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Fecha: 19991031

Título: Dios habla con fuerza a los sacerdotes porque los ama y porque ama al rebano que les ha sido confiado

Original en audio: 30 min. 39 seg.


Muy Queridos Hermanos:

Las palabras que hemos escuchado para este domingo son duras, especialmente duras para los jefes, los líderes, los pastores, los sacerdotes. Yo tuve la gracia de confesarme en este día, el sacerdote que me confesó me dijo: "Le basta como penitencia que haga una meditación sobre las lecturas de hoy, vaya y escuche lo que dice la Palabra de Dios sobre nosotros en este día", no me dijo más, me dio la absolución, oró por mí y no me dijo más.

Y de verdad que se trata de palabras fuertes; pero no cometamos nosotros el error que cometen a veces los niños, que cuando el papá está bravo y va a regañarlos, a veces se quedan solamente mirando en que el papá está bravo y no por qué está bravo el papá.

Nosotros estaríamos cometiendo ese error si solamente nos quedáramos, al oír estas lecturas, diciendo: “¡Qué palabras tan duras!” Hay que ir más allá y hay que descubrir cuál es la fuente de estas palabras tan vigorosas, tan drásticas.

¿Qué tal eso que se le dice a los sacerdotes de la Antigua Alianza, pero que Dios nos repite también a nosotros, sacerdotes en el sacerdocio de Jesucristo? Mira esto: “Para vosotros los sacerdotes es la siguiente advertencia: si no hacéis caso y no os proponéis dar gloria a mi nombre, lanzaré la maldición contra vosotros” Malaquías 2,1-2.

¡Yo creo que uno tiembla! ¡Que palabra tan dura! Pero repito, no hay que quedarse en las palabras duras, hay que buscar cual es el motivo y cuál es la intención de esas palabras.

Yo cumplí mi penitencia y me puse a meditar en las palabras de este domingo, y me puse a buscar cuál era el motivo o la intención de esa dureza, finalmente llegué a una respuesta y esa respuesta es la que quiero compartir con ustedes ahora: toda esta dureza, toda esta fuerza tiene solamente una raíz que se llama amor.

Es fácil reconocer el amor cuando tiene el rostro de ternura, no es tan fácil reconocer el amor cuando tiene el rostro duro como el que tienen estas palabras; pero el único motivo por el que fueron dichas estas palabras es: amor, amor y amor, y quiero mostrar por qué.

Por boca del profeta Malaquías Dios corrige a los sacerdotes, y por la boca de su propio Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Dios denuncia la hipocresía de los líderes religiosos de su tiempo, especialmente los escribas y los fariseos.

¿Por qué Dios hace estas denuncias? ¿Por qué Dios muestra tan claramente el pecado de estos pastores? Porque ama a los pastores y porque ama al rebaño. Las palabras son fuertes porque el amor es fuerte y porque lo que está en juego es demasiado grave, es demasiado serio.

Dios habla con vigor y con fuerza porque ama a sus pastores, porque ama a sus sacerdotes, porque ama a sus predicadores y los quiere "santos e irreprochables en su presencia por el amor" Carta a los Efesios 1,4, como dice San Pablo, refiriéndose a todo el pueblo cristiano.

Yo no soy espejo de eso, siento vergüenza de mis pecados conocidos o no conocidos, pero yo no me puedo detener en mí, la palabra me invita a ir más allá de mí y a predicar íntegro el Evangelio, así esa palabra me denuncie en primer lugar a mí.

Dios denuncia el pecado de los pastores porque quiere pastores que sean verdaderamente expresión, muestra, testimonio, de lo que es el mismo Dios. En segundo lugar, Dios habla con fuerza porque sabe cuál es el precio de las almas, por la seriedad de lo que está en juego, porque vales demasiado para Dios.

Mira cómo es esta liturgia de hoy, mira lo que es esta palabra. Hoy, Dios me habla duro a mí. Porque te ama a ti, porque tú vales mucho, porque tú vales demasiado para Él, por eso Dios quiere que toda persona que vaya a predicarte, todo sacerdote, todo pastor esté lleno de su amor, de su sabiduría, de su misma santidad.

Si Dios, hoy, me trata con fuerza a mí, y me sacude, y me estremece, y me hace arrepentir, es porque me ama a mí; pero sobre todo es porque te ama a ti. Estas lecturas son una muestra del amor que Dios te tiene a ti. Tú, que perteneces como cordero o como oveja al rebaño de Jesucristo, tú vales mucho, mucho, mucho para Dios, y por eso Dios quiere que todo el que te vaya a tocar en su nombre, tenga su misma santidad, tenga su misma sabiduría, tenga su misma misericordia.

Dios no quiere que nadie te vaya a tocar, que nadie vaya hacer nada contigo, nada que pueda dañarte, y por eso quiere que nosotros los pastores, los predicadores, los sacerdotes, seamos expresión de su mismo amor.

Cuando uno piensa lo que es esto, ¿qué siente uno? Por ejemplo, ¿qué siento yo? ¿Qué puedo sentir? Uno entiende lo que ha dicho el evangelio, si eso es lo que Dios quiere, yo pido que nadie me llame maestro, pido que nadie me llame padre, y pido que nadie me llame jefe.

Ahora entiendo el evangelio de este día: si esa es la medida de la santidad que Dios quiere para sus sacerdotes, sus predicadores, sus pastores, ¿quién puede decir que merece esos nombres? ¿Quién puede decir que es digno de esos apelativos? Maestro, Cristo; Padre, el que está en los cielos; y jefe, ¿cuál jefe? Sólo el que va delante, el Mesías.

Gracias a Dios en estas lecturas de hoy tenemos también el testimonio delo que es un verdadero apóstol, pastor y predicador, fue lo que escuchamos en la segunda lectura. Esas palabras que dice el Apóstol San Pablo refiriéndolas a su propio ministerio entre los tesalonicenses, son el testimonio de lo que es servir a Dios.

"Hermanos, -dice-, cuando estuvimos entre vosotros os tratamos con delicadeza, como alimenta y cuida una madre a sus hijos; así os tratamos con tanto cariño, que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino toda nuestra vida” 1 Tesalonicenses 2,7-8.

Eso es lo que se necesita, eso es lo que yo tengo que ser, eso es lo que está llamado a ser aquel venerable sacerdote y los demás padres sacerdotes, obispos que vengan a nuestra reunión de oración, que vengan a nuestras vidas, así: “Con tanta delicadeza como una madre cuida a sus hijos; pero con tanta generosidad, que queríamos daros no sólo el Evangelio, sino incluso nuestra propia vida” 1 Tesalonicenses 2,7-8.

Yo, personalmente, tengo que hacer un retiro espiritual con estas palabras de este domingo, ahí tengo que aprender lo que yo tengo que ser; pero como estoy predicando a todos ustedes, quiero que también ustedes tengan una enseñanza, una aplicación para sus vidas. Y voy a resumir esa enseñanza en tres puntos, porque no todo tiene que ser "palo" para los sacerdotes, tiene que quedar también para ustedes una parte de trabajo y de tarea.

Es verdad que tenemos que convertirnos y corregirnos nosotros; pero también es verdad que este evangelio tiene tarea para ustedes, y esa tarea es la que resumo en tres puntos.

Primero: cuando murió Santo Domingo de Guzmán, el Fundador de mi Comunidad, -yo soy dominico-, el sucesor de Santo Domingo fue un santo sacerdote llamado Jordán de Sajonia. Jordán escribió una biografía de Santo Domingo y escribió una oración a Santo Domingo y dijo, entre otras cosas, estas palabras: “Podemos admirar una santidad tan grande como la de Domingo, pero imitarla es algo que sólo es posible con la ayuda, con la obra de Dios, que quizá pueda repetir en algún otro semejante ejemplo de santidad”.

Primera enseñanza: ningún hombre, ninguno, por sus fuerzas, puede llegar a una meta tan alta, es demasiado. Mira lo que nos dice la Biblia hoy a los sacerdotes: que estemos dispuestos a dar todo el Evangelio, a dar vida, con toda delicadeza, sin un pecado, ¡no podemos, no podemos, no podemos! Pero eso no debe ser disculpa para nosotros, sino motivo de oración para vosotros. La primera aplicación es, pido de ustedes, como ya muchos lo hacen, oración, oración, constante, fervorosa, generosa, oración continua por los sacerdotes, oración continua por los pastores.

La mirada de ustedes, la oración de ustedes puede transformarnos a nosotros. En la Iglesia Católica de Occidente los sacerdotes no nos casamos, una de las aplicaciones que tiene ese celibato nuestro, es que el sacerdote establece una especie de relación de amor entre la comunidad y él mismo; eso se ve sobre todo en el obispo, es como si el obispo fuera el esposo y la diócesis fuera la esposa.

Todo sacerdote debería mirar a la comunidad que le ha sido encargada como su esposa, su amada esposa, ¿y qué hacen las esposas con los esposos? Cuando hay amor, cuando hay cercanía, cuando hay confianza, las esposas, y eso empieza ya desde el noviazgo, transforman a los esposos. Yo he aprendido de mis amigos, amigos varones, jóvenes, que cuando de pronto el muchacho aparece con un peinado que uno no le había visto nunca, consiguió novia, eso es así; y la novia le dice: “Amorcito, si tú te hicieras la raya al otro lado quedarías tan hermoso a mis ojos”, y al otro día el hombre aparece para el otro lado.

La mirada de la novia, la palabra de la amada, cuando hay buena salud en la pareja, la mirada de la novia, la mirada de la amada tiene un poder muy grande en el amado. Ustedes como comunidad, ustedes son mi amada, mi amada Iglesia, y yo soy como el amado, esta es la relación que está llamado a tener un sacerdote: ser como el esposo de la Iglesia.

Si ustedes como Iglesia oran, si ustedes llenan sus ojos y sus corazones de la aspiración de tener sacerdotes santos, ustedes, óiganme bien, ustedes pueden esculpir sus sacerdotes con su mirada, ustedes con sus ojos, con su corazón suplicante, ustedes pueden moldear a sus sacerdotes, ustedes pueden merecer, en los méritos de Cristo y en la intercesión del Espíritu, ustedes pueden merecer sacerdotes santos, muy santos.

Por eso, primera aplicación, por favor, llenen ustedes de oración sus corazones y rueguen al Señor por sus sacerdotes; cada uno de ustedes, el conjunto de la mirada de ustedes me puede transformar a mí; si ustedes hacen alianzas de oración por los sacerdotes, ustedes van a ser la amada Iglesia que le cambia el peinado y le cambia el caminado y le cambia el corazón al sacerdote.

Ustedes van a salvar muchas vocaciones y ustedes van a transformar el ministerio de muchos sacerdotes. A mí me ha pasado varias veces. Recuerdo mucho una Semana Santa en Barranquilla, en una parroquia pobrísima de Barranquilla, cuando llegó una de las celebraciones yo estaba agotado, porque teníamos la parte de trabajo de la parroquia de la iglesia misma, y luego había que salir a una capillita auxiliar que quedaba a muchas cuadras de distancia.

Yo llegué cansado ese día, llegué agotado a allá. Estaba reunida la gente esperando al sacerdote, amando al sacerdote; yo llegué a agotado, sudado, deshidratado, medio muerto, sin voz, entré a esa iglesia, ahí estaba la gente, estaban esperando al sacerdote, amaban al sacerdote, lo amaban en Jesucristo.

Cuando yo me paré al frente de la gente, al frente de la iglesia, -es que ustedes cuando se reúnen en nombre de Jesucristo ya no son la gente, son la iglesia-; cuando yo sentí el baño de todas esas miradas, cuando sentí el palpitar de todos esos corazones, sentí que me llegaban fuerzas, que me volvía la voz, me volvía la alegría y celebramos como nunca esta Semana Santa. ¡Que hermosura! La mirada de ustedes, el corazón de ustedes puede transformar a los sacerdotes.

Segunda aplicación, esta va especialmente para las mujeres. Casi siempre cuando se habla de la mujer y el sacerdote es para entrar en temas peligrosos, temas escabrosos: "¡Quién sabe qué estará haciendo esa mujer, quien sabe que pretenderá esa mujer, esa mujer, esa mujer!" Y es verdad, eso no es falso, la mujer le puede hacer mucho daño al sacerdote, eso es cierto, pero también es cierto que la mujer le puede hacer mucho bien al sacerdote, muchísimo bien.

Me considero amigo de una Santa de la Iglesia Católica que vivió en el siglo XIV, Catalina de Siena. Catalina transformó a una cantidad de monjes y sacerdotes, fue amiga de ellos, y con la pureza de sus costumbres, con el fuego de su amor a Dios, con la cercanía en un mismo Espíritu, Catalina, una mujer, una seglar, salvó de vocaciones e hizo santos.

Mujeres, esta segunda parte va para ustedes: ustedes le pueden hacer muchísimo bien a los sacerdotes; desde luego hay que tener prudencia, hay que saber quererlos, hay que saber tratarlos, a veces las cosas pueden torcerse, sí, pero si pueden torcerse quiere decir que también pueden ser derechas, no necesariamente tienen que torcerse.

Yo pido a las mujeres que con toda prudencia, con toda pureza, con todo amor y con toda oración, en unión con sus familias y sus grupos, apoyen la misión de los sacerdotes. Yo he visto vocaciones de sacerdotes que no se cambiaban, que no se transformaban por ningún lado, y la palabra de una mujer, la palabra oportuna, seria, centrada, bien puesta, de una mujer, dicha con amor, en el nombre de Cristo y a la distancia precisa, ha cambiado a un sacerdote.

Ustedes, mujeres, si unen su corazón al corazón de la Santa virgen María, ustedes van a hacer por los sacerdotes lo que la Virgen María hace por los sacerdotes, que es configurarlos con Jesucristo hacerlos cada vez mÁs semejantes a su Hijo. Por eso, porque sé que muchas de ustedes, mujeres, prestan servicios en las parroquias, en los grupos, en las comunidades, sepan que ustedes pueden hacer muchísimo bien con una palabra oportuna, con una amistad prudente y limpia, con una oración continua.

Tercera y última aplicación de esta palabra para ustedes. La vocación sacerdotal es muy grande, de acuerdo, yo personalmente creo que me queda grande a mí y que nos queda grande a los sacerdotes que yo conozco, estoy de acuerdo con esto; pero, ustedes pueden recibir en sus hogares el llamado, Dios puede llamar a algunos de los jóvenes que están aquí, ¿por qué no?

Cuando Jesús llamó a los discípulos, no los encontró perfectos, los encontró pecadores, los encontró limitados, como me ha encontró pecador y limitado a mí, y ahí vamos. Dios puede llamar a sus hijos, a sus amigos, Dios lo puede llamar a usted, joven, a usted que está aquí lo puede llamar para consagrarse totalmente a la causa del Reino de Dios.

Yo les pido a los padres de familia que miren con amor esa posibilidad, mírenla con amor. En el día de ayer compartía con un amigo mío que es postulante de nuestra comunidad, este amigo me comentaba cuánto dolor, cuántas trabas, cuántas humillaciones, cuántos problemas le está haciendo padecer la familia por parte de papá y de mamá, ¡qué guerra le están haciendo a esa vocación! Yo oraba con él ayer, orábamos juntos el Santo Rosario y yo pensaba para mis adentros, rogándole a la Madre del Cielo: “¡Mamá, Virgen María, sostenlo tú!”

¡No es justo hacerle eso a un muchacho, no es justo! Yo les pido a los padres de familia, a los profesores, a todos los que trabajan cerca de la juventud: consideren la posibilidad de que Cristo esté llamando también a esos muchachos. Ustedes, profesores, ¿qué tal que entre sus alumnos haya un llamado de estos, por qué no?

Quiero terminar con dos cosas. Lo primero, contándoles una anécdota personal; y lo segundo, pidiéndoles una oración, ya les digo por qué y por quién. Cuando yo sentí el primer llamado a ser sacerdote, sucedió en un grupo de oración a donde asistíamos con mi papá y con mi mamá. En una de esas oraciones, un día de la Virgen, sentí en mi corazón que quería ser sacerdote, fue algo profundo, indescriptible.

A los pocos días yo tenía que contárselo a alguien, y la primera persona que se lo conté fue a mi papá. Me acuerdo como si fuera hoy: íbamos en una buseta los dos, y entonces yo me puse a decirle: "Mira, la última vez que estuvimos en el grupo de oración yo sentí en mi corazón una cosa muy rara, muy profunda, muy bella, y yo estoy pensando que voy a ser sacerdote", hasta ahí le alcancé a decir, se me vinieron las lágrimas, me puse a llorar.

Mi papá, gracias a Dios, me tomó en serio, mi papá me dio su mano, me recordó que él era mi amigo, y me dijo que si ese era mi camino yo podía contar con él. ¡Eso es maravilloso, eso es grandioso! Y yo le doy gloria a Dios por ese hombre que es mi papá, que además está aquí, le doy gracias a Dios por él.

¿Quién podía conocer mejor tantos defectos que yo he tenido desde niño? ¿Quién los podía conocer mejor que él? Pero él no se asustó de que yo quisiera ser sacerdote, no se asustó de que yo me cayera, porque cuando yo era muy niño, a veces yo no sabía caminar y me caía, y él me ayudaba a levantar.

Si es muy grande la vocación del sacerdote, yo sé que Dios es Papá como mi papá y más que mi papá, y por eso estoy seguro de que Dios puede también levantar, aunque muchas veces haya sido indigno de la vocación a la que Él me ha llamado.