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Fecha: 20081207

Título: Los tres amigos para el Adviento

Original en audio: 18 min. 37 seg.


Para el tiempo del Adviento tenemos varios amigos que es bueno conocer y tratar, esos tres amigos principales son: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Santísima Virgen María.

María, por supuesto, es protagonista en el Adviento porque el Adviento termina con la celebración del nacimiento de Cristo, y toda mujer, pero especialmente toda mujer que es mamá, sabe de ese tiempo que se llama precisamente de espera, de expectativa.

Cuando una mujer está embarazada, suele decirse en muchos lugares: "Está esperando, está esperando"; pues entre todas las mujeres que han estado embarazadas, todas las mujeres que han estado esperando María la Virgen, por supuesto, es un modelo, es una referencia para nosotros, de cómo esperar a Jesucristo, cómo anhelar el nacimiento de Jesucristo. Esa es entonces una aliada nuestra en el tiempo del Adviento.

Aquellos que hemos tenido alguna amistad en época de nuestra vida con la Santísima Virgen, pues somos invitados a renovar esa amistad en este tiempo. Es un tiempo en el que el Santo Rosario, especialmente los misterios gozosos tienen un sabor muy vivo, muy especial. Estos misterios de la Anunciación, de la Visita, del Nacimiento de Cristo, estos misterios de la infancia de Cristo, tienen, si se quiere, más color, más sabor en esta época. María, aliada número uno en el Adviento.

Los otros dos amigos son: el profeta Isaías y el precursor de Jesús, o sea, Juan Bautista. Isaías es amigo nuestro por varias razones, en primer lugar en el capítulo siete de Isaías se hace como una predicción del nacimiento de Cristo de una madre virgen.

Es verdad que la intención original de Isaías quizás no fue exactamente esa, pero ya los cristianos del siglo primero utilizaban la Biblia en lenguaje griego, la llamada Traducción de los Setenta; leían Isaías, capítulo siete, y encontraban este pasaje: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo”.

De manera que Isaías nos interesa por ese pasaje, por esa predicción; pero no solamente por eso, muchísimos pasajes del largo libro de Isaías son muy útiles para el Adviento. Si algunos de ustedes han tenido o tienen ocasión de asistir a la Santa Misa entre semana, no solo así los domingos como ahora, sino entre semana, ustedes notarán que una porción muy abundante de lecturas está tomada del profeta Isaías; podemos decir, que hasta cierto punto, él anticipó lo que sería la Redención, lo que sería la plenitud de salvación que nos iba a traer Jesús.

Y durante el Adviento, lo que la Iglesia hace es tomar muchos textos, sobre todo textos, de este profeta, de Isaías, mostrar cuál era la expectativa que la gente tenía para luego, en el Evangelio, mostrarnos cómo esa expectativa se cumplió.

Un ejemplo muy claro es cuando Isaías habla de cómo Dios va a preparar un banquete abundante, un banquete generoso, y luego el Evangelio nos habla de la multiplicación de los panes hecha por Cristo en un lugar descampado, como mostrando de esa manera tan pedagógica, mostrando la Iglesia que todo aquello que esperaban los profetas se ha venido a cumplir en la persona de Nuestro Señor Jesucristo.

Isaías es muy importante entonces porque nos ayuda a descubrir como los rasgos más profundos, más característicos de la esperanza de Israel. El largo libro de Isaías, largo pero bellísimo libro de Isaías, está lleno de estos mensajes que también podemos considerar como exploraciones en el corazón humano.

Esta clase de anhelos de Isaías, son los anhelos que también palpitan, que también viven en nuestro corazón; y por eso, cuando uno lee de esta manera la Biblia, uno no está leyendo una historia distante, sino de algún modo uno está aprendiendo a leer el propio corazón.

La Biblia se convierte así como en una especie de lupa, como esos vidrios de aumento, es una lupa que nos permite mirar el fondo de nuestro corazón, nos permite reconocer nuestros anhelos más profundos. Por ejemplo, en la lectura de hoy, esa imagen casi idílica que nos presenta Isaías: Dios que reúne a su rebaño, el rebaño maltratado, el rebaño sufrido, lo reúne, y lo apacienta, y lo cuida, y lo guía con especial ternura para aquellos que han sufrido más.

En el caso de Isaías, hace una mención a los corderos que son débiles por su edad y a las ovejas que recientemente han dado a luz y que por consiguiente tienen su organismo también un poco maltratado. Y también Isaías nos habla de cómo hay que preparar ese camino en el desierto, y una vez más lo que Isaías nos dice en el Antiguo Testamento, el Evangelio lo corrobora.

Así llegamos a nuestro tercer amigo del día de hoy, Juan Bautista. El Adviento no hay que vivirlo solo, el Adviento hay que vivirlo con tres amigos, los tres amigos, los tres súper amigos, son: la Virgen María, el profeta Isaías y Juan el Bautista, son los tres súper amigos.

Los demás súper amigos, los que salen ahí en la televisión, esos no ayudan mucho para el Adviento, pero estos súper amigos que yo les cuento aquí, estos sí ayudan para vivir el Adviento.

¿Y cómo nos ayuda Juan Bautista? Bueno, pues fíjate que sería tan importante el oficio que realizaba este hombre que quedo pegado a su nombre; la gente lo llamaba Juan el Bautizador, Juan el que bautiza, Juan el Bautista.

Juan el Bautista por supuesto que nos ayuda para el Adviento porque realmente, como ya lo anunció el Ángel Gabriel antes de que fuera concebido Juan, cuando el Ángel Gabriel le habló a Zacarías, que así se llamaba el papá de Juan, le dijo que este niño, este Juan, era precisamente para reconciliar a los padres con los hijos en el pueblo de Israel y tener así a un pueblo bien dispuesto.

La misión de Juan fue la preparación inmediata del pueblo de Israel, para recibir la llegada de Jesús. ¿Y cómo hizo Juan? ¿En qué consistió esta preparación? ¿Cómo cumplió él su tarea? Él cumplió esa tarea destacando la necesidad que tenemos del perdón y esta creo que es una lección muy grande que sirve para el Adviento, y no sólo para el Adviento: necesitamos descubrir que tenemos que ser perdonados, necesitamos descubrir que necesitamos el perdón de Dios; solo cuando uno descubre la necesidad del perdón, descubre después la alegría del perdón.

Uno no puede tener la alegría del perdón si no ha descubierto antes la necesidad del perdón, y claro que Jesús es la alegría del perdón porque Jesús es el regalo de la reconciliación, es el regalo de esa palabra tan bella: la redención, el rescate. Jesús es el rescate, es el Rescatador, es el Salvador, es el Redentor; Jesús es el perdón que se regala, pero de poco sirve saber que Jesús es el perdón que se regala si uno no encuentra de qué ser perdonado.

Si uno no descubre su propia necesidad, no descubre tampoco la alegría que trae Jesús. Para que Jesús sea verdaderamente tu buena noticia, eres tú quien tiene que descubrir que hay algo que mejorar en tu vida, sin eso es muy poca la alegría que se tiene.

Y la comparación que siempre utilizo, cuando me refiero a esto, es la comparación entre el hambre y el alimento, por una parte; y la necesidad del perdón y el regalo del perdón, por otra parte. Cuando uno no tiene hambre, la comida no es una buena noticia. De hecho, si uno no tiene hambre, la comida, el olor de comida puede ser una mala noticia.

Cuando uno, por ejemplo, está enfermo, hay momentos en que no solo no tiene apetito, sino que el olor de la comida, sobre todo si la comida tiene algo de grasa, se convierte en algo repugnante: "¡Lejos de mi esa comida!" Esa comida no es una buena noticia para mi, ¿por qué? Porque yo estoy enfermo y no sólo no tengo hambre sino que detesto el olor de la comida.

Cuando uno no tiene hambre, la comida no es una buena noticia, en cambio, si uno está en buena salud y si uno ha trabajado bien su día, ha vivido su jornada, y hace ya unas buenas horas que no come absolutamente nada, pues lo normal y lo esperable es que tenga hambre; y cuando uno tiene hambre, y bastante hambre, pero buena hambre, realmente, entonces un plato apetitoso de comida.

Cada uno imagínese su plato preferido allá en su propia cultura, algunos dirán: "No, pues yo quisiera un tamal, o quisiera una bandeja paisa, quisiera unas fajitas, quisiera unos burritos, cada persona se imaginará su propio plato y ese plato le parece apetecible, y si pudiera tenerlo, se alegraría mucho, porque tiene hambre, el hambre hace que la comida sea una noticia feliz.

Lo mismo pasa con Jesús, Jesucristo es un regalo de amor, de perdón, pero ese regalo no va a alegrar a todo el mundo, ese regalo sólo va a alegrar aquellos que han descubierto su necesidad de ser perdonados.

Entonces, alguna gente dice: "La Iglesia quiere que uno viva acomplejado con la idea del pecado, para la Iglesia todo es pecado". Pues no es cierto. Y decir que es así es otro pecado. La Iglesia no dice eso, la Iglesia lo que dice es: que solamente cuando descubres tu dimensión de pecador, puedes descubrir tu dimensión de perdonado, y sólo cuando descubres la alegría del regalo del perdón, el Evangelio se te vuelve buena noticia.

Y eso fue lo que hizo Juan Bautista, Juan Bautista estaba predicando y lo que hacía la gente era lo que nosotros solemos llamar “regaño”. Juan Bautista es el patrono de los regañadores. Juan Bautista regañaba a la gente: "Ustedes, soldados, ustedes son unos abusivos; ustedes, comerciantes, ustedes no hacen sino robar a la gente; ustedes, los poderosos, dejen de humillar a todo el mundo; sacerdotes, quiten esa hipocresía de sus vidas; Juan Bautista daba a diestra y siniestra, regañaba.

Pero hay algo muy interesante que nos dice el texto de hoy, él regañaba, porque eso no se puede quitar, ustedes no me vengan aquí con la historia de un Juan Bautista que era todo ”polai” Juan Bautista no era tan polai; Juan Bautista regañaba a la gente y le echaba en cara sus pecados, a todo el mundo, chiquitos y grandes.

Herodes decidió empezar a vivir con la mujer de su hermano, es decir, con la cuñada, empezó a vivir con la cuñada, como si fuera la esposa; y claro, toda la gente que rodeaba a Herodes, como Herodes era tan todopoderoso, como era tan rico, como era tan importante y como era tan cruel, nadie le decía nada porque todos le tenían miedo a herodes, entonces nadie le decía nada.

Y todo el mundo veía que estaba andando, -como decimos en mi país, "para arriba y para abajo" con esa mujer que no era la esposa sino la esposa del hermano, y se iban y se quedaban y nadie sabía qué pasaba ahí, pero ahí se quedaron y ahí amanecieron, y nadie supo nada, y todo el mundo callado.

Juan el Bautista no se quedó callado, Juan el Bautista le dijo: "Oye, tú, pedazo de Herodes, tú no puedes estar viviendo así con esa mujer, esa mujer no es esposa tuya, esa es esposa de tu hermano". Es decir, Juan el Bautista le mostraba a las personas esa necesidad de redención, pero lo más interesante no es eso, que Juan el Bautista le cantara la tabla a todo el mundo, chiquitos y grandes, y a los escribas, y a los sacerdotes, ¡uy, eso se los tenía al rojo vivo a los pobres sacerdotes!

Lo más impresionante no es eso, lo más impresionante es lo dice el Evangelio de hoy. Dice así: “Juan predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él” San Marcos 1,4, ¿no les parece sorprendente este hecho, mis hermanos?

Este es un hombre regañón, que es lo que la gente no quiere que haga la Iglesia Católica, la gente quiere que la Iglesia le aplauda todo: "-Padrecito, dos abortos y contando". "Tranquila, mija, no hay problema, bien pueda". "-Padrecito, llevo tres matrimonios". "-Ánimo, mijo, ánimo, que usted está bien alimentado". Eso es lo que la gente quiere que haga la Iglesia, que le apruebe todo. "-Padrecito, me drogué y pienso que me voy a suicidar, ¡será buena la eutanasia?" "-Creo que sí, mijo, bien pueda". Esa es la Iglesia que la gente quiere, que le apruebe todo y aplaude todo.

Juan el Bautista era la antítesis de eso, Juan el Bautista era un regañón, yo me lo imagino medio cascarrabias, ese hombre regañaba a todo el mundo, pero la gente iba donde él, ¿por qué? Aquí hay una clave muy importante del Adviento. La gente iba donde él porque así nos duela la verdad en el fondo nuestros corazones anhelan la verdad, en el fondo buscamos la verdad, así nos duela, y en el fondo hay algo muy profundo en la vida humana que se llama la conciencia y la conciencia sólo enciende su luz hermosa cuando encuentra la verdad.

"Esta es mi verdad, es una verdad fea, es una verdad vergonzosa, es una verdad que da pena, pero es mi verdad, esto es lo que realmente soy" Hay en el corazón humano este anhelo, esta hambre profunda de verdad, y Juan el Bautista tenía tanta popularidad, -porque aquí dice que toda Judea iba allá a escucharlo-, porque aunque era una verdad amarga, de algún modo la gente se daba cuenta de dos cosas. Primera, que lo que él estaba diciendo sí era cierto; y segunda, se daban cuenta que lo que le movía a él a decir esa verdad no era ninguna clase de interés sino sólo la gloria de Dios.

Lo que es fastidioso, de que algunas veces a uno le canten a uno la verdad, es que las personas que dicen esa verdad lo dicen o por herirlo a uno,o porque quieren humillar a uno, o porque quieren sacar algún provecho de uno, o porque quieren extorsionarlo a uno de alguna manera.

Pero cuando alguien nos está diciendo la verdad, así sea una verdad amarga, y nosotros vemos que esta persona no quiere hacernos daño a nosotros, ni tampoco quiere sacar algún provecho, sino que todo su anhelo y su corazón está realmente en buscar todo el bien para el pueblo y en buscar la gloria para Dios; cuando una persona así aparece, aunque dice cosas muy amargas, es una persona que uno oye con gusto, y ese era Juan el Bautista.

Tres amigos para el Adviento: la Virgen, Isaías y Juan Bautista. No dejemos pasar este tiempo sin provecho.

Yo les invito, mis hermanos, aprovechar al máximo este Adviento y este mensaje de Juan, lo mismo que el mensaje de Isaías y el de la Santa Virgen María, son mensajes para que nuestros corazones preparen verdaderamente el camino del Señor.