Ap04001a

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Fecha: 19960428

Título: Que es, que significa y quien es un pastor dentro de la Iglesia

Original en audio: 12 min. 33 seg.


Muy Queridos Hermanos,

Este es ya el cuarto domingo del tiempo de Pascua. Esto significa que es el cuarto eco de la Pascua de Jesucristo en la liturgia de la Iglesia.

Cada uno de los domingos de Pascua, y en realidad cada uno de los domingos del año es este. Es una proclamación, en cierto modo repetida y en cierto modo nueva, de esa verdad fundamental de fe: Cristo ha resucitado de entre los muertos.

Es repetida porque siempre se nos dice lo mismo, que el Señor ha resucitado; pero es nueva porque en cada domingo, y de acuerdo con las distintas imágenes y textos que nos ofrece la Eucaristía, comprendemos de modo nuevo qué es lo que quiere decir eso de que Cristo ha resucitado.

Por lo tanto, en este domingo, la resurrección del Señor significa que Él ha sido constituido como definitivo y único Pastor de nosotros; y también significa que nosotros somos sus ovejas.

Quisiera, a partir de esta verdad fundamental, que meditáramos un momento en lo que significa eso de ser pastor, quién es y quién no es pastor dentro del pueblo de Dios, y qué debemos esperar del que es el único y verdadero Pastor, Cristo Jesús.

Se habla a veces del sacerdote como del pastor que tiene precisamente que cuidar una determinada grey. Pero la vida del sacerdote está llena de exigencias muy diversas, casi divergentes.

Quisiéramos que el sacerdote fuera un hombre de gran oración, y en su unión con Dios, un verdadero místico; pero también queremos que sea un hombre asequible y cercano, porque si está demasiado lejos, si está demasiado perdido de la gente, o no lo conocemos o nos causa desconfianza.

Queremos que sea un hombre que tenga una palabra de santidad, una palabra de luz, una palabra de verdad; pero también queremos que sea de muy buenas relaciones humanas y muy simpático. Queremos que sea un amigo nuestro, y también queremos que tenga algo distinto a nuestra propia vida para contar.

queremos que esté cerca a nuestra vida de cada día; pero si lo vemos muy envuelto en los asuntos de cada día, por ejemplo, en el dinero o en los afectos, ya nos causa desconfianza.

Nada de raro que el sacerdote resulte ser un personaje polémico, más o menos polémico dentro de la comunidad cristiana. Y en mi breve experiencia de sacerdote, he podido experimentar que es muy difícil tener contenta a la gente.

Para unos resulta demasiado místico, y para otros resulta demasiado mundano; para unos resulta demasiado metido en asuntos de política, pero si no habla de política, no se mete las cosas de esta tierra.

Lea usted por casualidad lo que dicen los periódicos sobre las declaraciones de la Iglesia. Si la Iglesia no hablara de los problemas que está viviendo el país, es una Iglesia que se desentiende de las realidades, es una Iglesia que más parece una sacristía. Pero si denuncia, si hace ver esa crisis de inmoralidad en que está viviendo nuestro pueblo, entonces se está metiendo en lo que no corresponde.

Si parece muy alejado de las personas, muy íntegro, es un amargado; y si está demasiado cercano, es muy amiguero, estará demasiado cerca de sus amigos o sus amigas.

El sacerdote a menudo es una persona incomprendida, una persona juzgada. La mayor parte de nosotros, al hablar del sacerdote, hacemos precisamente eso: hablar del sacerdote. No muchas personas hablan con el sacerdote.

Quisiera entonces invitarles, siguiendo el ejemplo de Catalina de Siena, a que en primer lugar hablemos con el sacerdote. Le participo esta experiencia: alguna vez se confesaba un joven, un muchacho que tenía serios reparos sobre la manera cómo el sacerdote de su parroquia celebraba la Eucaristía.

La queja de este muchacho era: "Ese padre celebra como si no tuviera fe y sí tuviera mucho afán". Y él se acusaba de haberlo juzgado en su corazón y de haber murmurado.

Pidiendo luz al espíritu Santo, le dije a este joven: "A mí me parece que usted tiene un deber de corrección fraterna, que tendrá que ser muy respetuosa, que tendrá que ser muy sensata, que tendrá que ser muy en espíritu de oración, pero que tiene que ser". Y por eso le pedí que, a modo de penitencia, hablara directamente con el padre implicado.

Bueno, este muchacho se puso pálido, verde, no sabía cómo podía cumplir con ese encargo, él esperaba que yo simplemente le mandara algunas oraciones o algo parecido. Sin embargo me dijo que iba a hacer lo mejor, y que iba a tomar fuerzas para cumplir con esa penitencia.

Días después, nos volvimos a encontrar, y fue él el que planteó el tema y me dijo: "Le voy a contar cómo me fue con aquella penitencia: yo hablé con el padre y el padre se quedó de una pieza, quedó como de piedra". Eso es muy cierto, nosotros los sacerdotes no estamos muy acostumbrados a que la gente nos diga cosas.

Quizá por la misma incomprensión de la que hablé antes, a veces estamos un poco como prevenidos, y nos volvemos un poco duros; y otras veces estamos un poco soberbios y creemos que nos las sabemos todas, las dos cosas suceden.

Entonces el padre este se quedó como de piedra. Pero el muchacho, revestido del Espíritu Santo, le habló con claridad y sobre todo con una gran humildad y con un espíritu de mucha fe y amor.

Entonces le dijo al padre, mire: "Yo quiero que usted sepa, con toda sencillez, lo que yo siento sobre su manera de celebrar la Eucaristía, y a mí me parece esto, esto y esto otro". Así le habló el muchacho a este padre.

Bueno, el padre al principio se iba como disgustando, como se dice vulgarmente, se iba rebotando un poquito. Pero al poco tiempo recapacitó, recapacitó tan bien él, y empezó a cambiar su estilo, y empezó a vivir su propia Eucaristía de otro modo. Le cuestionó tanto que precisamente un laico le hablara sobre su sacerdocio, que empezó a cambiar.

La historia, gracias a Dios, tiene muy feliz término. Este muchacho y su párroco se volvieron muy buenos, muy grandes amigos. Y ahora ese joven colabora activamente en esa parroquia, y yo creo que ese párroco cree muchísimo más.

Yo creo que esta historia, que esta narración tiene una enseñanza para nosotros. Aquellos que nos paramos frente al altar y que ofrecemos, a nombre del pueblo de Dios, el pan y el vino consagrados, somos seres humanos llenos de debilidad, llenos de fragilidad, seguramente llenos también de buenas intenciones.

Mi profesor de Pastoral social, Padre Nicolás Díaz, nos repitió varias veces en el curso del semestre: "El sacerdote es un hombre tomado de entre los hombres para servir, en nombre de Dios, a esa misma humanidad, a esos mismos hombres". Pues bien, nosotros tenemos toda esa humanidad, necesitamos toda esa ayuda, y ninguno de nosotros, sacerdotes, ha de sentirse tan pastor, que se le olvide que también es oveja.

San Agustín, el gran Obispo y gran predicador, en algún sermón lo dice: "Para vosotros soy Obispo, dice San Agustín, pero con vosotros soy cristiano".

Nosotros juzgamos durísimamente al sacerdote, cuando creemos que él es nuestro único pastor. Hay una participación, ciertamente, en el ministerio de Cristo en la vida del pastor, pero es sólo una participación. Y nosotros tenemos que saber que ese hombre también necesita convertirse, también necesita ayuda, oración, también necesita una amistad sana y serena, y también necesita, en alguna o en muchas oportunidades, que se le anime, que se le acompañe, que se le corrija, y todo lo que necesitamos los demás cristianos.

Son tantas las dimensiones de la vida sacerdotal, que uno se puede preguntar en dónde encontrará unidad nuestra vida. Hay veces que hay tanto que hacer, que desaparece casi literalmente el tiempo para orar.

El Papa Juan Pablo II en su Carta "Pastores Davo Vobis", busca cuál es el principio de unidad, aquello que le da unidad a la persona y a la vida y al ministerio del sacerdote, y lo encuentra en esta expresión: "La caridad Pastoral". El centro, el corazón de la vida del sacerdote está en la caridad, la caridad de pastor. El ideal del sacerdote parece que es: aquel hombre que unifica en su corazón el amor que Dios le tiene al pueblo, y la necesidad que el pueblo tiene de Dios.

Parece que el perfecto sacerdote es aquel que se convierte como en una especie de conducto de la gracia divina para las almas; pero al mismo tiempo es un conducto del clamor de esas vidas y de esas almas para con Dios.

Y aquí pasa lo mismo que sucede en las conexiones informáticas o telefónicas: cuanto más largo es el cable, pues más se debilita la señal. De alguna manera el sacerdote está llamado a ser un tubo, un conducto, pero un conducto que cuanto más breve sea, cuanto más transparente sea, cuanto más inmediato sea entre Dios y los hombres, llega a ser más sacerdote.

Y esto significa que la verdadera vocación del sacerdote es desaparecer.Imagínate un tubo que empieza a hacerse no más pequeño en su diámetro, sino más corto en su longitud. Si lo toma suficientemente en serio, llegará el momento en que se convierta apenas en un ligero anillo, y después desaparecerá.

Pues bien, esa perfecta transparencia, esa absoluta mediación sólo la tiene Jesucristo. Todos nosotros, humildes servidores, lo que tenemos es una participación de ese ministerio para bien de ustedes y para gloria de Dios.

Debo decir una palabra sobre el gran número de religiosas que ustedes ven nos acompañan en este domingo.

Nuestra Orden Dominicana y la Iglesia entera celebra el día de mañana, el 29 de abril, a Catalina de Siena. Santa Catalina vivió en el siglo catorce, murió en el año de 1380. Y tuvo entre sus principales dimensiones o facetas, un inmenso amor a la persona del sacerdote y a su ministerio.

Creo que ella resume mejor que yo lo que debe ser el sacerdote. Explicándole a la gente cómo había que conocer y amar y servir al sacerdote, dice: "Basta con que le mires como un administrador de la Sangre de Jesucristo. Basta que pienses en él como un ministro de su misericordia y de su salvación, y entenderás de qué manera hay que obedecerle, hasta dónde hay que amarle y de qué modo protegerle.

Que Catalina, verdadera amadora del sacerdocio de Jesucristo y del ministerio de nosotros los sacerdotes, haga fecundo el ministerio pastoral en la Santa Iglesia.

Así lo pedimos al Dios que todo lo provee, a quien sea la gloria por los siglos.

Amén.