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Fecha: 19961215 Título: La diferencia entre la predicacion de Juan el Bautista y la predicacion de Jesus

Original en audio: 11 min. 45 seg.


Queridos Hermanos:

La liturgia de este día nos presenta la figura de Juan Bautista, bien llamado Precursor del Mesías.

Precursor porque fue concebido antes de Jesucristo y en atención a Jesucristo. Nació antes de Jesucristo, y como anuncio del nacimiento de Jesucristo; predicó antes de Jesucristo y poco antes de que iniciara su predicación Jesucristo; presentó a Jesucristo y murió antes de Jesucristo, como una señal y una especie de anticipación de la muerte de Jesucristo.

Juan el Bautista, pues, iba como delante del Señor "preparando para Dios un pueblo bien dispuesto" San Lucas 1,17, dice la Escritura.

Juan el Bautista es una vida dedicada al anuncio de Jesucristo; juan el Bautista no hizo nada en esta tierra sino anunciar a Jesús; Juan el Bautista no tuvo una tienda, ni una industria, ni un negocio, ni un hogar, no escribió ningún libro, no se sembró ningún árbol, no tuvo ningún hijo; toda su vida, todo su amor se concentra en su misma tarea: anunciar a Jesús.

Bien podemos decir que Juan Bautista es un hombre de un solo amor, del inmenso, del intenso amor a Jesús y el ministerio de Jesús, en favor de todo el pueblo de Israel y de todas las naciones.

De Juan el Bautista hizo un hermosos elogio Jesucristo en alguna ocasión. Dijo Jesús que, "Juan el Bautista era el mayor entre los nacidos de mujer" San Lucas 7,28. Dando un poco la vuelta a estas palabras, se podría decir que Juan el Bautista es lo más grande que puede engendrar la carne humana, es lo más grande que puede salir de las solas fuerzas humanas.

Juan el Bautista como el límite, como la cumbre suplicante de la humanidad, hasta donde pueden llegar sus fuerzas, hasta donde pueden llegar sus esperanzas. Pero Juan el Bautista todavía no es el Reino de los Cielos, él no es la luz, es el testigo de la luz.

la vida de Juan el Bautista es admirable: vivió y predicó en el desierto en un régimen de austera penitencia, presentando, con su voz, la inminencia de la visita de Dios. Y sin embargo, por admirable que nos pueda parecer esta vida, todavía no es la vida que venía Dios a otorgarnos por medio de Cristo.

Y por eso debemos preguntarnos cuál es la diferencia entre la vida de Juan y la vida de Jesús. Es la misma diferencia que hay entre el bautismo de Juan y el bautismo de Jesús.

El bautismo de Juan era un bautismo de solo agua, una señal de arrepentimiento, un deseo sincero de volver a Dios. El bautismo de Jesús, en cambio, es una efusión del Espíritu Santo, es un gracia, es un regalo.

Si el bautismo de Juan es la confesión de que somos pecadores, el bautismo de Jesús es la proclamación de que Dios perdona. Si el bautismo de Juan es el reconocimiento de que necesitamos de Dios, el bautismo de Jesús es el reconocimiento de que Dios viene a sanar nuestras necesidades.

El bautismo de Juan es como derribar los ídolos que nos impiden encontrar a Dios; el bautismo de Jesús es el levantamiento, la erección de la Cruz, que así levantada, aparece como verdadero reemplazo de todas esas idolatrías.

El bautismo de Juan y la vida de Juan es el esfuerzo más resuelto de luchar contra el mal; el bautismo de Jesús es la proclamación más clara de la siembra, de la presencia y de la cosecha del bien.

Y esto tiene una enseñanza para nosotros. Hermanos, no basta con reconocer uno que uno ha sido malo; no basta con la comprobación de que hay muchos problemas, de que hay muchas idolatrías, de que hay muchos pecados. En el mejor de los casos, esta confesión de que nosotros somos malos, llega hasta el bautismo de Juan, es decir, hasta el reconocimiento público "soy un miserable"; eso no basta.

Lo más importante no es que nosotros somos malos, eso no es lo más importante del Evangelio. Lo más importante, lo más bello, lo más grande del Evangelio no es que nosotros somos malos y que estamos arrepentidos, sino que Dios es bueno y que puede transformarnos, que puede sanarnos, colmarnos de su Espíritu y renovarnos. Esta es la gran diferencia entre Juan y Jesús.

Si Juan derriba los ídolos, Cristo levanta la gracia; si Juan nos enseña a humillarnos hasta el polvo y besar el polvo y decir: "Me he equivocado muchas veces", Juan nos lleva hasta ése polvo; y Cristo nos levanta de ése suelo, de ése polvo, de ésa tierra y nos dice: "Tú has confesado tu culpa; eres perdonado".

Se necesita Juan, se necesita la predicación de Juan, para que no nos digamos mentiras, para que no nos creamos inocentes, para que dejemos de echarle la culpa a otras personas; se necesita la predicación de Juan, para que dejemos de decir: "Fue la culpa de mi papá", "fue por culpa de mi mamá", "por culpa de los políticos", "por culpa de los sacerdotes", por culpa de quien sea.

Se necesita la predicación de Juan, para que dejemos de echarle la culpa a otras personas y caigamos en la cuenta de que cada uno de nosotros tiene una parte de responsabilidad en esto de que el mundo, a veces, no funcione como debiera.

Se necesita la predicación de Juan, pero más se necesita la predicación de Jesús, que enseña, que así como hay culpa y así como hay tanto de que arrepentirnos, así también hay gracia y hay tanto de que alegrarnos.

Necesitamos un Juan el Bautista que quite la venda de nuestros ojos y nos muestre que somos unos pecadores. Pero, hermanos, ¿de qué sirve quitar la venda si no se enciende una luz? ¿De qué sirve comprobar que sí somos pecadores, si no hay nadie que nos pueda sacar de ahí? Así yo tengo esta otra comparación entre Juan y Jesús: Juan nos quitó la venda; Jesús encendió la luz.

Y dice San Agustín de Hipona: "juan era la voz, Jesucristo la Palabra". El ministerio de juan, la acusación de que somos pecadores, es como un latigazo que nos despierta; pero el anuncio de que somos salvados, ya no es un instante sino una eternidad de gracia y de gloria.

Por un momento, debo decirles, junto con Juan, que ustedes y yo somos pecadores, eso debo decirlo por un momento. Pero para siempre, para toda la eternidad, quiero contarles y quiero cantarles que estamos salvados por este bendito Jesucristo, cuyo nacimiento ya próximamente vamos a celebrar.

Basta que tengamos la claridad, por un instante, de que somos pecadores; pero que dure y perdure para siempre en nuestros corazones la certeza de que estamos salvados.

Sucede aquí lo mismo que pasa en una familia: el papá siempre quiere al hijo, siempre, siempre lo ama; y si el hijo se equivoca, por un momento el papá tiene que ponerse serio para que el hijo entienda que ha obrado mal, pero es sólo por un momento.

Y ese momento y esa voz recia fue Juan. Pero luego viene la Palabra de salvación, la Palabra definitiva de amor y de alianza, que es Jesucristo, a quien ya próximamente celebraremos.

A Él, a su nacimiento bendito, a su vida sin mancha, a su gracia que no se marchita, el honor por los siglos eternos.

Amén.