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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19991212

Título: El reto del predicador

Original en audio: 11 min. 46 seg.


Queridos Hermanos:

Esta iglesia, así como es de hermosa a los ojos, así es de complicada para el sonido. No hace mucho estuvieron tres ingenieros de sonido, distintos, y coincidieron en que esta arquitectura tan completamente lisa, el espacio de una sola nave, el piso plano sin rugosidad alguna, hacían en especial difícil que el sonido llegara apropiadamente.

Esa incomodidad, que a ustedes les hace sufrir a veces y que a mí me hace sufrir a veces, puede servir para que apreciemos las lecturas de hoy. Se nos está hablando de un predicador, Juan el Bautista.

Él se llamó a sí mismo, "voz" San Juan 1,23. Él sintió que toda su vida era una voz. Se aplicó un texto de Isaías: "La voz que clama en el desierto: "Preparad un camino al Señor"" Isaías 40,3.

La divina obsesión de Juan el Bautista, fue que la Palabra pudiera llegar. Él no tomó el lugar de la Palabra. Era muy fácil para el pueblo creer que él era el Mesías. Mas, él lo negó abiertamente: "Yo no soy el Mesías. Está entre ustedes, Uno que ustedes no conocen" San Juan 1,20, San Juan 1,26.

Su papel, su vocación, su vida, fue servir de precursor, preparar el ambiente, preparar el camino, abrir la vía, para que cuando llegara la Palabra, pudiera alcanzar hasta el último.

Una vez leía un estudio que hacía un orador, y él daba como criterio éste: "Tanto en lo físico como en lo psicológico, como en lo emocional, un verdadero orador dirige sus palabras hacia los que están más lejos; no sólo a los que están más lejos físicamente".

Yo tengo que preocuparme de que mi voz alcance a los que están en las últimas filas. ¡Qué hermoso ser predicador, pero no sólo para llevar la voz a los que están más lejos físicamente!

Tal vez, usted vino a esta Eucaristía, pero usted se siente lejos de Dios, o lejos de la Iglesia. Tal vez, usted siente que los ritos de la Iglesia Católica se le van quedando un poco a la distancia. Si usted está lejos, mi problema, mi negocio, mi asunto, es hablar de tal manera, que usted no se vaya de aquí sin haber sido alcanzado al menos por alguna palabra.

¡Este es el maravilloso reto que tiene uno como predicador! Este es el reto que seguramente van a asumir muchos de estos jóvenes que están a punto de entrar a la Orden Dominicana, como yo tuve la gracia hace quince años: Hablar, no para el que está cerca. ¡Buscar al que está lejos!

Cuando estoy en pie aquí, tengo que pensar, no en la gente que ya está superconvencida, en la gente que se siente feliz de su fe. Tengo que pensar, primero, en aquel que quizás le estaba dando la última oportunidad a Dios, aquel que quizás ha dicho antes de entrar por esa puerta: "Voy a asistir a esta Misa a ver qué pasa". Ése, que está afectivamente, emocionalmente, espiritualmente lejos, ése es el que más me interesa.

Juan el Bautista es un modelo de predicadores. Anunció el arrepentimiento de los pecados. ¡Esa es una maravilla! Si Juan el Bautista se hubiera presentado en medio del pueblo hebreo, diciendo: "Traigo medallas, premios y recompensas para todos los que se porten bien", ¿qué hubiera pasado con los que estaban lejos de Dios? Hubieran dicho: "Ese mensaje no es para mí".

Pero, Juan el Bautista trajo una predicación que era exactamente la que se necesitaba para aquellos que estaban más retirados: "Vengo a predicar el arrepentimiento. Vengo a predicar la vuelta hacia Dios. Vengo a predicar el retorno a Dios, y vengo a decir que Dios nos está llamando para que volvamos" San Mateo 3,1-2.

Ese mensaje de conversión, ese mensaje de arrepentimiento tenía que llegarle con mayor fuerza, precisamente a los que estaban más retirados, y así fue.

La gente que se consideraba muy piadosa, muy religiosa, muy buena, como los fariseos, porque creían que estaban viviendo muy bien su religión, o como los saduceos, porque sentían que tenían esta vida resuelta con el poder económico, político y religioso, la gente que se sentía muy cerca, le hizo poco caso a Juan el Bautista.

Sin embargo, todos los que se sentían lejos, percibieron que Dios les estaba hablando a ellos: "Dios me está llamando, para que yo vuelva. Dios quiere que yo regrese. Dios me está esperando. Dios tiene un lugar para mí".

¿Por qué están estas lecturas? ¿Por qué están estas meditaciones en este domingo? Porque está próximo el nacimiento de Jesucristo. Es mucho lo que Cristo tiene para darte.

Pregunta: ¿está abierto el camino? ¿Está abierta tu puerta para que Jesús pueda darte lo que quiere darte? Para éso es este tiempo de Adviento, para éso es la voz de Juan el Bautista, y para éso es el arrepentimiento de los pecados.

Si como fruto de la predicación, como fruto de la oración, como fruto de la voz de Juan Bautista, tú sientes que hay algo que hace falta a tu vida, tú sientes que hay Alguien que hace falta en tu vida, y ese Alguien es Jesús, tu hambre abre el camino, tu deseo de salvación abre la puerta al Salvador.

Porque Dios puede traerte el mejor de los banquetes. Pero, si no hay hambre en ti, o si no abres la boca, no hay cómo alimentarte.

Vino Juan el Bautista a llamar sobre todo a los que estábamos lejos. Vino a convocarnos a los que no nos interesaba de pronto este mensaje. Vino a llamarnos al arrepentimiento, para que descubriéramos en nuestros mismos pecados, -¡oh, maravilla!-, la necesidad, el camino para el Salvador.

Lo grandioso de Juan el Bautista, fue que utilizó la misma miseria humana que es el pecado, como instrumento, como pavimento para abrirle un camino a Jesucristo.

Hermanos, ya está cercana la Navidad. Aprovechemos este llamado de Juan. ¡Un corazón humilde, un corazón arrepentido, un camino pavimentado por la humildad, por el arrepentimiento, y la puerta siempre abierta!

Jesús está cerca. Viene, salva y sana, particularmente a aquellos que estaban quizá muy lejos y que creían que la Navidad era para otras personas.

Si la Navidad tuya siempre ha sido la Navidad de otros, si este tiempo siempre ha sido para que otros tengan su Navidad, tal vez, Dios, por la palabra del Bautista y por el arrepentimiento de los pecados, quiere que ésta sea tu Navidad; la tuya.