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Fecha: 20111009

Título: El Reino de Dios es un proceso

Original en audio: 4 min. 57 seg.


Es posible que nuestra sociedad en la que la prisa se ha convertido casi que en un requisito para el funcionamiento de tantas cosas, es posible que ese afán permanente nos impida percibir toda la belleza y todo el significado que tenía el acto de comer en la sociedad del tiempo de Cristo. El banquete no era simplemente un acto fisiológico, bueno, tampoco lo es para nosotros cuando se utiliza esa palabra. Cuando decimos que vamos a comer algo no es lo mismo que cuando decimos "me han invitado a una cena" o "voy a un banquete".

El banquete añade muchas cosas, el banquete añade, por ejemplo, la sensación de compartir: se comparten alimentos, se comparte un espacio, se comparte un tiempo, pero también se comparte un motivo, con frecuencia se comparte una alegría, se comparte también esa conversación en la cual los corazones se abren, de modo que no comulgamos únicamente en unos alimentos, sino que aprendemos a comulgar en sentimientos o en ideas que van detrás de la conversación.

Por eso el banquete es señal de intimidad, y es muy hermoso que Jesús haya querido comparar el Reino de los Cielos con un banquete; pero en la imagen que aparece en el evangelio de hoy, capítulo veintidós de San Mateo, hay muchas cosas extrañas. Por ejemplo, el hecho de que la gente no quiere entrar a este banquete, no le llama la atención. O también el hecho de que después toca prácticamente obligar a la gente a que entre, y entonces sucede algo sumamente peculiar, y es que en esa sala, que se supone que está representando el banquete del reino de Dios, llega de todo:llegan malos y buenos.

¿Cómo entender esta expresión, esta imagen que Cristo nos presenta en la manera como Él lo hace? Pues por lo pronto, no tiene nada de extraño que haya tanta resistencia para acercarse al banquete de Dioso. De hecho, lo que Dios nos ofrece es siempre mejor, pero no es siempre lo que escogemos. Si nosotros escogiéramos siempre ese querer de Dios, pues entonces no habría pecado en nuestra vida.

El pecado es siempre un rechazo al plan de Dios, un rechazo a la idea que Dios tiene, un rechazo a lo que Dios quiere; y por consiguiente, es una manera de negarnos a entrar en comunión con Él, a vivir en comunión con su alegría o a conocer más de cerca sus proyectos y sus ideas. O sea que así entendemos lo de la negativa.

Pero luego viene el tema de por qué entran malos y buenos. Lo más posible es que Jeśus con esta imagen esté describiendo el Reino como un proceso. ¿Tú te cuerdas que en otra ocasión comparó al Reino de Dios con ese campo en el que se siembra trigo, pero luego hay un enemigo que siembra cizaña. Y entonces durante la mayor parte del tiempo están conviviendo el trigo y la cizaña, sólo al final, al final llega una purificación.

Y de ese modo Cristo nos está advirtiendo, nos está, diría yo, liberando de una gran tentación, y es la tentación de creer que podemos meter en un cierto cuadrado perfecto la voluntad de Dios y el plan de Dios y creer que nosotros somos los buenos y que el resto del mundo está en gran oscuridad. El Reino de Dios no se puede separar así físicamente, es un proceso, y ese proceso se da en lo que aparece en la parábola de hoy: sólo al final llega ese discernimiento.

Y ahí esta el tema de ese hombre que no tenía el vestido de fiesta, -anótese que en aquella época los vestidos de fiesta se entregaban a los invitados precisamente al llegar al banquete-, así que este es un hombre que no ha querido vestirse con lo que se le ha dado.

Entonces fíjate todo lo que nos enseña esta parábola sobre el compartir del pensamiento de Dios, sobre entrar en comunión con Él, de por qué la gente rechaza muchas veces su mensaje; y sobre todo, entender que el Reino es proceso y que nosotros no podemos declararnos ya buenos, sino que tenemos que esperar ese último parecer, esa última opinión del Señor