Ap03002a

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Fecha: 19960421

Título: Cuando no creemos en la Resurrección, llenamos la vida de poquitos de alegria

Original en audio: 9 min. 15 seg.


Queridos Hermanos:

Este evangelio que acabamos de escuchar, es la hermosa historia de un día en el que el sol apareció en el ocaso, de un día que amaneció cuando ya estaba anocheciendo, de un día que tuvo su resplandor más grande cuando ya la luz se apagaba.

Dos discípulos del Señor, incapaces de creer lo que se les decía de la Resurrección, se van alejando apesadumbrados de Jerusalén. Su esperanza se ha muerto, su alegría está encerrada, su amor sepultado debajo de pesada piedra. Y por eso se alejan de Jerusalén, que no es solamente salir de la ciudad, sino irse del grupo de discípulos, del grupo de creyentes.

En efecto, un ingente número de seguidores de Cristo le habían acompañado en esa última peregrinación hacia Jerusalén, pero muerto el Señor, ya no tenían que hacer allá, y por eso empieza la dispersión.

Y estos dos empiezan su camino de retorno a la vida desengañada de antes, con más tristeza que la que nunca tuvieron porque quizá no haya tristeza tan grande como haber estado alegre. Van de camino sin esperanza y sin fe; comentan y discuten, pero aunque son dos, ninguno logra darle alegría la otro.

En estos dos hombres está retratado el mundo cuando no puede creer. El mundo, cuando no puede creer, puede seguir comentando y discutiendo por un rato; puede seguir caminando y hablando y comiendo por un rato; pero lo que no puede apartar de sí es esa terrible sensación de tristeza, de desilusión, de desesperanza; ese sentir que en este mundo simplemente cada quien come lo que puede, logra lo que intenta y se impone finalmente el más fuerte.

Estos dos discípulos se alejan de Jerusalén, se van de la comunidad creyente; son una imagen de la derrota.

Yo le pido a Cristo que él, que tuvo la inmensa misericordia de acompañar estos incrédulos, se haga también compañero de camino en nuestro mundo, que acompañe la desilusión y la tristeza de tantas personas que se alejan, quizá sin hacer ruido.

Que se alejan seguramente con gran desilusión de la comunidad de creyentes y se van de la Iglesia y sienten que los engañaron, y sienten que sí hubo muerte, y sí hubo dolor, y sí hubo Cruz, pero no sienten que haya vida, y no sienten que haya Resurrección.

Si Cristo tuvo esa piedad tan grande con ese par de incrédulos, si Cristo ciertamente les regañó pero también encendió fuego en sus corazones, yo le pido que Él siga encendiendo ese fugo qué sólo puede venir de su palabra gloriosa, que sólo pude venir de su palabra de Resucitado.

"¿Qué paso?" Les pregunta Jesús, y ellos echan la historia de su tristeza. Y después que ellos han hecho la narración de su tristeza, Jesús les hace la narración de la alegría. Pero no una alegría que haga caso omiso de esa tristeza, no una alegría que los drogue, que los dope, no una alegría que los duerma sino precisamente una que los despierte, que les haga sentir que, aunque el día estaba acabando, la vida apenas empieza.

Llegan a la aldea a la que de dirigían, llegan a Emaús, sin duda alguna, tratándose de un recorrido de diez kilómetros, que a buen paso requieren por lo menos de unas dos horas de caminata, sin duda alguna el pensamiento de ellos era encontrar un poquito de refugio, un poquito de comida, un poquito de descanso en esa aldea.

Un poquito de ese amor, de ese calor de hogar que sin duda tuvieron que compartir cuando pertenecían al grupo de los discípulos que peregrinaban a Jerusalén.

Y así también es la historia humana. Cuando ya no puede creer en la Resurrección del Señor, se llena de poquitos de alegría, ¿y cuáles son esos poquitos? Una reunión de amigos, un sencillo asado, una ida a una fiesta, una discoteca increíble, la última moda, un maravilloso programa de computador, un libro que no había leído, un postre que jamás me habían ofrecido, un banquete espectacular.

Poquitos, poquitos de alegría, poquitos de dicha, poquitos de vida, que no logran reemplazar a ala Fuente de la vida; reemplazos inútiles que más tienen el papel de sucedáneos y de placebos, como dicen los médicos cuando a una persona, a la que no se sabe o no se le quiere dar una droga verdadera, se le da una droga de mentiras para que crea que se está tomando algo.

Así también la gente, para creer que tiene vida, toma sorbitos de vida en forma de licor; come poquitos de vida en forma de exóticas comidas; baila poquitos de vida en extrañas fiestas y así se imagina que no está muerta.

Pero no se imaginaban estos otros, no se imaginaban esos discípulos que una vez llegados a esa aldea donde ellos esperaban un poquito de descanso y un poquito de amor, de pronto Dios, al partir ese pan, partiera también el corazón; y al develar el misterio de ese pan, revelara el misterio de la vida del hombre y de la vida de Dios.

"Y le reconocieron al partir el pan" San Lucas 24,32, y supieron que en ese extraño peregrino, que sabía tanto de las Escrituras, no era otro sino el mismo Señor y Salvador en el que habían creído.

Y ya no se contentaron con ese poquito de pan, y aunque debían estar agotados de semejante caminata, ya no se contentaron con ese poquito de descanso; y aunque seguramente tenían mucho que decirle a la gente de allá de la aldea, primero tenían que contárselo a los otros discípulos.

Y emprendieron, ya entrada la noche, el largo camino para volver donde los otros creyentes, para regresara al fin a la Iglesia, qué momento bello, para poder decirles a los que habían permanecido en Jerusalén: "Es verdad, es verdad.

Lo que me contaron de niño, lo que una vez me dijeron no eran historias, no eran fábulas, no me estaban engañando; Él vive, me he encontrado con Él".

¿Y qué nos dirá la comunidad de Jerusalén? "Tienes razón, estás en lo cierto y es verdad que está vivo, porque también en nuestra comunidad, a quien la preside, a Simón, a Pedro, a ese Pedro que permanece a través de la historia en el ministerio del Obispo de Roma, que es el Papa, también a Pedro se le ha manifestado, también a Pedro lo ha confirmado en la fe.

Queridos amigos, reconozcamos nuestro retrato en esta desilusión; no esperemos a que se nos agoten los poquitos de pan y de descanso.

Y tú, Cristo Jesús, acompaña el camino de nuestra tierra; háblale a los que no creen; enciende fuego en sus corazones, para que cuando se parta el pan sobre el altar, también nosotros podamos decirle a los demás creyentes: "Es verdad; está vivo, vive resucitado de entre los muertos".