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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20080511

Título: “Que el bien sepa a bueno”

Original en audio: 15 min. 55 seg.


La fiesta que nosotros llamamos Pentecostés ya existía antes de Cristo. Los judíos celebraban esta fiesta cincuenta días después de la Pascua. Lo que ellos celebraban entonces era la Ley.

Puede parecer extraña esa fiesta, ¿a quién se le ocurre hacer fiesta porque hay Ley? Pues es que para los judíos, la Ley, o más propiamente la Torah, es la expresión de la voluntad de Dios, del amor de Dios. Es la guía paternal con la que el mismo Dios le muestra el camino a su hijo Israel.

Lo que ellos celebraban entonces era esa relación de amor y de guía que Dios les había otorgado y también, por supuesto, lo que quiere decir esa alianza con Él. La Ley no es una ordenanza fría sino que es la expresión del cuidado de Dios.

Podemos hacernos una idea de lo que significa la Ley, si recordamos aquellas personas en nuestra vida que nos han dado sabios consejos. De pronto ya no las tenemos con nosotros. Quizás muchos de nosotros podemos recordar a nuestros padres que ya partieron.

Los recordamos y decimos: "¡Cuánta sabiduría tenía mi padre cuando me decía: "Mira, cuídate de esto, haz esto otro!"" Nos estaba mostrando el camino. Con la diferencia de que el Padre Dios ha guiado y guía a su pueblo Israel, pero no se ha ido, no ha fallecido, sino que es el Dios vivo.

Era una fiesta muy hermosa, una fiesta llena de contenido, era también la fiesta de las tiendas, de las enramadas.

En algunos lugares se celebraba esta fiesta con un toque folclórico: había personas que con ocasión de esta fiesta vivían por un tiempo, por un día o por una noche, en una pequeña enramada, recordando que mientras iban de camino por el desierto, no habían tenido casas propiamente dichas, sino que tenían que vivir en tiendas.

Entonces en la fiesta de Pentecostés, los judíos recordaban esas dos cosas: que en el camino del desierto habían vivido en tiendas, pero que Dios los había guiado a través de su Palabra, a través de esa Ley que es expresión de su voluntad y es expresión de su alianza.

Era una fiesta que tenía olor y que tenía alegría y era ocasión en que muchos simpatizantes de la religión judía iban a Jerusalén. Precisamente, como había ese hospedaje informal, en enramadas, en tiendas o donde se pudiera, muchos llamados prosélitos, simpatizantes de la religión judía que habían llegado a comprender la belleza de la Ley, se acordaban a Jerusalén.

Estos no eran todavía judíos, porque sabemos que esta religión tenia como mucha precaución en recibir personas de otras razas, muy al contrario de lo que luego sería el cristianismo, que es una religión misionera, una religión hasta cierto punto expansiva.

El judaísmo era, sobre toda en esa época, una religión que tomaba mucha precaución en recibir otras personas de otras razas o pueblos. Pero había mucha gente en el mundo antiguo que simpatizaba con esto de la Palabra de Dios y con el culto al único Dios también.

Por eso para la fiesta de Pentecostés, vemos cómo, según la primera lectura, qué cantidad de gente había ido a Jerusalén de distintos lugares. Todos ellos habían conocido la religión judía a través de las sinagogas y habían llegado a sentir el deseo de acercarse a ese Dios.

Así estaban las cosas, esa era la costumbre. Pero algo inesperado, algo maravilloso aconteció en uno de esos días, en una de esas fiestas de Pentecostés, aquella que fue marcada por la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo.

Sabemos que en su Ascensión, Cristo recomendó vivamente a sus Apóstoles que permanecieran en Jerusalén, que estuvieran unidos y que hicieran oración. Tres recomendaciones que ellos practicaron y para esto fueron acompañados también por otros discípulos y por otras discípulas, y entre ellas, por supuesto, mencionamos a la Madre de Dios.

María, que había conocido y que conoce mejor que nadie el poder el Espíritu Santo, acompañó ese proceso que, podemos decir, dio a luz a la Iglesia. Es muy hermoso, sea dicho de paso, es muy hermoso pensar que el mismo Espíritu que fecundó las entrañas de la Santísima Virgen para que diera a luz al Salvador, ese mismo Espíritu acompañó la oración, ungió la oración de María, para que pudiera nacer ese Cuerpo de Cristo que somos todos nosotros, que es la Iglesia.

Ellos permanecieron el oración y entonces sucedió aquello que nos cuenta el capítulo dos de los Hechos de los Apóstoles: mientras estaban orando, lenguas de fuego, llamaradas, se fueron posando sobre cada uno de ellos. Y aquí hay algo muy hermoso, esta era como he explicado, la fiesta de la Ley, y lo que viene a hacer ese fuego nuevo, ese fuego del cielo, es otorgar una Ley nueva.

El Espíritu Santo es la Ley nueva, así lo enseña abiertamente nuestro querido hermano dominico Santo Tomas de Aquino. ¿Por qué el Espíritu es la Ley nueva? Porque lo que hacía la Ley antigua, la Ley de Moisés, era contarnos por medio de unos preceptos, por medio de unas palabras grabadas en piedra o escritas en pergaminos, o como fuera, contarnos con palabras exteriores, lo que Dios quiere de nosotros.

Es un regalo muy grande, por algo los judíos celebraban esa Ley, es un regalo hermoso, pero un regalo insuficiente porque el regalo de la Ley de Moisés me cuenta lo que Dios quiere de mí, pero no me da ni la fuerza, ni el deseo, ni la alegría para realizar la voluntad de Dios.

Entonces con la sola Ley de Moisés, uno no alcanza a llegar muy lejos porque todo el trabajo de buscar el bien le toca a uno. Con toda razón el Antiguo Testamento, lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento y que los judíos consideraban simplemente como la Palabra de Dios, ese Antiguo Testamento termina, podríamos decir, en una especie de fracaso porque Dios hace alianza con la casa de David, pero los reyes no son capaces de mantener esa alianza.

El pueblo una otra vez recae en idolatría, la gente se da cuenta que Dios es bueno, que la Ley es buena, pero le hace falta, le hace falta el principio interior. Hace falta ese motor dentro del alma, hace falta esa alegría, hace falta ese amor, faltaba algo adentro.

La Ley antigua, la Ley de Moisés nos decía y nos dice dónde esta el bien y dónde esta el mal, pero no nos da la fuerza, y no nos da el anhelo, y no nos da la alegría para abrazar el bien y para buscarlo hasta que sea verdaderamente nuestra forma de vida.

Por eso Dios en su Providencia escogió este día de Pentecostés para dar la Ley nueva. Observemos cómo en Cristo todo se renueva, mis hermanos. Existía el bautismo de Juan, un bautismo de arrepentimiento; llega el bautismo de Jesús, un bautismo de adopción. Existía la Pascua judía, se sacrifica un cordero de nuestros rebaños; llega la Pascua cristiana, se sacrifica el Cordero de Dios.

Existía el Pentecostés de los judíos, se celebra una Ley exterior; llega el Pentecostés cristiano, se celebra una Ley interior, una Ley nueva, una Ley que viene con fuego, que viene con fuerza, que viene a renovarnos interiormente.

Y de ahí podemos aprender qué se puede esperar de esta fiesta. Supongamos que alguno de nosotros dice: “Yo no quiero contentarme con recordar, yo quiero vivir, yo no quiero recordar únicamente que hubo un Pentecostés, yo quiero vivir ese Pentecostés”. Supongamos que alguno de nosotros dice eso: "¿Qué puedo esperar de esta fiesta?" ¡Puede esperar maravillas!

Porque resulta que esta es la Ley interior que viene, entonces, no sólo a mostrarme lo que es bueno sino a darme la alegría de hacer el bien, y la fuerza para hacer el bien, y el anhelo de hacer el bien, por eso me gusta resumir la fiesta de Pentecostés y el don del Espíritu con esta frase: “Que el bien sepa a bueno".

Eso es lo que hace el Espíritu, que el bien sepa bueno, que a uno le dé el anhelo, la ilusión, la alegría, el impulso de hacer el bien, no según simplemente la mente propia, sino según el pensamiento de Dios.

Pues hasta allá llegó a decir San Pablo en una ocasión: “Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo” 1 Corintios 2,16. Es el Espíritu el que nos da esa mente de Dios para obrar de esa manera.

Es impresionante lo que puede hacer el Espíritu en nosotros. Pero hay una última cosa que hay que decir: no solamente el Espíritu renueva cada mente y cada corazón, sino que el Espíritu, precisamente porque nos da un mismo lenguaje, porque nos da un solo pensamiento, un solo corazón que es el corazón de Dios, el Espíritu reúne a los hijos de Dios dispersos.

El Espíritu hace que podemos ser un solo cuerpo. Por eso la Iglesia, muchas veces celebra Pentecostés haciendo una comparación, un contraste, con esa otra escena de la Biblia, la escena de Babel. Recordamos que en esa torre hecha con la soberbia humana, finalmente las razas y los pueblos se dispersan, la gente no se entiende.

En cambio, cuando llega Pentecostés, aunque haya distintas lenguas, hay un lenguaje que une, el lenguaje del amor de Dios, el lenguaje del pensamiento de Dios, del plan de Dios.

Eso, mis hermanos, trae también esta fiesta de Pentecostés, y eso es lo que nos dijo el Apóstol San Pablo: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos" 1 Corintios 12,4-5, y por eso, con toda razón, la Iglesia mira esta fiesta como su cumpleaños.

Celebrar Pentecostés, es como celebrar el cumpleaños de la Iglesia, no que la Iglesia haya empezado como tal de cero en el día de Pentecostés, bien nos enseña el Concilio Vaticano II que la Iglesia hunde sus raíces hasta el tiempo de los patriarcas, incluso en el Antiguo Testamento.

Pero decimos que éste es como el cumpleaños de la Iglesia, porque únicamente con el don del Espíritu realmente se produce esa comunión de corazones que hace que seamos uno solo en Jesucristo.

Es una fiesta hermosa, es una fiesta que esta llena de promesas y regalos para todos, todos, los chicos y los grandes, los enfermos y los alentados, hombres y mujeres, extranjeros y nacionales, todos somos invitados a disfrutar este banquete de gracia y de alegría que es Pentecostés.

Sigamos con ese Espíritu esta celebración. Y en este momento les invito a renovar nuestra fe.