Ao27004a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20081005

Título: Dios nunca nos retira su amor

Original en audio: 19 min. 19 seg.


Hay varias maneras de leer estos textos, los que tenemos para este domingo; por ejemplo, uno puede aplicarse esta pregunta: "¿Qué era lo que Dios esperaba de mí?" Es una pregunta muy profunda, difícil de responder, y que creo que para muchos de nosotros casi resulta miedosa.

Nosotros creemos que cada ser humano es creación de Dios, nosotros mismos entonces somos su obra; "Dios me creó", cada uno lo puede decir, "Dios me creó, he nacido, no simplemente por causa del azar, he nacido por una voluntad, por un deseo de uno que es mi Padre y que se llama Dios".

Y resulta que las lecturas de hoy nos presentan el contraste entre lo que Dios esperaba y lo que le resultó; por ejemplo, lo que Dios esperaba de esa viña, que es la casa de Israel, como hemos repetido y cantado en el salmo: “La viña del Señor es su pueblo” Salmo 79,16.

Dios esperaba de su pueblo algo distinto, los preparativos los cuidados que se tuvieron con esa viña indican la solicitud amorosa y sabia de Dios; por ejemplo, limpiar la tierra, poner una cerca, una torre de vigilancia y luego cavar ese lugar donde se exprimen las uvas, donde se espera que el jugo sabroso de la vid se pueda recoger, el llamado lagar.

Está todo preparado, los cuidados han sido laboriosos y largos, el esfuerzo no ha sido poco; pero los frutos no llegan, o los frutos que llegan son frutos amargos y esa amargura que siente Dios cuando prueba el vino de una vida fracasada, que no es vino sino vinagre, esa amargura, ese desaliento, esa frustración que parece sentir Dios, según esta parábola, esa también la puede sentir uno mismo.

Hay gente que cuando le toma el sabor a la propia vida siente amargura, siente que la vida no le satisface, pero no se da cuenta que el problema no está afuera, el problema está adentro, es mi vida misma la que tal vez se ha vuelto amarga, y a veces uno cree que cambiando de país, cambiando de lugar, cambiando de cultura, cambiando de pareja o cambiando de clase social uno va a arreglar todos los problemas.

Pero aquí sucede la vieja historia del perro que tenía pulgas, ya puede cambiar de casa, pero si las pulgas van con él, en todas partes se siente incómodo. Y algunos de nosotros tenemos esa experiencia, que podemos viajar muchos kilómetros, podemos tener muchos cambios afuera, pero hay algo dentro de nosotros que nos detiene, hay algo que nos frena.

Entonces, una primera reflexión que podemos aplicar a nuestra vida es: “Yo soy criatura de Dios, Dios espera un fruto de mí", ¿cuál es el fruto que Dios espera de mi? Ese es el fruto que está dando mi vida, una manera corta de saber si es así o no, es a responder a esta pregunta: "¿A qué me sabe la vida? ¿Qué sabor tiene para mí?"

Casi siempre, yo diría que siempre, cuando el fruto de la vida es solamente amargura, probablemente eso es lo mismo que siente Dios al tomarle el sabor a mi vino, es un vino agrio, no estoy dando los frutos, algo se dañó en alguna parte, hay que tomar medidas, hay que hacer algo, porque la viña de mi vida no está dando el fruto que debería dar.

Y eso mismo podemos preguntarnos cuando se toman otras acciones, sin deseo de caer en la repetición, pues ya hemos mencionado otras veces lo que sucede cuando se saca a Dios de la vida, ¿cuáles son los frutos que se empiezan a experimentar? Ya decía Dostoievski: "Si Dios no existe, si Dios no cuenta, todo está permitido"; y si todo está permitido quiere decir que el mundo se convierte en la jungla y todos somos enemigos de todos y la única ley que impera es la ley del más fuerte.

Si se saca a Dios de la escena, si se saca a Dios de la vida familiar, si se saca a Dios de la vida social, yo pido que alguien me responda, ¿por qué tengo que reprimirme de lo que yo quisiera lograr? ¿Por qué tengo que evitar lo que yo quisiera disfrutar?

Si Dios no existe ¿qué freno queda? En realidad no queda ningún freno, la gente dice: "Bueno, pero es que todos somos inteligentes, estudiados, racionales, lógicos", a lo cual yo respondo: en primer lugar, es muy poca la gente que utiliza su razón humana, muy poca; y en segundo lugar, aunque uno tenga una gran inteligencia, una cosa es saber del bien y del mal y otra cosa es ser capaz de reprimirse uno de hacer algún mal solamente por evitarle otros males a otras personas.

Y esta reflexiones vienen a cuento porque también nuestra sociedad es como esa viña y también ella ha recibido abundantes cuidados de Dios, y podemos preguntarnos qué sucede a medida que se saca a Dios de nuestra sociedad, y los frutos que a menudo encontramos, los frutos que vemos como con temor, yo digo, a veces, esos frutos que vemos como con temor en una infancia, en una juventud que está creciendo sin Dios, esos frutos asustan.

Encontramos demasiada violencia, encontramos demasiados suicidios, encontramos demasiada agresividad, encontramos demasiado egoísmo, el único interés en muchas personas parece ser su propio interés y entonces inevitablemente los más débiles van cayendo uno tras otro, los más débiles son los niños no nacidos, entonces se proclaman las bondades del aborto, a matar a diestra y siniestra.

Más de doscientos mil abortos en Inglaterra el año pasado, algunos de esos niños fueron concebidos aquí en Irlanda, y las mujeres, para abortar, se fueron a Inglaterra. Para seguir con ese país, por el que oro y al que quiero también, tengo que decir que las estadística indican esto: en Inglaterra, uno de cada cuatro niños es asesinado antes de nacer, es una estadística pavorosa, pero no son sólo los niños no nacidos, incluso si logran nacer, encontramos una juventud en manos del vicio, en manos de la droga.

Las estadísticas cada vez son peores, ¿desde qué edad la gente empieza a fumar? ¿Desde qué edad empiezan a tener relaciones sexuales, normalmente con un grado de promiscuidad escandaloso? ¿Desde qué edad empiezan a emborracharse? ¿Desde qué edad empiezan a caer en distintas adicciones?

Entonces ahí también hay amargura, esa es la amargura de la sociedad, encontrarse una persona que no puede caminar, que se revuelca en su vómito porque tiene la cabeza vuelta nada, porque su pobre y joven cerebro está destrozado por el licor, por la droga, eso no produce alegría, eso no produce esperanza, eso no produce paz, eso produce miedo hacia el futuro, eso produce rabia, eso produce asco, eso produce amargura.

Las lecturas de hoy nos dicen que Dios le tomó el sabor a su viña y encontró que eran frutos agrios, pues ese fruto agrio, ese fruto amargo también lo vemos nosotros cuando encontramos esa clase de estadísticas, esas cifras frías que nos dicen hacia dónde va, o mejor dicho, en dónde se está estrellando la vida humana.

Y no solamente los que mueren sino los que se llenan de soledad, la gente buscando con afán un poquito de alegría, un poquito de amor, por un lado quieren encontrar amor, quieren encontrar compañía, pero por otro lado su egoísmo les impide buscar un compromiso, entonces quieren pareja pero no quieren matrimonio, entonces quieren una juventud eterna, quieren olvidarse de que la niñez ya quedó muy atrás y quieren olvidarse de que la vejez ya viene más cerca, quieren olvidarse de que están solos, pero cada vez se encuentran en una soledad peor.

Yo sé que este cuadro es muy sombrío, créanme que yo quisiera tener un cuadro más hermoso que contarles, pero cuando ustedes y yo salgamos por esa puerta, lo que vamos a encontrar, y esto no es por ser Dublín, esto no es por ser Irlanda, lo que vamos a encontrar es muy probablemente eso.

De manera que también ahí podemos mirar la actualidad de la Palabra de Dios en ese plano social. ¿Y dónde está la buena noticia, porque no nos hemos reunido únicamente para oír que el mundo está mal y que todo está amargo y triste, dónde están las buenas noticias? La buena noticia está al final del evangelio y está escondida en esta frase, Jesús dijo a aquellos lideres de aquel tiempo lo siguiente: “El Reino de Dios le será quitado a ustedes para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos” San Mateo 21,43.

Es decir, la buena noticia es que Dios no va a dejar de amar por el hecho de que alguna gente le desprecie los regalos, Dios no va a dejar de amar porque haya unos cuantos desagradecidos, que tal vez hemos sido nosotros, Dios no va a dejar de regalar sus dones, Dios no va a dejar de regalar su buena noticia.

Es decir, a veces uno siente que todo se perdió, que todo se hundió, que todo se acabó, este es el fin del mundo. En algunos períodos en la Edad Media sucedía eso: cuando bandas de maleantes asolaban los caminos, atracaban, violaban, robaban, incendiaban, cuando en otros siglos anteriores hordas de paganos invadían lo que había sido el Imperio Romano, o cuando más recientemente en el surgimiento de las naciones se presenta todo tipo de conflictos y guerras, guerras y más guerras.

Como decir, no hace demasiado la llama Segunda Guerra mundial, en todas esas oportunidades la gente ha sentido como que el fin del mundo llega, pero la buena noticia, según el evangelio de hoy, es que Dios no va a detener el torrente de sus bienes, Dios no da a sus bienes porque nosotros seamos buenos, Dios da sus bienes porque Él es bueno, Dios no da sus bienes porque nosotros seamos agradecidos, la mayor parte en nosotros somos unos ingratos que no volteamos a mirar al Señor durante todo el día y sólo muy pocas noches.

Dios no da sus bienes porque nosotros seamos agradecidos sino porque Él es condescendiente, no es porque nosotros seamos rectos sino porque Él es compasivo y misericordioso, es parte de su ser; es como el sol, el sol no puede dejar de iluminar aunque quisiera, tiene demasiada energía tiene demasiada luz adentro, no puede dejar de enviarla, y el porcentaje de la luz solar que se aprovecha es ínfimo, la mayor parte de la luz del sol se pierde en el espacio sideral, se pierde en el espacio infinito, pero el sol no deja de iluminar, aunque se pierda tanta radiación, tanta energía.

Lo mismo es Dios y mucho más, Dios no va a dejar de ser bueno, en el fondo lo que está diciendo el evangelio de hoy es: si tú escoges el camino de tu egoísmo, el camino de la pereza, el camino del consuelo fácil, inmediato; si tú escoges el camino de la idolatría y de la ingratitud, tú te lo pierdes, pero yo no voy a dejar de ser bueno, dice Dios, otros recibirán la luz, otros sabrán aprovecharla.

¿A quien dijo Cristo estas palabras? A los líderes, es decir, los líderes religiosos, que eran los sumos sacerdotes, y los lideres que podemos llamarles civiles de un modo muy general, muy laxo, lo que aquí llaman los ancianos del pueblo, eran los líderes, pensemos en el caso de los sumos sacerdotes.

En aquel tiempo se calcula que un uno o dos por ciento de la población sabía leer, y los sumos sacerdotes eran de esa élite, de los que podían leer directamente las Escrituras, tenían los tesoros de Dios ahí a la mano, tenían el templo, tenían tantas riquezas, pero no supieron aprovecharlas, cayeron en la ingratitud.

¿Y Dios qué les dice a estos sacerdotes?: “Ustedes se lo pierden; pero la buena noticia del amor no se va a detener porque ustedes se detengan, la buena noticia de mi corazón compasivo no se va a detener si ustedes la quieren rechazar, si la quieren aceptar, felices; pero si la van a rechazar, ustedes no me van a hacer malo a mí, dice Dios, ustedes pueden hacerse malos ustedes mismos, o pueden hacerse mal a ustedes mismos; pero a mí no me pueden hacer mal y a mí no me pueden hacer malo, yo seguiré siendo el Dios que ilumina, el Dios que da bondad, el Dios que da gracia y compasión".

Y esta es una gran noticia, que el bien de Dios no depende de la respuesta humana es la mejor noticia que uno se puede imaginar, porque por un lado eso habla de la grandeza de ese amor al que nos acogemos; y por otro lado, eso significa que también nosotros, tú y yo, pero sobre todo yo, que hemos sido tan desagradecidos con Dios, también nosotros podemos un día descorrer el velo para que entre la luz; si hemos sido obstinados, si hemos sido tercos, desagradecidos, duros, podemos abrir la ventana, la luz puede entrar, y esa luz, cuando llegue a nosotros, nos volverá a regalar el mismo sol que nunca cambió.

Porque la vida nuestra, cuando nos perdemos en las mil idolatrías de esta tierra, la vida nuestra es como una de estas casas viejas, - este convento tiene bastante más de cien años-, tiene un sótano larguísimo, si habiendo un sol esplendoroso, como esos que tanto anhela uno aquí en Dublín y que son tan escasos, si un día hay un sol esplendoroso, pero yo decido meterme al sótano más profundo de esta casa y me meto allá y me encierro en una cueva de por allá del ultimo sótano, para mí no existe el sol, y allá metido en mi oscuridad puedo decir: "Todo es oscuro, todo es negro, la vida no tiene sentido, nadie me ama, odio a todo el mundo, ¡oh, qué fastidio esta existencia!"

Eso lo puedo decir yo allá metido, pero porque yo me metí allá; pero como el sol no cambia, y en eso sí no se parece al sol de Dublín, como el sol no cambia, el sol de Dios, un día yo puedo decir: "¡Qué bobada tan grande estar encerrado en mi amargura! ¡Qué bobada tan grande estar aquí encerrado mendigando poquitos de alegría, algo de trago, o cosa parecida"; ese día abro mi ventana y descubro que el sol no cambió.

Tú te acuerdas de la parábola del hijo prodigo por supuesto, el hijo cambió, el hijo menor primero se rebeló y luego fue por allá y malgastó la plata y luego se arrepintió, el hijo cambió muchas cosas; pero el papá, que era bueno al principio, siguió siendo al final.

El sol de Dios no cambia, ese sol permanece. El día que te resuelves volver a Dios, ese día encuentras que fuiste tú quien cambio, que fuiste tú quien se rebeló; pero Él, Él no sabe hacer otra cosa que amar.