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Fecha: 20051204

Título: Prepararnos para la Navidad procurando vencer la soberbia, el egoismo y el resentimiento

Original en audio: 19 min. 40 seg.


Queridos Hermanos:

Si el Adviento nos habla de una visita, nos habla de la llegada del Señor, hay que prepararse; todo el Adviento está marcado por esa idea de la preparación, prepararle un lugar a Jesús, preparar nuestras casas para Jesús, preparar nuestros corazones, nuestras vidas para Jesús.

Siendo un visitante tan importante y que trae unos bienes tan grandes, uno quiere prepararse bien. Y por eso, durante el Adviento, la Iglesia nos presenta tres personas, que son como modelos y que son como maestros para esta preparación del Adviento.

El profeta que más vamos a escuchar y que más estamos escuchando, es el Profeta Isaías, hay muchos textos de Isaías. Hoy, por ejemplo, la primera lectura fue de Isaías. La segunda persona es, desde luego, la Santísima Virgen, porque en Ella el Adviento fue su embarazo.

Las que son mamás o las que quieren serlo, fácilmente pueden imaginarse ese Adviento de María. Creo que si hay algo que a todos nos conmueve es ver a la mujer en estado de gravidez. La mujer en su embarazo, tiene una belleza única, una belleza que más que corporal es como espiritual, una belleza que toca lo más profundo de nuestro corazón.

Y esa belleza de María en su embarazo, de la Virgen embarazada, tiene que darle un toque especial de alegría, de ternura a este Adviento; viene el Niño Jesús, viene, y viene en esa forma tan humilde, tan cercana. Realmente, son muy pocas las personas que no se conmueven ante un bebé, ¡es una presencia tan humilde y que nos toca tanto el corazón!

Entonces, la segunda persona es María, la voz del Profeta Isaías y la figura de la Virgen embarazada, la Virgen que se prepara para dar a luz al Salvador de todos.

La tercera persona, es la que llena el evangelio de hoy, es Juan el Bautista. Juan nos puede enseñar muchas cosas, con lo que fue su vida y con lo que fue su palabra. Vamos a tratar, ya que esta figura es la principal del evangelio de hoy, vamos a tratar de sacar algunas aplicaciones prácticas de la vida de Juan, porque queremos vivir bien el Adviento, queremos vivir bien la Navidad, Jesús es el que le da el sentido a la Navidad.

Dicen en inglés, algunos cristianos fervorosos que quieren recuperar el sentido de esta época del año: "Christ is in the middle of Chritmas", "Cristo está en el centro, está en la mitad de la Navidad"; no tenemos la expresión correspondiente en español, pero lo que sí tenemos en español y en muchas otras lenguas, es que se quiere sacar a Jesús de la Navidad.

Y cuando se saca a Jesús de la Navidad, lo único que queda es la tortura que viven las amas de casa de decorar la casa con una cantidad de colores y preparar una cantidad de recetas, y arreglar una cantidad de invitaciones, y enviar una cantidad de tarjetas, y al final quedar agotados.

Me he encontrado un par de artículos en los periódicos estos días aquí en Irlanda, de mamás que se declaran en rebeldía: "Ya no hago más eso, no voy a hacer nada en mi casa".

Y hay gente que está optando, -sobre todo donde hay dinero de por medio-, se van, cierran bien la casa y se van para otro país, se van a un hotel a pasar dos o tres semanas, "que allá los del hotel decoren como quieran decorar, pero yo no me voy a poner a toda esa historia de tarjetas y esa tempestad de luces y regalos".

¿Y ustedes se imaginan hacer una fiesta donde no llegue el invitado especial? ¿Y por qué se sienten aburridos? Si uno lee esos artículos, se sienten aburridos porque no está Jesús. ¿Y ustedes se imaginan hacer una fiesta donde no llega el invitado principal? ¡Eso es aburrido!

Porque es el ejercicio únicamente de que "vamos a cambiar estas luces amarillas por luces rojas, por luces verdes y luego vamos a poner un árbol y luego lo vamos a quitar, luego vamos a mandar tarjetas a la gente de la que nunca nos acordamos"; todo eso suena muy tonto.

El centro de la vida cristiana es Cristo, el centro de la Navidad es Cristo, y sin Cristo la Navidad es un ejercicio estéril, es como una farsa, es una tontería, es como si todos dijéramos: "Ahora todos felices, todos felices; bueno, ya se acabó la felicidad, ahora sí "works to reality", "otra vez a trabajar".

Llega un momento en que uno se aburre, ¡que le digan a uno cuándo se tiene que poner feliz! En cambio, Jesús viene a conquistar nuestros corazones, nos cautiva, nos enamora; este Niño nos trae una alegría, nos trae una noticia, este Niño viene a romper las cosas que nos hacen daño, especialmente la soberbia, el egoísmo y el resentimiento.

Esas cosas se rompen y va quedando el espíritu nuevo que Él trae. El espíritu de Navidad no es que nosotros nos pongamos a decir: "Bueno, vamos a ser buenas personas por unos cuantos días", que eso es más o menos lo que uno ve, ¿no? En el mundo del comercio o en el cine.

El espíritu de Navidad es: "Bueno, seamos buenas personas unos días, hagamos buena cara y comamos más o menos bien", eso es muy poquito y es como una farsa social; el verdadero espíritu de la Navidad es que Jesús viene.

Y lo maravilloso de Juan Bautista es que para él, el centro de su vida fue Jesucristo, lo que él hizo fue anunciar a Jesucristo. O sea que lo fundamental que tenemos que aprender o repasar en este domingo, es que Jesús es el centro. Y es muy hermoso cuando el corazón humano empieza a sentir anhelos de Jesús: "Ven, Jesús, ven a mi vida, quítame lo que me está estorbando"; eso es lo que hizo Juan el Bautista.

Segunda enseñanza, Juan el Bautista lo que hizo fue predicarle a la gente que se deshicieran de lo que les estaba sobrecargando, "quítense esos pesos que son los pecados, quítense eso; yo quiero liberarme de todo ese peso muerto"; esa es una manera muy bonita de vivir este Adviento.

¿De qué pecado? ¿De qué peso muerto me quiero liberar yo en este tiempo? Y realmente, dejar de lado son sobre todo tres cosas las que tienen que ser vencidas, y ya las mencioné antes: el orgullo, el egoísmo y el resentimiento, sobre todo esas tres cosas, liberarnos de esas tres cosas.

Juan el Bautista invitaba a la gente a que confesara sus pecados, "quítese ese peso de encima". Gracias a Dios, aquí por ejemplo en la Parroquia, tenemos el ministerio de la confesión y es notable, ciertamente, sí viene más gente a confesarse en estos días; eso está muy bien, nosotros los católicos podemos aplicar muy bien esas palabras.

Juan el Bautista llevaba una vida muy rara, él vivía ahí en el desierto, dedicado ahí a la oración, a la penitencia, a la predicación, sobre todo tenía una dieta rarísima, una dieta de langostas y miel silvestre, ¿cómo serían esas langostas? No sé, la miel podemos imaginarla, pero eso no es como para sobrevivir. Su vestido también era un vestido como de mendigo o de loco, ahí con una piel, con un cinturón amarrado.

¿Que nos enseña Juan el Bautista con esa forma de vida tan extraña? ¿Qué le podemos aprender a él? Yo no les recomiendo a ustedes la dieta de langostas con miel silvestre; pero obsérvese que Juan vivía en el desierto y vivía de lo poco que da el desierto.

Un pedazo viejo de cuero le servía de vestido, y estos animalitos y miel silvestre ese era su alimento, ¿qué enseña Juan con eso? Juan enseña con eso que Dios es capaz de sostener a su gente, es capaz de sostener a su pueblo, incluso en las circunstancias más adversas.

Juan enseña que el que se arriesga a depender de Dios no queda defraudado, el que le dice al Señor: "Tú eres mi esperanza, tú eres mi todo", ése no queda defraudado; y esta también es una buena enseñanza para nosotros.

Tal vez nosotros no lleguemos a esos extremos de Juan en el desierto, pero nosotros tenemos nuestros “desiertos”, sobre todo tenemos desiertos tal vez emocionales, a veces un poco económicos, laborales. Nosotros pasamos por desiertos, esos desiertos los llaman los azules, los blues, esos momentos bajos no sé por qué los llaman azules.

Y es muy bueno saber que el que se aferra a Dios sobrevive, que Dios no descarta, que Dios no bota, que Dios sostiene a los que se aferran a Él. Y nosotros queremos en este Adviento apegarnos a Dios, aprender a aferrarnos a Él; esta es una enseñanza bonita que nos da Juan.

Y es muy hermoso ver cuando Dios realmente lo sostiene a uno, cuando uno puede decir que "Dios fue mi fortaleza en los momentos malos, o en los momentos de soledad, o de incertidumbre, en los momentos de confusión que tuve, Dios me sostuvo; yo estaba como en un desierto, pero incluso en el desierto Dios me sostuvo". Este es el tiempo para apegarse uno más a Dios y esto se entiende más, me parece, en este ambiente de invierno y de días corticos.

Que ya llegan las cuatro y media de la tarde, que ya se fue el sol; en estos días es hermoso, por lo menos, por lo menos en esta parte de la tierra, es hermoso hacerse esta reflexión: "Me voy a apegar a mi Dios, me voy a aferrar a Él, Él es mi esperanza".

Pero todavía hay más con eso de la dieta de Juan. Sabemos por la Biblia, que los Israelitas pasaron muchos años en el desierto, y parece increíble que un pueblo que vivieron cuarenta años en el desierto, eso cuenta el Éxodo y el Pentateuco, Juan estaba recordándole a ese pueblo, al pueblo al que el le predicaba, le estaba recordando los tiempos de la Alianza.

Y aquí también hay una enseñanza para nosotros. La Biblia dice, por ejemplo, allá en el Profeta Oseas, que el tiempo del desierto fue el tiempo en el que Israel fue más fiel, claro, porque en el desierto no tenían a quién acudir, no podían sino agarrarse a Dios, como le toca uno a veces cuando se siente uno muy solo o muy deprimido: "Dios mío, sácame de esta, porque de las otras me salgo yo", esos momentos en los que uno se aferra a mi Dios. Entonces eso fue lo mismo que les pasó a los israelitas.

Ellos fueron especialmente fieles a Dios en el desierto y Juan el Bautista, con esa manera tan rara de vivir, no estaba haciendo un show, lo que estaba diciendo es: "Recuerden los tiempos mejores". Es lo mismo que sucede cuando una pareja celebra un aniversario, por ejemplo, dos años de casados o veinte años de casados, como también nos ha pasado o le ha pasado.

Lo más hermoso que tiene una pareja es recordar los tiempos bonitos: "¿Te acuerdas cuando nos encontramos?" "¿Te acuerdas la primera vez que cuando me dijiste que me querías?" Eso es muy hermoso, casi siempre la mujer tiene más memoria que los hombres; yo digo, los pobres hombres cómo sufrirán: "-¿Te acuerdas cuando me dijiste que me querías?" "-Si, sí me acuerdo", y el hombre tratando allá de acordarse.

A nosotros se nos olvidan esos "te quiero", ese amor que le hemos tenido al Señor. Uno ha tenido tiempos donde ha sido más piadoso, más fervoroso y es bueno en el Adviento recordar eso: “Oiga yo he estado más cerca de Dios. Hubo un tiempo en el que era juicioso, por ejemplo, rezando el Rosario, oiga, y lo dejé, ¿cómo así?”.

Juan el Bautista me esta recordando los tiempos buenos. O de pronto: "Yo tenía otra devoción", o de pronto: "Iba con más frecuencia la Santa Misa", o de pronto: "Yo me confesaba con frecuencia, abandoné la confesión, tengo años..."

Podría decirme alguien: “No, yo voy a volver a mi mejor forma de vida”. Ese es el Adviento: "Voy a reconectar, voy a volverme a enchufar con lo mejor de mi fe, con lo mejor de mi amor a Dios". Pero claro, lo más importante de Juan el Bautista, era que estaba preparándole el camino a Jesús y él decía que había que allanar el sendero.

Lo mismo dijo la primera lectura: "Que se rellenen los valles y que se aplanen las montañas" Isaías 40,4, y algún predicador lo interpretó de esta manera: que se rellenen los valles quiere decir que no te dejes llevar por el desánimo, que es cuando uno está abajo; y que se quiten esas montañas quiere decir, que no te dejes llevar por la altivez o por el orgullo, que es cuando está uno por allá encaramado.

Eso es bonito, eso es lo que nos está diciendo Juan, que dejemos los desánimos, que dejemos los orgullos, que preparemos el camino para que Jesús venga, que reconectemos con lo mejor de nuestra vida y nuestra fe y que así celebremos lo que es Navidad.

Yo estoy feliz de que ustedes hayan querido venir en este día, porque le cuento que cada vez son menos las personas que saben qué es la Navidad, saben muchas y muchas cosas, pero no saben qué es la Navidad. Y es muy lindo para nosotros saber quién es el que llena la Navidad, y amarlo, esperarlo con ilusión, recibir su presencia como un regalo.

Una última anécdota de un sacerdote alemán. Este sacerdote, muy práctico él y muy concreto, dijo: "Mire, esto de la Navidad no es únicamente estarnos quejando de que todo se comercializa", entonces empezó una campaña para que los niños supieran quién era Santa Claus.

Y la campaña es recordar que esa figura que ahora no es sino ese viejito panzón, -tan feo que se ve uno panzón-, un viejito panzón cacheticolorado, ese viejito no era ningún viejito, era un santo, San Nicolás, de ahí viene Santa Claus, de ahí viene un remanente de Nicolás, cuya fiesta es el seis de diciembre. Un santo Obispo, por allá del primer milenio, que fue muy generoso.

Entonces, este padrecito alemán se dedicó a dar catequesis, especialmente a los niños, diciéndoles: "Mire, el viejito ese vestido de rojo, olvídese de él, recuerde quién es San Nicolás y recuerde quién nace en Navidad.