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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20081123

Título: Venciendo nuestra propia naturaleza, abajándonos con amor y respeto hacia el pequeño, Dios está reinando en nosotros.

Original en audio: 12 min. 26 seg.


Hay varias maneras de leer, de interpretar este pasaje del evangelio. Voy a compartir una de esas maneras. La Biblia es un libro muy rico, abundante en sus enseñanzas, y seguramente si leemos en un espíritu de oración, de humildad y de amor, Dios también puede mostrarnos nuevas luces sobre estos mismos textos.

El Espíritu Santo puede mostrarte cosas que yo no he visto, porque así también sabemos que ese Espíritu inspiró estas palabras. La lectura que quiero compartir, la interpretación que quiero compartir es ésta: Jesús pone un criterio. "¿Cómo trataste a los pequeños?" Jesús dice: "Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" San Mateo 25,40.

En la vida humana, en la sociedad humana hay grandes y hay pequeños; y casi siempre uno quiere relacionarse con los grandes. ¿Por qué? Porque los grandes, o sea, los que son poderosos, o son adinerados, o son inteligentes, o son simpáticos. Los grandes, los que están de alguna manera por encima de nosotros, tenemos esperanza de que nos pueden dar algo.

Si yo me hago amigo de uno que es muy rico y muy poderoso, pues, lo más posible es que alguna vez se le ocurra invitarme a su casa. Y de pronto podemos hacer un buen negocio, y de pronto resulto yo haciendo también mucho dinero. Nosotros, en general, gustamos de relacionarnos con "los grandes", porque esperamos algo, esperamos recibir algo.

Por la misma razón somos perezosos, la mayoría, -me incluyo, por supuesto-; somos perezosos para relacionarnos con los pequeños. Al pariente pobre nadie lo quiere ver. Al que es ignorante, al que es desagradable, al que no tiene mucho que dar, la gente le huye; y gente somos todos nosotros. ¿Por qué huimos de ésos que están abajo, los que Jesús llama, "los pequeños"? Porque, así como de los grandes esperamos poder recibir, tenemos pereza de relacionarnos con los pequeños que nos van a pedir, que nos van a obligar a dar.

Esas personas que están, por ejemplo, llenas de problemas, -hay gente que vive llena de problemas: tiene más problemas que un libro de álgebra-, las personas que tienen muchos problemas, también tienen muy pocos amigos.

Porque, cuando uno va por la calle y ve tres cuadras adelante: "Ahí viene el emproblemado", uno dice: "¡Que no me haya visto! ¡Que no me haya visto!", pues, sabe que si se lo encuentra, el emproblemado o la emproblemada, -no voy a decir si hay más emproblemados que emproblemadas-, esa persona seguramente me va a pedir tiempo, me va a pedir que la escuche y me va a pedir que yo sea su paño de lágrimas. ¡Y todos sabemos cómo termina un paño de lágrimas!

Entonces, uno no quiere dar. A uno le da pereza dar y por eso uno no se relaciona con los pequeños, sino uno mira siempre a ver "quién es más bonito que yo"; y a veces no es difícil encontrar alguien más bonito que uno: casi cualquiera serviría. "¿Quién es más rico que yo? ¿Quién es más poderoso que yo? ¿Quién es más inteligente que yo?" Porque, esperamos recibir y en cambio huimos de los pequeños, porque tememos tener que dar.

Pero, ahora viene un problema. Hagamos esta pregunta: ¿Cómo obra Dios? ¿Qué tal que Dios obrara de esa misma manera? Obviamente no hay nadie más grande que Dios. Luego, si Dios obrara con esta misma lógica que hemos dicho, entonces Dios no tendría que relacionarse con nadie. Porque, si Dios es el Grande, el más grande, es el infinito, el Omnipotente, es el que todo lo sabe, con cualquier ser que se relacione Dios, sale perdiendo: porque, Él es el más grande de todos.

Si Dios obrara con esta lógica, Dios no me prestaría ni poquita atención a mí. Porque, Dios diría: "A ver: ¿Ese tipo qué me puede aportar a mí? ¿Qué me puede aportar? ¿Qué sabe ese tal Nelson que yo no sepa? ¿Qué tiene él que yo no tenga? ¿Qué tengo yo que conversar con él que yo no sepa o que me parezca agradable, o que sea instructivo?" Dios no tendría nada que conversar conmigo. Dios viviría únicamente para sí mismo allá en su lejano Cielo.

A esta conclusión llegó un eminente filósofo llamado Aristóteles. Aristóteles llegó a esta conclusión: que, sí tenía que haber un Dios, pero que ese Dios, si era verdaderamente Dios, no tenía que ocuparse de nadie más sino únicamente estaba, "mind in his business": estaba allá metido en sus negocios, en sus asuntos; a Dios no le importaba el mundo.

Y nosotros tenemos tan metido en el corazón éso de buscar a los grandes para sacarles favores y huir de los pequeños para que no nos los saquen a nosotros; éso lo tenemos tan metido en el alma, que nos imaginamos que Dios es así. Y por eso tanta gente cree que Dios está por allá lejos; porque, se imaginan que Dios es como ellos, se imaginan que Dios no les va a prestar atención.

No obstante, si nosotros miramos la vida de Cristo que es precisamente la manifestación más clara, más perfecta, más bella de Dios, que es la revelación misma de Dios, -Cristo es el Rostro de Dios para nosotros-, Cristo viene y se ocupa pecisamente de los pequeños, se ocupa de pescadores ignorantes, se ocupa de publicanos, se ocupa de prostitutas, se ocupa y toma cuidado de las personas más enfermas, las que nada le podían aportar.

Entonces, según esa clave de lectura, ¿qué nos enseña el evangelio de hoy? Que cuando uno vence su propia naturaleza, cuando uno sale de su propio egoísmo y se abaja con respeto, con amor como hizo Cristo; ¡como hizo Cristo! Con amor y con respeto hacia el pequeño. ¿Y el pequeño quién es? El ignorante, el que está lleno de problemas, el que está enfermo, el que no es interesante, el que es feo, -es feo como un camión por debajo, no tiene gracia-, en la medida en que yo voy descubriendo lo que significa dar muchas veces sin esperanza de recibir, ahí hay algo de Dios en mí.

Porque, lo otro, éso de estar buscando a los ricos y a los poderosos, éso es pura conveniencia, éso es solamente buscar que sea yo el que vaya ganando, éso es tener mi vida centrada únicamente en mí. Y cuando uno tiene la vida completamente centrada en uno mismo, entonces el rey de ese universo de uno es uno mismo; y perdón el comentario, pero éso fue exactamente lo que hizo Satanás: se puso a sí mismo en el centro. "¡No serviré a Dios! ¡Yo seré el centro!" Éso es Satanás.

Por el contrario, Dios es salida de sí mismo, Dios es abajamiento por amor, Dios es compasión que se vierte, que se derrama generosa sobre todos, porque el acto mismo de crear fue un acto de amor y de abajamiento: Dios no nos necesitaba a nosotros. Entonces, según lo anterior, ¿qué es lo que nos está diciendo el evangelio de hoy? Nos está diciendo lo siguiente: cada vez que damos amor, sobre todo al que no puede retornarlo, cada vez que damos amor a esa persona que no puede retornar amor, ahí Dios está reinando en nosotros.

Y por eso la lógica consecuencia de una vida vivida así, es que Dios nos reconoce como suyos. Porque, cada vez que damos de ese amor, hay más de Dios en nosotros y Dios vive más en nosotros y Dios nos reconoce como suyos. Por el contrario, cada vez que endurecemos el alma frente a la necesidad del hermano, estamos negando la presencia de Dios, estamos diciéndole a Dios: "Tu lógica, tu estilo, tu manera de ser, no me interesa. ¡Vete! ¡Vete de mí!"

Seguramente, a ustedes, mis hermanos, lo mismo que a mí, nos ha impactado esa frase que aparece en el evangelio de hoy: "¡Aléjense de mí, malditos!" San Mateo 25,41. Y dice uno: "¡Uy! Pero, ¡qué frase! ¿Qué es esta violencia? ¿Ésto qué llaman? ¿Qué es esta violencia de Dios botando a la gente: ¡Aléjense de mí, malditos!"? San Mateo 25,41.

Sí, éso dice Dios, pero, ¿a quién se lo dice? Al que durante toda su vida le ha dicho a Dios: "¡Aléjate de mí!" Porque, toda su vida le ha dicho a Dios: "No me interesa tu pensamiento". Le ha dicho a Dios: "No me interesa tu manera de ser", le ha dicho a Dios: "No me interesa tu Palabra", le ha dicho a Dios: "No me interesa lo que tú quieras enseñarme. Yo quiero ser el centro". Entonces, Dios dice: "Puesto que tú me sacas de tu vida, tú y yo no tenemos nada que hacer".

Y por eso varios teólogos profundos han dicho: "No es que Dios lance a la gente al infierno". ¡No! Éste no es un Dios vengativo que anda lanzando a toda la gente al infierno. Lo que más bien sucede es que éso que llamamos infierno es la lógica consecuencia de haber roto con Dios, de haberlo sacado de la vida. Cada vez que endurecemos el alma le estamos diciendo a Dios: "Tú no me interesas: que te largues, que te vayas. ¡Dios, vete de mi vida!". Y después de decirle éso a Dios toda la vida y después de morir diciéndoselo, ¿qué puede seguir en un ser humano?

Pero, nosotros estamos llamados, no a ese destino pavoroso, sino a participar de la vida de Dios para siempre. La invitación hoy, mis hermanos, es a que Dios, la lógica de Dios, el amor de Dios reine en nuestras vidas. Así lo conceda Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.