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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19961117

Título: En el cielo cada uno se encontrara con el Dios en el que haya creido.

Original en audio: 15 min. 25 seg.


A medida que va terminando el Año Litúrgico, las lecturas que nos ofrece la Iglesia nos invita a estar vigilantes, atentos, diligentes, y en ese contexto se proclama hoy la conocida parábola de los talentos.

Lo gracioso de esta parábola es que todos trabajaron, los tres empleados trabajaron, el de los cinco talentos, para conseguir otros cinco, el de los dos talentos, para conseguir otros dos, y el que recibió un solo talento, trabajó para conseguir un hoyo.

De todas maneras, tuvo que trabajar, aunque sea para esconder lo suyo, tuvo que trabajar. Y parece que en ese sentido se cumple, en este evangelio, aquello de que "el flojo trabaja doble", porque de todas maneras tuvo que trabajar, aunque sea para esconder lo suyo.

El sentido general de la parábola es claro, no tenemos que estar mirando qué han recibido las otras personas, porque eso es cavar un hoyo. La persona que se pone a mirar si el otro recibió más o menos, está enterrando su propia riqueza; tampoco tenemos que mirar si Dios nos parece duro o blandito, si nos parece generoso o mezquino, en cierto modo, cada uno encontró en Dios lo que creía de Dios.

El que creía en un Dios generoso y bueno, encontró un Dios generoso y bueno; el que creía en un Dios terrible y castigador, encontró un Dios castigador y terrible. Por eso, una segunda enseñanza de este texto, es que cada uno se encontrará con el Dios que haya creído.

El que se esfuerza simplemente en tenerle miedo a Dios, finalmente se encontrará con que había que tenerle miedo; pero el que pone su trabajo para la gloria de Dios y para gloria de la bondad de Dios, esa bondad y esa gloria es la que va a encontrar.

Cada uno encontrará aquello que haya hecho, pero sobre todo, cada uno encontrará a aquel en que haya creído. En el diálogo que sostiene este importante y adinerado señor con el último de los empleados, hay una tercera enseñanza: “¿Sabias que ciego donde no siembro y recojo donde no esparzo?” San Mateo 25,26, le pregunta este señor; “debías haber puesto mi dinero en el banco” San Mateo 25,27.

Este señor, que evidentemente está representando el juicio de Dios, no pierde el tiempo defendiéndose. Si uno le levanta los puños a Dios y le dice: “Tú eres un injusto”, Dios no va a abrir otro juicio para que alguien más determine si Él es justo o es injusto; si nosotros le decimos a Dios: “Tú me has tratado mal”, Él no va a poner una tutela o una fiscalía para ver si es verdad que me haya tratado bien o mal.

No hay un tercero, no hay una instancia entre Dios y el hombre, lo que nosotros digamos de Dios así lo recibe Dios, Él no se va a defender. Y efectivamente, así lo muestra el texto que hemos escuchado: ¿Sabías que ciego donde no siembro y recojo donde no esparzo? San Mateo 25,26.

Dios no se defiende. De aquí es posible obtener todavía otra enseñanza. Hay veces que nosotros intentamos defender a Dios ante las otras personas, por ejemplo, una señora pierde a su esposo, que era el que sostenía el hogar, en un accidente, y peor aun, en un acto de violencia, y llega el sacerdote o la religiosa o el amigo, muy creyente y muy piadoso, y empieza a defender a Dios.

Muchas veces esas defensas de Dios sólo sirven para distanciar más a las personas del Señor, y ahí puede pasar lo que sucedió en una oportunidad cuando murió el marido y entonces le pregunta un amigo muy piadoso de esa familia, le pregunta a la viuda: "-¿De qué murió su marido?" "-De una gripa que se le fue complicando y de eso falleció", y dice ese hombre: "-¿De una gripa? Gracias a Dios no fue nada grave".

De manera que esas defensas de Dios sirven para lo mismo que sirve la filosofía, de acuerdo con aquella frase de Óscar Wilde, la filosofía, ya lo hemos comentado, sirve para sobrellevar los males de los demás. Nosotros, defendiendo a Dios, muchas veces lo único que probamos es que no obtenemos fuerzas para ayudar a cargar el dolor, el absurdo que tantas familias, que tantas personas viven.

Si hay un oficio que parece caritativo, pero que trae gran desengaño, es ese de pretender de defender a Dios, Dios se defiende solito. Si uno lee el libro de Job, pero hay que leerlo completo, no solamente los dos primero capítulos, uno se da cuenta de que Dios dejó hablar a Job todo el tiempo, y la gran defensa de Dios, si hubiera que hablar en esos términos, fue simplemente su silencio y su presencia.

Job es verdad que al principio resistió con gran paciencia, pero luego se reveló: “Y yo para que nací? Mejor hubiera sido que hubiera muerto antes de nacer, ya estuviera enterrado y tranquilo” Job 3,11-13. Dios no entra en discusión. Y el libro de Job nos muestra, a través de todos esos comentarios que le hacen los amigos a Job, lo inútil y lo estéril que es tratar de defender a Dios.

Pero volvamos al sentido primordial de la parábola, hay que aprovechar el tiempo: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener” San Mateo 25,29. Desde luego que esta es una sentencia muy injusta.

Alguna vez me decía alguna amiga: "Pero eso es como consagrar la injusticia, si eso es lo mismo que pasa en la tierra, que el que tiene dinero y el que no tiene pierde hasta lo que cree tener, ¿cómo podía decir el Evangelio una realidad que es la misma que estamos viendo en nuestro injusto mundo?"

Y efectivamente, es gracioso después de todo, pensar que lo primero que le piden a uno para prestarle dinero en el banco, es que uno tenga dinero, como quien dice, "si no necesita el préstamo, se lo damos". Es gracioso, porque entonces quienes sí necesitan el préstamo son precisamente quienes no lo van a poder recibir.

Pero si usted demuestra que puede vivir y sobrevivir y progresar sin ese préstamo, entonces usted puede tener ese préstamo, ¿no eso lo mismo que dice el evangelio? “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará” San Mateo 25,29.

Pero en realidad este señor del que habla en evangelio no le quitó todo a ese empleado, le quitó el talento pero le dejó el hoyo que le había hecho, y, realmente, el infierno es eso, es quedarse uno con el hoyo, es quedarse con todas las estrategias que utilizó para esconder los suyo. Con ese hoyo puedes quedarte, pero aquella bondad que había en ti no permanecerá para siempre contigo.

Bueno, si me da ánimo de justificar a Dios, tratemos de dar alguna respuesta a aquella objeción de la amiga: "¿Cómo así que el evangelio dice lo mismo que vemos que sucede en nuestro mundo? Lo que sucede es que el evangelio lo dice de unos bienes, y el mundo lo vive y lo practica de otros bienes".

Que el santo se siga santificando, dice la Escritura en algún lugar, la gracia de Dios se multiplica sobre sí misma y la cooperación con la gracia de Dios multiplica esa gracia. En cambio, la esterilidad, la aridez con que nuestro corazón a veces recibe unas gracias, hace que ni esas ni otras que hubieran podido venir, realmente den fruto en nuestra vida.

Hay una enseñanza muy bonita de Santo Tomás sobre este mismo tema. En algún lugar de la Suma Teológica, se pregunta Tomas si todos en el cielo verán lo mismo y responde, como costumbre, haciendo una distinción, y dice: "En un sentido, sí van a ver lo mismo todos los bienaventurados; en otro sentido, no veremos lo mismo".

Así lo permita Dios, porque en la contemplación de su rostro somos unánimes, seremos unánimes.

En la bienaventuranza es al mismo y único Dios, pero en cierto sentido no, veremos lo mismo, porque dice Tomás “Verá más el que tenga más amor”.

Pasa lo mismo que en un banquete, todos participan del mismo banquete, pero come más el que tiene más hambre; el que ya llega comido al banquete, el que llega con poquita hambre, picotea aquí, picotea allá, un sorbito de esto, un sorbito del otro y me voy.

Pero el que llega con hambre pero con salud, y así es como hay que llegar al cielo, con hambre de Dios, con salud y sanidad en Dios, el que llega al cielo así con hambre y con salud, ese tiene mucho de que alimentarse y ese es el que puede ser llamado realmente bienaventurado.

Catalina de Siena hace una comparación semejante con respecto a la Eucaristía, ella dice que la Eucaristía es como un fuego, como una hoguera inmensa de caridad y que a esa hoguera, cada persona se acerca con alguna velita, velón o cirio.

Hay personas que llegan, o que tal vez llegamos en la Eucaristía sólo con una velita, como esas pequeñitas, diminutas, que ridículamente se daban en los pastel de cumpleaños.

"La persona que se acerca a la Eucaristía, -dice Catalina de Siena-, con una velita así que apenas parece un fosforito, eso es lo que se lleva de amor, ese poquito de luz". Y dice, "la persona que se acerque con una vela más grande lleva más luz.

Hay personas ávidas de Dios, ansiosas de Él, sedientas de su presencia y de su amor, que llegan como con un inmenso cirio pascual y se llevan una plenitud de luz. Así se ve que la Eucaristía, realmente, es anticipo del cielo, o mejor, el cielo es como una prolongación de la Eucaristía.

Cada persona en el cielo recibirá al mismo Dios, pero el que llega con el desinterés, el que llega con poco amor, poca luz, será también la que espera recibir.

El que llega con plenitud de hambre de ese Dios, el que llega con plenitud de gozo y gratitud de ese Dios, como si hubiera multiplicado sus talentos, se alimenta por la eternidad de su Creador y Redentor, de su Amor, de su Santificador.

Que esta Eucaristía, entonces, que nos une a la fuente misma del amor, no sólo sea alimento para nosotros, sino sea aumento de hambre de Él, porque Él sacia sin hastío, colma nuestra esperanza y nuestro deseo; pero deja siempre en nosotros la capacidad de desearle más, de buscarle más, de servirle mejor.

Él, que infunde este anhelo en nuestro corazón, nos conceda vivirlo para gloria suya.

Amén