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Fecha: 19990523

Título: Con el don del Espiritu los fieles se transforman en santos, y los incredulos se transforman en fieles

Original en audio: 9 min. 59 seg.


Queridos Hermanos:

¡Alegrémonos en esta fiesta de Pentecostés!

Era esta una fiesta que ya existía en el pueblo judío. En su origen remoto se confunde con la fiesta llamada de los tabernáculos, fiesta en que los judíos recordaban cómo habían peregrinado por el desierto y habían vivido en tiendas de campaña.

Pero luego la fiesta tomó un aspecto nuevo, pasó a indicar la alegría que el pueblo judío tenía por haber revivido la Ley de Dios. "Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero" Salmo 119,105, dice un salmo.

La Ley de Dios no es una imposición de Dios, sino una luz que el Creador regala al pueblo de Israel para guiarlo por el camino. Y esta luz, que lleva al pueblo a la alegría de crecer en la presencia de Dios, esta luz de la Ley era celebrada en la fiesta de Pentecostés.

Pues precisamente, reunidos en oración los discípulos por mandato de Cristo, claman al Padre Celestial que cumpla la promesa que ha hecho.

Una promesa que los discípulos conocían, porque el mismo Cristo les había dicho que iban a ser bautizados en Espíritu Santo y en fuego, y también les había dicho que Él les iba a enviar otro Paráclito, porque el primer Paráclito es Cristo, les iba a enviar otro Paráclito para que les diera fortaleza, les diera luz para que estuviera en ellos y con ellos.

Y fue precisamente en la fiesta de Pentecostés, cuando los israelitas celebraban la Ley, fue en esa fiesta cuando Cristo quiso cumplir la promesa, cuando la oración de Cristo Resucitado en favor de su pueblo, produce una lluvia de bendiciones y provoca esta maravillosa escena que hemos escuchado en la primera lectura.

De la oración de Cristo resucitado, de la intercesión de del amor de Cristo, y del beneplácito infinito, la misericordia inagotable de Dios, una lluvia de su propio amor llega sobre los discípulos constituyendo así formalmente es pueblo que somos nosotros, la Iglesia.

De este modo, la fiesta de la antigua Ley queda renovada, porque hay una Ley nueva, una Ley que supera a la antigua, porque ya no está afuera de nosotros como palabra que leemos y tenemos que cumplir, sino adentro de nosotros como amor que nos mueve, que nos hace gustar el bien, rechazar el mal y buscar, en todas todas las cosas, con suavidad y con beneplácito, con gusto, con prontitud, la obra de Dios y la gloria de Dios.

Dice Santo Tomás de Aquino que es más grande un solo grado en la gracia de Dios que la creación del universo visible. Hace Dios una obra más grande perdonando a un pecador o inspirando por su Espíritu sentimientos de adoración; hace más Dios en la conversión de un pecador, de uno solo, que si volviera a crear todo lo que puedan ver nuestros ojos.

Y explica Santo Tomás que en la Creación Dios obra afuera de Él, mientras que en la justificación del pecador y en la santificación del creyente, Dios no obra afuera de Él, sino que se entrega Él mismo, se dona Él mismo por la efusión de este Espíritu que estamos celebrando hoy.

Y es más grande la donación del amor de Dios en un pecador, es más grande que Dios se entregue a que si volviera a hacer galaxias, constelaciones, sistemas solares u otros planetas.

En esta fiesta, pues, Dios nos comunica su propio pensamiento, nos hace semejantes a Él, nos da su estilo, nos da su forma. Nada de extraño que, bautizados en ese Espíritu, nos convirtamos, como decir, en otras personas, aunque en realidad no se trata de que Dios nos haga otras personas, sino que nos devuelve a su plan original, a la verdad íntima que Él quería para cada uno de nosotros.

Con el don de este Espíritu los fieles se transforman en santos, y los incrédulos se transforman en fieles. Con el don de este Espíritu la oración brota de nosotros, no es una obligación que nos venga de fuera. Con la gracia de este Espíritu esta Palabra que proclamamos en la Eucaristía y esa Palabra que está en nuestras Biblias se abre, habla al corazón y toca nuestras almas.

Con la unción de este Espíritu carismas maravillosos llegan a nuestras manos, a nuestros corazones. Con la unción de este Espíritu Satanás huye, el pecado es vencido y la tentación pierde fuerza.

En el relato de la primera lectura se nos cuenta todavía otra maravilla del Espíritu Santo. Primero se dice que los Apóstoles empezaron a hablar en lenguas extrañas, y luego se dice que esa multitud de judíos y no judíos que estaban para la fiesta de Pentecostés, les oían hablar cada uno en su propia lengua.

Pentecostés hace el milagro de que podamos entendernos, de que podamos comunicarnos, es un milagro que está en la boca del predicador y en el corazón del creyente. Pentecostés vuelve a unir los corazones que estaban separados. Pentecostés congrega de las más diversas razas, lenguas y naciones a un solo pueblo que tiene un mismo idioma, precisamente el idioma de ese Espíritu.

Podemos imaginar a Pentecostés como la victoria que devuelve a Babel. Babel es la dispersión y es la confusión, es la imagen del pecado. Pentecostés es el encuentro, la comunión, el entendimiento, el lenguaje, es la unción del Espíritu que hace que el testimonio de Cristo sea bien predicado y sea bien acogido.

En esta fiesta maravillosa, en esta fiesta preciosa de Pentecostés, pidamos nosotros, junto con toda la Iglesia, pidamos el rocío del Espíritu.

Todos los que hayamos sentido pereza para las cosas de Dios, pidamos el Espíritu de Dios. Porque no se puede presionar a una persona a quesea fervorosa, a que sea amorosa, nadie se enamora a la fuerza. Pero si el Espíritu de Dios toca tu alma, te vas a enamorar de Dios, y lo que era difícil para el que no conocía el amor, se convierte en provechoso, fácil, deleitable para aquel que ha sido tocado por Dios.

A todos los que se hayan sentido alejados de Dios, a todos los que hayan venido sólo por cumplir un precepto, a todos los que sientan el corazón duro como una roca, frío como un témpano, a todos ustedes digo: ¡Este es el día para ustedes! ¡Este es el día para rogar la unción del Espíritu!

Que si Dios te enamora, vas a ser como una persona distinta, y jamás habrá que obligarte a nada, porque descubrirás dentro de ti mismo el motor, la fuerza, la alegría para servir al Señor, para amar a tu prójimo, para edificar la Iglesia.