Aram001a

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Fecha: 19990328

Título: Prolonguemos el camino de la Sangre bendita de Cristo en nuestras vidas

Original en audio: 3 min. 23 seg.


Amados Hermanos:

La humillación extrema que vemos que padece Nuestro Señor en este día, cuando recordamos su bendita Pasión, esa humillación arroja por tierra todos nuestros orgullos y presunciones y nos invitan a a ser nosotros mismos un camino abierto por el que Él pueda pasar como Rey glorioso.

En este día en el que la Iglesia aclama con palmas la entrada de Cristo en Jerusalén, nosotros extendemos nuestros corazones humillados y le pedimos a Cristo que Él venga y que Él entre como Rey manso y poderoso, como rey sabio y misericordiosos de nuestras vidas.

Sólo un dolor me queda de la liturgia de este día: que este texto precioso de la Pasión se lea tan poquitas veces en la liturgia. Sólo hay dos veces, en la Santa Misa, hoy; y en el Viernes Santo, cuando se lee este texto de la la Pasión de Cristo. Es tan saludable, es la cátedra tan perfecta de la caridad, es la fuente inagotable de nuestra esperanza, es el centro de nuestra fe; podríamos leerla con mayor frecuencia.

Pero si la liturgia eucarística en la Iglesia no nos regala esa oportunidad, sí que la tenemos en nuestras Biblias, en el Santo Viacrucis, en los misterios dolorosos del Santo Rosario, y muchas veces, en la adoración eucarística.

Prolonguemos entonces, hermanos, las gracias que Dios nos regala en este día; prolonguémoslas especialmente a través de esos caminos que la piedad del pueblo católico y la enseñanza de la Iglesia nos ofrecen.

A través de la Corona de la Misericordia, de los misterios dolorosos del Rosario, de la adoración de Cristo en la Eucaristía, del Santo Viacrucis, de la lectura meditada de la Pasión del Señor; a través de estos caminos y de los que el Espíritu Santo nos regale, prolonguemos, digo, prolonguemos el camino de esta Sangre bendita de Cristo en nuestras vidas, para que estemos así vestidos de su Sangre.

Hoy la Iglesia me viste a mí de rojo, rojo de la sangre, rojo del amor, rojo del fuego, rojo del Espíritu. Yo, que soy un pecador, me siento vestido de la Sangre de Cristo. Y siento una esperanza muy grande: siento que mientras yo esté aquí, ningún pecado puede suceder en mi vida; y todo lo malo que haya podido acontecer, sobre todo por mi culpa, Dios lo puede reparar.

Por eso, porque me siento feliz vestido de rojo y de sangre, les invito a que vivamos así. Porque nada puede hacernos daño si estamos vestidos, ungidos, lavados en esta Sangre preciosa que hoy vemos brotar con tanta abundancia.

Que la gloria sea para Dios, nuestro Padre; para su bendito Hijo, nuestro Salvador, y para el Espíritu de amor.

Amén.