Ao31003a

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Fecha: 20111030

Título: Solamente la persona que se siente necesitada de Dios reconoce el senorio de El en la propia vida y en la Historia

Original en audio: 4 min. 32 seg.


Nos encontramos hoy con el capítulo veintitrés del evangelio según San Mateo. Teniendo en cuenta que este evangelio tiene veintiocho capítulos, y sabiendo que es es el evangelio que nos está acompañando los domingos, nos damos cuenta que vamos llegando hacia el final del Año Litúrgico.

¡Feliz domingo entonces! Este es el domingo número treinta y uno del Tiempo Ordinario, en total son treinta y cuatro, pero hay que recordar que ese último domingo, el número treinta y cuatro, es la gran solemnidad de Cristo Rey.

¿Y qué nos trae este evangelio? Nos trae una controversia, nos trae un momento tenso en el ministerio de Jesús. Cosa que no debe extrañarnos, porque si uno hace memoria, en realidad, toda esa vida de Cristo fue como un caminar hacia la Cruz, y esto se cumple también cuando hablamos de su ministerio, de su manera de servir.

Fíjate cómo al principio todo parece entusiasmo, aprobación, aplauso, alegría, hay gran gozo en la gente, con entusiasmo dicen: "Un profeta ha venido a nosotros, Dios ha visitado a su pueblo" San Lucas 7,16. Pero ese entusiasmo cambia, cambia en la medida en que Cristo no es simplemente una caja de milagros, no es simplemente un curandero; Cristo es Maestro en la vida divina, y Cristo es sobre todo el Señor, y como Señor de nuestras vidas Él viene no solamente a sanar heridas, sino también a ponernos en camino. Yo creo que esa comparación es útil.

Cristo sana la pierna que estaba entumida, pero para que esa pierna pueda recorrer el camino de Dios; Cristo sana los ojos que estaban ciegos, pero con un propósito: que esos ojos contemplen las maravillas del Señor, y que esos ojos sean ventanas que dejen ver la bondad y la verdad de Dios que está en nosotros; Cristo cura la mudez, pero con un propósito: para que nuestra boca cante la generosidad y cante el mensaje del Evangelio.

Entonces esta implicación, esta tarea en la que Cristo nos va poniendo tiene ya un efecto distinto en la gente; porque todos queremos ser curados y todos queremos recibir regalos, pero queremos conservar el señorío, y queremos ser nosotros quienes manejamos lo que Dios nos da, y seguramente lo manejamos para nuestros intereses, y seguramente lo manejamos para nuestro propio gusto y nuestra propia gloria.

Por eso tantas tensiones de Cristo, por ejemplo con los fariseos, porque ellos no reconocían su propia necesidad, y es únicamente la persona que se siente necesitada de Dios, es esa persona la que puede entender lo que significa el señorío, lo que significa acogerse a la bondad de Dios y a la vez reconocerlo como Señor de la propia historia.

Cuando una persona no reconoce esa necesidad absolutamente íntima, esa pobreza radical, esa indigencia que es intransferible porque está en el fondo mismo de nuestro propio ser; cuando al contrario tratamos de mostrarnos fuertes y nos volvemos presuntuosos y empezamos a juzgar a los demás, ahí está la actitud del fariseo.

Si Jesús les habla así, es porque sabe que únicamente el corazón que se reconoce en absoluta necesidad, es el corazón que también se abre con gozosa confianza y proclama después el señorío de Dios.