Asun018a

De Wiki de FrayNelson
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El 15 de agosto, nuestra Iglesia Católica celebra la Asunción de la Santísima Virgen María. Esta solemnidad litúrgica tiene también otros nombres, a veces se recuerda ese nombre tradicional, el dichosísimo Tránsito de Nuestra Señora la Virgen María al Cielo; “Tránsito”, el paso, el éxodo, paso que supone la transición desde el tiempo hacia la eternidad, esa también es una manera de llamar esta fiesta. Por eso, todavía encuentra uno a algunas personas que tienen ese nombre; en la época que era costumbre muy generalizada dar a los niños o a las niñas, el nombre del santo del día, se encontraba uno con personas que tenían el nombre de “Tránsito”, porque habían nacido el 15 de agosto. Pero, eso es más bien anecdótico y accidental; vayamos, más bien, al contenido profundo de esta celebración.

Cuando el pecado se ha generalizado, la inocencia es una flor muy extraña; cuando el pecado se ha generalizado, la victoria plena de la gracia, es algo que supera nuestra imaginación, y es algo que puede parecernos extraño; pero, si nos dejamos guiar por las palabras de la Escritura y por la enseñanza de la Iglesia, descubriremos que esta celebración de la Asunción de la Virgen, es de lo más natural que podamos decir. ¿Por qué? Porque lo que estamos celebrando, finalmente, en la Asunción de la Virgen, es el fruto maduro, perfecto, acabado de la obra de la gracia en ella. A ver, ¿qué es la redención?, ¿qué es lo que Cristo ha traído a esta tierra? Después del largo camino de Israel, hay ese momento que San Pablo describe como la “plenitud de los tiempos”, y plenitud de los tiempos es la llegada del Mesías, es su vida ejemplar y tan provechosa y, sobre todo, es la efusión de su amor en la cruz, en la Pascua y en Pentecostés; eso es la plenitud de los tiempos.

Ahora bien, ¿para qué viene Cristo a esta historia nuestra? Viene, como lo dice muy claramente el Evangelio de San Juan: “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16); para unirnos a Él, para ser uno con Él, para ser miembros de su cuerpo, templos de su Espíritu, hijos de su mismo Padre; para eso ha venido Cristo. Esa obra de la gracia de Cristo en nosotros, es renovación de todo nuestro ser; cada uno de nosotros es creación de Dios, en todo su ser: cuerpo y alma, y por eso, “la obra de la redención” tiene la escala de “la obra de la creación”, es decir, no hay nada que nosotros seamos por creación, que no sea renovado, levantado, ungido por medio de la redención. Eso quiere decir que también nuestro cuerpo ha de experimentar y ha de expresar la fuerza de la Redención de Cristo; por eso la afirmación central de nuestra fe, es la Resurrección del Señor.

Efectivamente, la Resurrección no es simplemente que el alma de Cristo era inmortal; la Resurrección es el triunfo perfecto del amor y el poder de Dios en todo aquello que Cristo asumió por nosotros, y puesto que Cristo asumió íntegra nuestra naturaleza humana en cuerpo y alma, el Resucitado expresa la gloria divina y expresa el triunfo de Dios, en todo su ser. Por eso Cristo resucitado, por ejemplo, se aparece y llega a decir a sus apóstoles, dense cuenta que tengo carne y huesos (cf. Lc 24,39), y por esa razón también quiso comer delante de ellos (cf. Lc 24,41-43), y por esa razón también le ofreció a Tomas sus manos con el agujero de los clavos (cf. Jn 20,27). ¿Para qué? Para que al verle así, se convencieran de que el mismo que había pendido de la cruz, y el mismo que había sufrido en alma y cuerpo, había resucitado también en alma y cuerpo. Es decir, es todo su ser el que expresa la gloria divina.

Juntemos lo que estamos diciendo: si nosotros, por el misterio de amor de la redención, estamos unidos a Cristo, y si el triunfo de Cristo, es triunfo en lo visible y en lo invisible, en su alma y en su cuerpo, lo normal, lo lógico es que el triunfo de Cristo -su Resurrección- se exprese en todo nuestro ser, y eso es lo que vemos en María. Es decir, ella delante de nosotros, finalmente, lo que está expresando es el triunfo de la gloria divina en cada uno de los redimidos; lo que ella ya es en el misterio de su Asunción, esa gloria que ya brilla en su cuerpo, esa es la misma que también nosotros vamos a recibir, cuando al final de la historia, la gloria de Cristo resplandezca en todo su cuerpo místico, que es la Iglesia. Ese es el hermoso misterio de hoy, algo que ya contemplamos en María, pero que esperamos vivir, que esperamos recibir cada uno de nosotros, por la misma misericordia que trajo el perdón de nuestros pecados. Al Señor, al Rey de la gloria, toda alabanza y poder, por los siglos. Amén.