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Fecha: 20020607

Título: Cristo nos ama

Original en audio: 23 min. 17 seg.


Queridos Hermanos:

Esta es una fiesta, que como una explosión de amor, ilumina la noche oscura del mundo y de la patria. Es sumamente reconfortante, es una fuente de esperanza muy grande, es una alegría íntima, profunda y durable la que trae a nosotros esta frase: Dios nos ama". Y el día de hoy, el día del Corazón de Jesús, es un día que está colmado de la noticia del amor de Dios.

Todo en este día, todo en esta fiesta, nos habla del amor infinito, inagotable, irreversible, poderoso, eficaz, humilde, penetrante, perfumado, puro, luminoso, santo y santificador y mil adjetivos más que podríamos decir refiriéndonos al Corazón de Jesucristo. Cuando se piensa en la vida de Cristo y cuando se piensa en que todo lo que hizo Jesucristo, desde su nacimiento en las pobres pajas, hasta su muerte espantosa en la Cruz, todo nació en el amor.

Cuando se piensa en eso, el corazón siente un estremecimiento de gratitud y al mismo tiempo siente una profunda confianza, siente una dulce esperanza, siente una alegría, que como profetizó el mismo Jesucristo, nadie puede destruir en nosotros.

Dios nos ha amado, y la gran manifestación de su amor es Jesucristo, y la gran manifestación del amor de Cristo es la Cruz, y la gran señal de la Cruz de Cristo, es su Sangre. Y hoy la Iglesia nos invita a volver nuestra mirada a la fuente de la que brota toda esa Sangre.

Por el Corazón de Jesucristo pasa la Sangre que es capaz de perdonar los pecados del mundo entero. Y dicen los santos: "Si mil universos hubiera, en esa Sangre hay poder para perdonar los pecados de todos los seres humanos que ahí existieran".

Por ese bendito Corazón de Cristo, pasa esa Sangre, la Sangre que puede limpiar y puede blanquear nuestras túnicas para que entremos con traje de fiesta al Banquete Celestial, porque dice la Escritura: “Sin santidad nadie verá a Dios” Carta a los Hebreos 12,14, pero nosotros, lo mismo que los Apóstoles en un pasaje del Evangelio, nos quedamos espantados y decimos: “Pero ¿quién puede alcanzar eso?” San Lucas 18,26.

Y Cristo nos repite lo que dijo a los Apóstoles: “Para los hombres es imposible, pero Dios todo lo puede" San Lucas 18,27. Y Dios nos ha dado remedio a nuestra debilidad, sanación de nuestra enfermedad, perdón de nuestro pecados, claridad en nuestra inteligencia, alegría en el corazón; nos ha dado todo mostrándonos su Divino Corazón atravesado de amor por nosotros.

Por eso, la noche de pecado en que vive el mundo, la noche de pecado, la noche de violencia y de pecado en que vive nuestra patria, hoy se ve rasgada esa noche, hoy se ve vencida esa noche por los esplendores del amor de Jesucristo. Y nosotros no estamos aquí únicamente para aprovecharnos de esa luz. Quiero que entendamos, hermanos, que si estamos aquí esta noche, es porque venimos como embajadores de muchos otros que no quisieron o que no pudieron venir.

Los que estamos aquí esta noche, somos embajadores de un mundo que necesita desesperadamente de Cristo, aunque no se atrevan a pronunciar su nombre; y los que estamos aquí esta noche, somos embajadores de un país o de muchos países, porque el mundo está en guerra; somos embajadores de un país que se desgarra en el desconcierto y en la impotencia para lograr un diálogo sincero y una paz estable.

Venimos aquí no sólo a nombre propio sino venimos como embajadores de ese mundo desgarrado, oscurecido, cansado, enfermo, pero estamos llegando a los pies, estamos llegando junto al trono de Aquel que sabe amarnos, de Aquel que puede ayudarnos.

¡Qué felicidad llegar cerca de Cristo! ¡Qué felicidad oír las palabras que han sido proclamadas en el evangelio; y nos ha dicho el mismo Señor: “Venid a mí los que están cansados y agobiados, y yo os aliviaré” San Mateo 11,28. Habría que hacer una bandera, un pasacalle, una pancarta, un aviso en Internet, habría que pasear estas palabras por las calles, por las veredas, por los campos, habría que decir, haciendo eco a la voz del Papa: “Ábrele las puertas a Cristo".

¿A cuántas alternativas, a cuántas filosofías, a cuántos hombres y mujeres les has abierto las puertas a tu corazón? ¿A cuántas opciones te has vendido por bajo precio? ¿Por qué no buscar la opción de Jesús? ¿Por qué no abrir la puerta con generosidad a Jesucristo y decirle: “Quiero que tú entres, quiero que tú me des ese descanso que está anunciado, quiero que tú me traigas esa salud que ha sido prometida, quiero que tú me des esa fortaleza de la que me hablan todos los santos y todos los profetas".

Es la mejor opción, es la gran decisión de nuestra vida, la opción por un partido político, la opción por una corriente filosófica, la opción por una teoría científica, la opción por una escuela literaria son nada, hermanos, son pobres porque son perecederas, porque terminan por esta tierra.

La opción por el amor de Jesucristo llena nuestra vida en esta tierra y llena nuestra eternidad en el cielo, no hay opción más importante, no hay llamado más urgente, no hay voz que pueda convencernos como nos convence la suave, serena y penetrante voz de Cristo, el que mejor nos ama cuando nos dice: “Venid a mí los que estáis cansados, los que estáis agobiados” San Mateo 11,28.

Pero hay algo importante, hermanos, Cristo hablando de esta manera no sólo nos presentó en dónde estaba el descanso sino que nos enseñó de dónde venia nuestro cansancio; no sólo nos dijo en dónde estaba el reposo, sino que nos mostró también por qué nos sentimos muchas veces recargados, agobiados.

Tomemos por un momento con gran atención las palabras de Jesucristo y veremos lo que puede aprenderse de esas palabras: “Cargad con mi yugo, porque soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso” San Mateo 11,29.

Es decir que esa pancarta, ese aviso que hay que pasear por las calles y los campos, esa pancarta dice: “Venid a mí los que estáis cansados” San Mateo 11,28, pero también dice: “Aprended de mí” San Mateo 11,29, no es solamente estar cerca de Cristo, es aprender de Cristo, porque muchos se acercaron a Cristo y recibieron salud de Cristo; pero no aprendieron de Cristo.

¿No es eso lo que nos han predicado, por ejemplo, en Semana Santa? Gente que estaba ahí gritando con ira diabólica: "¡Crucificale! ¡crucificale!" San Mateo 27,23, ¿no fue tal vez gente que antes había escuchado la sublime elocuencia de sus palabras y que tal vez había recibido incluso salud y bendiciones de sus manos?

No basta con acercarse a Jesucristo si no estamos dispuestos a aprender de Jesucristo; hay que acercarse a Cristo, única Fuente de verdadera salud, de eterna sabiduría, de dulce y pura alegría; pero hay que estar dispuestos a aprender de Cristo y Él nos da la primera lección cuando dice cómo es su propio Corazón.

Dos adjetivos: un corazón manso, un corazón humilde. Fijémonos que Cristo dice: “Aprended de mi mansedumbre, aprended de mi humildad y encontraréis vuestro descanso” San Mateo 11,29. ¿Qué nos está diciendo con eso, mis hermanos, sino que el cansancio surge de nuestra falta de mansedumbre y de nuestra soberbia?

La soberbia agota, la soberbia cansa y esto se puede demostrar muy fácilmente. La persona soberbia vive esperando que los demás le den un tributo de amor, un tributo de honor, un tributo de importancia, y esa expectativa y ese tratar de forzar a los demás para que nos pongan en el trono, ese esfuerzo psicológico y emocional, y esa expectativa torturante, agota el corazón.

El soberbio se cansa y se agota, porque el soberbio tiene que maquinar, tiene que calcular, porque tiene que buscar el mayor provecho, la mayor renta y tiene que proteger sus intereses. El soberbio se parece a un esclavo que tiene que cuidar el edificio de sus intereses y por eso tiene que mirar a ver si le conviene, y no dice la verdad con sencillez sino dice la verdad que le conviene, con codicia, con astucia.

Y ese ejercicio de estar pensando cómo saco el mayor provecho, ese ejercicio de estar calculando cada palabra, ese ejercicio de estar reprimiendo la sonrisa para no dar alegría simplemente, sino estar negociando, ese permanecer negociando, buscando provecho, eso agota el corazón, eso trae cansancio al alma y por eso vienen tantas enfermedades y por eso viene el etrés, y por eso siente la persona fastidio, y por eso siente que la vida no le tiene sabor.

Jesucristo nos trae el remedio en su Divino Corazón: "Si tú dejas lo que te cansa, descansas", ¿qué opinan de la filosofía de Cristo? "Si tú arrojas lo que te cansa, descansas". Y lo que te cansa, fundamentalmente lo que te cansa es la actitud de violencia y agresividad con tu hermano y es la actitud de soberbia por la que te pasas todo el día calculando tus intereses y por la que buscas con un esfuerzo emocional gigante, que los demás te atiendan y sean como tú quieres.

El humilde es capaz de aceptar al hermano con su diferencia, con su particularidad; el soberbio trata a toda costa imponerse en el otro, quisiera ser Dios para hacer al otro a su imagen y semejanza y como no es Dios, se agota esforzándose por una divinidad que no tiene.

Jesucristo nos da el remedio en su bendito Corazón, Jesucristo nos da remedio en su Sagrado Corazón. A todos los soberbios, a todos los que padecemos de orgullo, de dureza de corazón, de soberbia, a todos nosotros nos dice Jesucristo hoy con una voz convincente: “Deja esa carga, suelta eso que te está cansando, admite la verdad de tu vida, admite la verdad de tu miseria, admite la verdad de tu enfermedad, de tu tentación de tu pecado, ¿por qué no llamarlo por su nombre? Admite lo que tu eres".

Santa Teresa de Jesús decía: “Es que la humildad es la verdad”. Admite lo que eres, admite en cuántas cosas te has equivocado y a cuánta gente has dañado, admite que no has estado a la altura de tu propósito y de tu propia conciencia, reconoce eso, reconoce que necesitas, y ahí la carga más pesada de tu vida se desprenderá de tus hombros y empezarás a sentir alivio.

“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” San Mateo 11,28, y la terapia de Jesucristo es: “Mira, en primer lugar, vamos a quitarte esa carga que te está volviendo loco, vamos a quitarte eso que te está agobiando”, y cuando esa carga cae de nuestros hombros, sentimos que podemos respirar de otra manera.

Es lo mismo que nos dijo la lectura del libro del Deuteronomio: “Si el Señor se enamoró de vosotros -miren esta palabra- y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, sino por puro amor”. Eso sí que descansa el corazón: “Por puro amor, y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres” Deuteronomio 7,8.

¿Qué es lo que a uno le impide mostrarse tal como es? Por puro miedo. Uno dice: “Donde se enteren cómo yo soy, ¿qué será de mi?” Les voy a contar una historia. Una vez se confesaba un sacerdote con este servidor, que también a su vez necesita confesarse, y se confiesa y me decía aquel padre: "¿Qué tal que tanta gente tuviera que saber estas miserias mías?" Lo mismo puedo decir yo, desde luego, y me parece que todo sacerdote que sea honesto tendría que decir una cosa semejante.

Yo creo que eso sentimos nosotros, a veces sentimos: “Qué tal que la gente supiera..." El esposo, la esposa, el muchacho, la niña, seguramente siente: “Si yo me mostrara como soy, no me van a querer”. Y por eso los noviazgos son muy altos de mentira, donde cada uno esta representando un papel, él hace el papel del artista y ella hace el papel de la actriz.

Desde luego, cuando se casan, se cansan de hacer el papel y entonces descubren que están casados con un desconocido y ahí es donde viene la tragedia, pero todo parte del miedo: "Si me muestro como soy, si muestro la miseria que hay dentro, no me van a querer".

¿Y qué nos dijo el Deuteronomio? “Hombre, no es por eso, es que Dios te ama simplemente te ama, irreversiblemente te ama”. “Pero es que figúrese que yo tengo esta herida, y me salio esta lepra, y tengo unos granos terribles, y me estoy pudriendo por dentro, y mi vida... ¡Siento asco!"

Voy a decir una cosa fea aquí, con el perdón del padre y del diácono. Una vez me decía un muchacho en el colmo de la depresión: "¿Sabe una cosa? Yo siento que soy un moco". ¡Qué manera tan dura de expresar lo que él sentía! “A mí nadie me puede querer, yo soy repugnante".

Lo que siente el leproso, lo que siente el enfermo, “a mí nadie me puede querer”, y entonces Jesucristo dice: “Mira, no caigas en el engaño de la soberbia, no empieces a maquillar tu miseria, no te escondas bajo una máscara, preséntate así como eres, porque ya lo dijo el libro del Deuteronomio: “No es porque fueras numeroso, ni porque fueras fuerte, ni porque fueras bueno" Deuteronomio 8,8.

En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús hay que decir: “Me ama porque me ama, porque quiso amarme, punto. No porque fuera ni grande, ni esbelto, ni bonito, ni limpio, me ama porque me ama, me ama porque se decidió a amarme, me ama porque quiso regalarme su amor, por eso me ama". Y esa es la frase más liberadora y más sanadora del mundo, porque ahí caben todos los disfraces, ahí arrojamos todas las máscaras y ahí sentimos: “Señor, tú sí me puedes entender”.

¿Y que hace Cristo cuando arrojamos toda esa miseria y nos mostramos con la enfermedad corporal y espiritual que llevamos? ¿Qué hace Cristo? Cristo dice: “Ese eres tú, ¿cierto?” Y Cristo dice: “Y este soy yo”. Y Cristo en la Cruz nos muestra sus propias Llagas como para que no nos avergoncemos de las nuestras, Él nos muestra las suyas, claro que las suyas son Llagas de un exceso de amor y las nuestras son llagas del pecado.

Pero Cristo llagado se presenta ante nuestras llagas y Cristo nos abraza y empieza a lavarnos con su Sangre y con esa Sangre llega salud a nuestras almas y empezamos a sentir: "Estoy sano, puedo perdonar, entonces puedo sonreír de nuevo, entonces puedo cantar y entonces puedo alabar".

Eso es lo que Cristo quiere de nosotros en este día. Que nosotros hoy nos lavemos en su divino amor, que nosotros hoy nos sumerjamos en su inagotable gracia, que nosotros hoy, como embajadores de un mundo que va descaminado, podamos encontrar a Cristo Camino y podamos regocijarnos en Él y podamos decir: “Verdaderamente tú eres mi descanso, verdaderamente tú eres mi alegría”.

Como dijo el Apóstol San Pablo en su Carta a los Romanos: “¿Ahora qué nos va a negar Dios? Carta a los Romanos 8,32. Él, que nos dio su propio Hijo, ¿qué nos va a negar? ¿Será que hay algo que Dios duda en darnos, si no dudó en darnos a su Hijo, a su Único a su Unigénito?

Dios se ha pronunciado a favor de nosotros, Cristo es el Amén del Padre, Cristo es la declaración definitiva, irreversible, total del amor, y eso era lo que nosotros necesitábamos para poder presentarnos con nuestras enfermedades físicas, mentales, espirituales; presentarnos ante Él y decirle: “Tú eres todo para mí, Señor, en ti está puesta toda mi esperanza; tú eres toda mi alegría”.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Amén.