Ap03004a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990418

Título: Vivir los pasos en el camino de los testigos del Evangelio

Original en audio: 6 min. 7 seg.


Los Apóstoles todos del Señor, le abandonaron. El Evangelista San Marcos dice, que "todos le dejaron, y que Él se quedó solo" San Marcos 14,50.

La primera lectura que hemos escuchado, nos presenta a unos Apóstoles valientes, que dan testimonio con mucha fuerza, con mucha alegría, que se dirigen sin temor alguno a todos los que quieran escucharlos. Entre ésos, cobardes y traidores, y éstos, valientes y fieles, ha transcurrido un tiempo, ha pasado Dios.

En primer lugar, abandonado por ellos, sólo recordamos que tuvo oración por sus enemigos y una mirada que llamó a conversión al Apóstol San Pedro. Puesto en la Cruz, no renegó de nadie, ni pidió venganza para nadie.

En un silencio de oración, descendió al sepulcro, y allí, en ese sepulcro, como si fuera vientre de la tierra, preparó el nacimiento del hombre nuevo, que será todo aquel creyente, todo aquel que ponga sed viva en Él.

Pero tampoco su Resurrección supuso un cambio dramático y completo en los discípulos. Primero, la noticia que llevan estas mujeres, -empezando por María Magdalena-, es una noticia que no alcanzan a entender. Luego sale a su encuentro, y en apariciones como la que hemos escuchado hoy de los discípulos de Emaús, les abre el sentido de las Escrituras.

Y no sólo abre las Escrituras, sino que abre las mentes de ellos, para que puedan unirse el Corazón de Dios y el corazón del hombre. Éstos vuelven a Jerusalén, se encuentran con los otros discípulos, y dicen: "Ha resucitado el Señor. Nos lo hemos encontrado, y lo hemos reconocido al partir el pan" San Lucas 24,34-35.

¿Y ya salieron a anunciar? Todavía no. ¡Todavía no! Vendrá el tiempo de la Ascensión del Señor, en que les pedirá más oración. De ese horno, de esa fragua de la oración, quedarán preparados para recibir el rocío, que es también fuego del Espíritu Santo.

Notemos entonces, cuáles son los pasos dentro de este camino, que va desde la traición a la hora de la Cruz, hasta el anuncio a la hora del Apostolado. Primero, la confusión. Después, el dolor por haber traicionado. Después, escuchar la noticia de la Resurrección. Después, volverse a las Escrituras. Después, sentir que el corazón arde. Después, reconocerle en el Pan. Después, compartir la noticia con la comunidad. Después, orar con toda la comunidad, pidiendo el Espíritu.

En estas cuentas mías, son por lo menos siete pasos, que van desde el dolor por haber traicionado a Jesucristo, hasta la oración serena, fervorosa y confiada, para que ese mismo Cristo ya resucitado, nos dé el poder del Espíritu Santo. Estos siete pasos, o quizá más, los dieron los Apóstoles, atraídos y a la vez empujados por el amor de Jesucristo.

No se ha extinto, no se ha acabado ese amor de Jesús. Él sigue, también a nosotros, haciéndonos vivir esos siete pasos, llamándonos al dolor de nuestros pecados y al llanto, porque somos traidores.

Llamándonos a nosotros a escuchar la noticia de la Resurrección, a abrir las Escrituras, a dejar que Él nos caliente el corazón, a reconocerle cuando el Pan se parte en la oración de la comunidad, la oración por excelencia, que es la Santa Misa, a unirnos con nuestros demás hermanos y a suplicar juntos el don del Espíritu Santo.

Para eso se vive este tiempo de Pascua. Este tiempo de Pascua es para que nosotros vivamos también todos estos pasos, y nos unamos en una plegaria, -que ya podemos empezarla con la mirada fija en Pentecostés-, una misma plegaria, para que esa fuerza del Espíritu Santo haga en nosotros lo que hizo en estos primeros testigos del Evangelio.

Así también a nosotros, Cristo nos sacará como de sepulcros, nos sacará con una mirada nueva, con una palabra nueva, pero sobre todo, con un corazón nuevo, con una gracia nueva, para contar la potencia del amor que a Él lo resucitó, y que a nosotros nos convierte.

Sigamos esta celebración. ¡Cuántos pasos de los que he mencionado están presentes en la Santa Misa! También en la Misa se nos invita a arrepentirnos, reconocer que somos pecadores, oír la noticia de la Resurrección, abrir las Escrituras, dejar que Él nos caliente el alma, verle cuando se parte el Pan, orar juntos.

De algún modo, la Eucaristía, oración perfectísima, reúne todos estos elementos, para que nosotros, -como esto es una misma cosa con la que se ofrece sobre el altar-, seamos consumidos por el mismo Espíritu, y salgamos renovados a dar fe de la noticia de la Resurrección.

Vamos a vivir, pues, esta celebración en ese Espíritu, y que Dios, Nuestro Padre, haga en nosotros lo que vemos que hizo con estos discípulos en Emaús.