Ap02001a

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Fecha: 19960414

Título: Estar dispuestos a recibir al Espiritu Santo para que la Pascua suceda siempre en nuestras vidas

Original en audio: 5 min. 6 seg.


Termina hoy la solemnidad de la Octava de la Resurrección del Señor. Y el relato que hemos escuchado en el evangelio, también tiene ocho días y dos apariciones del Señor: una sucedida el día mismo de la Resurrección y otra sucedida ocho días después. La diferencia entre una y otra es primero la ausencia y luego la presencia del Apóstol Tomás.

Como bien dice uno de los Padres de la Iglesia: "Sirve más a nuestra fe la incredulidad de Tomás, incluso que la fe de los otros discípulos." Porque con esa incredulidad Tomás pidió un signo suplementario, por así decirlo, de su presencia, y al conceder Cristo este signo, sanó no sólo la incredulidad de Tomás, sino también la duda que pudiera surgir en nuestro corazón.

Nos dice el Evangelista: "Estos signos que hizo Jesús se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" San Juan 20,31.

Se nos habla de Cristo resucitado para que creamos, y se nos pide que creamos para que tengamos vida. Porque si no hay predicación, tampoco hay fe; y si no hay fe, tampoco hay vida en su nombre.

Se parecía entonces al Resucitado, al que vive para que haya vida en nuestra vida; se nos predica al Resucitado para que entendamos que el camino de la cruz no es el camino del absurdo; que el camino del amor no acaba en un abismo sin salida; para que comprendamos que Aquel que lo da todo para Dios, de Dios lo recibe todo; y para que comprendamos que en esa vida, en esa nueva vida que ha inaugurado Cristo, los pecados pueden ser perdonados, la gracia es el estado normal, y el destino es la Patria Celeste.

Demos gracias a Dios que nos ha concedido celebrar estas fiestas de la Resurrección del Señor. Se prolongan de alguna manera en la cincuentena Pascual.

Obsérvese que es el don del Espíritu Santo el que sellará el don de la Pascua. No se logra comprender, digo menos, no se logra mirar, contemplar a Cristo resucitado y descubrirlo si no es con la gracia del Espíritu. Y por eso, esta cincuentena pascual, que hemos iniciado con la Octava, tiene el propósito de que aquello que vemos en Cristo, poco a poco nos acostumbremos a mirarlo en nosotros mismos.

Y aquello que predicamos de Cristo, pueda decirse de nosotros; y aquel amor que sacó a Cristo del sepulcro, nos saque a nosotros de nuestros pecados y de nuestro antiguo modo de vivir.

A lo largo de las lecturas de Pascua, el ritmo de los Hechos de los Apóstoles y el testimonio del evangelio según San Juan, irá acostumbrando a nuestro corazón a que de veras podemos llevar ya desde aquí esa vida resucitada, por la cual sufrió Cristo en la cruz.

La idea es que al final de este tiempo de Pascua, nuestro corazón, reblandecido, ablandado por la Palabra; abierto y quebrantado por esa misma Palabra; arado y fértil por esa misma Palabra, esté dispuesto a recibir esa semilla del Espíritu, para que la Pascua suceda siempre, suceda por completo en nuestras vidas.

Despidámonos entonces de la Octava de Pascua, dispuesto a que todo esto que se ha dicho del Resucitado, se diga de nosotros; y todo esto que se cuenta de Él, se pueda contar también de nosotros.

Porque como le dijo Cristo a Santa María de Magdala: "Ahora su Dios es nuestro Dios, y su Padre es nuestro Padre" San Juan 20,17. Será el Espíritu el que logre ese lazo entre Él y nosotros; será el Espíritu el que una nuestros destinos, nuestras vidas, nuestro futuro y nos haga reinar con Cristo en la Patria Celeste.

Caminemos entonces al encuentro de ese Espíritu; escuchemos esta Palabra, y mientras llega ese día de Pentecostés, alimentémonos con el Cuerpo y la Sangre de nuestra salvación.