Ao27005a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20111002

Título:

Original en audio: 4 min. 40 seg.


Cuando después de atravesar el desierto los israelitas llegaron a la Tierra Prometida, descubrieron con desilusión que no estaba vacía y esperándoles, esa tierra tenía dueño, o mejor, tenía dueños, distintos pueblos que se conocen con el nombre genérico de filisteos, habitaban el lugar.

Y por eso, la llegada a la Tierra Prometida no fue simplemente como quien abraza un regalo, sino que fue más bien un proceso de conquista, esa conquista se describe en términos poéticos y teológicos en el libro de Josué, y se describe con palabras más cercanas a lo que creemos que sucedió, es decir, a la historia real en el libro de los Jueces.

Josué y Jueces en el fondo nos cuentan la misma historia: que tuvo que limpiarse el terreno para poder sembrar una nueva semilla. Y este es el origen remoto de una imagen que luego aparecerá varias veces en la Biblia, la imagen de la viña.

Así como el campesino tiene que preparar la tierra y tiene que limpiarla para poder sembrar, así Dios había limpiado de la idolatría de los filsteos aquella tierra para poder sembrar su viña.

En el capítulo quinto del profeta Isaías se recuerda esa historia, pero esa imagen, la imagen de la viña sembrada por Dios, es una imagen que va como tomando vida propia, va creciendo con el pueblo. Porque al principio lo que interesa es eso de li,piar la tierra y sembrar; pero así como la planta empieza a crecer y en un momento ya puede ofrecer frutos, así también el profeta descubre que su viña debe dar frutos; es decir, que lo normal es que la vida de Dios, cuando llega a nosotros, en cierto momento florezca y dé frutos.

Porque es un hecho que Dios no permanece inactivo, Dios no permanece perezoso en nosotros, El Dios vivo, el Dios actuante es un Dios que nos transforma necesariamente, es un Dios que cambia lo que somos, es un Dios que quiere ver en nosotros frutos, no es que nosotros podamos dar esos frutos por nosotros mismos, sino que toda la vida que Dios nos ha dado tiene que seguir su curso, y ese curso de la vida divina, ese curso de la vida de Dios, es lo que luego florece en las obras, este es el famoso tema de la fe y las obras.

Si nosotros aceptamos a Dios por la fe, si le abrimos la puerta para que su vida llegue a nosotros, lo normal es que esa vida, transitando, recorriendo todo nuestro ser, nos cambie y en un cierto momento nosotros demos fruto y ese fruto son las obras; no es que nosotros hagamos las obras para ganarnos el cariño de Dios, sino que ese cariño gratuito de Dios, ese amor maravilloso suyo, al llegar a nosotros, nos transforma, y entonces lo normal es que produzca ese fruto.

Pero el pueblo a veces no da fruto.Ya se quejaba de esto Isaías en el capítulo quinto, y así se queja también Jesucristo en el capítulo veintiuno del evangelio según San Mateo, es decir, el evangelio que escuchamos hoy. Y aquí hay una advertencia muy severa: así como el agua, cuando tú intentas detenerla, finalmente encuentra otro camino, así también esta vida divina, si no la recibimos, no se va a quedar inactiva; si tú no le permites actuar a esa vida de Dios en ti, pues encontrará otros caminos, y es lo que dice Jesús: "Pues entonces el Reino de Dios se le quitará a este pueblo y se le dará a otro" Mateo 21,43. ¿Quién pierde? Finalmente pierde el que se niega a dejar que Dios obre.

Que no sea ese tu caso, que no sea el mío. Que en nosotros Dios pueda hacer toda su obra, y cuando la hace, eso se llama un santo, eso se llama una santa.