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Fecha: 20030815

Título: El poder de la gloria de Jesucristo actuante en el ser de la Santisima Virgen Maria

Original en audio: 18 min. 40 seg.


Muy Queridos Hermanos:

La Sagrada Escritura nos muestra que entre la Santísima Virgen María y Nuestro Señor Jesucristo hay un vínculo, hay una unión muy estrecha.

Verdaderamente el Corazón de Jesús y el Corazón de María, parece que palpitaran al unísono a lo largo de los evangelios. ¿Qué gozo fue gozo de María, y no lo fue de Jesús? O ¿qué tristeza fue tristeza en Jesús, y no en María?

El amor tiene fuerza de unidad, el amor une los corazones. Por algo San Pablo dijo: "Aprendan a alegrarse con los que se alegran y a sufrir con los que sufren" Carta a los Romanos 12,15. Porque es propio de quienes tienen el amor de Dios adentro, aprender a sincronizar los corazones, aprender a sintonizar los corazones.

Si esto es verdad tratándose de nosotros, mucho más tenemos que decirlo tratándose del Señor Jesús. Él, gozoso por la contemplación de su Padre, y por la unión que le une, la unión que tiene con el Padre del Cielo, sin embargo, movido por un amor inmenso, siente dolor y se compadece de las multitudes, como encontramos en más de un pasaje de los evangelios.

Jesús siente el dolor, se compadece, sufre. Sufre, ¿por qué? Porque el amor le hace cargar sobre su Corazón las miserias que otros tienen. Y San Agustín nos explica que esto es lo propio de la palabra misericordia, miseria en el corazón. Miseri-cordia, la miseria de mi hermano puesta en mi corazón, la capacidad de sentir el dolor de mi hermano, porque le amo.

Hay un vínculo muy grande de amor entre Jesús y María, un vínculo que va mucho más allá de la carne y la sangre. No es solamente porque es "mi Hijo". ¡No! Jesús mismo mostró, que la gran razón de la felicidad de María, y la gran bienaventuranza de María, no fue por el hecho de haber tenido a Jesús en su vientre, o de haberle dado de mamar con sus pechos.

Porque alguna vez una mujer entusiasmada entre las multitudes gritó: "Feliz el vientre que te llevó, y los pechos que te alimentaron" San Lucas 11,27. Y Jesús corrigió; dijo: "Mejor, felices quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen" San Lucas 11,28.

Y esto fue lo que hizo María, porque eso es lo que nos muestra la Sagrada Escritura cuando Ella dice: "Que se cumpla en mí la Palabra del Señor" San Lucas 1,38.

Y cuando la vemos a lo largo de los Evangelios, discreta pero siempre unida a la voluntad divina, entendemos que en Ella se cumplió la Palabra del Señor. Ella no tuvo otro lema sino: "Aquí está la Esclava del Señor" San Lucas 1,38, "aquí está la que cumple la voluntad del Señor".

Si esto es así, mis amados hermanos, entendemos que el vínculo que une a Jesús con María, es mucho más que lo que da el amor entre una madre y un hijo, y ya ese lazo es fortísimo, porque tal vez no conozcamos sobre esta tierra amor que sea más estrecho que el amor que une a las mamás con los hijos.

Y sin embargo, el amor que une a Jesús con María, el amor que une a María y Jesús, es más grande, porque no se funda en la carne y la sangre, sino se funda en la realización del designio de salvación que viene de Papá Dios.

¿Por qué está Jesús en nuestra tierra? El Salmo cuarenta lo explica; dice este Salmo que: "Tú me has abierto el oído, y yo respondo: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu Voluntad"" Salmo 40,7-8.

Estas palabras del Salmo cuarenta las aplica la Carta a los Hebreos a Nuestro Señor Jesucristo: "Aquí estoy para hacer tu voluntad" Carta a los Hebreos 10,7; Carta a los Hebreos 10,9, dice Cristo al entrar a esta tierra.

¿Y qué dice María como lema de su vida? "Aquí está la Esclava del Señor" San Lucas 1,38. Es decir, que el asentimiento amoroso a la voluntad de Dios es el vínculo real de unión entre Jesucristo y la Santa Virgen.

Por otro lado, ¿quién es Jesús? Jesús es el Dador de la gracia. Así nos lo explica el Apóstol San Juan cuando dice en el capítulo primero, verso diecisiete de su evangelio: "La Ley nos vino por Moisés, la gracia y la verdad nos vienen por Jesús" San Lucas 1,17.

Por la Palabra encarnada nos han llegado la gracia y la verdad. Jesús es el Dador de la gracia. ¿Y quién es María? La Biblia lo responde: Ella es "Kejaritomene", Ella es la llena de gracia" San Lucas 1,28.

¿Comprendes el misterio que estamos diciendo? Jesús es el que comunica la gracia, y María es por antonomasia, la primera, la excelsa receptora de la gracia. Nadie, nada ni nadie trae la gracia a este mundo como Jesús; nada ni nadie, recibe la gracia de Dios como María.

Comprendemos así un poco más todavía, la unión que hay entre Jesús y María. Él es el que comunica la gracia, Ella es la primera receptora de la gracia.

Nadie tuvo tan cerca al Verbo de Dios, y nadie aprovechó mejor cada segundo, minuto y hora con el Verbo encarnado, nadie lo aprovechó mejor que María. Luego podemos llamar a María la Discípula que tuvo más tiempo al Maestro, y la Discípula que aprovechó mejor al Maestro.

Tanto por la cantidad como por la cualidad, María bebió, se impregnó, se empapó de la gracia divina como ninguna otra creatura, no sólo creatura visible, sino como ninguna otra creatura hay en el universo; porque ninguna otra se ha unido así al Verbo de Dios.

Enseñan los santos Doctores de la Iglesia, que los Ángeles necesitan de la gracia de Dios para contemplar el rostro de Dios. Pero cuando nosotros descubrimos este incalculable nivel de unión de amor entre Jesús y María, entendemos también por qué la Iglesia empezó a afirmar que María había recibido una gracia superior, incluso a la de los Ángeles.

¿Por qué se llega a tanto? Porque si nosotros enseñamos que Nuestro Señor Jesucristo es verdaderamente hombre, Él es verdadero Dios y verdaderamente hombre, es ser humano como nosotros, es Dios como el Padre Eterno, entonces tenemos que admitir que Jesús, verdadero Dios, recibió de María, fue formado por María, fue educado por María.

Desde luego, esto no es posible sino por una especial habitación de la gracia de Dios en la Santísima Virgen. Dios habitaba y dirigía de tal manera y con tal perfección la voluntad de María, que Ella pudo ser formadora del mismo y unigénito Hijo de Dios; es decir, Nuestro Señor Jesucristo.

Así entendemos, que la manera como Dios palpitaba en el interior, en el Corazón de María, es más alta que la manera como vivía, y como vive y palpita, aún en los Ángeles más santos. Porque ningún Ángel recibió un ministerio semejante de formar al Hijo de Dios, ninguno.

La gracia que hay en María, entonces es mayor que la gracia que hay en los Ángeles. Esto supone que Jesucristo, el Dador de la gracia, comunicó a la Santísima Virgen un volumen de amor, una intensidad de misericordia, una perfección de gracia, que no podemos expresar con ninguna palabra.

Hermanos míos, la unión que hay entre Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen es una realidad indescriptible y maravillosa. Y además, esa unión, de tal manera se apoderó de la vida de la Santísima Virgen, que resulta imposible admitir poder del pecado en Ella.

Por esto la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, pudo llegar a afirmar que María había sido concebida sin pecado. Y por esto la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, llegó a enseñar que era impensable el pecado reinando en el alma de María; era impensable que hubiera pecado en Ella.

Si esto lo tomamos en serio, si nos abismamos de amor ante este misterio bellísimo que es María, entendemos la fiesta de hoy. Fíjate lo que estamos diciendo: que María está unida a Jesucristo como nadie, como ninguna creatura, y estamos diciendo, que la obra de la gracia en Ella es perfecta, más alta incluso que lo que sucedió en los Ángeles.

Eso, ¿qué quiere decir? Que todo aquello que vivió Jesucristo, lo participó y lo vivió la Santísima Virgen María de una manera eminente; es decir, superior a la de cualquiera otra creatura. De aquí entendemos por qué la Iglesia enseña a María asunta a los Cielos.

Sabemos que Jesucristo, muerto en la Cruz para perdón de nuestros pecados, resucitó para nuestra salvación. Sabemos que la muerte no tuvo poder sobre Él. Sabemos que Él vive, Él vive glorioso, resucitado entre los muertos; eso lo sabemos.

Pero también sabemos, que Jesús está unido a María de un modo que ni siquiera podemos describir con palabras.

Entonces entendemos que la perfección de la obra de Jesucristo en Aquella que ejerció una fe sin grietas, y en Aquella que ejerció una obediencia sin rebeldía, y en Aquella que ejerció un amor sin disminución, esa obra de la gracia reclama que aquello que ha recibido Jesucristo, como propio de su naturaleza y dignidad, eso ha recibido María como propio de su unión con el Verbo encarnado, como propio de su unión con Jesucristo.

Así entendemos, hasta donde se puede entender; porque quién dirá que comprende completamente estas cosas; hasta donde es posible entender, así entendemos que la victoria de Jesucristo tenía que ser victoria de María.

Y así entendemos, que a esa vida gloriosa que colma el Cuerpo de Cristo, y que se irradia desde el Cuerpo de Cristo, el Cuerpo que fue torturado en la Cruz, esa gloria de Jesucristo resplandece en Aquella que está unida a Cristo como ninguna otra creatura. Esa es la Fiesta de hoy, esa es la Asunción de la Virgen.

La Asunción de la Virgen María o el dichosísimo tránsito de María a los Cielos,es solamente eso, la afirmación del poder de la gloria de Dios en todo el ser de María, en todo lo que Ella es.

Ciertamente, eso es lo mismo que esperamos para nosotros. Porque en el Credo decimos, que creemos en la resurrección de la carne; es decir, creemos que también nuestra carne va a ser invadida, inundada por la gloria de Dios.

¿Por qué eso no sucede ahora? No sucede ahora, porque estamos en nuestra condición temporal, donde todavía podemos pecar. Y no sucede ahora, porque nuestros pecados, incluso si hubiéramos muerto, tienen consecuencias en la historia de los hombres.

Pero donde no hay pecado, y donde ha terminado el tiempo de vivir en esta tierra, ya no hay límite, ya no hay barrera, no hay nada que frene, no hay nada que impida el poder del amor de Dios.

En el cuerpo y en el alma de María no hay nada que frene, no hay nada que retrase, no hay nada que impida el poder de la gracia, el poder de la gloria misma de Dios en Ella.

Eso es lo que celebramos hoy. María ha sido inundada, María ha sido desbordada, María ha sido colmada, ya no sólo de la gracia, sino de la gloria del Hijo de Dios. Y la gloria de Dios invadió el ser de María, y por eso su cuerpo mismo, participa ya de la gracia que un día todos tendremos, la gracia de la Resurrección. Hasta allá llega nuestra fe.

Hermanos, ¿qué estamos celebrando en realidad? Estamos celebrando a María partícipe de la Resurrección; estamos celebrando, que el misterio de la Resurrección, que un día nosotros vamos a vivir, ya ha sucedido en Ella.

Y de aquí se desprenden cosas maravillosas, que un día, si Dios lo permitiera, sería hermoso compartir con ustedes. Pero por hoy, quedémonos con esa gran noticia, la Resurrección de Jesús.

El poder de la gloria de Jesucristo lo descubrimos actuante, lo descubrimos esplendoroso, lo descubrimos bellísimo en el ser de nuestra Santa Amiga, Hermana, Maestra, Modelo, Intercesora, se llama María. En Ella descubrimos hasta dónde llega el poder del mensaje de Cristo, hasta dónde llega el poder del Evangelio de Dios.

Alegrémonos con la Santa Virgen, felicitémosla cumpliendo la Palabra de Dios; porque Ella dijo: "Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones" San Lucas 1,48; felicitémosla de corazón, amando con verdad lo que Dios hizo en Ella, y la manera como Ella respondió a la gracia divina.

Amemos así a María, y animémonos en nuestra propia existencia, en nuestro propio peregrinar, para seguir con fidelidad las enseñanzas de nuestro Maestro, y alcanzar un día junto a María, esa gloria que Ella ya posee por misericordia del divino Maestro, del divino Jesucristo.

Amén.