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Fecha: 19960407

Título: La noche que ratifica al Enviado de Dios

Original en audio: 15 min. 36 seg.


Hermanos:

Nacidos de una misma fe, nacidos de una misma Cruz, nacidos de un mismo bautismo, y por eso, hermanos. Nacidos de un mismo Dios, nacidos de una misma luz, nacidos de una misma noche y de una misma Iglesia, y por eso, hermanos. ¡Nunca tan hermanos como en esta noche! Nunca tan cercanos, nunca tan agradecidos, nunca tan gozosos como en esta noche.

Hermanos, en el Nombre de Aquel, que estuvo muerto y ahora vive, en el gozo de los Apóstoles y de las santas mujeres, en el regocijo de la Iglesia por todo el orbe, recibid un saludo de felicitación.

Esta es la Pascua del Señor. Él, el mismo que hemos contemplado derrotado, Él, el mismo que hemos contemplado frustrado y destruido, el mismo que murió orando, le contemplamos aquí victorioso.

Todo en esta noche nos habla de su victoria, una luz que es más fuerte que la tiniebla, un agua que puede limpiar no sólo el cuerpo, sino también el alma, una Palabra que penetra hasta lo último de nuestros corazones, la donación de un Pan que alimenta hasta la vida eterna.

Esta noche huele a Jesucristo. Esta noche sabe a su gloria. Esta noche es la noche santísima, la solemnidad de las solemnidades. Esta es la Pascua de Jesús, y por eso la Iglesia se desborda en agradecimiento, toma lo mejor de los siglos, lo mejor de las lecturas de la Biblia, lo mejor de sus enseñanzas, como una novia que delicada y amorosamente se arregla, para estar del mejor modo presentada, perfumada, hermosísima para su esposo.

Bendita sea la Santa Iglesia, que en realidad ha nacido toda esta noche. Bendito sea el día de nuestro bautismo, que nos unió a esta Iglesia. Benditas cada una de las Pascuas de nuestra vida, que han hecho que nosotros seamos esa Iglesia, y seamos presencia y alabanza de ese Cristo.

Queridos hermanos, ante nuestros ojos y ante nuestro corazón, han desfilado los momentos más importantes de la historia de la salvación. Hemos escuchado el plan original de Dios. Ha creado con amor a su criatura. Ha creado con amor al hombre.

Caído por el pecado, no le ha dejado sumirse en la desesperación, sino que haciendo promesa que selló bajo juramento a su siervo Abraham, ha prometido bendición y ha prometido reconciliación para todas las naciones de la tierra.

Y efectivamente, de este Abraham ha hecho brotar un pueblo que tenía por misión anunciar su grandeza y su misericordia, ser como el instrumento o el puente de su salvación para todos los demás pueblos. Estoy hablando de Israel.

Este Israel, por causa del hambre y por la traición de los hermanos de José, tuvo que hospedarse en tierra de Egipto, tierra detestable, tierra de magos y de brujos, tierra de supersticiones y de horóscopos, tierra de serpientes y alacranes, tierra de injusticias, tierra sazonada con el asesinato de muchos niños, tierra donde impera el malévolo poder del Faraón.

De esa tierra ha llamado Dios a su pueblo, tensando su arco, extendiendo su brazo, manifestando su poder. Y hemos escuchado en el capítulo catorce del Éxodo, esa maravillosa, esa siempre fecunda Pascua del pueblo judío. Avanzan, y durante la noche, la nube, que es luminosa para ellos, es oscura para la oscuridad de la mente egipcia.

Atraviesan el mar, y detrás de ellos los egipcios van buscando en esos israelitas, no ayuda, sino esclavos. Dios se pone de parte de su pueblo, y sepultándolos en las aguas del Mar Rojo, nos ha dejado quizá la figura más clara, la más brillante, la más nítida que nos da el Antiguo Testamento de aquello que sólo podrá ser superado por el bautismo cristiano.

De hecho, las mismas aguas que sirvieron para abrirse campo, para abrir el campo a Israel, fueron las aguas, que volviendo a su curso normal, destruyeron la soberbia, la prepotencia y la maldad de los egipcios.

Lamentablemente, sin embargo, el pueblo que nació de allí, no fue fiel a esa Alianza. A lo largo de la Cuaresma que hemos celebrado con amor y con fe, hemos también podido comprobar, cómo una y otra vez, ese pueblo que presenció tales maravillas, se rebeló contra Dios. Por eso Dios tuvo que darles una Ley, y por eso Dios tuvo que educarlos, -casi digo yo-, penosamente a través de tantos años.

Como dice el prefacio de la plegaria eucarística cuarta: "Por los profetas los fuiste educando en la esperanza de la salvación". Pero sigue el prefacio: "Y tanto amaste al mundo, Padre Santo, que al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos diste a tu Unigénito".

De ahí que hayamos cantado "Gloria" en esta noche, después de que se escuchó la última de las lecturas del Antiguo Testamento. Esa primera Alianza, en efecto, terminaba como en punta, terminaba como en frustración. Porque aquellas cosas que Dios había prometido a su pueblo, no pudieron llevarse a cabo a causa del mismo pecado de ese pueblo.

La monarquía que conoció momentos de tanto brillo y esplendor con el rey David, pronto la vemos dividirse y disolverse a causa del peso de los pecados, idolatrías, supersticiones y falsas alianzas de los mismos reyes que tenían que preservar la fe del pueblo.

Dios entonces, en una especie de ebriedad de amor, en un derroche de gracia, quiso llevar su amor hasta el extremo. Ese es Cristo, el amor extremo de Dios, la última Palabra, la definitiva Palabra de Dios.

Ha nacido Cristo de la Virgen María, y desde el principio, su existencia anuncia lo que quiere decir su Nombre: Él es el Salvador.

Durante largos años permanece en la oscuridad y la humildad de su hogar en Nazareth. Un día, sin embargo, oye de la predicación de Juan en el Jordán. Juan predica en el desierto un bautismo para conversión y arrepentimiento de los pecados.

Y Jesús, que no tiene pecado, pero que vino precisamente para salvar a los pecadores, se une a la multitud de los que confiesan sus culpas, y va al bautismo. Ahí empieza una etapa nueva en su vida. Se trata de lo que conocemos como su Ministerio Público.

Humillado en las aguas del Jordán como un pecador más, a pesar de ello, es manifiesto como el Ungido de Dios. El Espíritu Santo desciende con fuerza sobre Él, se apodera de toda su obra y de toda su Palabra. Este Espíritu Santo hará que Jesús, el de Nazareth, sea Cristo, porque la palabra Cristo quiere decir, precisamente, Ungido.

Ungido por esta fuerza del Espíritu, Cristo vence las tentaciones en el desierto, y empieza a predicar la noticia maravillosa: Dios viene a reinar entre nosotros. Predica que hay un Padre, que ese Padre nos ama, y de hecho, el mismo Cristo es la máxima manifestación de ese amor. Su predicación y sus milagros, su trabajo y su descanso, tienen una sola finalidad: revelar ese Reinado del Padre Dios.

Su mensaje no es bien acogido. Indudablemente, los milagros, las sanaciones, las curaciones, los desea todo el mundo, lo mismo ayer que hoy. Pero cuando se trata de darle el corazón a Dios, cuando se trata de esa nueva y verdadera Alianza, cuando se trata de ese unir nuestra vida a la vida divina, las fuerzas humanas no alcanzan.

Por eso se va creciendo la oposición contra este Cristo. Dirigidos por los sumos sacerdotes y gracias a la traición de uno de sus discípulos, Judas, este Cristo es traicionado, y como lo acabamos de recordar en las otras celebraciones de este triduo, es entregado a la tortura y finalmente a la muerte.

Pero para sorpresa nuestra, Cristo no rehuye esa muerte. Ha orado. Su Corazón es uno solo con la voluntad del Padre, y desde la fuerza de esa oración, acepta el designio salvador de Dios. Es el amor de Papá Dios en favor de nosotros, y es el amor del mismo Cristo, amor de obediencia, que transforma una vez y para siempre, la historia de los hombres.

Este Cristo parece no sólo que soportara la Cruz, sino que hasta cierto punto amara esa Pascua y ese modo de morir. Porque lo que no pudo decir en ninguna de sus Parábolas, lo que no alcanzó a hacer en ninguno de sus milagros, lo hará todo junto y todo de una vez, en la muerte en la Cruz.

Ahí sí podrá dar rienda suelta a su amor. Ahí sí podrá desgarrar su propio Cuerpo como una especie de "saco de misericordia", en expresión de Catalina de Siena. Ahí sí podrá desgarrar su propio Cuerpo, para que brotando la Sangre, puedan brotar también torrentes de gracia y de perdón para todo el mundo.

Así ha muerto Cristo en la Cruz, y queda sólo una pregunta: ¿Se trata del último de los ilusos? ¿Tal vez un iluso ilustre y muy poético, pero un iluso? ¿O se trata del verdadero Salvador, se trata del Mesías, el que tenía que venir a este mundo? Esa es la Palabra que nos dice esta noche: Sí se trata del Enviado de Dios.

Efectivamente, todos los poderes del pueblo judío y los poderes del Imperio Romano, se han centrado y cebado sobre Él. Le han atado a la columna. Luego le han atado a la Cruz y clavado en la Cruz. A fuerza de golpes, le han obligado a callar. Parece que está reducido y confinado. Parece que ya no se podrá mover, y una vez muerto, al sepulcro con Él, con una pesada piedra.

Parece que por fin, según los propósitos de los poderes de esta tierra, se ha logrado encadenar y encerrar esa Palabra que resultaba tan incómoda. Pero la Cruz no era el final; era apenas el principio de la historia. Ni siquiera el sepulcro, ni los clavos, ni los lazos, nada pudo detenerlo.

Eso es lo que cantamos, festejamos y celebramos hoy. Por eso hoy hacemos vigilia y nos trasnochamos. Porque esta Noticia hay que escucharla, porque esto hay que saberlo y entenderlo bien: Que nada pudo contra Él, que Dios ratificó esa vida, que ahora vive y está resucitado, y que así resucitado de entre los muertos, pronuncia desde más allá de nuestra historia, una Palabra irreprimible de perdón y de salvación.

Nosotros hemos sido salvados, hemos muerto con Cristo en el bautismo y creemos que viviremos con Él. Pues dice San Pablo: "Sabemos que Cristo después de resucitar, no muere más. La muerte no tiene ya poder sobre Él." (véase Carta a los Romanos 6,9).

Ahora, preséntame tú otro señor del que se diga eso. Pasea por esta Iglesia las religiones de la tierra. Pasea por esta tierra los filósofos y científicos. Pasea por este mundo, y busca por todas partes. ¿En dónde se cuenta algo así? ¿De un Dios hecho hombre, muerto por amor y resucitado de entre los muertos, que envía su Espíritu para que tú y yo tengamos su misma vida? ¿En dónde se habla así? ¿En dónde, si no es en la Santa Iglesia?

Pero, puesto que este es un anuncio de gracia, nadie lo interprete como un desprecio a los esfuerzos humanos y a las tareas de mejorar el mundo que cada quién, de acuerdo con sus convicciones, trata de lograr.

Lo que sí nosotros debemos saber, es que realmente es el que más nos amó, por nosotros murió y por nosotros resucitó. Ese es el gozo que embarga a la Iglesia en esta noche. Ese es el gozo que tendremos que meditar detenidamente en las Santísimas Fiestas de la Pascua.

¡Bendito sea Dios! Bendito por su Cristo, que murió en la oscuridad de la noche, y de la oscuridad de la noche resucitó. ¡Bendito sea Nuestro Salvador!

Cada uno alégrese de Él, y cada uno piense que en Él está el comienzo de esa verdadera vida. Porque esa vida que te da Cristo, nadie te la puede quitar.

A Él la gloria, el honor, el amor y el poder, por los siglos.

Amén.