe que esa es la condición de algunos de nosotros, nos va acompañando en este camino que se llama Adviento y que está a punto culminar, para que nosotros tengamos hambre de Cristo, para que volvamos a tener hambre de Cristo.

Y por eso, hay un dicho: “Mientras el enfermo coma no muere”, mientras haya ese apetito hay esperanza de mejoría, y precisamente una de las señales de que un enfermo grave tiene algún alivio, es que le vuelve el apetito. Pues así también, una de las señales del paso de Dios, es el hambre de Dios, una de las señales de la presencia de Dios es que a uno Dios le haga falta.

Y mira entonces como es de paradójico y de hermoso esto del Adviento y la Navidad, creo que se puede entender con un ejemplo, tomado de una santa mujer, dominica ella del siglo XIV, Catalina de Siena.

En cierta época de su vida, hubo de sufrir terribles tentaciones, parece que también con un ingrediente de tortura o vejación de parte del demonio en contra de ella, es difícil discernir estas cosas, lo cierto es que pasó por un tremendo desierto, un tenebroso desierto en el cual sentía que Dios no la escuchaba.

Oró y oró con insistencia, buscaba a Dios y le parecía que ni siquiera esa palabra, Dios, tenía como sentido o contenido, de pronto, un cierto día, esa terrible tempestad se va calmando, nace de nuevo la luz, y la paz amanece en el alma y Catalina, siente que Dios, el Dios vivo y verdadero, está de nuevo cerca de ella.

Con la confianza que tienen los santos le pregunta entonces al Señor: “¿Tú dónde estabas cuando yo te andaba buscando? ”¿Por qué te perdiste de mí?” ¿Por qué me tratas tan mal, si intento serte fiel, si quiero quererte?”

Y el Señor Dios le respondió en una hermosa inspiración: “Tú no me hubieras buscado si yo no estuviera dentro de ti; era yo el que hacía que tú me buscaras, era mi presencia la que hacía que me sintieras ausente, y era mi paso el que hacía que tú quisieras caminar”.

Ese es el misterio del Adviento y es el misterio de la Iglesia en camino, el misterio de una Iglesia que tiene que hacerse consciente de que le hace falta Dios; pero esa conciencia se la regala el mismo Dios.

La Iglesia, mientras está en esta tierra, tiene más vida cuanta más hambre; la Iglesia en esta tierra tiene mejor salud cuanto mayor sea la consciencia que tiene de que le hace falta su Salvador.

Una vez que el corazón se va disponiendo y empieza a llamar primero con palabras, luego con gemidos y luego con anhelos inexpresables, a Ése, al Único necesario; una vez que el corazón de cada uno de nosotros se va disponiendo así a ese Salvador y a esa salvación, el Evangelio de hoy es la respuesta, pero la respuesta sólo le interesa al que tenía una pregunta.

Hermanos, felices aquellos de ustedes que hayan recorrido este Adviento con una pregunta en los labios, con un anhelo en el corazón, con un vacío en el alma; feliz el que en este domingo tenga hambre de Cristo, el que se sienta incompleto, el que sepa que nada puede sin Él.

Feliz, aquel que tenga ese apetito, porque en esta Palabra del evangelio y en esa Santísima Eucaristía sobre el altar, encontrará donde saciarse. No es otra cosa, el evangelio que hemos escuchado, sino la respuesta del amor de Dios, al amor hecho pregunta en el corazón humano.

Porque el evangelio que hemos oído, y que es bien conocido, el anuncio del Ángel Gabriel a María Santísima, ese anuncio es la declaración misma del amor de Dios. Puede decirse que aquí se parecen Dios y la humanidad, a una pareja, a un hombre y una mujer.

Qué pereza recibir la declaración de amor de la persona que no me interesa, qué pereza que sea precisamente ese bobo que no me interesaba para nada es el que se me declare, eso da pereza.

Pero si es él, el que yo estaba esperando, el que me llamaba la atención, el que me atraía y yo no podía decirlo, si es ese el que de pronto se me acerca y me dice: “He puesto mi mirada en ti, tú has atraído mis ojos y has de saber que te amo”, ese día se llena de luz y de música y de aromas, de dulces y amables perfumes, porque él, el me que interesaba, me ha hablado, eso fue lo que sucedió en el corazón de la Virgen.

María, mujer de un solo amor, tiene abierto el corazón, tiene atento el oído para ese amor del alma. Y lo que Ella ha escuchado hoy, y nosotros lo hemos escuchado con Ella, es la declaración del amor de Dios, le está contando Dios que la ama y que ella tiene un lugar hermoso, pero doloroso al mismo tiempo, en la obra de la redención.

Casi siempre las declaraciones de amor suceden con cierta privacidad, se escoge un momento en que estén solo él y ella, y por eso nosotros debemos preguntarnos: ¿por qué se nos concede estar aquí en el momento en el que Dios declara su amor a esta jovencita? Porque esta jovencita recibe el amor no sólo para sí misma, no es un asunto o problema entre Dios y María, es un asunto y respuesta de Dios, de María y todos nosotros.

Nosotros al lado de Ella, nosotros junto a Ella y como detrás de Ella, esperamos que pronuncie ese sí que hará posible la encarnación del Verbo, y cuando ella dice las palabras que hemos escuchado hoy: “Que se cumpla en mì tu palabra” San Lucas 1,38; cuando Ella dice sí a Dios, en ese sí está nuestro alivio, está nuestra redención.

El evangelio termina diciendo que el Ángel se retiró San Lucas 1,38. El Ángel, palabra que significa mensajero, dio su mensaje y se fue, y queda sólo el poder del amor de Dios y el poder del sí de María, queda sólo el amor salvador y el amor salvado, quedan sólo esos dos amores.

Y de esa conjunción, de un modo que nuestra mente no comprende, Cristo inicia su existencia terrena en la profunda humillación de un embrión invisible en las entrañas de una mujer virgen.

Este pequeñísimo y humillado Cristo es ya el Salvador del mundo, y en esa humillación ya retrata la humillación del final de su vida.

El que empezó así humilde y pequeño en el vientre de una mujer campesina, de un pueblo olvidado, de una región oprimida por un imperio inicuo, Ése que empezó así su existencia, acabará desnudo y maltratado, despreciado, olvidado en una cruz.

El que empezó con tanta humillación no podía acabar en una humildad más grande.

Hermanos, este es Jesús, este es el Señor, esas son las grandezas del amor que El ofrece a quien le espera, a quien le llama, a quien le necesita, a quien tiene apetito de El.

Feliz quien tenga hambre de Cristo, porque podrá llenarse de Él, y con María y junto a María, cantar las grandezas del Señor.

Así nos lo conceda el Padre, el Rey de la gloria.

Amén.