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Fecha: 19981227

Título: La Fiesta de las virtudes domesticas

Original en audio: 13 min. 50 seg.


Muy Queridos Hermanos:

Esta es la Fiesta de la Sagrada Familia. Su lugar es el domingo después de Navidad. Si en la Navidad contemplamos la Carne, la humanidad de Jesucristo, este domingo de la Sagrada Familia, podemos decir que nos lleva al realismo de la Encarnación.

Jesús no sólo asumió un cuerpo humano, biológicamente hablando, sino que asumió todo lo que supone ser humano. Y por eso le encontramos en medio de una familia, aprendiendo a hablar, llorando seguramente, aprendiendo a orar, huyendo porque es perseguido, y en poco tiempo, si tenemos paciencia, le miraremos también aprendiendo a trabajar, fatigándose con el esfuerzo de sus manos, rogando a Dios; en fin, todo aquello que es parte también de nuestra vida.

Dice la Carta a los Hebreos, que este Bebé, este Niño que acabamos de celebrar recién nacido, "es en todo semejante a nosotros, menos en el pecado" Carta a los Hebreos 4,15, porque el pecado, aunque sea común, no es normal.

Yo pienso que el pueblo cristiano recuperará muchísimo, cuando sepa distinguir entre lo que es común y lo que es normal. La palabra normal viene de norma, de lo que debe ser, en últimas de lo que ha sido querido por Dios, de lo que puede descubrir la razón humana.

La palabra común viene de aquello que sucede en muchas personas, en una comunidad. El pecado es común. Todos somos pecadores en mayor o menor grado. Pero el pecado no es normal. Y precisamente, la vida de Jesucristo nos ayuda a descubrir la diferencia entre lo común y lo normal.

Jesús tiene en común con nosotros todo, menos aquello que es anormal. Y lo que es anormal es el pecado, porque el pecado deshumaniza, porque el pecado destruye, porque el pecado se vuelve contra el mismo ser humano en su propia carne, o en la carne de su familia, o en la carne de la sociedad. El pecado es enemigo del género humano.

Jesús tuvo todo en común con nosotros. Y esta Fiesta de la Sagrada Familia, podemos decir que nos ayuda a descubrir a Jesús como un niño normal, como un niño semejante en todo a nosotros.

En la Sagrada Familia se pueden aprender muchas lecciones. La oración del comienzo de la Santa Misa dice: "Señor, que en la Sagrada Familia nos diste ejemplos preclaros de virtudes domésticas...". La expresión "doméstico" quiere decir lo que es propio de la "domus" en latín, es decir, de la casa.

Y por eso en esta Fiesta de la Sagrada Familia, también hay que meditar en cuáles son las virtudes domésticas. Resulta que las lecciones más importantes de la vida, no se aprenden en el colegio ni en la universidad. Ningún posgrado podrá cambiar lo que dejó arrasada a una familia, destruida.

Ningún libro elocuente podrá influir tanto en una persona como pueden influir sus primeros maestros, aquellos que le dan las palabras fundamentales, aquellos que le sitúan a ese bebé, aquellos que nos han situado a cada uno de nosotros en las coordenadas del mundo. En la familia se aprenden, o se desaprenden las lecciones fundamentales.

Ustedes saben que uno como sacerdote, trata a todo género de personas. A veces se lleva sorpresas muy agradables, y a veces sorpresas muy desagradables. Por relacionarlo con la vida, por relacionarlo con la celebración de hoy, podemos decir, que un sacerdote tiene la experiencia de muchas familias, de muchas parejas, de muchas alegrías, y de muchas tristezas.

Conocí, por ejemplo, a una persona con un gran resentimiento en su alma. Ese resentimiento se había convertido como en una ponzoña de amargura, que después de años y años de vida adulta, la seguía destruyendo y envenenando.

Algún diálogo, un poco de confianza, y sobre todo la ayuda de Dios, pudo conducirnos a descubrir, hasta dónde iba ese hilo. En la familia de esa persona jamás se escuchó la palabra "perdóname"; jamás se escucharon las palabras " te perdono"; esa lección nunca la escuchó.

Y después de pasado el tiempo, después de años de desastre psicológico y existencial, esta persona carecía de esa pieza fundamental del rompecabezas. En la familia se dan, o se niegan los elementos fundamentales para la vida entera. Y en el caso de esta persona, no había recibido la palabra "perdón". Esa palabra no estaba en su diccionario.

¿Sabe que yo creo, que esa es una buena comparación? Yo creo que la familia es la que le da a uno el diccionario para enfrentarse a la vida. Y hay diccionarios en los que no existen algunas palabras, y hay diccionarios en los que está demasiado de otras palabras.

Por ejemplo en este caso, no estaba en el diccionario de la vida de esa persona, la palabra "perdonar"; eso no existía, eso no era posible.

Por eso, las virtudes de la familia, esos actos de paciencia, de generosidad, de abnegación, de piedad, de misericordia, de comprensión, de ayuda mutua, eso que se haga en la familia, es lo único que puede garantizar la vida de la sociedad.

Porque la sociedad está hecha sólo de personas, y las personas, ¿de dónde salen? De otras personas. Dañar la familia es destruir la sociedad.

Por esta razón el Papa, así se le venga el mundo encima, no ha hecho sino defender la familia año tras año, mensaje tras mensaje, discurso tras discurso, defender la familia, proteger la familia.

Porque no podemos hacer experimentos con la gente, no podemos repetir la gente, aunque hiciéramos clones de las personas. Esa es la repetición del ácido desoxirribonucléico ADN, que está en las células.

Tú puedes repetir la cadena genética de la persona, pero las coordenadas históricas, el ambiente, el momento, la vida, las experiencias son irrepetibles. Cada uno de nosotros, cada una de las personas es irrepetible. Y por eso hay que cuidarla como un tesoro que nunca volverá a verse en esta tierra. Eso lo ha dicho el Papa en todos los tonos.

Por lo tanto, no podemos apostarle a destruir los niños con el aborto; no podemos jugar con el código genético de las personas; no podemos crear embriones humanos y congelarlos, que es el gravísimo problema ético de la inseminación artificial, como está dada hoy por hoy.

Mucha gente, muchos católicos ignoran eso. Cuando se va a hacer un proceso de inseminación artificial, no se escoge un espermatozoide del hombre y un óvulo de la mujer; hay que producir varios óvulos fecundados, para ver cuál de esos se logra implantar en la matriz de la mujer.

Y cuando se logra implantar ese óvulo fecundado, aquí viene la pregunta grave: ¿Y los otros óvulos? ¿Los otros que también están fecundados? ¿Usted sabe que en un país como Gran Bretaña, ya hay decenas de miles de embriones humanos congelados, muchos de ellos producto de esas inseminaciones artificiales, y en este momento nadie sabe, qué se va a hacer con eso que los laboratorios llaman material genético?

La Iglesia, que tiene el deber de predicar la verdad, que tiene el deber de anunciar el amor, que tiene el deber de recordar el plan de Dios, no puede convertir a una persona humana en un código genético, porque ha entendido, que el camino de esperanzas y sueños, de esfuerzos, de lágrimas, ese camino que es usted y que soy yo, no es algo con lo que se pueda apostar, no es algo de lo que se pueda disponer.

Las virtudes domésticas son el tema de esta Fiesta de la Sagrada Familia, las virtudes domésticas, que son las más necesarias como estamos viendo, pero que son también las más humildes.

Cuando el esposo contiene su ira, se modera a sí mismo, y escucha pacientemente a sus hijos esas "tonterías" del colegio o de la escuela, cuando él deja por un momento de lado todas sus preocupaciones para hacerle sentir a ese niño, a ese niño concreto que es su hijo, "te amo, te amaré siempre. Aunque tenga problemas, te amaré siempre", cuando ese papá está conteniéndose, jamás saldrá en ningún periódico, pero ese es un acto maravilloso de heroísmo.

Que una persona pueda posponer su dolor, su cansancio, su hambre, sus sueños, su enfermedad, para decirle al niño: "Tú eres primero, y esto que estoy haciendo contigo, esto es amar", ese papá es un héroe, y muy probablemente es un santo. No estará tal vez en el calendario de la Iglesia, no saldrá en el periódico, pero es un héroe y es un santo.

Esas son las virtudes domésticas, esos esfuerzos callados, esas súplicas que nadie ve.

Al sacerdote le corresponde, por ejemplo, esta predicación, la predicación pública. Si Dios le concede la gracia a un sacerdote, es posible que adquiera cierta fama como orador. Pero yo hago una pregunta: Esa mamá, que gasta sus días enseñando a sus pequeños a orar, esa mamá, que puede estar en muchos de los hogares de ustedes y tal vez es alguna de ustedes, esa mamá, ¿no le estará haciendo a la sociedad un bien que sólo Dios sabe cuántas veces es mayor que quizá la palabra de un sacerdote?

Es que la presencia de Cristo tiene muy diversas formas. Es verdad que hay una presencia de Cristo aquí, en lo público, en la Iglesia, en la homilía, en el gobierno, o en tantas otras partes.

Pero allá están las virtudes domésticas. Y esa mamá, que enseña a orar, esa mamá que sabe consolar, esa mamá que sabe corregir, ella, si hace esas obras por amor de Dios, si tiene su mirada puesta en el Cielo, si no engendra los hijos sólo para esta tierra, sino que quiere engendrarlos también para el Cielo, esa mamá está haciendo obras de santidad.

Es una predicadora, está predicando. Y sin ella, sin muchas de esas mamás, el mundo simplemente no tiene futuro, la humanidad no tiene esperanza.

Así pues, en este día, contemplando a la Sagrada Familia, contemplando ese milagro humilde y escondido, ese milagro silencioso, que Jesús bebió, que empapó su alma de niño mirando esos milagros de amor, agradezcamos a Dios nuestras propias familias, y pidámosle la gracia para vivir en su Nombre las virtudes de casa, las virtudes domésticas.

Amén.