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Fecha: 19991003

Título: No inventemos a Cristo

Original en audio: 11 min. 34 seg.


Muy Queridos Hermanos,

Las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en el evangelio han sido fuertes, categóricas, casi digo yo, drásticas. Y esto lo subrayo porque a veces hacemos de Jesucristo una especie de saco de ternura, y es verdad que hay ternura en Cristo; una especie de costal de dulzura, y es verdad que hay dulzura en Cristo, y reunimos en Él todo lo que a nosotros nos gustaría encontrar

Ahora bien, en Jesús está todo lo que el alma humana necesita para ser feliz, pero eso no significa que Cristo haya sido enviado por el Padre solamente para darnos palabras de dulzura y sentimientos amables.

Cristo, testigo de la verdad, mártir de la verdad tiene también palabras fuertes como las de hoy: "¡Se os quitará el Reino de Dios a vosotros y se dará a un pueblo que sí produzca frutos!" San Mateo 21,43.

Cristo es amable pero no falto de personalidad; Cristo es dulce y amoroso, pero no por eso falto de firmeza ni de sentido de la justicia; Cristo tiene toda la ternura del amor misericordioso del Padre, pero también es la expresión más perfecta de su Justicia.

Por esta razón, mis hermanos, una primera lección de las lecturas de hoy es: no inventemos a Cristo. No nos quedemos tampoco solo con los aspectos de Cristo que resultan más acogedores o más amables para nosotros.

Me gusta contar la historia de una jovencita que hace un tiempo trabajó con nosotros en algún convento. Esta joven me habló alguna vez de su vida de oración. De acuerdo con su descripción, ella era una persona que se la pasaba en continua unión con Dios, hablaba mucho con Dios, hacía mucha oración.

Pero resulta que hablando con ella, se había fugado con el novio tres veces, hacía lo que quería con el papá y con la mamá; los hermanos tenían que rogarle que ya no hiciera más tragedias en la casa. Y a mí se me volvió un rompecabezas en la mente cómo era esa vida tan intensa de oración y esa tragedia familiar caminando que era esta muchacha.

Y por eso, un día me puse a preguntarle cómo era la oración de ella, y ella tenia una imagen de Jesús, la imagen más tierna y amorosa que te podás imaginar; una imagen de Jesús llena de dulzura y amor, pero era un Jesús tan supremamente dulce que resultaba complaciente, y resulta que ese Dios era tan parecido a ella que le aprobaba todas las cosas.

No, Jesús no es un juguete de nuestra fantasía y de nuestros afectos. Es el Hijo del Dios vivo, es el Señor de los señores y en Él, en su nombre tenemos vida, si aceptamos el Evangelio como Él lo predicó.

Por otra parte, volvamos nuestros ojos más directamente a estas lecturas y descubramos el mensaje que está tan claramente expresado en ellas. Si nosotros revisamos la historia, ¿qué encontramos si no el cumplimiento de esta Palabra?

Ese versículo que dice Nuestro Señor Jesucristo: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" San Mateo 21,42, y esa expresión de Jesucristo: "Se os quitará el Reino de Dios a vosotros y se dará a un pueblo que sí produzca frutos" San Mateo 21,43.

Esas dos afirmaciones las vemos cumplirse sin cesar en la Sagrada Escritura, primero, y luego, en la historia de la Iglesia y de la humanidad.

Así por ejemplo encontramos que el pueblo que había recibido las promesas de Dios, el pueblo de los patriarcas, profetas y reyes, el pueblo hebreo, de alguna manera perdió la manifestación visible del Reino de Dios.

Y si luego revisamos la historia de la Iglesia, esto sí que es cierto, continuamente nos encontramos con que Dios quiere que los seres humanos seamos instrumentos de salvación para otros; pero sí tú no quieres, Él se buscará otros que sí den esa respuesta. Esto se ve mejor con algunos ejemplos.

En el tiempo en que fue fundada nuestra comunidad, la Orden Dominicana, en el siglo XIII, había una gran crisis en la Iglesia, una crisis que se reflejaba en la terrible mediocridad de los sacerdotes de la época y en la falta del ministerio de la Palabra en los Obispos, sucesores de los Apóstoles.

Dios no se va a detener por eso; a través de un camino nuevo, que en eses caso fueron las Órdenes mendicantes, es decir, sobre todo los franciscanos y nosotros los frailes predicadores, Dios abrió caminos nuevos, fuentes nuevas porque Dios quiere alimentar a su pueblo, Dios quiere sanar a su pueblo, Dios quiere educar a su pueblo y santificarlo hasta esa plenitud que llamamos cielo.

¿Se detuvo Dios porque hubiera esa crisis en el sacerdocio de los diocesanos en el siglo XIII? No se detuvo. Y si hoy las comunidades religiosas, que en otro tiempo nacimos precisamente como una especie de reforma de la iglesia, si hoy las comunidades religiosas nos descuidamos en nuestro fervor y amor a Dios, si nos falta vigor misionero, si se nos olvida para qué fuimos fundados, pues Dios abre otros caminos.

Y por eso, sin cesar, el Reino de Dios se manifiesta, aparece, destella en nuevos movimientos, nuevas fundaciones, por ejemplo, estos últimos Papas, particularmente Pablo VI y Juan Pablo II, han dicho que esta es la hora de los laicos. Muchos movimientos laicales están llegando con fuerza, con vigor con entusiasmo, con alegría, con testimonio a donde no llega el sacerdote, a donde no llega el religioso o la religiosa.

Esto no significa que no se puedan producir también en la historia de la Iglesia resurgimientos, maravillosas renovaciones de la fe, así por ejemplo en el siglo XVI, cuando estaban llegando los misioneros dominicos a estas tierras nuestras de América, nuestra comunidad estaba viviendo un tiempo esplendoroso de reforma. Y hubo en estas tierras de Colombia santos, verdaderos santos, algunos reconocidos por la Iglesia, como San Luis Beltrán.

Queda como enseñanza que Dios, aunque desea que nosotros seamos testigos de su Reino, no está amarrado a nadie. A Dios nadie le amarra las manos, Dios es libre. Y por eso, aun a través de los caminos más extraños, logrará la predicación, logrará el testimonio.

Hay un último ejemplo que quiero compartir con ustedes. Nosotros celebramos, no hace mucho, una pequeña fiesta litúrgica que está en el calendario Romano, unos santos: Andrés Kim y Pablo Chong y sus compañeros mártires.

Estoy seguro que estos nombres no les resultan muy familiares a ustedes. Ese Andrés Kim era un sacerdote coreano, Pablo Chong era un laico, y los compañeros de esa fiesta eran también laicos coreanos.

Cuando Juan Pablo II hizo la declaración de la santidad eminente de estos hombres, es decir, cuando los canonizó, en sus palabras decía: "Uno de los rasgos más característicos y sorprendentes de la Iglesia de Corea es que ha sido una Iglesia que ha mantenido la fe y que ha predicado la Palabra sosteniéndose básicamente en el bautismo y en la predicación y en el testimonio de los laicos.

¿Qué nos dicen estas lecturas? Que Dios es libre, maravillosamente libre, increíblemente libre y que tiene un interés irrefrenable, incontenible de llevar su amor, su gracia y su poder hasta el último rincón de la tierra. Si nosotros queremos participar de ese torrente de Providencia, de amor y de gracia, digámosle al Señor como Isaías: "Aquí estoy, mándame a mí" Isaías 6,8.

Digámosle eso al Señor y Él contará con nosotros. Ofrezcámonos para que también Él haga brillar en nosotros y a través de nosotros su rostro de misericordia. Porque la noticia de su amor no se va a detener, como dijo el Señor Jesús: "Las puertas, los poderes del infierno no pueden prevalecer contra este mensaje" San Mateo 16,18.

Con esa certeza, con ese gozo, que no es otro sino el gozo de la Pascua, sigamos nuestra celebración en este domingo.