Aram003a

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Fecha: 20020324

Título: Cristo nos ofrece lo mejor de su amor en la Eucaristia

Original en audio: 26 min. 11 seg.


Hermanos:

Es estremecedor el relato de la Pasión de Cristo; uno queda como aplastado viendo al mismo tiempo tanto odio y tanta dureza por parte de los enemigos del Señor, y tanta resistencia y tanta caridad por parte de nuestro Salvador.

El abismo de la maldad humana aparece plenamente ante la Cruz de Cristo, la maldad en todas sus expresiones, maldad que se vuelve traición, en el caso de los discípulos; maldad que se vuelve burla, sadismo, crueldad, en el caso de los soldados; maldad que se vuelve indiferencia, en el caso de Pilato o de los sumos sacerdotes.

Maldad que se vuelve envidia y que se vuelve rencor, en el caso de aquellos que escarnecen a Cristo en la cruz; maldad que se vuelve dolor, que se vuelve azotes, llagas y espinas.

Y estando a punto de morir Jesús, los curiosos están pendientes a ver si va a aparecer Elías.

La curiosidad, la más liviana y vanidosa de las operaciones de la inteligencia, es lo único que rodea el espectáculo grandioso de la Cruz.

Todo el abismo de la maldad humana desfiló frente a los ojos de Jesucristo, y uno entiende ese terror y esa tristeza que se adueñaron del corazón de nuestro Salvador, que por eso dijo: “Tengo tristeza de muerte” San Marcos 14,34, y por eso pidió, Él que pedía tan pocas cosas, pidió un poco de compañía, pidió un poco de oración y lamentablemente no lo encontró.

Terror, verdadero pavor tuvo Jesucristo ante ese abismo espantoso de la maldad humana en todas sus expresiones. El alma de Cristo fue martirizada, de un modo que nos sobrecoge, especialmente por la soledad, que queda bien expresada en esa oración que Él hizo en la Cruz, con el primer versículo del Salmo: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Salmo 22,1.

Soledad, durísima soledad, dolor hasta la locura, abatimiento, frustración, creo que podemos decir que todo lo que a nosotros alguna vez nos ha visitado y nos ha torturado, todos esos fantasmas, todos esos miedos, todos esos dolores, se dieron cita en el día terrible de la Cruz del Señor.

Y se agolparon para romperle el corazón, para rasgarle el alma; pero el abismo que vio Cristo no fue solamente el abismo de la maldad humana, si no, hubiera enloquecido, hubiera huido, hubiera prometido venganza o cualquiera otra cosa, y nada de eso hizo.

¿Qué le detuvo a Cristo? ¿Qué le detuvo para no huir? ¿Qué le detuvo para no enloquecerse ni querer drogarse? Porque el primer liquido que le ofrecieron a Cristo era una sustancia que algunas personas piadosas les ofrecían a los crucificados, una mezcla narcótica preparada con mirra y que hacía que muchos de los crucificados murieran dopados, aliviando en algo esa tortura espantosa; pero Jesús probó ese primer liquido que le dieron y no quiso drogarse.

Ese es un ejemplo interesante, la vida estaba demasiado dura en ese momento para Jesús, era más muerte que vida, y Jesús no quiso drogarse, no quiso huir, no perdió la razón, no maldijo a Dios, no anunció venganza y conoció hasta el fondo el poder de la maldad humana, ¿por qué? ¿Por qué Cristo puede mirar hasta el fondo de ese abismo sin enloquecerse, sin maldecir ni huir? ¿Por qué?

Porque hay otro abismo que está mirando al mismo tiempo y es el abismo del designio de Dios, su Padre, es el abismo de la misericordia de Dios, es el abismo del amor incalculable de Papá Dios.

Y de ese otro abismo que estaba lleno, y que por eso debemos de llamar océano, de ese otro océano de amor, Cristo tuvo suficiente agua de vida para llenar el abismo de la maldad humana, como dice el Salmo: “Una sima grita a otra sima, un abismo grita a otro abismo con voz de cascadas” Salmo 42,7, y San Agustín comenta: “Sí, se encontraron el abismo del mal del hombre y el abismo del bien de Dios”.

Y resultó más grande el abismo del bien de Dios, que estaba lleno de amor, y del amor que tenia Cristo en su corazón, amor que viene del alto cielo, porque todo tiene principio en Dios, su Padre, de ese amor inmenso vertió gotas, lluvia, torrente de ternura, hasta llenar incluso el abismo de la maldad humana. Estos dos abismos compitieron y ganó Jesucristo.

Hay algunos puntos de este relato de la Pasión que es necesario comentar. A pesar de las circunstancias y de lo extenso de la lectura, pido de ustedes amor, hambre del Espíritu y deseo de recibir luz, y le pido también a ese Espíritu que me ilumine a mí y me ayude, porque tenemos una oportunidad sin igual para meditar en Jesucristo, que es el amor de nuestras almas.

Veamos, hermanos, cómo a todos los que ofendían a Cristo le dicen una frase que tenía que sonar de modo terrible en sus oídos y que sin embargo algo tenía de alabanza, me refiero a aquella expresión: “A otros has salvado, y a sí mismo no puede salvarse” San Mateo 27,42.

y trataban de de deprimirlo, trataban de detenerlo, trataban de burlarse diciéndole: “¡Sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!” San Mateo 27,40, y decían: “Ha salvado a otros, y a sí mismo no puede salvarse” San Mateo 27,41.

Esas eran las palabras que le decían al Señor: “Ha salvado a otros y así mismo no puede salvarse” San Mateo 27,42.

Y comenta una santa, una virgen del siglo XIV, llamada Catalina de Siena: “Tienen razón, no puede salvarse, no puede bajar de la Cruz, no por el poder de los clavos, que no hubieran sido suficientemente fuertes para amarrarle, es que lo que le tiene amarrado es el amor".

Lo que le tiene unido a la Cruz es el amor, lo que impide que Él se salve a sí mismo es que está demasiado interesado en salvarnos, y aquí es donde uno se derrumba ante Jesús, y aquí es donde uno se postra ante el Señor y uno dice: “¿Pero quién soy para que me ames tanto?”

No podía salvarse Cristo, no tenía ni tiempo, ni fuerzas, ni ganas de salvarse a sí mismo, porque tenía todo su tiempo, sus fuerzas y su deseo de salvarme a mí, eso es muy grande, eso es demasiado grande, eso es demasiado amor, ese es mi Señor, ese es tu Señor, Él es Nuestro Señor; y ser Señor es eso, es amar con ese tamaño; ser servidor es eso, es amar de esa manera.

“No puede salvarse a sí mismo” San Mateo 27,42, no puede, efectivamente no puede. Él, que en cuanto Dios todo lo puede, no puede salvarse a sí mismo. Y la razón es sencilla: está muy ocupado salvándome, ha dedicado su tiempo a salvarme, ha dedicado sus fuerzas a salvarme.

Es muy bello eso, es bello mirar por un momento la cruz y decir: “Gracias, Jesús, estabas tan ocupado en mí, que no te ocupaste en ti; tenías tanto amor por mí, querías tanto mi salvación, que sacrificaste tu propia salvación" ¡Eso es hermoso, es bello! Y es una manera de unirse a Jesucristo.

La misma Catalina le dice al Señor: “Algo anda mal entre nosotros, porque yo soy el ladrón y tú eres el ajusticiado".

Yo creo que estamos trocados, estamos cambiados, porque yo soy culpable y tú eres el inocente, pero tú recibes castigo y yo resulto salvo; estamos cambiados, Jesús, es absurdo. Y Jesús me responde: “Claro que es absurdo el tamaño de mi amor, pero es la única manera de curar el absurdo de tu pecado.”

¿Es que no es absurdo que el ser humano peque? ¿No es absurdo que deje a Dios que es la fuente de bondad, que deje a Dios que es la fuente de verdad, que deje a Dios que es la fuente de unidad y se destroce y se fragmente y divida a sus hermanos? ¿No es absurdo que deje esa bondad y prefiera la mentira, y prefiera el dolor?

"Dos maldades ha cometido mi pueblo, -se quejaba Dios por boca del profeta Jeremías-, dos maldades ha cometido mi pueblo: me han abandonado a mí, y se han cavado cisternas agrietadas, pozos que no retienen el agua" Jeremías 2,13, ¿no es absurdo el pecado? Así nos pregunta Cristo.

"Si te parece muy loco que yo, siendo inocente, sea castigado; dime si no te parece loco que tú, teniendo el Dios que tienes, le des la espalda". Y así, el absurdo del amor de Cristo viene a curar el absurdo del pecado humano, es tan loco que nosotros pequemos, que para denunciar esa locura, Jesucristo padeció el castigo merecido por nuestros pecados.

Y por eso entendemos que el Apóstol San Pablo, feliz de ser quien era por la gracia de Dios, levantara en su predicación bien alto el honor de la Cruz y anunciara por todas partes: “Soy esclavo, soy discípulo del crucificado, y de nada me glorío sino de la Cruz de Cristo” Carta a los Gálatas 6,14.

¿Por qué hablaba así Pablo? Pablo habla así porque entiende que este es el único absurdo, esta es la única locura, que denuncia la locura del mundo, y por eso no puede ser otro el emblema, no puede ser otro el escudo de un evangelizador.

Nada puede llevar delante, nada puede presentar como carta suya de identidad, sino la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Podemos también meditar, y debemos, en aquel contraste entre Jesús y Barrabás. Y nos destaca el Evangelista Mateo que Barrabás tenía otro nombre, se llamaba Jesús. Barrabás, y Jesús de Nazaret salvó a Jesús Barrabás.

¿No es eso lo que venimos contando? Barrabás, siendo culpable, queda absuelto; Jesús de Nazaret, siendo inocente, asume el castigo del culpable; esa cruz le tocaba a Barrabás, y esa fue la cruz que recibió Cristo.

Eso es lo que Cristo ha hecho por nosotros: asumir lo que a nosotros nos tocaba, vivir lo que nosotros éramos incapaces de vivir. La misma Santa Doctora de Siena, Catalina, dice: “Estaba el niño tan enfermo que ni siquiera podía tomarse la medicina, y por eso la niñera se tomó ella la amarga medicina para sanar al niño que estaba enfermo”.

El niño somos nosotros, y la niñera que toma la amarga medicina es Jesucristo; estaba el niño tan enfermo que ni siquiera podía tomarse la medicina.

Esa es la miseria a la que nos ha conducido el pecado, pero esa es la grandeza y ese es el poder de Nuestro Señor Jesucristo, que tiene para nosotros la salvación, tiene para nosotros el perdón. Hay que meditar también, porque hoy es Domingo de Ramos, hay que meditar también en la unión que tiene la ofrenda de la Eucaristía y la ofrenda de la Cruz.

¿Por qué estamos leyendo hoy este pasaje? Porque hoy empieza la Semana Mayor, y como si nos levantáramos en una colina para ver lo que está adelante, la Iglesia nos levanta sobre este pasaje precioso del Evangelio, nos levanta como sobre una colina para que miremos lo que está adelante.

Ya aquí están los textos fundamentales del Jueves Santo, del Viernes Santo, y ya se sienten, ya casi se escuchan los ecos, los primeros cantos de la Vigilia Pascual.

Y por eso, en este día en que estamos celebrando la majestad de Cristo, y la gloria de Cristo, y el señorío de Cristo, y reconocemos que Él es el Señor, fundamentalmente por la victoria de la Cruz, en este día tenemos que decir también una palabra sobre la relación entre la ofrenda de la Eucaristía y la ofrenda de la Cruz.

Es el mismo Cristo, el que delante de los discípulos, dice: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre” San Mateo 26,26-28, y es el mismo Cristo el que luego ofrece ese Cuerpo y esa Sangre en la Cruz.

El cuerpo de la Eucaristía, el Pan de la Eucaristía es Pan que tiene que romperse para poderse compartir.

A los cristianos de los primeros tiempos les llamaba tanto la atención el momento en que el pan se rompe, que no llamaban a la Eucaristía Eucaristía ni la llamaban Misa, la llamaban “la fracción del pan”, como pueden leerlo ustedes en los Hechos de los Apóstoles, ese era el nombre que tenía, "la fracción del pan"

Y hoy vamos a celebrar de un modo solemne la fracción del pan, y cuando llegue ese momento de la fracción del pan, yo digo algunas otras palabras, porque cuando se rompe el pan sobre el altar, es lo mismo que cuando se rompe Jesús sobre la Cruz.

Para comer el pan hay que romperlo, así también Cristo tenía que romperse en la Cruz, para volverse preso de salvación para nosotros; y para beber esa Sangre Santísima consagrada por la fe de la Iglesia y por el ministerio de los sacerdotes, para beber esa Sangre hay que exprimir la uva, y eso fue lo que sucedió en la Cruz.

La Cruz fue el lagar en el que se exprimió el único fruto bueno de la viña de Israel, que se llama Jesús; ahí se exprimió para darnos Sangre de salvación.

Eso es lo que comulgamos, eso es lo que comemos, Pan que se rompió para poderse compartir; Sangre, fruto de la tortura de la Cruz, eso es lo que comulgamos. La gran diferencia es, y esto es parte de la piedad de Cristo, que en la Eucaristía, siendo el mismo sacrificio de la Cruz, todo el aspecto espantoso y violento ha cesado.

La delicadeza de Cristo, la ternura de Cristo llega a un límite tan alto, que quiso que en el memorial de su Cruz, nosotros no nos espantáramos por aquello que a Él no lo espantó sino que lo destruyó; Él fue destruido por un dolor, pero Él no quiere que sea ese dolor el que tenga la primera palabra en la Eucaristía, sino el amor.

Y por eso la Eucaristía es la misma ofrenda de la Cruz, pero ya no tiene la primera palabra el dolor, sino tiene la primera palabra el amor.

¡Qué grande es la Eucaristía! ¡Qué grande el sacramento en el que podemos recibir la ofrenda del Calvario, ese Pan palpita, ese Pan sigue siendo el Pan que no sabe defenderse, por eso decimos en nuestra fe católica: “El Santísimo está expuesto”, cuando ponemos la Hostia para que sea adorada por todos nosotros.

Está expuesto a que nos burlemos de Él, está expuesto a que no le creamos, está expuesto a que sigamos prolongando dolorosamente, para desgracia nuestra, la hora de la cruz; está expuesto, es el mismo Cristo, el Cristo que estaba expuesto, desnudo y expuesto en la Cruz, es el Cristo que está expuesto en la Hostia, expuesto a que no le creamos, como hay millones de cristianos, que para tristeza de mi alma, no creen en la Eucaristía.

¡Y qué me importa que le canten cosas bellas a Jesús, si no reciben el canto de Jesús! Qué gran cosa es que tengan salones bonitos, que tengan alabanzas preciosas, que tengan orquestas fantásticas, que tengan predicadores elocuentes, ¿para que les sirven esos cantos, si no le reciben la canción a Jesús?

¿Para qué les sirven esos sermones, si no le creen el sermón a Jesús? Y el sermón de Jesús es: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre. Ahí estoy expuesto, desnudo, para que me crean o para que no me crean; ahí estoy expuesto, desnudo, para que me acepten o para que no me acepten".

Hermanos, en la ofrenda eucarística recibimos el mismo sacrificio del Calvario, el mismo amor del Calvario, solamente que Jesús, en su ternura que no tiene límites, y que nos humilla a todos por ser tan grande, por ser tan delicada, Jesús quiso quitarle todo el rostro de dolor y dejar solamente el rostro del amor.

¡Qué terrible es privarse de la Eucaristía! ¡Qué terrible darle la espalda a ese sacramento! ¡Qué terrible darle la espalda al momento en el que Jesús ofrece lo mejor de su amor y de su alma por nosotros!

Pero Jesús está expuesto no sólo para las cosas malas. Es verdad que hay cristianos que se dicen cristianos y no creen en la Eucaristía; pero gracias a Dios, hay millones de cristianos que creemos, somos indignos, pero creemos. Y cuando Jesús está en la Eucaristía, está expuesto también a nuestras alabanzas, está expuesto a nuestro amor, está expuesto a nuestro beso.

Conocí a una persona que cometió un pecado terrible, una persona que en un momento absurdo de su vida cometió una profanación de la Eucaristía, y como ustedes saben, eso tiene excomunión inmediata reservada al Papa.

Tuve que tratar esa situación, atendiendo a la persona y escribiendo al Vaticano para solicitar el perdón, para que esta persona pudiera ser readmitida en la Iglesia Católica, porque estaba excomulgada, es una de las cosas extrañas que me han pasado en la vida.

Y bueno, ese trámite toma algún tiempo y hay que prepararse espiritualmente, pasaron los días y llegó la respuesta de la Penitenciaría Apostólica, lugar en el Vaticano que tiene autorización del Papa para absolver esas excomuniones.

Entonces llamamos a esa persona para que pudiera recibir la absolución que le daba la Iglesia. -Ha sido uno de los momentos más impresionantes de mi vida-, porque claro, es alguien que sabe que ha ofendido a la Eucaristía, que ha ofendido a Jesús en su Carne misma, podríamos decir.

Y se acerca y se postra para pedirle a Jesús que le perdone, y Jesús, por ministerio de la Iglesia, por ministerio de quien tiene la suprema autoridad en la Iglesia, el santo Padre, le concede este perdón a esa persona.

Yo, que he visto tantos llantos y que he llorado tanto, nunca había visto llorar tanto a alguien a alguien viendo la Eucaristía, la misma que había rechazado y había profanado, suprema autoridad en la Iglesia, el Santo Padre, le concede ese perdón a esta persona.

Yo, que he visto tantos llantos y que he llorado tanto, nunca había visto llorar tanto a alguien, viendo al Eucaristía, la misma que había rechazado y que había profanado; viendo otra vez a Jesús, otra vez dispuesto a darle amor, otra vez dispuesto a darle perdón, otra vez dispuesto a darle su amistad.

y cuando esta persona pudo volver al comulgar, cuando recibe esa Hostia, a la que un día había rechazado en una locura espantosa que no viene al caso, cuando recibe esa Hostia, besa a Jesús y se come a Jesús, y llora como no he visto llorar a nadie.

Ese es nuestro Salvador, ese es el Corazón en el que nosotros creemos, así es el Hijo de Dios, ese es el amor que tiene por nosotros, y eso es lo que se celebra en este altar. ¡No hay nadie como Él! ¡No hay nadie como Él! ¡No hay nadie como Él!

Amén.