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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19991128

Titulo: En el Adviento Jesucristo vine con el poder de la humildad y del amor

Original en audio: 23 min. 54 seg.


Muy Queridos Hermanos:

Con esta celebración estamos empezando, como Iglesia, el tiempo del Adviento. ¿Qué es lo que nosotros celebramos en la Iglesia? A Jesús, celebramos a Jesucristo.

Hace un momento el Padre Andrés nos invitaba a contemplar esta hermosa imagen de Jesús glorioso, se levanta glorioso del sepulcro, ese es el Cristo, esa es la victoria, ese es el misterio que nosotros celebramos siempre. El motivo de nuestro gozo, la razón de nuestra esperanza, la causa de que estemos en fiesta se llama Jesucristo.

Nuestra celebración, nuestro anuncio, nuestra memoria, nuestro proyecto, nuestra esperanza, nuestra vida es Jesucristo, y por eso, en cada celebración de la Iglesia, el motivo y razón es siempre el mismo, Jesucristo.

Ahora bien, resulta que en la vida humana no todo es religión, ustedes tienen otras celebraciones, por ejemplo, se celebra que uno de los hijos se ha graduado de secundaria o de bachillerato, o se celebra que uno de los hermanos de la casa se ha casado, o se celebra tantas cosas: un nuevo trabajo, una esperanza, el retorno de un amigo; hay muchas cosas que celebramos.

Supongamos que un amigo llegó de viaje, lo que va a suceder, por ejemplo, cuando nuestros hermanos peregrinos vuelvan a sus casas. Un amigo llegó de viaje, vamos a suponer que este amigo llegó a su casa el día lunes, y se reúnen la familia y los amigos, y hacen una fiesta, y hacen una comida, y le escuchan sus historias: "¿Cómo te fue? ¿Cómo fue aquello? ¡Qué alegría tenerte!"

El día martes hacen otra reunión para recibir al que acaba de llegar, y el miércoles otra fiesta para recibir al que llegó, y el jueves otra fiesta para agasajar al que llegó, y el viernes otra fiesta y así todos los viernes, todo el año celebrando, porque volvió, ¡hombre! Jesús diría, ¡esa es una exageración!

Para que siga habiendo fiesta tiene que haber otros motivos, nadie celebraría el mismo motivo todos los días. Pensemos, por ejemplo, en el cumpleaños. En todas las culturas que conozco se celebra el cumpleaños de las personas, mucho o poquito, pero se celebra. ¿Qué tal una persona que le celebraran hoy el cumpleaños y al otro día sería el cumple día, no el cumpleaños sino el cumple día, y al otro día otra celebración del cumpleaños y al otro día otra celebración?

Aquí surge una pregunta para nosotros, ¿cómo es eso que nosotros celebramos a Jesús, a la victoria de Jesucristo, y ese es el motivo de todas las fiestas de todas las celebraciones?

¿Por qué podemos celebrar siempre a Jesucristo? ¿Por qué y cómo celebramos a Jesucristo? Hay que saber que los cristianos, allá en los primeros tiempos, lo primero que celebraron fue la Pascua de Jesucristo, eso fue lo primero que celebraron: "El Señor ha resucitado glorioso del sepulcro". Y esa fue la gran fiesta, la gran asamblea, la gran liturgia de todos los primeros siglos.

La Pascua, el Señor ha resucitado, pero alrededor de la Pascua empezaron a nacer otras celebraciones que son también celebración del misterio de Cristo. ¿Cómo sucede esto? Esto es muy bueno saberlo. En el domingo primero de Adviento, -yo sigo con el ejemplo de nuestro precioso Jesucristo glorificado, Cristo resucitado-.

Esta escultura hermosísima, tú la puedes mirar desde aquella calle, o tú la puedes mirar desde enfrente, o tú la puedes mirar desde la otra calle, es la misma escultura; pero desde cada punto de vista, tú descubres otro aspecto.

Por ejemplo, si tú la miras desde aquí, ves que la mano de Jesús está derramando sus bendiciones; si la miras desde ahí, te das cuenta que el pie tiene las Llagas; si miras desde allá, descubrirás que tiene una expresión de paz en su rostro; es el mismo Cristo, pero desde cada lugar que lo vas viendo le descubres nueva belleza, nueva hermosura, nuevo motivo para tu alegría.

Eso es lo que la Iglesia hace con el misterio de Jesucristo. Nuestro gran motivo de celebración, el centro de nuestra alegría es Jesús en su Pascua, en su victoria sobre todo. Lo que yo conozco, la Renovación Carismática, enfatiza, subraya, resalta que hay victoria en Él, que Él es nuestra victoria y que esa victoria es definitiva, y en Él nos gozamos.

Y por eso, ese canto tan hermoso: "Hay victoria, hay victoria, hay victoria en la Sangre de Jesús", ¿lo han oído? Lo han oído dieciocho personas, los demás no saben de que estoy hablando. Y si creen que hay victoria en la Sangre de Jesús, especialmente en la Renovación Carismática, se subraya, se destaca.

Ahora los universitarios, los estudiantes de colegio también, cuando estudian, utilizan unos marcadores de colores o resaltadores y con ellos se destacan las frases más importantes de lo que uno está estudiando. Así pasa con nuestra fe, el centro de nuestra fe está en la victoria de Jesucristo, en su Pascua, de ahí nace todo, de ahí brota todo, en ese centro está nuestro gozo.

Pero, como esa victoria se parece a esta escultura tan hermosa, aprendemos a mirarla desde distintos puntos de vista y vamos encontrando nueva belleza, a medida que vamos contemplando esa victoria.

Una escultura puede dársele la vuelta. Si esta escultura no estuviera pegada en la pared, si estuviera, por ejemplo, acá en la mitad, en el cruce de calles, nosotros podríamos darle toda la vuelta.

Una vuelta, un círculo en latín se dice annus, de donde viene anillo, los anillos son círculos y de ahí viene año, un año quiere decir un círculo. Le damos vuelta, por ejemplo, a sol. La palabra año viene del latín y significa círculo, vuelta. La Iglesia tiene un círculo, un círculo de danza para darle la vuelta a Jesús.

Cuando se hacen cantos, como esos tan bellos de toda esta semana, a veces se hacen danzas y la gente hace danza, por ejemplo, hay un canto que dice: “Voy dando la vuelta entera de la victoria”. La vuelta entera, la vuelta entera de la victoria.

La Iglesia es como una novia enamorada, que mira a su Señor Jesús y le da la vuelta entera, la vuelta entera de la victoria, y esa vuelta se llama Año. ¿Pero cómo es la vuelta de la celebración? Y celebración en griego se puede decir liturgia, esa vuelta entera de la victoria se llama el Año Litúrgico, el Año Litúrgico es la vuelta de la victoria.

Si tú recorres los pueblos de la tierra, verás que todos tienen alguna forma de baile, y todos tienen en los bailes algunas piezas, estilos o maneras que son para parejas. Por ejemplo, en mi tierra existe el bambuco, el joropo, y tantos otros bailes típicos.

La guabina y muchos de esos bailes son para bailarlos en pareja, ¡qué bello es ver a una pareja que sabe bailar! El baile, realmente, es una expresión muy hermosa del cuerpo humano. ¡Qué lindo es el baile! Yo lo digo, aunque no soy un gran bailarín.

¡Qué bonito es ver a una pareja que sabe bailar! Y muchas veces la pareja le da la vuelta, él le da la vuelta a ella, ella le da la vuelta a él, es la poesía del cuerpo. la Iglesia es la esposa, o mejor todavía, porque estamos en Adviento, la Iglesia es la enamorada, la novia, ella es la enamorada y le da la vuelta a su enamorado, y lo mira por aquí, y lo mira por allá, y le da la vuelta.

La Iglesia tiene la vuelta entera de la victoria y eso se llama el Año Litúrgico, y eso se llama la vuelta entera de la victoria. La cumbia, que se ha vuelto famosa en un canto carismático que dice: “El dedo gordo se mueve para alabar al Señor”, esa es una cumbia, eso es bello; luego sigue la mano y los hombros; luego dice: "los hombros también se mueven para alabar al Señor, para alabar al Señor".

Cuando veo una asamblea, como las que hemos tenido estos días, una asamblea que alaba a Dios, ¿saben qué pienso? Yo pienso que la Iglesia entera se convierte en la enamorada en ese momento y le da la danza, le baila su cumbia a su enamorado, que es Jesucristo.

La cumbia, como la del dedito gordo que se mueve, se mueve; la cumbia, que a veces se celebra con antorchas, velas, cirios; nosotros, en el Año litúrgico, tenemos una luz grande que se llama la Pascua y otra luz un poquito más pequeña que se llama Navidad.

En la Pascua, celebramos cómo Cristo entrega su Cuerpo, su vida, su Espíritu, su ser, y por ese sacrificio de amor, llega a nosotros.

Cuando Cristo es glorificado llega el poder del Espíritu Santo, eso celebramos en la Pascua; pero ese Cuerpo que Cristo ofreció en la Cruz, esa Sangre que Cristo derramó en la Cruz, tuvieron su comienzo; y ese Cuerpo y esa Sangre, una día fueron tan pequeñitos, como estos niños bebés, uno de cinco meses y otro de un mes, ¡qué lindos esos niños! ¡Los amamos mucho!

La luz, el cirio grande del Año Litúrgico es la Pascua, pero hay otro cirio pequeñito, que es Navidad, porque la Carne de Jesús, para ser ofrecida, tenía que ser carne como la nuestra; Jesús se hizo así un niño pequeño y bello, como ese niño. Y en ese misterio de humildad del nacimiento de Jesucristo, en ese misterio de humildad, estaba siendo anunciado el misterio de la humillación de la hora de la Cruz, de la muerte, del sepulcro y estaba siendo anunciado el fruto de esa humillación, la gloria de la Pascua.

Por eso, las dos grandes luces del Año Litúrgico, de la cumbia de la Iglesia, -la Iglesia tiene su cumbia, la cumbia de la Iglesia es el Año Litúrgico-, los dos grandes cirios son: la Pascua y la Navidad.

Pero para vivir esa Pascua con toda su fuerza hay que prepararse, lo mismo que cuando se preparó, por ejemplo, este encuentro internacional. ¡Cuánta preparación, cuántas comisiones, casi cincuenta comisiones, ¡qué cosa! ¡Qué preparación! Comisión, comisión, comisión, gente trabajando todo el mundo moviéndose para que todo saliera como, gracias a Dios, saliera como ha salido, ¡qué hermosura!

Las comisiones prepararon el evento, ¿para qué? Para que cuando llegara la hora del evento, todos estuviéramos a punto, estuviéramos listos, alegres, estuviera todo en orden.

Así también, para celebrar la Pascua hay una preparación, que se llama Cuaresma, la Pascua se prepara con la Cuaresma. La Cuaresma, cuando reconocemos nuestra condición pecadora, para tener el gusto de oír el eco de las palabras de Cristo: “Yo no he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores” San Mateo 9,13, la Pascua se prepara con la Cuaresma.

Para que nos alcancen a escuchar los hermanos evangélicos que están por allá haciendo ruido, háganme el favor de decir que la Pascua se prepara con la Cuaresma, de manera que háganse oír.

Y la Navidad, que es ese fogoncito que nos recuerda la Encarnación, la Carne de Cristo que luego sería ofrecida en la Cruz, la Navidad se prepara con el Adviento. Esos son los dos pases de la cumbia, todos los bailarines saben hacer pases, un pase o un paso.

Pero luego hay otro que se llama Adviento y Navidad. Entonces, en la danza de la Iglesia hay que tener Cuaresma y Pascua, por una parte; y Adviento y Navidad, por otra parte. Esas son las dos grandes luces.

Y entre esos dos grandes cirios hay otro tiempo que nosotros llamamos el Tiempo Ordinario, que es cuando la Iglesia da su vueltecita, que son treintaitrés o treintaicuatro domingos dándole la vueltecita a Jesucristo.

Ese es el Adviento, tiempo hermosísimo para acordarnos de que Cristo vuelve con poder, y para acordarnos de que Cristo vino con humildad, con el poder de la humildad y con el poder del amor. Ese es el tiempo que estamos empezando.

Mis amigos, yo no voy a poder compartir este Adviento con ustedes, pero, gracias a Dios, estamos en la misma Iglesia, Santa Iglesia Católica, y donde yo esté, a medida que se va a aproximando, a medida que se va llegando ese momento de la Navidad, me acordaré de que existe este lugar, de que existe esta alegría, y de que existe esta fe, y de que aquí, aquí, aquí se alaba a Dios.