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Fecha: 19960806

Título: El acontecimiento que permite descubrir la gloria en el dolor de la Cruz

Original en audio: 9 min. 44 seg.


Queridos Hermanos:

Quisiera comenzar en mi palabra, por el final del evangelio que acabamos de escuchar: "Cuando bajaban del monte, les ordenó Jesús que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos" San Mateo 17,9.

Esta luz de la Transfiguración, es como una anticipación de la luz de la Resurrección. Este resplandor de la Transfiguración, es como el principio del brillo de la Pascua, del brillo de la Resurrección. Y así, en medio de su ministerio, en medio de su trabajo y de su labor, Cristo lleva a estos discípulos escogidos a un monte alto, para anticipar algo de la gloria de la Resurrección.

"Su rostro se pone brillante y sus vestidos blancos" San Mateo 17,2. El brillo y la blancura son las señales de la gloria. Es el mismo Cristo que ha estado con ellos, que ha caminado con ellos. Pero ahora, ese mismo Cristo aparece glorioso. Es el mismo que les ha hablado muchas veces. En esta ocasión, calla y es otra voz, la voz del Padre, la que dice algo sobre este Cristo.

Jesús les ha hablado sobre el Reino de Dios y les ha hablado también sobre la Cruz. Los discípulos no saben cómo unir la Cruz y el Reino de Dios, no saben cómo unir el oprobio de la muerte con el brillo de la victoria. Cristo no se pone a darles largas explicaciones; simplemente, entra en oración y en medio de ella, la Palabra del Padre, la nube luminosa, la presencia de Moisés y de Elías, son la explicación que necesitaban estos discípulos.

¿Cómo se puede unir el dolor de la Cruz y el brillo de la victoria? ¿Cómo se puede unir la gloria y el padecimiento? Nos lo responde Cristo orando en la cima del monte, nos lo responde la nube luminosa que los envuelve, nos lo responde Moisés y Elías, nos lo responde la gloria del Padre.

Porque los discípulos querían saber sobre el Reino, sobre victoria, sobre gloria, y no querían saber sobre Cruz.

Pues bien, el mismo que les ha venido predicando sobre la Cruz y la muerte, el mismo que les ha contado que va a ser entregado en manos de los hombres y que tiene que padecer, ése mismo les deja entrever un poco de su misterio, les deja asomarse a la gloria que luego poseerá en plenitud en la Pascua, la misma gloria a la que ellos están llamados.

De esa manera, este acontecimiento de la Transfiguración está como a medio camino en la misión de Cristo. Este acontecimiento ayuda a que los discípulos puedan superar el escándalo de la Cruz.

Este momento de la Transfiguración, que quedó hondísimamente grabado en sus corazones, como nos lo ha mostrado la primera lectura de la segunda Carta de Pedro, este acontecimiento sirve para que nosotros podamos descubrir la gloria, incluso en la humillación de Cristo, incluso en la soledad de la Cruz, incluso en la noche de la Pasión.

"Jesús les ordena que no cuenten a nadie lo que han visto" San Mateo 17,9. Porque la Transfiguración es como el principio de una palabra que sólo se terminará de decir con la Pascua.

Este misterio que hoy celebra la Iglesia, necesitamos acogerlo en nuestro corazón, necesitamos meditarlo, necesitamos, por decirlo así, rumiarlo, hasta que lleguen las luces del Espíritu de Dios. Con esa luz del Espíritu, comprenderemos algo sobre cuál es el misterio de ese Jesús, sobre cuál es el misterio de su oración y cuál es el misterio de esa voz.

El Padre Celestial ha dicho: "Este es mi Hijo querido en quien tengo mis complacencias" San Mateo 17,5. Una expresión semejante se oyó el día del Bautismo de Cristo: "Este es mi Hijo, mi Amado, mi Predilecto" San Mateo 3,17.

Y una expresión semejante quiere decir Nuestro Padre Dios, en cada uno de nosotros. ¿Puede Dios mirarte, mirarme? ¿Puede Dios mirarte y decir: "Este es mi hijo en quien tengo mis complacencias?"

La invitación en esta fiesta de la Transfiguración, es a que nosotros, recibiendo el mismo Espíritu de Jesucristo, seamos transfigurados con Él, seamos gratos a Dios, seamos también complacencia del Padre.

Que Jesús, Nuestro Señor, abra nuestros entendimientos a la contemplación de este misterio. Que entendamos, que si Él tomó nuestro barro, si Él asumió nuestro barro, nosotros tomaremos en herencia su gloria, nosotros asumiremos su mismo esplendor.

Que comprendamos, que si Él se vistió de nuestra carne, de nuestra debilidad, de nuestro cansancio, de nuestra fragilidad y de nuestro fracaso, es para que nosotros nos vistiéramos de su triunfo, de su gracia, de su virtud, de su Cielo y de su gloria.

El mismo que tomó de nosotros todo lo que entregó en la Cruz, ése mismo quiere que de su Cruz tomemos todo lo que será nuestra gloria. Recibámosle entonces hoy en el misterio de la Cruz, recibámosle en la humilde manifestación de su gloria en la Eucaristía, hasta que alcancemos por su gracia, la plena manifestación de su gloria en el Cielo.

Porque así como el Pan Eucarístico consagrado por el poder del Espíritu Santo, es verdaderamente presencia de Cristo, pero presencia velada, así también nosotros, los cristianos, somos como hostias en el mundo. Consagrados por el Espíritu y alimentados de la Eucaristía, somos presencia velada de la gloria de Cristo en esta tierra.

Llevamos todo el poder de su gloria, pero todavía como en andas, todavía como en inicio, apenas en el comienzo. Nosotros mismos, sin embargo, inducidos por el Espíritu y alimentados por esa Eucaristía, un día brillaremos con este mismo esplendor que hoy hemos admirado en Jesús.

Y entonces, esas hostias vivas que somos nosotros, totalmente renovadas por el poder del Espíritu, seremos uno sólo con el Cordero degollado y glorioso, y manifestaremos plenamente el poder del que quiso crearnos y redimirnos por amor.

Así lo conceda el Padre Celestial.

Amén.