Apocalipsis 02: Literatura apocalíptica

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Tema 2. Literatura Apocalíptica

http://fraynelson.com/blog/2011/06/19/apocalipsis-02-literatura-apocaliptica/


La palabra “apocalipsis”, que en griego se pronunciaría algo así como “apocálipsis”, traduce “revelación”, y por eso este libro es conocido también como “Revelación”, o, "El Libro de la Revelación”. En realidad, toda la Escritura es revelación, toda la Escritura es apocalipsis.

Entonces, ¿qué tiene de particular esta revelación? Esa pregunta nos lleva a lo que se llama la "literatura apocalíptica", porque es importante que sepamos que así como existe este libro, pues hubo en su momento, y quizás ha seguido después, una especie de tendencia que se expresa con el nombre: "Literatura Apocalíptica".

Lo mejor, creo yo, es examinar de dónde viene esta literatura, y la respuesta es que se trata de una evolución de la profecía. La literatura profética evoluciona y se vuelve literatura apocalíptica. O sea que nuestra pregunta recae en otra pregunta: ¿en qué consiste la profecía? ¿En qué consiste el ministerio de los profetas? Y luego, ¿en qué se diferencian los escritores proféticos y los escritores apocalípticos? Aunque en algunos casos coinciden, como ya veremos.

Lo propio del profeta es hablar de parte de Dios, el profeta puede hablar en el nombre del Señor, es lo que significa la expresión "oráculo": "Oráculo del Señor" quiere decir que es algo que proviene de Dios, es algo que ha dicho Dios. El profeta puede dar estos oráculos del Señor, porque participa de la cercanía, de la amistad, de la luz de Dios.

El nombre propio del profeta es "amigo de Dios", eso es lo que es un profeta. El profeta por excelencia en el Antiguo Testamento es Moisés, y si miramos el tipo de elogios que la Escritura le da a Moisés, descubrimos la esencia del profetismo. Dice, por ejemplo, que: "Dios hablaba con Moisés como un hombre con su amigo" Exodo 33,11, es decir, hay una cercanía, hay una confianza.

Amós dice: “Nada hace Dios en revelarlo a sus amigos los profetas" Amós 3,7. De Moisés también se dice que era el hombre más humilde de todos, la humildad de Moisés le da como el ángulo preciso, la perspectiva exacta, para descubrir la grandeza de los planes de Dios; porque el pecado siempre es achicar a Dios, eso es lo que hace el pecado, achicarlo al tamaño de un ídolo o cambiarlo por un ídolo.

Por consiguiente, la humildad es indispensable, porque la humildad es la que nos da el ángulo exacto para descubrir la grandeza del plan divino. Moisés es el humilde y es el amigo de Dios, como entra en esa relación tan cercana con Dios, el profeta tiene la capacidad de ver la historia humana de otra manera.

Porque, para el profeta, la historia no es simplemente el resultado de las fuerzas naturales y las voluntades humanas; hay un factor nuevo, y ese factor nuevo, el que conoce el profeta, es el actuar divino; a veces ese actuar se ve como algo bastante exterior, pero a medida que pasa el tiempo se descubre que el verdadero poder de Dios está sobre todo en el corazón humano.

Como dijo otro profeta, esta vez Jeremías: “Nada más falso y enfermo que el corazón, ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas para dar al hombre según su conducta” Jeremías 17,9,10. Sólo Dios puede dar un corazón nuevo, sólo Dios puede dar un espíritu nuevo.

Entonces el poder de Dios, aunque a veces se manifieste en cosas tan exteriores, como las aguas que se dividen en el Mar Rojo, o el maná que cae; el verdadero poder de Dios, donde mejor se manifiesta, es en la renovación, en la transformación del corazón humano.

El profeta conoce ese actuar de Dios, conoce ese poder de Dios y por eso tiene un ingrediente que los demás no tienen, un ingrediente a la hora de mirar la historia, y por eso el profeta puede también hablar del futuro, no se trata de una adivinanza, no es simplemente un vaticinio, es el fruto de lo que ha encontrado en el corazón de Dios; además, el profeta percibe mejor que otros cómo nosotros y nuestros planes están en las manos de Dios.

Cuando esto se descubre, se descubre el señorío de Dios, y este concepto es muy importante: Dios es el Señor. Cuando se descubre el señorío de Dios se descubren los limites de los señores de esta tierra; cuando se descubre el Reinado de Dios se descubren los limites de los reinos de esta tierra, y es aquí donde la profecía empieza a volverse apocalipsis.

Porque al principio la profecía es un oráculo que juzga una determinada situación, unas circunstancias, por decirlo así, ilumina esas circunstancias con la luz de Dios, ilumina una coyuntura, un momento.

De otro gran profeta llamado Samuel, se hace este elogio: “Ninguna de sus palabras cayó” 1 Samuel 3,19, algo así como: "Ninguna de sus palabras dejó de cumplirse". ¿Qué quiere decir esto? Que Samuel tenía la capacidad de reconocer el momento, tenía la capacidad de iluminar el momento, y siempre las cosas sucedían de acuerdo con esa palabra de Samuel.

Ahí se ve que Samuel era un profeta que iba iluminando distintos momentos, eso es lo propio del profeta; pero por una extensión que podemos considerar casi natural, cabe preguntarse en un arco más amplio hacia dónde van las cosas, y es ahí donde entra “la apocalíptica”. La apocalíptica es una especie de profecía ensanchada, ensanchada porque ya no se refiere únicamente a un pueblo, sino a todos los pueblos; y ya no se refiere únicamente a una coyuntura, un momento, sino más bien al desenlace o al curso de la historia humana.

La profecía nace del encuentro con Dios; la apocalíptica es como un ensanchamiento de esa mirada profética, un ensanchamiento que ayuda a reconocer el reinado de Dios. De algún modo, el gran tema de toda apocalíptica, de toda la literatura apocalíptica, es el Reinado de Dios. Porque ya hemos dicho que los profetas perciben los límites de los reinos humanos: el corazón humano aparece ingenuo, presuntuoso, arrogante, insuficiente, engañoso, infiel, estas son características casi todas negativas, o todas, que brillan en los poderes de este mundo.

Porque los poderes de este mundo, pues, son el fruto del corazón los poderosos, -esto esta muy claro en la Biblia-, y si el corazón del poderoso es un corazón infiel, el pueblo se tuerce, por eso en los libros de los Reyes, cuando se evalúa qué fue lo que hizo un rey, lo que interesa es si su corazón estuvo con el Señor o no; no se cuenta ahí si hizo muchos puentes, si trajo luz eléctrica, si implanto energía nuclear, eso no importa. Lo que le interesa al autor sagrado es: "El corazón estuvo con Dios, ¿sí o no?"

Los corazones humanos por sí mismos, fácilmente caen en idolatría, idolatría del poder, por ejemplo, idolatría del dinero, idolatría de la fama, idolatría del placer; entonces los reinos humanos casi que desde que nacen están condenados a su exterminio, se caen bajo su propio peso.

En cambio, ¿qué pasa con el Reinado de Dios? Pues el Reinado de Dios es otra historia, es una historia muy diferente, porque Dios no gobierna desde la rapacidad que es tan característica de los seres humanos; los reyes se vuelven rapaces porque los reyes están bajo el signo de la palabra “carpe diem”, en realidad el "carpe diem", ese “agarrar el día”, esa rapacidad es propia del ser finito, porque el ser humano es finito pero con hambre infinita.

El ser humano en su infinita hambre, trata de meter lo infinito en lo finito, trata de meter toda la felicidad en el corto período de una vida, trata de meter toda la alegría en el corto período de una borrachera, trata de meter toda la sabiduría en el corto espacio de una ceremonia, y por eso se produce una dislocación, se revienta la mente, se disloca el razonamiento, se fractura la sociedad, eso lo propio de los reinos humanos.

Los reinos humanos nacen como condenados ya a su exterminio; si uno aprende a mirarlos, descubre fácilmente que ya tienen la semilla de su exterminio en el sólo hecho de nacer.

La literatura apocalíptica, extiende la profecía porque se da cuenta que existen constantes, como estas que estamos mencionando: que el corazón humano es rapaz, que tiene un anhelo infinito, que tiene unas fuerzas y posibilidades finitas y entonces lo único que queda es Dios. La descripción apocalíptica, entonces, es una mirada, o un intento de leer el tiempo desde la eternidad.

El canal de televisón "Cristovisión" tiene un lema muy bonito: ”Para ver el mundo con los ojos de Jesús”; podemos decir que la apocalíptica tiene un lema muy bonito: “Ver el mundo con los ojos de Dios”. Desde los ojos de Dios, desde la mirada eterna de Dios se ve cuán frágiles son nuestras fuerzas y cómo somos de presuntuosos, cómo somos de presumidos, cómo somos de ingenuos, cómo somos de tontos.

Ese tipo de juicio, se hace como por una especie de toma de distancia, cuando uno se aparta suficientemente de la historia humana, empieza a mirar que todas esas pretensiones son tontas.

En el tiempo de San Agustín había un gobernador romano allá en Hipona, ese gobernador romano, me parece que de nombre Valerio, hasta el ultimo momento estaba luchando por el orgullo romano y estaba luchando por su propia gloria, siendo tan fuerte el ataque de los enemigos del Imperio, -esos enemigos son los vándalos, ese era el nombre que tenían, luego la palabra pasó a indicar cualquier persona que destruye bienes públicos-, entonces estas tribus de vándalos estaban asediando Hipona, estamos hablando del año 430 de nuestra era.

Ya situación era completamente desesperada, porque ya se había invadido la Roma misma; sin embargo, este prefecto romano, que creo que se llamaba Valerio, puedo estar equivocado, pues él sostiene la gloria de Roma, su fama, y desoye los consejos de Agustín.

Agustín se da cuenta de que hay un mundo nuevo que está surgiendo, se da cuenta de que el Imperio no da más de sí, entre otras cosas porque lleva siglos de corrupción, el Imperio no da más, Agustín tiene conciencia de eso, de hecho intenta entrar en diálogo con los vándalos y habla con ellos, y le dice al prefecto romano que han llegado a un acuerdo, que se pueden abrir las puertas de la ciudad para que los vándalos entren a formar un nuevo pueblo con los habitantes de Hipona.

O sea, Agustín estaba buscando una integración, una especie de transición pacífica desde un orden que venia del pasado, que era el orden del Imperio, a una situación nueva: todas estas tribus que no habían sido sino despreciadas y atacadas por los romanos.

Pero el prefecto está obsesionado con la gloria del Águila Imperial, con la gloria de Roma, prepara soldados para la batalla, pero los prepara de la misma población civil porque no tiene mayores recursos, eso por supuesto está condenado al fracaso, pone su esperanza en una flota que va a venir desde Roma, pero los vándalos son suficientemente inteligentes para saber que si atacan los refuerzos se queda sin con que luchar Valerio.

La conclusión es que Hipona fue despedazado por los vándalos, en ese contexto muere Agustín, no sabemos exactamente cómo fue su muerte, pero así muere Agustín, en ese contexto, en esa situación desesperada.

Curiosamente, o por lo menos eso dicen algunas biografías, estos vándalos alcanzaron a tener aprecio por los escritos de Agustín, porque los escritos de Agustín ocupaban cajas y cajas y cajas de rollos, pergaminos, y de Hipona había salido una flota hacia Roma, porque el Emperador había llamado a Agustín, lo había llamado para librarlo de la muerte y lo había llamado para librar también las obras de Agustín.

Pero finalmente Agustín no viajó porque dijo que él no iba a abandonar su rebaño, y finalmente tampoco mandó los libros, porque resulta que los libros, esa cantidad de cajas ocupaban espacio precioso en las pocas naves que había, naves en las que huyeron muchos de los habitantes de Hipona, sólo para ver, en la lejanía del horizonte, cómo les quemaban la ciudad.

Entraron, pues, los vándalos, Valerio se suicida, ese es el final de toda arrogancia humana, la autodestrucción; cuando ve que todo está perdido y que se incendia la ciudad, él se suicida. Agustín muere en circunstancias que, repito, son confusas; pero, este jefe de los vándalos, cuando todo lo están quemando, le preguntan si queman también las obras del Obispo, y este supuesto vándalo, éste supuesto ignorante tiene el tino de decir: “No, esas no las quememos”. Así se salvo un tesoro invaluable.

De modo que uno se pregunta: "Y bueno, ¿dónde está la gloria de Valerio? Y en cambio, San Agustín, pues lo conoce y lo venera medio mundo". Esa es una lectura apocalíptica, es decir, uno se da cuenta que toda esa arrogancia y toda esa pretensión, esa petulancia del Imperio, ¿en dónde queda todo eso? Queda en un suicidio: Valerio saca su daga, ve que no hay nada más que hacer, y se mata; ahí termina toda la arrogancia humana.

La apocalíptica intenta tener un poco de la perspectiva de Dios, es como una mirada desde la eternidad, y esa obra, ”La Ciudad de Dios”, de San Agustín, va precisamente en esa dirección; la ciudad de Dios, esa que va creciendo con gran trabajo, con gran incertidumbre y en medio de grandes persecuciones, esa ciudad de Dios es el desarrollo del plan divino en medio de las miserias humanas, en medio de las oscuridades y las incoherencias que tenemos los seres humanos, ahí se va forjando la ciudad de Dios. Esa ciudad de Dios pues va a ser Jerusalén, finalmente, la Jerusalén del cielo.

La apocalíptica intenta tener esa clase de mirada, y aquí viene un punto que es de los más conocido como característica de la apocalíptica, y es el uso de símbolos. Inmediatamente a uno le llama la atención que el lenguaje apocalíptico tiene esas dos características que están ligadas: el uso de los símbolos, por una parte; y por otra, un lenguaje cifrado. Es decir, es un mensaje pero no es un mensaje abierto, es un mensaje como escondido, un mensaje como cifrado, ¿por qué?

En el libro que nosotros llamamos Apocalipsis, esto se nota inmediatamente, -y luego vamos a hablar un poco sobre los símbolos que este utiliza-. Los números son simbólicos, los colores son simbólicos, los lugares son simbólicos, las acciones son simbólicas, ¿por qué? Antes de responder esa pregunta conviene devolvernos a los orígenes de la apocalíptica: Hemos dicho que la apocalíptica nace de la profecía, y nos damos cuenta que en la profecía no solamente hay palabras, sino que hay símbolos, hay acciones proféticas.

Recordemos algunos casos. Cuando va Jeremías al taller del alfarero , y en la acción del alfarero que hace y deshace sus cacharros, pues ahí Dios habla, en esa acción; o recordemos por ejemplo a Eliseo, que después de que Elías es arrebatado, toma el manto que ha caído y con ese manto golpea las aguas y pregunta dónde está el Dios de Eliseo.

Y al abrirse las aguas para que él pase, él toma conciencia y la comunidad profética también toma conciencia de que ese es el heredero de Elías; porque Elías ha hecho ese mismo milagro: Elías ha partido esas aguas también cuando ha pasado con Eliseo. Entonces, el hecho de que Eliseo repita el mismo milagro se convierte como en su consagración como sucesor de Elías. Ese golpear el agua es una acción.

O podemos recordar también a Ezequiel, que tiene que quedarse acostado durante no sé cuánto tiempo por un solo lado, símbolo de la muerte. El silencio también se vuelve lenguaje: durante siete días Ezequiel también está en silencio, con los desterrados; llega supuestamente a darles ánimo, pero su visita consiste en callarse, es una acción extraña. Ezequiel también saca su pequeño menaje, su pequeño trasteo a la luz del día, y no lo saca por la puerta principal sino que rompe la muralla, eso le causa extrañeza a la gente.

O sea que son varios los ejemplos que tenemos de acciones simbólicas. ¿Qué la añade una acción a una palabra? ¿Qué es lo que hace que sea más elocuente esa acción que esa palabra? Pues normalmente las palabras lo que hacen es iluminar o mostrar el significado de las acciones. Pero eso quiere decir que las acciones están, como diría algún filósofo, "preñadas de significado", las acciones tiene un significado que desborda lo inmediato a la palabra.

Esto se nota en la dimensión sacramental. ¿Por qué se derrama agua sobre la cabeza del niño, o si no, se sumerge a la persona cuando se la va a bautizar? ¿Por qué se parte pan y se come pan? ¿Por qué se unta aceite en las manos de los consagrados? Esas son acciones. El asunto no es simplemente que llegue la persona a la comunidad y se le diga: ”¡Eres de los nuestros! ¡Aplauso para el nuevo bautizado!” No. Se hace una ceremonia que incluye materia, que incluye una acción, que incluye un rito, unas palabras, una costumbre.

Resulta que las acciones son las fuentes del significado, las palabras no se apoyan únicamente sobre otras palabras, porque si las palabras se apoyan sobre otras palabras, ¿esas sobre qué se apoyan? Pues sobre otras, ¿y eso hasta dónde sigue? Eso llega hasta una acción; es decir, son las realidades, son las cosas, son las acciones, las que en primer lugar empiezan a darle sentido al edifico de las palabras.

O sea que podríamos decir que las acciones son las palabras en su sentido más vigoroso; las palabras que están colmadas de sentido, preñadas de sentido, esas son las acciones. De hecho, Dios habla y se revela, por ejemplo en el libro de la Creación, y ese un libro de acciones. San pablo dice en la Carta a los Romanos que lo que puede ser conocido de Dios está a la vista, pero no está a la vista como palabra, no son recaditos y papelitos que Dios dejo detrás de las piedras, sino que en su misma hermosura, en su misma fuerza, en su misma disposición, hablan, dicen algo de Dios.

Entonces, podemos decir que las acciones son las palabras más vigorosas y son las palabras en cierto sentido inagotables, en esto hay una relación que se llama dialéctica muy interesante entre las acciones y las palabras, porque a medida que nos acercamos a la palabra, nos acercamos a lo definido, a lo explícito, a lo preciso; pero a medida que nos acercamos a lo explicito, también nos acercamos a los límites, a lo que queda confinado.

¿Por qué? Toma las palabras que dice Jesús: “Sin mí nada podéis hacer” San Juan 15,5; o toma la palabra que dice Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” San Mateo 28,19. Esas palabras son suficientemente precisas.

Ahora toma una acción, como por ejemplo la fracción del pan, toma la Eucaristía: el comer, como hoy hemos comido el Cuerpo de Cristo, eso no cabe en ninguna palabra, eso supera cada palabra; y por eso, a partir de las acciones surgen sin cesar nuevas palabras, entonces nosotros estaremos estudiando la Eucaristía hasta el fin de los tiempos, estaremos sacando palabras de esa acción profética.

La última comparación que se me ocurre es la comparación entre el vaso y el pozo; las acciones son pozos de significado, las palabras son vasos; una palabra precisa como la que da un filosofo, como la que da un teólogo, es un vaso de significado: "Aquí tiene su vaso, ahí lo tiene", ahí está su vaso, eso es lo que quiere decir esa palabra.

Y la teología funciona así, con vasos definidos, por eso en la teología hay que hacer todo un ejercicio de delimitación y de definición de palabras, se nota muy bien en el dogma de la Trinidad: "-Persona, naturaleza, relación, noción". "-Espere, explique bien, ¿qué es lo que usted entiende por persona? Delimítelo, recorte, recorte hasta que quede exactamente lo que usted entiende por persona. ¿Pero qué quiere decir usted por substancia? ¿Qué quiere decir usted por naturaleza? ¿Y si yo digo que son tres naturalezas? "-No, no, una".

"-Ah, pero son tres sustancias, ¿no dice que son tres personas? "-No, son tres personas pero es una sola sustancia". Se necesita todo un adiestramiento conceptual para llegar uno a navegar esa terminología sin empezar a decir herejías.

Entonces el tratado de la Trinidad es un tratado que está hecho de vasos específicos: "Mire, esto contiene sustancia, esto contiene persona, esto contiene naturaleza", tiene que ser preciso. Pero una vez que se tiene la palabra precisa, lograste algo, pero perdiste mucho, porque ahora que esto significa persona, ya no significa otra cosa.

En cambio los gestos, las acciones, las parábolas, los símbolos son pozos; por ejemplo, un abrazo, un tomar la mano¸ a uno le toman la muchas veces, de niño le tomaban la mano para llevarlo por la calle; y después, cuando uno esté muriéndose, esperemos que haya alguien que le tomen la mano a uno. Y ese tomar la mano del niño significa una cosa; el agonizante que siente que alguien le toma la mano tiene otro significado.

Los gestos, los símbolos son pozos de significado y de alguna manera hablan de la infinitud de sentido que Dios da; por eso, es ilusorio pensar en una apocalíptica carente de todo símbolo, porque esa seria una apocalíptica que querría meter el infinito de Dios en una cuadricula: "Contentémonos con que se pueda hablar de Dios, contentmonos con que algo se pueda decir de Dios a través de ese lenguaje simbólico".

Lo mismo pasa con un abrazo, lo mismo pasa con una mirada, lo mismo pasa con un silencio; hay silencios de presencia, hay silencios de ausencia, y es el mismo silencio, en los dos casos la persona se quedo callada; y sin embargo, hay modos de estar en silencio que son presencia, y hay modos de estar en silencio que son ausencia.

Los gestos tienen una fecundidad, tienen una abundancia de sentido y esa abundancia de sentido es indispensable para traducir de alguna manera el infinito divino. Además de eso hay algunos que aseguran que el lenguaje críptico, es decir lenguaje que toca descifrar, lenguaje cifrado, –por eso toca descifrarlo-, el lenguaje críptico, el lenguaje cifrado también es una manera de proteger un mensaje.

Los primeros cristianos tenían que proteger sus mensajes, existía algo que se llamaba “la disciplina del arcano”, que no es otra cosa sino aplicar lo que Cristo dice en el Sermón de la Montaña: “No echéis las perlas a los cerdos" San Mateo, 7,6. Entonces la disciplina del arcano” quiere decir: la conciencia de que hay algo demasiado bello, misterioso y sagrado a la vez, que no queremos que sea profanando.

Fíjate que este es uno de los problemas por seguir con esto de la Trinidad, se llega a un tratado bastante explícito y se llega inmediatamente a las blasfemias. Entonces los musulmanes atacan con blasfemias la fe nuestra en la Trinidad, un chiste, por lo menos para algunos musulmanes, es que si Dios es Padre y si Dios es Hijo, ¿dónde está la esposa de Dios?

¿Por qué ese ataque es posible? ¿Por qué ese desprecio es posible? Porque hemos enunciado de un modo explícito y directo que Dios es Padre, que Dios es Hijo, que Dios Padre es persona, que Dios Hijo es persona, así que es muy fácil a partir de allí hacer un chiste blasfemo como ese de: "¿Dónde está la esposa de Dios para que haya engendrado el Hijo?"

Entonces también existe esa teoría: que el lenguaje apocalíptico es un lenguaje que se vuelve cifrado para proteger el misterio, porque de lo que estamos hablando aquí es de la soberanía de Dios, es del reinado de Dios; además, esa conciencia de que hay unos símbolos que nosotros conocemos y otros no conocen, eso ayuda a fortalecer un sentimiento de equipo y de comunión.

En la extensísima red de catacumbas en Roma, los cristianos por ejemplo dibujaban un pececito, que se dice "icthys", en griego, que se suele escribir "icthus", y entonces eso se puede mirar como una abreviatura, como un anagrama de: "Iesous Christos Theou Uios Soter": "Jesús Cristo de Dios Hijo Salvador". Entonces ese símbolo, ese pececito, puesto allá en esos túneles, en esas cuevas, indicaba: "Acá hay cristianos", “este es lugar nuestro", "este es lugar de reunión de cristianos”.

¿Por qué hay entonces símbolos en la literatura apocalíptica? Por esas tres razones que hemos dicho: porque los gestos y los símbolos tienen una abundancia de significación que es muy apropiada para hablar de la abundancia de Dios; segundo, estos símbolos sirven para proteger de blasfemias y de insultos y de malos entendidos; y tercero, ayudan a crear sentimiento de comunión y de pertenencia.

Muchos de los símbolos de al apocalíptica tienen su origen en el mundo litúrgico y en el mundo profético del pueblo del Antiguo Testamento; por ejemplo, a Cristo se le llama muchas veces en el Apocalipsis “El Cordero Degollado”, esta expresión obviamente proviene de la Pascua judía, Cristo es “El Cordero Degollado”.

Otro lenguaje que se utiliza muchas veces en el Apocalipsis es el lenguaje ritual, por ejemplo, de los candelabros o del incienso; el incienso se utilizaba en momentos particulares de los ritos en el judaísmo; pues, también se habla de incienso en el Apocalipsis.

La sangre, la sangre tiene todo un valor simbólico ya desde el Antiguo Testamento: representa vida, representa entrega, representa sacrificio, representa mucho más de lo que uno cree, porque aquello por lo que se derrama la sangre, es la misión, es el sentido que le di a mi vida, ese es el sentido de mi vida, por aquello por lo que derramé la sangre.

La simbología apocalíptica se alimenta de todas esas imágenes propias de la profecía y de la vida del Antiguo Testamento. Otras veces las cosas son más difíciles de establecer, por ejemplo con los números. En la lengua griega y en la lengua hebrea no existen caracteres especiales para los números, como nosotros utilizamos los número arábigos, que llamamos: 1,2,3, etcétera. Ellos no tienen eso, si no que ellos se ven obligados a utilizar sus mismas letras, las letras del alfabeto, para representar números. Y esto crea una asociación entre letras y números.

Entonces cada persona tiene un número, y por eso aparecerá en cierto momento el famosos número 666, que se supone que es la suma de las cifras de las letras de alguien, en este caso, del Anticristo. Eso, pues, proviene de esa característica de la lengua hebrea, no lo tenemos nosotros; en cambio, otros números pertenecen a tradiciones a veces muy difíciles de rastrear; se sabe que el numero siete, es el número de la semana y es el número de algo que está completo o perfecto; el numero doce es el número de Israel, por eso el numero veinticuatro es el Israel antiguo y el Israel nuevo.

El número cuatro es el número de la tierra, por los cuatro puntos cardinales; el número uno pues es propio de la unicidad de Dios; el número mil indica una multitud, entonces ciento cuarenta y cuatro es el Israel en su plenitud y en su multitud; ciento cuarenta y cuatro mil es todo el Israel en su plenitud y en su multitud. Los números tienen esa clase de significados; los animales también tienen sus significados.

Aquí recordamos que esta literatura apocalíptica ya tiene presencia, por ejemplo, en el libro de Daniel. Cuando se presentan esos imperios, donde había un león, y había un oso, y yo no sé cuántas fieras, y al final llega el reinado de un hijo de hombre, -terminología que luego Cristo aplica a sí mismo-. Entonces también los animales tienen su significado, algunos de esos significados no podemos ya establecerlos, o no sabemos con certeza si llegaban a tener un sentido bien claro para los oyentes o lectores de aquella época.

Por ejemplo las piedras preciosas, se menciona siempre aquí al jaspe como una piedra importantísima, algunos creen que no era verdadero jaspe sino que se refería más bien al diamante, pero es difícil saber esas piedras, rubíes, lapislázuli, si eso tiene algún significado especial, es posible que si, que en ese tiempo, hubiera como una cierta significación, significación que posiblemente venia del mundo pagano.

Lo cual significa también para nosotros que es difícil decir que uno entiende completamente el Apocalipsis, más bien es una especie como de océano en el cual uno puede bucear en esas aguas. Se pueden encontrar cosas pero en general. La Iglesia tiene conciencia de que el mensaje central sí que lo percibimos y probablemente no es tan importante uno obsesionarse hasta el ultimo detalle, porque los que se han obsesionado con esos últimos detalles se pasan al esoterismo y se pasan a la cábala y se pasan a otro tipo de cosas, porque ya empiezan a ver códigos cifrados en todo.

No se nos debe nunca olvidar lo que dijo Cristo: ”Lo que yo les digo en secreto, díganlo ustedes desde lo alto de las azoteas” San Mateo 10,27, y dice Cristo: ”En este mundo no hay nada oculto que no llegue a saberse” San Mateo 10,26. Es decir, que nuestra revelación es esencialmente exotérica, hacia afuera; esotérica quiere decir encerrada en un grupo, nuestra revelación es exotérica, y por eso hay que saber leer el Apocalipsis.

Aprovechando esta riqueza simbólica, apreciándola, disfrutándola pero sin obsesionarse con ella, porque entonces pasaríamos a una religión que no es la nuestra.