Ap03009a

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Fecha: 20110508

Título: Jesucristo Resucitado nos levanta de nuestros desanimos para que podamos ver el amor incalculable que Dios nos tiene

Original en audio: 4 min. 25 seg.


Discreta y bellamente la liturgia nos va preparando hacia una meta. Estamos en lo que se llama el tiempo pascual, y la meta hacia donde tienden nuestros ojos se llama Pentecostés.

Fíjate que ya llevamos más de un domingo escuchando en la primera lectura palabras del Apóstol San Pedro en su discurso del capítulo segundo de los Hechos de los Apóstoles, esta es también la primera lectura del día de hoy.

Es muy importante que descubramos que sin Pentecostés nuestra Pascua queda incompleta. A pesar de que tengamos una fe plena, vigorosa en la presencia del Resucitado, eso sería solamente un ejemplo externo, un modelo al cual deberíamos tratar de imitar. Pero todos sabemos que lo que hizo y vivió Jesucristo de alguna manera queda más allá de nuestras fuerzas, de nuestros recursos, entonces no es tan sencillo.

Precisamente por eso necesitamos una fuerza interna, necesitamos un vigor interno y también una luz interior, para descubrir el misterio de Jesucristo y para experimentar en nosotros esa mima fuerza que Él tuvo y que Él desplegó con sus milagros, con sus exorcismos, con sus enseñanzas y, sobre todo, con la santidad de su vida y oración. Pues bien, esta fuerza interior es precisamente la que nos da el Espíritu Santo de Dios. Sin Pentecostés Pascua queda incompleta.

Por otro lado, esa luz interior proviene del mismo Resucitado, es decir, el fruto grande de la Cruz de Cristo es doble: por un lado, el perdón de nuestros pecados, que entonces quedan atrás; pero en segundo lugar, y no es menos importante, se abre un futuro hacia adelante, y ese futuro lo abre el Espíritu Santo de Dios.

La Cruz de Cristo al mismo tiempo es perdón y es mérito suficiente, de hecho, mérito sobreabundante, para que venga sobre nosotros, indignos pecadores, la fuerza del Espíritu, un Espíritu que nos ilumina, un Espíritu que nos clarifica, un Espíritu que nos permite reconocer a Jesús.

Esto es lo que vemos precisamente en el evangelio de hoy, un texto que, yo realmente les pido, léanlo completo en sus Biblias, se trata del capítulo veinticuatro del evangelio según San Lucas. Y ahí tienen ustedes, ahí tenemos todos esta narración bellísima, se conoce como el pasaje de los discípulos de Emaús.

Dos de los discípulos de cristo, -recordemos que discípulos eran los Apóstoles pero también había muchos otros, una numerosa multitud en realidad que iba con Jesús-, y estos eran discípulos de Jesús. Entonces dos de estos discípulos, uno de nombre Cleofás, van saliendo de Jerusalén hacia una aldea llamada Emaús; van marcados por la tristeza, por el desánimo, y Jesús mismo sale al encuentro de ellos.

Yo creo que aquí hay una gran ternura. El domingo pasado veíamos a Cristo sanando la incredulidad del Apóstol Tomás; aquí vemos a Cristo, Cristo Resucitado, sanando el desánimo, sanando la frustración la derrota de estos hombres; y es precisamente, cuando Cristo les abre el entendimiento, es ahí cuando ellos logran aceptar, por una parte, el misterio de la muerte, y por otra, la realidad de la resurrección.

Que Cristo haga esa obra también en nosotros: que nos levante de nuestros desánimos, que nos saque a flote para ver, en ese horizonte nuevo, el amor maravilloso, incalculable que Dios nos tiene.