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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19961013

Título: Jesus nos invita a disfrutar del banquete que nos ofrece en la Eucaristia

Original en audio: 30 min. 39 seg.


Guiados por la Palabra de Dios vamos a meditar en un banquete, un banquete al que Dios invita desde tiempos de Isaías , un banquete al que sigue invitando en la persona de Cristo, un banquete que hoy se realiza en la eucaristía que hoy estamos celebrando.

“Preparará el Señor de los ejércitos un festín de manjares suculentos y arrancará en este monte el velo que cubre todos los pueblos, aniquilará la muerte para siempre” Isaías 26,6-8.

Banquete, en esta palabra se encuentran tres mensajes, la necesidad de alimentarse, el gusto de comer bien y la alegría de estar con los amigos y estas tres ideas reflejan bien lo que significa la plenitud de la salvación que Dios quiere otorgarnos.

La necesidad de alimentarse y Dios que cubre esa necesidad que la satisface a través de su generosidad, de su providencia. ¿Pero de qué tenemos necesidad? No simplemente del pan material, desde luego que necesitamos de ese alimento, pero como bien oraba el cardenal Eduardo Pironio necesitamos también del "pan de la cultura".

Así como nuestro cuerpo para estar fuerte y para crecer necesita pan, también nuestra inteligencia para desarrollarse necesita su propio pan, necesita el "pan de la cultura" y nosotros mismos necesitamos el "pan de la educación"; hay que ser educados, el ser humano necesita educación, y necesitamos el "pan del afecto".

Si tomamos la más hermosa de las maticas y la sembramos en un bote de arena amarilla, reseca y no le echamos agua, al cabo de unas horas seguramente ni matica tendremos

Amigos, hay muchas cosas en nuestras vidas que no han podido florecer, porque no han recibido agua, porque no han recibido el rocío a tiempo, porque no les ha llegado lo que les tenía que llegar.

Hace un rato, algunos o muchos de los que estamos aquí presentes nos sentíamos conmovidos en nuestro corazón al descubrirnos a nosotros mismos como pobres, quizá pobres de afecto. Este rocío seguramente ha saltado en muchas de las vidas aquí presentes, si tú pasaras por una matica y sin saber en dónde estás sembrada y la vez amarillenta, ajada, tu dirás: “¡Qué planta tan fea!” No es fea, le ha faltado agua.

No es fea, pero si esa mata te pudiera mirar al espejo ¿qué diría? “¡Cómo soy de fea!” No es fea, le ha faltado agua, le ha faltado alimento, su alimento; ah, pero ha recibido la comida y arto que come, ha recibido el estudio; pero es que el ser humano necesita no sólo estudio y no sólo comida, necesita ser educado, necesita ser cultivado, la palabra cultura viene precisamente de cultivar del latín “colere”, necesita ser cultivado.

El vicio, el pecado nos vuelve ajados y feos, uno ve a un joven, por ejemplo, víctima del alcohol o de la droga, y lo ve como esa mata ajada, uno dice: “¡Qué mata tan triste!” “¡Qué vida tan ajada, tan repugnante!”

No es fea; a esa vida le ha faltado agua; las vidas no son feas, no hay vidas feas, mis amigos, ni hay rostros feos, ni hay vidas tristes, Dios no creo vidas tristes, Dios no creo rostros ajados, Dios no creó existencias arrugadas, Dios crea con belleza y ama todo lo que ha hecho.

Cuando te encuentres con una vida ajada, triste, marchita, deprimida, que puede ser de pronto tu propia vida, piensa: “Esta vida mía así parezca ajada y fea, en este momento no es fea; mi vida es bella, mi vida es hermosa, pero le ha faltado algo, le ha faltado esa agua".

Hay vidas en las que parece que nada faltara, han tenido abundancia de bienes, abundancia de dinero, de estudios, incluso mucho cariño humano, en algunas de esas vidas sin embargo, hay finales tristes, dramáticos.

Cuestiona y entristece, por ejemplo, que tantos jóvenes piensen incluso seriamente o intenten el suicidio, hasta llegar a consumarlo algunos, en muchas de esas vidas seguramente faltaron algunas cosas, pero sobre todo, faltaba ese sentido último, ese algo que sólo puede dar Dios; detrás de cada pan, dentro de cada pan que uno se come, en el fondo, uno está buscando a Dios.

En la última página que uno lee, uno está buscando a Dios; en el fondo de la copa que uno bebe, uno está buscando a Dios, y los que se acarician, los que se tocan, incluso lícitamente y amorosamente dentro del matrimonio, los que se aman dentro del matrimonio hasta sentir el éxtasis de sus cuerpos fundidos, esos, en ese placer que beben, cuando como el que se bebe una copa, o que comen, como el que come un pan, en ese placer están buscando a Dios, están buscando ese gozo que no acabe, porque todos los placeres, todos los gustos sólo son saciados por un momento.

De manera que nosotros necesitamos de Dios y el banquete final, el banquete de los últimos tiempos, como dice Isaías, ese banquete último, es el banquete en el que ya no habrá ni pan ni hamburguesas ni mazorcas, -son tan buenas las mazorcas-, ni pollito, ni pescado, ni arrocito, ni... es en el que Dios será nuestro alimento.

Ya no tendremos que buscar dentro de las páginas de un libro una explicación, ya no tendremos que buscar en el contenido de una copa un poco de placer, ya no tendremos que extender nuestra mano para acariciar a nadie, para sentir calor, para sentir amor, en ese banquete final, Él será nuestro alimento, y así sucederá en el cielo y Dios nuestro Señor nos va a alimentar y será el alimento de nuestros cuerpos.

Nos vamos a comer a Dios y será el alimento de nuestras inteligencias y la saciedad de nuestros afectos y la alegría de todo nuestro ser.

Por eso he dicho, que el banquete no sólo supone que nosotros tenemos que alimentarnos, sino el placer de alimentarse; nosotros no llamamos un banquete, sino una comida que es especial, una comida que es como dice el texto del profeta, “suculenta”, “que es deliciosa”, una comida que se puede disfrutar, que es sabrosa.

Y viene aquí a mi memoria la figura bendita de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, Monseñor Uribe, especialmente predicando a los sacerdotes, pero en casi todo su mensaje quería inculcar en las personas una oración, que yo también quiero transmitir hoy.

Pídale a Dios, -mire esta oración tan bella, mire esta intención tan hermosa-: pídale a Dios que a usted le gusten las cosas, que usted disfrute el bien, que usted sea alegre obrando rectamente, que usted tenga dicha en ser santo.

Pídale a Dios que a usted le guste el bien, pídale la gracia de la oración, porque uno dice: "Bueno, necesito orar, está bien, esta bien, ya me convencieron, ya entendí, necesito orar".

Pero luego va a entrar uno a esa vida de oración y va uno a tratar de orar y cuántas veces nos encontramos como a palo seco. Ya sabemos que ese es el pan que hay que comer, y sabemos que hay que leer la Biblia, y que hay que rezar el Rosario, y que hay que confesarse, eso ya lo sabemos y uno se va a confesar y ¡guácale!

Y uno va a asistir a la Misa todos los días y durante tres días: "¡increíble! La Misa, sí, estuvo buena la Misa, bueno, sí estoy en Misa, y al cuarto dìía: "¡Qué pereza ir a Misa! En cuatro días se nos acaban los buenos propósitos.

Hay que pedirle a Dios en disfrutar el día, en sacarle gusto al bien; si Dios nos concede la gracia de la oración, usted no tendrá que estar como en pugna con usted mismo, como en guerra con usted mismo: "Bueno, ¿ahora qué hago en este momento? ¿Qué tengo que hacer? ¿Me voy con mis amigos que me invitan a echarme un chico, -que es grande-, de billar? ¿O me dedico a qué? Hay que pedirle a Dios que nosotros podamos disfrutar el bien.

Precisamente uno de los síntomas de enfermedad es que las cosas buenas no le saben bien a uno, cuando uno esta muy enfermo, por ejemplo, con una de aquellas gripas y le pasan a uno los platos que normalmente le gustan uno, siente que está comiendo “icopor con sal”, eso no le sabe a uno a nada, entonces yo pregunto: ¿puede un cristiano perseverar en sus buenos propósitos?

Basta con decirle a una persona: ¡Confiésese! ¡Confiese eso!" Parece como aquellas torturas donde le meten a uno la cabeza dentro del agua y lo sacan y le dicen: ¡Confiese! Así hay muchos cristianos que se sienten tratados así, así es muy difícil; ¡ore! ¡ore!

Hay que pedirle a Dios que nos dé el gusto por el bien, que nosotros podamos hacer lo que hacemos con las cosas que nos gustan y que nos sirven. Cuando a uno le pasan, y está bueno el paladar, ese plato que le agrada a uno, normalmente se relame y lo saborea, le saca gusto y le saca provecho, y no quisiera que se acabara.

Hay que pedirle a Dios que nos dé ese gusto por las cosas de Él, porque sin ese gusto no caminamos firmes en el bien; y alguno preguntará: "Bueno, ¿pero ese gusto sí será lícito pedirlo? Claro, porque en el fondo, el que pide ese gusto, lo que está pidiendo es sanación para su paladar.

Así como aquel que estaba enfermo, mejor dicho, era una gripa con pijama; bueno, el tipo era un solo catarro, mejor dicho, era un saco de virus; bueno, realmente estaba enfermo, puede decirse que estaba enfermo, ya no se enfermaba más porque los otros virus que trataban de llegar eran muertos por los anteriores virus.

Entonces el hombre estaba realmente enfermo, ya no sabía propiamente en dónde empezaban los ojos hinchados y en dónde empezaba la nariz, o sea, realmente la persona estaba enferma, quiero que la idea nos quede clara.

Y bueno, a este señor le traen su plato predilecto, y como he dicho, no le sabe a nada y entonces él empieza a decir: “Ahí a ver, qué pasa con ese asunto”, y decía: “Bueno, si no tuviera los ojos hinchados podría ver qué es lo que estoy comiendo”, empezando porque no sabe a qué hora le llevan la comida.

El fulano que ya era solamente una gripa con pijama, ese señor cuando le pide a Dios y le dice: “Señor, que esto me sepa bueno”, en realidad lo que le está diciendo es: "Sáname, Señor, que me sepan bien tus cosas".

Porque hay veces que a uno Dios le regala una palabra, que es una palabra de alimento y se siente cansancio y se siente fastidio y se siente tedio, es por eso, porque no está bueno el paladar.

Entonces, el segundo aspecto del banquete es que las cosas buenas me sepan bien; y el primero es: “En todo, Señor, en todo lo que busco, te estoy buscando a ti”; lo segundo es: “Que el bien me sepa bueno”. Mire, es una oración tan sencilla, pero tan sincera, tan profunda: "Señor, que el bien me sepa bueno".

Por ejemplo mire, yo le voy a contar este detalle: un teólogo de este siglo, el Padre Carlos Rahner, jesuita, fue por allá a un colegio de niñas, allá por Alemania a dar una conferencia y después de su conferencia daban preguntas abiertas al foro de niñas, algunas de ellas, entonces, le preguntaban en torno al asunto del celibato, que para muchas personas se convierte como en una gran interrogante.

La respuesta de Rahner a mí me gusta mucho, él decía, mire: En parte es asunto de elección; la persona, -decía él-, que permanece virgen, se pierde de casarse, eso es evidente, se quedó sin marido, se quedó sin esposa", y decía él: "Pero la persona que escoge casarse se pierde de permanecer virgen para Cristo", y agregaba: "¿O es que vamos a creer que todos los bienes están en casarse y todos los males en permanecer virgen para Cristo?"

Algo parecido sucede aquí, mientras usted no le vea nada bueno a la castidad, por insistir en esa línea, mientras usted no le vea el lado positivo a la castidad, podemos traerle aquí a San Luis Bertrán, a San Pablo, a San Pedro, a San Benito, y desde luego, no puede faltar San Francisco de Asís.

Entonces, empieza San Benito y le hace una predicación y usted llega a una conclusión: “Soy una porquería"; y luego habla San Pablo y hace toda su predicación, usted llega a otra conclusión: “Soy la misma porquería”; y luego llega otro...

Y cada uno le va predicando y usted llega finalmente a la misma conclusión: “Por donde voy, voy mal; por ahí no es”. Acabó la predicación, usted sale, supongamos que la predicación fue en una iglesia, usted sale de la Iglesia y dice usted: “No voltee, no mire hombre”, ¿ve?

Y usted ya está convencido en su corazón, usted ya sabe en su corazón: “Hombre, que eso no es así, esa es una cuestión como animal, ese modo de comportarse usted es repugnante, por decir lo menos, eso es humillante, eso no es por ahí"; bueno, usted sale convencido.

No bastan los convencimientos, hay gente que medita cómo dejar el cigarrillo fumando, de manera que la razón humana no tiene fuerzas para esas cosas, en cambio, cuando Dios concede, porque Dios concede, por ejemplo, que uno perciba la belleza del bien, estamos hablando de la virtud de la castidad, la belleza, la paz, la armonía interior, la alegría, el brillo que trae una vida casta.

Entonces la persona puede comparar entre dos bienes, porque una persona que ha llevado una vida desordenada, lo que siente es que le dicen: “Se acuerda de lo que a usted le gustaba tanto, pues, hermanito, se acabó”; “¿se acuerda cómo gozaba y disfrutaba? Pues se acabó”.

Y entonces la persona dice: “pues ¿cómo así? Tampoco vamos a exagerar, ya porque fue al retiro y Fray Nelson dijo:"¡Nada!"”. Pues, mientras la persona sienta que los bienes, las dichas y los placeres están de un solo lado de la balanza, eso no lo equilibra nadie, hasta el día que la persona descubre que la castidad con amor ordenado tiene su propia belleza, y en ese momento la persona empieza a cultivar un bien.

Es que uno no puede crecer en algo si no siente que ese algo es un bien, y por eso hay que pedirle a Dios que realmente Èl sea nuestro banquete y que disfrutemos de ese bien, ese es el ejemplo de la castidad, pero lo mismo hay que decir de las demás cosas.

Un ejemplo muy importante es el de la humildad, miren lo que pasa con la humildad, la humildad es una perla preciosa, entonces uno dice: "Bueno, está claro que yo soy un saco de soberbia, yo moriré y por allá después de quince minutos morirá mi soberbia, ¡porque es una cosa! Yo soy un saco de soberbia, esa parte está clara y el que se mete conmigo, hasta ahora, el que se ha metido conmigo, la paga".

"No se puede entrevistar a esas personas porque están bajo tierra, pero el que se mete conmigo la paga, conclusión, debo a empezar a buscar la humildad. Conclusión del retiro espiritual, que hemos concluido en el Convento de Santo Domingo, donde el Señor se ha manifestado: "Necesito buscar la humildad".

"De ahora en adelante voy a buscar la humildad delante de toda esa gente, de todos esos bellacos que no me entienden, voy a ser humilde, toda esa gente torpe tendrá que reconocer que yo soy humilde, todos esos que no saben en dónde están parados, que nunca han comprendido todas mis cualidades, voy a ser humilde delante de ellos".

"De manera que ellos sepan, aunque no se lo merecen, sepan que voy a ser humilde". Entonces entra uno en el experimento de la humildad, entonces empieza uno a ser humilde: "Bueno, vamos a probar, mañana empiezo con la humildad, a ver cómo nos va".

Entonces empieza la persona la humildad, a la hora y diez minutos resulta que el hermano que vive en la misma casa que no asiste al retiro, que se burla de todo, que no cree en el sonido de las campanas, el hermano que es como es, llega y me dice: “Tú, pedazo de humilde, me lavas mi loza del desayuno”.

Entonces este señor siente que se va poniendo morado, pero cuando ya va más o menos arribita de las tejas dice: "No, Fray Nelson me dijo que necesitaba la humildad", entonces empieza a bajar, a bajar despacito y dice: “Por lo menos voy a contar hasta cien”, llega a noventa y ocho y dice: “No, mejor voy contar hasta mil, bueno, ya me está llegando la humildad”.

Entonces vuelve el hermano con esa sonrisa y dice: "Bueno, no me sirvió la primera", y dice: “Te pusiste como un pimentón ¿no?” Y entonces llega el momento en el que uno empieza a sentir: "Bueno, ¿cuál será la diferencia? ¿Dónde terminará la humildad y en dónde empieza el tonterismo?”

"Yo no veo clara la diferencia entre una cosa y otra". A las once y media de la mañana toda la humildad está en las narices rotas del otro, y dice: “Ya descubrí qué es la humildad, la humildad es soportar hasta las once y media de la mañana, antes de darle un mangazo que se lo tenía ganado desde las siete, esas es la humildad”.

¿Qué ha pasado en ese caso? Que la persona ha sentido que en realidad el soberbio, el displicente, el cínico, el cruel, el prepotente, todos esos siempre se salen con la suya, mientras que el humilde lo único que se gana es una silla, un bozal, entonces la persona ya se cansa y dice: "No, ya no le va a costar más este asunto", ¿por qué? Porque una vez más, porque porlo mismo, siente que en la balanza los bienes están de un solo lado.

Por eso necesitamos que Dios nos regale conocer cuáles son los bienes de ser humilde. Acuérdate, el cristiano tiene mentalidad de ganador, eso de que el cristiano es un perdedor que aprovéchese, aprovéchese de que soy noble, de que soy humilde, que no me puedo desquitar de usted, el cristiano como ese, que si pudiera se desquitara, ese fue el cristiano del que se burló demoniacamente Friederich Nietzsche.

Ese es el que cristiano del que se burló Nietzsche, el que es humilde pero con la llamada humildad de garabato, es decir, “yo sí quisiera desquitarme de ti, pero esta bendita humildad no me deja”, ese es el cristiano del que se burló Nietzsche, el cristiano que en el fondo de su corazón quisiera ser lo mismo que hace todo el mundo "y así como él me pega yo pegarle, y así como él me grita yo gritarle", ese es el falso cristiano.

Nosotros los cristianos, amigos míos, no somos perdedores, el cristiano tiene una mentalidad de ganador, eso es muy importante, pero sabe que los verdaderos triunfos no se logran como los logra el mundo y sabe, por consiguiente, porque Dios le ha ido revelando en dónde están las verdaderas victorias, en dónde están los verdaderos triunfos.

Y por eso sabe, porque ha cantado muchas veces con la Santísima Virgen: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, que derriba del trono a los poderosos, que enaltece a los humildes, que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos...”.

Y eso lo ha cantado, lo ha orado, lo ha meditado, lo ha vivido y lo ha visto, porque sabe todas esas cosas, sabe que cuando escoge la humildad escoge la mejor parte, bueno esto era lo que quería compartirles, de acuerdo con el segundo punto, es decir, degustar el bien, hay que paladear el bien.

“Señor, que el bien me sepa bueno”, porque qué pereza ser uno honrado por miedo y ser casto por miedo, ser sincero por miedo y ser uno humilde por miedo, por miedo a veces a uno mismo, por miedo al grupo, por miedo a la comunidad, por miedo al Padre no se qué.

No sea cristiano por miedo, sea cristiano por amor y siéntase ganador, siéntase vencedor, usted, con el báculo de la Cruz de Cristo, atraviesa la tempestad de este mundo, el río desordenado de esta tierra y llega a la tierra prometida.

Pero nos falta el último aspecto, el banquete es calmar el hambre, es dar gusto al paladar, pero el banquete es también compartir con los amigos, salvo casos enfermizos, las personas para realmente disfrutar una comida necesitamos que esté la presencia de las personas que amamos, salvo casos de extraño egoísmo, patologías o circunstancias ajenas a la voluntad.

Uno busca un manjar suculento, para decir: "Este me lo como yo y yo conmigo y yo me lo paladeo", eso no se llama banquete, eso se llama: "dos de la mañana asalto a la nevera”, eso es una cosa muy, muy distinta, el banquete supone que están ahí presentes los amigos, pues bien, a este banquete nos invita Dios.

Los banquetes que nosotros hacemos tienen que excluir a muchas personas, vamos a hacer un banquete, entonces la gente dice: "Bueno, ya que se gradúa nuestro hijo entonces vamos a hacer una fiestecita y en esa fiestecita vamos a hacer una comidita y a esa comidita ¿a quièn invitamos? Bueno, siéntese y vamos a hacer una lista para ver a quién invitamos".

A mí me da risa esa expresión, "la lista de a quién invitamos"; no es la lista de "a quién invitamos", es la lista de "a quién no invitamos".