Ap03006a

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Fecha: 20020414

Título: Cristo resucitado viene a que podamos comprender el lugar que el sufrimiento tiene en la vida.

Original en audio: 15 min. 15 seg.


Este pasaje del capitulo veinticuatro del evangelio según San Lucas, es un hermoso testimonio que nos permite reconocer a Jesucristo, cómo es Él con nosotros. También a nosotros Jesús nos encuentra apesadumbrados, acongojados.

Dice la traducción que hemos escuchado, que en estos discípulos se veía la tristeza, "la tristeza salía a sus rostros" San Lucas 24,17, y además estaban ciegos, no podían ver a Cristo vivo, a Cristo resucitado.

Estas son las ruinas que deja el pecado en la vida humana, estas son las ruinas que quedan en el mundo por la obra del mal, rostros tristes y ojos ciegos. Nosotros que estamos padeciendo los males de la violencia, seguramente tenemos también estos rostros tristes, y seguramente tenemos también nuestros ojos ciegos.

¿Dónde están las señales de la vida, si la vida es destruida sin compasión? ¿Dónde están las señales de la resurrección si la crueldad impera? ¿Dónde están las señales de Cristo, de su amor y de su paz si lo que encontramos es guerra y violencia? La tristeza se ve en la cara de la gente, la tristeza se ve en la cara de nuestra ciudad, la tristeza se ve en la cara del mundo.

Porque si nuestro país sufre una manera de violencia, lamentablemente, esa espantosa señora, la violencia, tiene otros dominios donde hace también mucho daño. ¿Cómo no recordar aquí el drama que están viviendo en el Medio Oriente? ¿Cómo no recordar los conflictos en Afganistán y en tantos otros lugares del mundo?

Y no sólo la violencia que hace escándalo, sino la violencia que ya está aprobada, porque ya hay un país donde se aprobó el suicidio asistido, la eutanasia.

Ya los médicos pueden ser herramientas de muerte, aunque por vocación deberían ser defensores de la vida; pero como la vida física se convirtió en un absoluto y el bienestar físico se convirtió en un ídolo, entonces ya estaba aprobada la eutanasia, aprobada por la ley de los hombres porque por la Ley de Dios no podrá estar aprobada jamás.

Y esta aprobación de la eutanasia se une a otra cantidad de atropellos contra la vida, contra la dignidad humana, y contra la dignidad de la familia.

Cifras hablan de cincuenta mil abortos en España, ¿qué pasaría, pregunto yo, si hubiera cincuenta mil muertos en un año? Ni siquiera la violencia terrorista produce tanto, pero eso no se ve, eso no sale en los periódicos, porque esos bebés no tienen manera de hacerse escuchar, si no es a través de la voz los pastores valientes y especialmente de la Iglesia Católica.

Seamos sinceros, que es la que se opone a esa forma de violencia, lo cual no significa que la Iglesia apruebe el aborto ilegal, todavía mas dañino, porque destruye la vida del hijo y destruye más la vida biológica de la madre.

Toda esa violencia, toda esa contradicción, todas esas señales de muerte, las tenemos grabadas en las arrugas de tristeza en nuestra cara, y todas esas señales de muerte nos vuelven ciegos a las señales de la vida que Cristo, en su Pascua, quiere darnos y por eso nos conmueve, nos estremece la ternura, la misericordia de Jesús.

Jesús que se hace compañero de camino, Jesús resucitado, que camina con nosotros, Jesús que con una gran misericordia nos va abriendo el entendimiento y nos va calentando el corazón, para que podamos entender Las Escrituras, para que podamos comprender el lugar que el sufrimiento tiene en la vida del Mesías y en la vida del pueblo del Mesías, la vida del pueblo de Dios que somos nosotros.

Con nuestra mente humana, jamás podremos entender eso, jamás podremos entender que lugar tiene la crueldad y que lugar tiene la maldad en este mundo, ¿que tiene que ver el inocente? ¿Por qué el sufrimiento del inocente? No hay ninguna filosofía, no hay ninguna explicación inteligente que nos deje tranquilos.

Necesitamos el misterio de Cristo, necesitamos la luz de Cristo en nuestro entendimiento, para darnos cuenta del lugar que tiene el sufrimiento en la vida del Inocente entre los inocentes y Santo entre los santos; cuando entendemos el sufrimiento del Inocente, que se llama Jesucristo, entendemos también el lugar que el dolor tiene en la raza de Adán, en la raza humana.

Pero eso no lo puede comprender la sola razón humana, se necesita la palabra compasiva de Cristo, se necesita la voz de Jesús y nuestros ojos están entrecerrados y no vemos señales de vida.

Se necesita que Cristo nos abra los ojos y estamos apesadumbrados y estamos deprimidos y se necesita que Cristo nos caliente el corazón, encienda fuego en nuestras almas, y Jesús lo hace, Jesús va trayendo a nuestras vidas una mirada nueva, no es una mirada ilusa, no se trata de imaginarnos que estamos en el mejor país del mundo, ni en el mejor mundo posible, eso no es lo que hace Jesús; pero Jesús nos abre los ojos para que encontremos las señales de la vida.

Necesitamos que esto que está pasando, por ejemplo en Colombia, necesitamos que esto lo vea, lo entienda y lo sufra, hasta cierto punto, esta generación, y necesitamos que todos, pero especialmente los niños y los jóvenes, vean cuáles son los poderes de la muerte, esos que son capaces de destruir a inocentes.

Pero cuando los jóvenes ven las fuerzas de la muerte con toda su arrogancia, con toda su prepotencia, con toda su eficacia maldita, cuando un joven ve la potencia de la muerte y dice: “A esa señora no la voy a servir”, “yo no voy a ser así”, “yo no entro a ese ejército”, “yo no creo en esa patraña”.

Esa fuerza que lleva ese muchacho, esa fuerza que lleva ese joven por dentro, es una señal de vida, el demonio del terror no pudo nada contra el alma de ese joven.

Yo como sacerdote veo lo que pueden los demonios del terror, yo lo veo y ustedes también y me entristece como a ustedes. Pero también veo que hay familias, que hay niños y también jóvenes, que miran a la muerte a la cara y dicen: “¡No, conmigo no!” Ahí en ese no, en esa resolución, en esa fuerza, yo encuentro una señal de vida.

Muchos de esos muchachos y tal vez yo, no lo se, moriremos tal vez, y no es cosa que me alegre una muerte absurda, pero lo que quiero decir es, que en esos que ya han visto la muerte a la cara y han dicho: “Yo no quiero seguir ese camino”, “yo no quiero que mi familia tome ese camino”, “yo renuncio a odiar”; el que es capas de decir eso, ya tiene fuerza de Cristo en el alma y esa es una señal de vida.

No dejemos hermanos, que la tristeza por las malas noticias nos deje ciegos ante la buena noticia. Si usted tiene en su familia un hijo o una hija que ha visto todas estas noticias, que conoce todos estos engaños, que sabe cómo se roban la plata del pueblo y saben cómo se engaña en nombre del pueblo y saben cómo se destruye al pueblo diciendo defender al pueblo.

Si usted ve que su hijo, ya conoce cómo se engaña al pueblo, cómo se corrompe al pueblo, cómo se roba al pueblo, cómo hay gente que dice representar al pueblo y lo destruye.

Si el hijo suyo ya sabe todas esas cosas y es capas de decir: “Yo no quiero tomar ese camino”, “yo no voy a repetir esa historia”, ¡ese muchacho tiene a Cristo en el corazón! ¡Ese muchacho tiene vida nueva en el alma! ¡Ese muchacho es el comienzo, es la resurrección de una sociedad donde pueda haber justicia y donde aparezca la sonrisa del resucitado!

No nos dejemos entristecer más de la cuenta, en los niños, en los jóvenes que están viendo todo esto, en ellos obra Cristo, ¿por qué hablo tanto de niños y jóvenes? Sencillo, porque Dios viene del futuro y el futuro está en los niños y jóvenes.

Cuando ustedes muchachos, cuando ustedes ven lo que está sucediendo y movidos con el poder del Espíritu Santo dicen: “No, yo no repito esa historia”, “yo no voy a robar más”, “yo no voy a engañar más”, “yo no voy a mentir más ni a prostituir más”, y “yo no voy a destruir un pueblo diciendo que soy representante del pueblo”.

Cuando ustedes dicen eso, ustedes tienen una señal de Jesús en su vida, ustedes tienen a Cristo en el corazón.

Claro, se necesitan unos años para que estos muchachos crezcan, claro, se necesitan; pero ellos no podrán olvidar estas escenas, ellos no podrán olvidar este dolor y ellos sabrán que aún a precio de su propia sangre, tienen adentro una vida distinta, tienen una semilla diferente.

¿Y saben una cosa? Y con esto termino, yo no añoro los tiempos pasados, ¿y sabe por qué? Porque de los tiempos pasados vinieron estos tiempos; yo no añoro el tiempo pasado, a mí no me digan que las cosas estaban mejor antes, si de ese tiempo pasado vinieron estos males.

El tiempo que yo amo es el tiempo que me enseñó Cristo a amar, el tiempo futuro. Yo amo ese tiempo nuevo que va a nacer, cuando estos niños y jóvenes que están con nosotros, cuando estos muchachos y estas niñas tomen las responsabilidades y digan: “Yo no voy a tener parte en la corrupción”, “yo no voy a tener parte en la mentira”, “yo no voy a tener parte en el terror”, “yo ya miré la muerte a los ojos y le dije: “Tu no tienes poder sobre mí, yo soy de Cristo”".

Amén.