Ap02003a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20020407

Titulo: Que la misericordia de Dios transforme nuestra tierra

Original en audio: 19 min. 25 seg.


Hermanos,

El Apóstol Tomás, en este pasaje que acabamos de oír, aparece como un incrédulo, pero esa palabra la podemos cambiar un poquito, lo podemos llamar un desconfiado, y los demás Apóstoles aparecen como asustados, nerviosos.

Nerviosismo y desconfianza tenían los discípulos de Jesús, estaban nerviosos y estaban desconfiados, porque sentían que ellos eran los siguientes en la lista de las autoridades judías, y porque sentían que no tenían fuerzas para enfrentarse a los problemas que los rodeaban.

Los discípulos del Señor estaban nerviosos y asustados, y Tomás nos muestra que había también desconfianza. Es algo muy humano y es algo que también nosotros estamos viviendo hoy.

Cuando llegan muchas noticias malas, uno se vuelve desconfiado de las noticias buenas. Tomás no era un hombre perverso, Tomás no era un mala clase, Tomás no era un criminal, Tomás era un hombre aplastado por las noticias malas de la época y como los demás discípulos, seguramente un hombre que se sentía asustado, se sentía desvalido.

Y por eso, la palabra de Cristo, aunque es el saludo usual en esa cultura, es mucho más que un saludo: “Paz a vosotros" San Juan 20,19, dice Cristo, porque Cristo con su palabra quiere dar un poco de sosiego al corazón humano que se siente angustiado, que se siente nervioso, que se siente sin fuerzas y que se siente desconfiado.

Una tormenta de inquietudes nace en nuestro corazón cuando nos llegan noticias tan malas, y aquí es obligado hacer una referencia de lo que estamos viviendo en esta ciudad en el día de hoy. Precisamente la amenaza del terrorismo es fuerte, porque nos produce terror.

A cualquiera de nosotros le hubiera podido suceder lo que le sucedió a esas catorce personas que murieron, o a esos que están heridos, mutilados; esos hubiéramos podido ser nosotros, y eso causa miedo y desconfianza, y una nube negra llega sobre el alma de uno y uno dice: "¿Hasta donde vamos a llegar?" "¿Ahora qué va a pasar?" "¿Qué va a ser de nosotros?"

Eso es lo mismo que sentían los discípulos del Señor, sentían que no tenían a nadie, se sentían amenazados y el terror se había apoderado de sus corazones, por eso yo le suplico al Señor Jesucristo en este día, que es día de misericordia, le suplico que salude a nuestros corazones con esa misma palabra que les dijo a los discípulos asustados, angustiados y desconfiados.

Yo le pido a Jesús que en este día salude a nuestros corazones diciendo: “Paz” y que pueda traer a nosotros sosiego, descanso en Él.

Observemos, mis hermanos, que Jesús corrige a Tomás, pero no lo trata con dureza, no lo humilla, no lo maltrata, Jesús entiende el drama de este hombre que le cuesta creer, este hombre que ha oído demasiadas noticias malas y que le cuesta creer.

Por eso, si entre ustedes en este día hay alguno que se siente desconfiado, que se siente triste, que se siente en el piso, que se siente deprimido, incapaz de proclamar su grandeza, yo no tengo una palabra dura para esa persona, sino tengo una palabra de consuelo.

Quiero decirle a todos los que se sientan tristes, solos, nerviosos, escépticos, quiero decirles a ustedes, a todos los que se puedan sentir así, Jesús hoy les ofrece la señal de su amor, la señal de su misericordia.

Jesús entiende tu desconfianza, Jesús entiende tu dolor, Jesús entiende tu escepticismo, Jesús no te va a maltratar si te cuesta trabajo creer.

Este es el día, en que particularmente nuestra Iglesia celebra el misterio de la misericordia de Cristo, Cristo que se compadece del que no puede creer, y les ofrece las señales y las señales son sus Llagas y su Sangre.

Eso fue lo que dijimos en la oración del comienzo de la Santa Misa, exactamente lo que dijimos fue eso, dice aquí que crezcamos en la gracia para que comprendamos el bautismo que nos ha purificado, el Espíritu que nos ha hecho renacer y la Sangre que nos ha redimido.

Lo que sucedió en ese encuentro entre Tomás y Jesucristo, es lo mismo que sucede con nosotros hoy; lo que tuvo Tomás fue un encuentro con la Sangre de Cristo, un encuentro con las llagas de Cristo, un encuentro con el corazón de Jesucristo.

Y el alma atribulada de Tomás, que no encontraba en qué apoyarse, en qué sostenerse, sintió firmeza y encontró un cimiento y por eso dijo: “Señor mío y Dios mío” San Juan 20,28, y se postró ante Él.

Tomás encontró un cimiento, porque pudo ver señales del amor de Dios, señales de amor hasta el extremo. Las Llagas de Cristo, la Sangre de Cristo, el Corazón de Cristo, esas son las señales que le traen fortaleza, que le traen piso, que le traen cimiento a nuestra vida.

Desde sus Llagas, desde su Sangre preciosa derramada en la Cruz, Jesús nos está diciendo: "Así te amo, este es el tamaño del amor que tengo por ti, te amo más allá de mi propia vida, te amo hasta este extremo de Llagas, de sangre y de muerte".

Y cuando nosotros sentimos que el diluvio del amor de Dios nos baña, esa agua santísima del cielo borra, aparta, vence en nosotros el poder de las malas noticias.

Tomás no era un satánico, Tomás no era un endurecido, Tomás era un hombre aplastado por las malas noticias, un hombre que necesitaba tocar buenas noticias, porque había tocado demasiadas noticias malas, y Jesús llega donde Tomás y le permite tocar las buenas noticias y las buenas noticias son: “Mira hasta dónde te amo”.

Las llagas de Cristo curaron a Tomás, la Sangre de Cristo lavó a Tomás y el diluvio del amor de Cristo purificó el alma de Tomás el Apóstol. Cristo no es un romántico ni es un iluso, Cristo no es un soñador ni quiere que nosotros seamos soñadores.

La época, mis hermanos, en la que vivió Jesucristo fue una época cruel, tan cruel o más cruel que en la que nosotros estamos viviendo. Los métodos del Imperio Romano eran métodos salvajes, se levantó una rebelión de esclavos.

Y cuenta la historia, crucificaron a más de dos mil personas, así como están levantados los postes de la luz, así levantaron dos mil postes para crucificar a dos mil rebeldes hasta que se murieron colgando de esos palos.

Ese es el salvajismo en el que se apoyan los imperios, los imperios de este mundo se apoyan en eso, en la fuerza, en el terror, en el miedo y en las armas, ese es el imperio del que dice: “Me obedeces o te torturo”, “me obedeces o te desaparezco”, “me obedeces o te secuestro tus hijos”, “me obedeces o te pongo otra bomba”.

Ese es el imperio que quiere ganar terreno entre nosotros y esa fue la época en la que vivió Cristo, una época en donde el terror también pretendía mandar y la gente temblaba de miedo al ver lo que significaban esos métodos espantosos, esos métodos sin misericordia.

Cuando uno oye la predicación de Cristo, uno se puede imaginar que El vivía como entre nubes rosadas, porque dice cosas tan bonitas, habla de la semilla que cae en el campo, habla de la oveja que fue rescatada, habla de una mujer que estaba amasando harina, el alma de Cristo nos ofrece enseñanzas dulces y bellas, pero el tiempo en el que vivió Cristo no era un tiempo bello ni un tiempo dulce.

Tiempo salvaje, tiempo cruel, un tiempo lleno de muerte, lleno de pobreza, lleno de pecado, lleno de dolor, y Jesús se pasea por esta tierra, nos dice el Apóstol Pedro en los Hechos de los Apóstoles, Jesús avanza en esta tierra haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio.

El tiempo en el que vivió Jesucristo fue un tiempo duro, un tiempo sin misericordia y por eso brilla tanto el mensaje y el testimonio de misericordia de Cristo; y después de una vida llena de misericordia, Jesús no era ningún iluso, Jesús no era ningún tontico, no es ningún romántico, que nos está diciendo: “Tranquilos, que el mundo no es tan malo”, “tranquilos, traten de sonreír, sean buenas personas, que esto va a pasar”.

Jesús no es ningún tontico, Jesús sabe el poder que tiene el mal, y Jesús sabe que detrás de toda esa crueldad hay uno que se llama Satanás, porque es satánico producir ese género de muertes y despedazar inocentes, eso es satánico.

Jesús sabe el poder del mal, y sabe quién está detrás del poder del mal, pero sin miedo y con un amor inconmensurable, lava a precio de su propia Sangre, Jesús lava el pecado del mundo, ese es el mensaje potente que sale del altar.

Por eso el sacerdote dice en la Santa Misa, si ha puesto cuidado dice: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, porque con el diluvio de su amor, porque con la potencia de su gracia, sin desconocer el poder de la maldad, Jesucristo impone el poder de su bondad.

Eso fue lo que le hizo a Tomás y Tomás, lo mismo que otros de sus discípulos estaba devastado, estaba por el piso el pobre hombre, sentía miedo y no podía creer a ese Jesús, a ese Apóstol Jesús lo lava.

"Tú tienes un pozo de malas noticias, te voy a enviar un diluvio de buenas noticias", y el diluvio del amor de Jesús purifica esa agua que estaba sucia y que se estaba pudriendo, esa agua de las malas noticias.

Eso es lo que Jesús quiere con nosotros hoy, Jesús no quiere una sociedad de ingenuos ni una sociedad de románticos tontos que digan que no está pasando nada, o que se escondan; Jesús no quiere una sociedad de gente dopada, gente que se drogue o que se alcoholice o gente que se envíe a otros universos a olvidarse lo que está pasando en esta tierra.

Jesús no viene a sacarnos en un cohete de esta tierra: “No te pido que los saques de este mundo, sino que los preserves del mal” San Juan 17,15, oró Cristo en la noche que se despedía de los Apóstoles.

Jesús no viene para que nosotros huyamos a unas tierras a donde no se siente el dolor, Jesús viene a vencer el dolor en su propio terreno, Jesús viene a ofrecer el diluvio de su gracia, el aguacero de su amor, hasta lavar la última gota que haya quedado de maldad que pudo haber quedado en el corazón humano.

¿Y qué se necesita para esto? ¿Qué se necesita para experimentar esto? Hay que someterse en ese diluvio. Si está cayendo el más fuerte de los aguaceros y yo salgo con un paraguas, tal vez no me cae ninguna gota, tengo que abrir mi corazón, tengo que abrir mis manos y decirle a Jesús: "Llueva sobre mí el aguacero de tu gracia, déjame experimentar, yo soy como Tomás, déjame experimentar, déjame tocar tu amor, déjame tocar tus Llagas, déjame experimentar, déjame sentir quién eres tú y cuál es tu propuesta".

Eso es lo que nosotros sentimos, especialmente en los sacramentos, especialmente en el sacramento de la confesión y en el sacramento de la Eucaristía, minutos antes de esta celebración yo mismo me confesé, yo mismo, porque soy pecador, porque necesito, porque soy débil y porque me canso.

Yo mismo me confesé minutos antes de esta celebración, y yo experimenté y yo experimento y esa es la fuerza que tiene mi palabra en este momento, yo experimento que es verdad que Cristo perdona y yo experimento que Cristo, lo que hizo a través del sacerdote, fue abrirme su corazón y decirme: "Te entiendo, y te entiendo no significa te justifico, te entiendo no significa obraste bien; ¡obraste mal! Pero entiendo tu debilidad, y quiero junto a ti, por el poder mi amor, quiero transformarte".

Y así, a través de la confesión, a través de la oración, a través de la Palabra de Dios, a través de la Santísima Eucaristía, ¿qué estamos haciendo? Tocando, palpando, comiendo misericordia, lavándonos en la Sangre de Cristo, recibiendo el aguacero del amor, el diluvio de la gracia del Señor.

Y así, bañados en esa gracia, entendemos que hay maldad en el mundo, pero entendemos que la palabra última y definitiva no la tiene el mal y tendrá que morir tal vez mucha gente, no sé si yo también, mucha gente aún tal vez falte por morir y no sé si mi nombre esté en esos, seguramente.

Pero "nuestra esperanza, dice en la Carta a los Hebreos, está anclada en los cielos" Carta a los Hebreos 6,19. Ese que ya venció a la muerte, nos hace vencer hasta el temor de la muerte.

Hermanos míos, vamos a seguir esta celebración con una convicción muy profunda y es: “Jesús, si tú me bañas en tu luz, en tu gracia, en tu Sangre, en tu misericordia, yo voy a poder entender la miseria del mundo y luchar junto a ti para vencer la crueldad de este mundo. Este mundo nos sabe de misericordia, pero necesita misericordia.

Jesús sabe cómo está el mundo, sólo en Él está la misericordia, capaz de transformar nuestra tierra.

A Él honor y la gloria por los siglos.

Amén.