Ap06005a

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Fecha: 20080427

Título: Descubrir al Espiritu Santo como ese Amigo fuerte y sabio que Jesus nos prometio y que nunca nos abandona

Original en audio: 13 min. 47 seg.


No fue hace demasiado tiempo que celebramos la Navidad, diciembre pasado, no está muy lejos, ahí recordábamos el nacimiento del Hijo de Dios. Y que misterio tan hermoso pensar que el Hijo de Dios, Dios mismo hecho Hombre, caminó sobre nuestra tierra, derramó tanta bondad, mostró tanta luz.

La persona de Jesucristo nos llena de admiración, yo creo que no amamos más a Cristo porque no lo conocemos tanto, porque cuanto más uno trata de conocerlo, más grande le parece, y a la vez más sencillo, más humilde.

La grandeza de Jesús no es un despliegue de vanidad, sino un despliegue de misericordia, y por eso se necesita como descubrir uno sus propias necesidades, para ir descubriendo cómo Jesús es esa presencia que va llenando nuestros vacíos, que va sanando nuestras heridas.

Mi experiencia es que en la medida que uno va descubriendo esas necesidades se hace más capaz de descubrir a aquel que las va a llenar, es lo mismo que pasa con los médicos, es una comparación muy frecuente cuando hablamos de Cristo. Cuando uno pasa por una enfermedad, Dios nos libre, de una enfermedad muy grave, y de pronto, en un cierto hospital, un determinado especialista tiene la capacidad de devolverle a uno la salud, uno se llena de admiración y de agradecimiento.

Seguramente si uno no ha pasado por esa experiencia, pues sabe que hay una serie de personajes que usan batas blancas por los hospitales, pero no siente ese cariño.

El cariño por Cristo, la admiración, la amistad intima con Él siempre va ligada a descubrir uno las propias llagas, por eso decía una Santa muy grande, una mujer muy profunda, de alma muy hermosa, llamada Santa Catalina de Siena, decía que el camino de la vida espiritual empieza siempre por el conocimiento de uno mismo, porque es ahí donde uno va percibiendo esas necesidades, enfermedades, o llagas, o como las que queramos llamar.

Y aunque puede parecer que esta es una perspectiva muy triste sobre la vida humana en realidad es alegre, porque es un anuncio de ese bálsamo, de esa medicina que levanta al ser humano ¿y quién no lo necesita? Por más que viajemos a distintos países, como que en todas partes encontramos los mismos problemas, en todas partes, en países ricos también hay corrupción y en países pobres también hay envidia, no es un asunto de pobreza o de riqueza.

La gente pobre se cansa, se desespera, y la gente mayor se desilusiona y se entristece, tampoco es un problema de edad; la gente culta a veces se llena de orgullo y rechaza la religión y rechaza a Dios y rechaza todo, pero la gente sencilla a veces en su rudeza tampoco cree que Dios tenga gran cuidado de ellos, o sea que tampoco es asunto de educación, es un asunto que acompaña al ser humano; y por eso, como la enfermedad es tan general, el remedio también tenía que ser para todos, y eso es lo que nos ha ofrecido Jesucristo.

Pero hay un problema, cuando uno piensa en Jesucristo uno dice: "Pues debió de ser hasta interesante vivir en esa época, oírlo uno, a ver qué es tanto lo que cuentan, a ver cómo es ese asunto de los milagros o cómo sería oírlo con toda su elocuencia".

Dice el Evangelio que Él enseñaba como con una autoridad, como que esa palabra de Él penetraba en la gente, como que era un discurso del cual uno no se podía escapar, una palabra que uno no podía dejar pasar.

Debe ser maravilloso haber estado en ese tiempo, dice uno; pero los años van pasando inexorablemente y el recuerdo de Cristo va quedando entonces atrás, atrás, ya vamos a cumplir algo así como dos mil años desde el ese día maravilloso, el día en que Él entregó su vida por nosotros en la Cruz.

Pero dos mil años son mucho tiempo y uno siente que eso va quedando lejos, muy lejos; y por eso, aunque la encarnación de Cristo es un misterio tan hermoso y es el misterio que nos trajo la salvación, pues al mismo tiempo no es completo, porque la encarnación de Cristo, o sea la encarnación del Hijo de Dios, le pone a la Carne de Cristo los mismos limites que tiene nuestra carne.

Uno no puede tocar a todo el mundo. Cuando yo miro por ejemplo estos viajes apostólicos que hace el Papa, pues es obvio que todo el mundo quiere saludarlo, quiere darle la mano, lo vimos recientemente a su viaje a Estados Unidos, pero las manos del Papa no alcanzan para saludar veinte mil, cuarenta mil personas en una tarde; las manos del Papa no alcanzan para tocar, para bendecir a tanta gente.

Y lo mismo pasaba con las manos de Cristo, la gente se agolpaba, se tiraban unos encima de otros tratando de tocarlo, pero la Carne de Cristo, lo mismo que nuestra carne, tiene unos límites absolutos del tiempo y del espacio, y por consiguiente, parece que ese don maravilloso que estaba en la Carne de Jesús queda como prisionera de esa misma Carne, aunque ese misterio de la encarnación fuera completamente necesario para que nos llegara la gracia y la vida.

Entonces hay que encontrar una solución y esa solución es la que nos anuncia Cristo en el evangelio de hoy, una solución que está llena de la sabiduría y del don de DiosD dice así: “Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito” San Juan 14,16. Él dice: “Otro paráclito” San Juan 14,16, porque el primer Paráclito es Cristo, y la palabra ""paráclito, “paracletos” en griego, es una palabra muy bonita, significa lo mismo que en latín, “advocatus”, de donde viene la palabra abogado.

Yo creo que cuando uno tiene que responder, si le ha tocado, tiene que responder ante una Corte, lo primero que uno quiere es un buen abogado, porque se sabe que todas esas leyes y todos esos códigos son complicados, y uno no conoce los detalles de todas las leyes, lo que uno quiere es alguien que sea fuerte, sabio y amigo y que esté al lado de uno, eso es lo que uno quiere, y eso es lo que quiere decir la palabra “paracletos”, "paracletos, en griego, es el que puedo llamar para que esté a mi lado.

Y las tres características del paracletos son: que es fuerte, que sabe mucho y que es amigo mío, y es lo que uno necesita en tiempos de necesidad, el que está ahí, y uno descubre que Jesucristo es el primer Paracleto, para decirlo en español.

Jesús es el primer Paráclito, el primer Abogado, porque, si leemos las páginas del Evangelio, encontramos a alguien que es fuerte, es fuerte porque se enfrenta al poder del mal, es fuerte porque se enfrenta a Satanás y lo vence, es fuerte porque no le tiene miedo a los grandulones, a los matones de este mundo, incluyendo Pilatos o incluyendo a Herodes.

Es fuerte, pero además de eso es sabio, porque su palabra está llena de verdad, de coherencia y de luz; y sobre todo es amigo, está a favor de los pequeñitos, a favor de los pobres, arropa con su ternura a los enfermos y a los que están caídos.

Entonces a Cristo le queda muy bien esa definición de Paráclito, pero dijimos ya que la Carne de Cristo se queda corta, la Carne de Cristo no alcanza a tocar a todos. Este Abogado maravilloso que es Cristo vivió en Palestina hace cerca de de dos mil años, pero no puede seguirse encarnando en Irlanda, en Canadá, en Australia, en Argentina, en Colombia, en Panamá, este Paráclito recibió ese misterio maravilloso, acogió ese misterio de la encarnación una sola vez.

Entonces ¿qué hacemos ahora que murió? Pues murió y resucitó y así resucitado está cumpliendo esta promesa que oímos el día de hoy en el evangelio: “Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito” San Juan 14,16, con una característica muy especial: "Este segundo Paráclito estará siempre con ustedes" San Juan 14,16.

Este segundo Paráclito es el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, el mismo Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos, viene a nosotros y nos otorga de su poder y nos otorga de su sabiduría, ese Espíritu, amigo de nosotros.

Por eso la Iglesia nos va orientando ya hacia la fiesta de Pentecostés, para que no nos quedemos solamente recordando a Cristo, como la gente recuerda: ¡Uuy qué gran personaje fue Gandhi! Qué gran personaje fue Buda! ¡Qué gran personaje fue Confucio!" Otros tal vez sean amigos de la filosofía, o de la ciencia, o del arte, y en todas esas aéreas siempre hay grandes nombres: "¡Qué gran genio fue Einstein!" O así sucesivamente.

Pero nosotros los cristianos no nos limitamos a recordar a Cristo, su presencia es viva en el sacramento de la Eucaristía, cuando comulgamos no estamos recibiendo un cadáver, estamos recibiendo al Cristo vivo resucitado, que además nos da vida; y, además, estamos en esa atmósfera que se llama el Espíritu Santo, que es también fuerza maravillosa en nosotros y que es amigo íntimo que susurra los secretos de Dios.

El Espíritu Santo no es una energía, una energía sin nombre, el Espíritu Santo es ese amigo íntimo que da certeza en materia de fe, entre muchas otras obras que realiza el Espíritu.

Si por ejemplo usted en esta santa Misa, usted siente amor por la Eucaristía, le puedo asegurar que ese amor viene del Espíritu; si en cambio usted siente que lo que está haciendo el cura es un problema de él allá en esa mesa, seguramente le puede hacer mucho bien una súplica al Espíritu Santo: "Ven Espíritu Santo", porque el Espíritu es el que nos convence interiormente y es el que nos renueva interiormente para que creamos y amemos a la manera de Dios.

Hoy los invito a que nos declaremos en preparación de Pentecostés, que este Pentecostés no pase en vano por nuestra vida. ¿Cuántos años tenemos? Cada uno tiene una respuesta distinta, en el caso mío, pues ya vamos llegando a los cuarenta y tres, no me da pena decirlo, debería, tal vez, pero vamos llegando a los cuarenta y tres.

¿Cuántas fiestas de Pentecostés ha habido en mi vida? Muchísimas, desde que tengo uso de razón, ¿qué he hecho yo con esa fiesta de Pentecostés? De pronto he hecho demasiado poco.

¡Qué bueno conocer la adorable persona del Espíritu Santo y descubrir que Él es ese amigo fuerte, sabio, que Jesús nos prometió; y que viene a nosotros para renovar a cada uno y para construir el Cuerpo mismo de Cristo que es la Iglesia!