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Fecha: 20081214

Título: Estemos alegres porque Nuestro Padre esta con nosotros

Original en audio: 8 min. 30 seg.


El Adviento, mis queridos hermanos, es un camino que tiene cuatro estaciones. Desde hace muchos siglos la Iglesia se prepara para la celebración de la Natividad, el nacimiento de Cristo, con cuatro domingos, cuatro estaciones, y por eso en algunos lugares hay la costumbre, –que no veo ciertamente aquí-, de la corona de Adviento.

Se utilizan cuatro velas, cada una representa uno de los domingos de Adviento. Y es muy pedagógico este signo de la corona de Adviento porque una de las cuatro velas tiene color rosado y esa es la vela que corresponde al domingo de hoy, es decir, el tercer domingo de Adviento.

Las otras velas son de color morado. En la corona, -que a ustedes les toca imaginarse porque no la tenemos aquí visible-, pero la imaginación de los palmiranos es portentosa, entonces, usted ve en la corona, son cuatro velas, ¿no es cierto? Tres de ellas morada, una de ellas rosada.

Esa vela rosada es la del domingo de hoy, y hoy es uno de los pocos días en que el sacerdote puede utilizar, -debería de hecho utilizar-, una estola y unos ornamentos de color rosado.

El rosado tiene un significado de cierta ternura, es como un morado que no es drástico, un morado que no es de luto. Hay una relación entre el rosado y el morado, porque el morado es color penitencial y el Adviento, en general, tiene esa característica de penitencia.

Pero el rosado es como indicando que esa penitencia, ese espíritu de conversión y de cambio, que es tan necesario en el Adviento, no sucede en la dureza, en la amargura, sino en la alegría y en la esperanza. De hecho, este tercer domingo de Adviento se llama, precisamente, el domingo “letare”, el domingo “alegraos”.

El saludo de la misa dice exactamente eso: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: ¡Estad alegres!" Carta a los Filipenses 4,4. Y las lecturas que hemos oído, especialmente la primera de Isaías, la segunda de la Carta de Pablo a los Tesalonicenses, son invitaciones a la alegría, invitaciones a que estemos alegres en la esperanza, alegres esperando, aguardando la plenitud de salvación que viene en Jesucristo.

Ese es el espíritu de este domingo, es el domingo de la alegría en la esperanza, es el domingo para saber que sí, falta todo un camino por recorrer, todavía no tenemos a Cristo, pero sabemos que vendrá. Todavía nuestros pecados retrasan la llegada del Señor, pero su gracia adelanta esa hora y tenemos la certeza de que la gracia de Él es más fuerte que nuestros propios pecados, y por eso es un domingo lleno de alegría.

Es un domingo también en el que fijamos nuestra atención en una palabra, la palabra "salvación". Y no se nos puede olvidar, hermanos, que el nombre mismo de Jesús lo que significa es "Dios Salva", Yeshúa, en hebreo quiere decir eso, "Yahvé salva", "Dios salva".

Jesucristo tiene por nombre Salvador y tiene por obra la salvación, o sea que este domingo es el domingo para mirar hacia esa realidad hermosa, esa realidad de nuestra salvación y tener plena confianza, confianza ante todo en que Dios es más fuerte, Dios es más grande, Dios puede vencer en nuestra historia.

Y esa es también la invitación que yo tengo para ustedes el día de hoy. Yo quiero hoy que nos llenemos de esa certeza, la certeza de que el amor sí puede ganar, la certeza de que el triunfo siempre ha estado, siempre estará en las manos de Dios, la certeza de que Él no puede ser derrotado y quien se une a Él jamás quedará defraudado. Esa es la certeza que debemos tener en este día.

Habíamos anunciado, -y vamos a realizar ahora-, una oración especial, una oración para desatar, una oración para liberar, una oración para sanar. Vamos a hacer esa oración pidiendo al Señor que quite de nuestros corazones, que quite de nuestros ojos el velo. Quite todo aquello que nos impide reconocer la bondad de Dios en nuestra vida.

En nuestra última predicación del día de hoy mencionábamos que el sentido espiritual más profundo del cuarto mandamiento de la Ley de Dios es aprender a reconocer la bondad de Dios que nos ha visitado, que ha llegado a nosotros a través de mediaciones imperfectas, pero suficientes.

Nuestros papás y luego todas las personas que han tenido influencia en nuestra vida han sido mediaciones, han sido testigos, han sido mensajeros, canales, del único bien que es Dios mismo.

Entonces, al hacer esta oración, lo que le estamos pidiendo a Dios es que quite de nuestros ojos, arranque de nuestros ojos el velo para que nosotros podamos reconocer esa bondad que nos ha estado visitando.

La oración que vamos a hacer en este instante es la oración para pedirle a Dios que Él mismo se deje ver, se deje reconocer en toda esa bondad. Que tú puedas en este momento mirar hacia atrás en tu historia y tú puedas ver que Dios ya estuvo presente, que Dios verdaderamente ha acompañado tu camino, que tú puedas ver eso, que lo puedas ver, que lo puedas sentir, que te puedas alegrar de eso. "Siempre estuviste conmigo aunque yo no lo sabía".

El gran patriarca Jacob, el que según el Génesis tuvo doce hijos que dieron nombre a las doce tribus de Israel; el gran Patriarca Jacob, mientras andaba como peregrino, un poco huyendo de su hermano Esaú, ese Jacob, una noche durmió y tomó como reclinatorio para su cabeza una piedra, -una almohada un poco incómoda diríamos nosotros-, pero tuvo un sueño, una visión maravillosa que todos recordamos, ¿cierto?: Una escalera que iba de la tierra al cielo y esa escalera empezaba en esa piedra, esa en la que él estaba reclinando su cabeza.

Y Jacob, cuando se despertó al otro día dijo: "¡Qué terrible es este lugar! Este lugar es como la puerta del cielo, Dios estaba aquí y yo no lo sabía" Génesis 28,16. De ese modo Dios le quiso manifestar a este Patriarca, le quiso manifestar a Jacob, que en medio de todas sus correrías, en medio de todas sus dificultades, en medio de todo su caminar, Dios estaba con él.

El cielo no estaba tan lejos, había siempre esa comunicación y esa comunión. Muchas veces cuando uno pasa por los tiempos realmente duros de la vida, uno tiende a pensar: "Dios se olvidó de mí", y uno tiende a pensar que en esos momentos el cielo no tiene nada que ver con la tierra, o que Dios está demasiado ocupado en otras cosas.

Pero a nosotros, como al Patriarca Jacob, nos puede llegar esa experiencia, esa experiencia en la que decimos: "¡Uy!, ¡Dios estaba conmigo, Dios estaba aquí, Dios obró aquí y yo no me había dado cuenta!" ¡Eso es lo que yo quiero que suceda para cada uno de ustedes, -también para mí-, en esta oración.

¡Exactamente eso! Quiero que Dios nos permita la dulce experiencia de reconocer: "¡Oh, Señor, tú estabas conmigo y yo no lo sabía! Yo renegaba, yo pensaba que me había quedado solo, yo pensaba que tenía que luchar yo solo, pero ahora me doy cuenta, Señor, que yo nunca estuve solo, que tú estuviste conmigo. Y ahora puedo levantar mis ojos, ahora puedo mirar tu gloria y puedo decirte: ¡Gracias, Papá Dios, ahora sé quién es el que me estaba sosteniendo, quién es el que me estaba defendiendo, quién es el que me estaba protegiendo!"