Atra003a

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Fecha: 19990806

Título: Necesitamos vivir la experiencia de la Transfiguracion del Senor una vez en nuestra vida

Original en audio: 12 min. 35 seg.


Un día inolvidable tuvieron estos Apóstoles, un día que quedó grabado par siempre en su corazón, en su memoria, en su recuerdo: vieron la gloria de Dios en el rostro de Jesús, escucharon la voz del Padre que declaraba a Jesús su Hijo, el muy amado, objeto de su complacencia.

En ese día inolvidable los Apóstoles descubrieron un poquito del misterio de Jesús, quedaron como abrumados por esa visión maravillosa y cayeron al suelo. Jesús les ayuda a levantarse con estas palabras consoladoras que acabamos de escuchar: "No tengáis miedo" San Mateo 17,7, y cuando se levantan ven solamente a Jesús.

¿A dónde ha quedado la nube? ¿Adónde ha quedado la voz? ¿A dónde ha quedado la luz? ¿A dónde se han ido Moisés y Elías? ¿En dónde está ese sol que era su cara? ¿A dónde se fue esa blancura que era su vestido? Todo ha quedado adentro de Jesús.

¡Qué maravilloso despliegue de amor y de gloria, y qué ternura de Cristo que luego guarda de algún modo, reúne de algún modo toda esa belleza en su corazón! Todo se ve desplegado y después todo se ve guardado. El rostro de Jesús ya no brillaba, el vestido de Jesús ya no alumbraba, no hay una nube luminosa ni se seguía escuchando una voz, pero los Apóstoles habían entendido un poco quién era ese señor, habían descubierto un poco de quién era Él, y sabían que es hombre humilde que hacía tanta oración, ese Profeta maravilloso al que le habían apostado la vida llevaba por dentro la gloria de Dios.

No siempre se veía en su esplendor, pero haberlo visto una sola vez fue suficiente para cambiar la vida. Basta una vez, una vez de tener ese esplendor, una vez.

Las vidas de muchos santos han cambiado así, por una vez de esplendor; un rayo esplendoroso de Dios que nos muestre que ese hombre, ese profeta no es una maestro de elocuencia, no es un mago o un brujo que hace cosas extrañas en sus manos, no es un filósofo de ideas brillantes ni un poeta de buena literatura, hace falta que la voz del Padre y el esplendor de la nube nos permitan reconocer a Jesús una vez, y aunque después ese esplendor desaparezca, aunque después no veamos nada, sabremos que eso está ahí, ahí.

Pasa lo mismo que cuando alguna vez en mi casa estábamos haciendo aseo todos, también papá y mamá, y apareció una caja viejísima que tenía unas fotos y recuerdos muy antiguos del noviazgo y del matrimonio de mis papás. Ellos no escondían esa caja, tampoco es que les diera vergüenza esas fotos, pero estaban ahí, ni siquiera las habían arreglado en ningún álbum.

Una vez, recuerdo yo haber estado allí en la habitación de mis papás, y gastamos una tarde hablando del tiempo del noviazgo y del matrimonio de ellos; luego las fotos volvieron a su caja, la caja volvió al armario, la puerta volvió a su sitio. Pero haber descubierto eso, el amor de novios y de esposos de mis papás fue maravilloso para mí como hijo.

Una vez, una vez que Dios te revele su amor, una vez. No le pidas a Dios muchas veces, no le pongas a Dios condiciones, con una vez que Dios te revele su gloria, aunque después la esconda, aunque nada aparezca luego, tu vida será distinta. Una vez.

Una santa dominica, Catalina de Siena, tuvo durante algún tiempo una grave crisis de fe sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía; ella no negó que Cristo estuviera en la Eucaristía, pero se sentía supremamente dudosa, tentada de negar, le agobiaba, le oprimía la duda, pero ella seguía participando de la Santa Misa y seguía comulgando con humildad y con amor.

Una vez, mientras ella estaba orando durante la celebración de la Eucaristía, el sacerdote tomó la hostia para consagrar, pronunció las palabras que conocemos: "Tomad y comed todos de él porque esto es mi cuerpo"; Catalina estaba mirando al sacerdote que estaba celebrando, el sacerdote toma la hostia y dice estas palabras en la unción del Espíritu Santo, Catalina vio cómo aparecía una paloma luminosa, que unida al rayo de su propia luz, se acercaba a esa hostia y la tocaba.

Vio un rayo del Espíritu de Dios que tocaba ese pedazo de pan. Esta visión la tuvo Catalina una sola vez, no se le repitió, una vez, de ahí en adelante todas las hostias consagradas siguieron siendo del mismo color que éstas que están sin consagrar. Esto es lo que vieron los ojos de ella durante el resto de su vida, pero haberlo visto una vez fue suficiente para ella, suficiente.

Eso es lo que yo quiero pedirle a Dios para cada uno de ustedes; uno no necesita muchos milagros, uno necesita el milagro preciso, en el día preciso, eso es lo que uno necesita. Uno necesita la obra del amor de Dios en el momento exacto, preciso, y eso es suficiente.

Nosotros vamos a pedirle a Dios en esta celebración que aquellos de ustedes que no han tenido su día con Cristo, que no han tenido su experiencia de la Transfiguración del Señor, la puedan tener hoy, hoy.

Vamos a pedirle a jesús que de una manera o de otra muestre su amor, muestre su esplendor; si Cristo no hace eso, Cristo va a ser para ti lo que era para los Apóstoles: un profeta que tiene palabras impactantes, un hombre que hace cosas raras, un filósofo de ideas profundas, un poeta que tiene buena inspiración.

Ningún poeta, ningún profeta va a cambiar tu vida; tu Salvador se llama Jesús, el Hijo de Dios. Hay que escuchar la voz del Padre Celestial: "Este es mi Hijo, mi Hijo, el único, no hay otro como Él, es el único. Sólo cuando llega el día de la Transfiguración, sólo cuando vemos brillar a Cristo en nuestras almas, en un milagro, en una danza del sol, como Dios quiera; sólo cuando vemos brillar a sí a Jesucristo entendemos que Cristo no es uno más, no es otro inspirado, no es otro maestro, no es otro poeta, es el único, es el Hijo del Dios vivo.

Hay que haberlo vivido una vez; si esa vez llega a tu vida, desde ese día en adelante tú vida es distinta; Jesús, luego, como mis papás con las fotos del noviazgo y del matrimonio, guarda todo, hasta el día del cielo. Jesús guarda todo, guarda todas las fotos, guarda todo el esplendor, al final se queda jesús solo, Jesús guarda todo.

Y tú lo sigues tratando y tú lo sigues mirando; y ya el sol no le brilla en la cara, ya su cara no es un sol, sus vestidos ya nos son de blancura resplandeciente, pero haberlo vivido hace que tú te fascines de Él, y seguirás por su camino y avanzarás por esta tierra, y aunque no hubiera más milagros, tú tendrás una certeza: "Cuando se me cierren los ojos en esta tierra los voy a a abrir par el cielo, la mirada que me está esperando es la mirada de Él, es la mirada de su luz, es la mirada de su amor".

Amén.