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Fecha: 20080921

Título: Reconocer con humildad el plan de Dios en nosotros mismos y en las otras personas

Original en audio: 14 min. 46 seg.


Jesús, como era muy buen Maestro y tenía que enseñar en circunstancias tan difíciles, no había ni siquiera salones de clase, la gente no tomaba apuntes, algunos estaban un tiempo y se iban, otros duraban varios días con Él; como las circunstancias eran tan contrarias, Jesús utilizó los mejores métodos que pudo encontrar para que sus palabras entraran profundamente en el corazón, en la memoria de sus oyentes.

Nosotros llamamos a Cristo El Divino Maestro", y con toda razón, porque no hay otro como Él, no sólo por la calidad de la enseñanza, no sólo por su contenido, sino también porque en su estilo, en su forma Jesús nos enseña a afrontar circunstancias difíciles.

Por ejemplo, lo de hoy, esas frases que Él utiliza como: “Los primeros serán los últimos, los últimos los primeros” San Mateo 20,16, esas son frases que pertenecen a una estrategia pedagógica muy clara, son frases que uno las oye y se le quedan, es una manera de llegar, de tocar el corazón, de tocar la memoria de la gente.

También el hecho de utilizar parábolas, esas narraciones cortas, esos cuentos que dice Jesús, son una estrategia pedagógica, un método pedagógico excelente, porque las narraciones son mucho más fáciles de recordar que teorías un poco más abstractas, ideas un poco mas sueltas.

Pero vayamos a la frase de hoy: "Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros" San Mateo 20,16, ¿por qué dice Jesús esto? Pues porque en la sociedad de su tiempo había algunos que se consideraban primeros, consideraban que iban delante de los demás; y había otros que se consideraban últimos, o eran considerados últimos.

Y se puede saber quiénes eran estas personas. Los que se consideraban primeros eran los que pertenecían a las familias sacerdotales, los que tenían muchos bienes, una posición destacada en la sociedad, y los que cumplían la Ley, de pronto podemos agregar a ellos, los que tenían muchos estudios, esa es la clase de personas que se consideraban a sí mismos: “Nosotros vamos adelante”, “nosotros vamos primero”.

“Yo voy primero”, diría un escriba, porque conozco mucho de la palabra de Dios; “yo voy primero", diría un fariseo, "porque yo cumplo todos los preceptos de la Ley; yo sí cumplo, los demás, ni siquiera conocen los mandamientos".

“Yo voy primero", diría un sacerdote, porque yo ofrezco los sacrificios, porque yo sí conozco los términos de la Alianza", "yo voy primero", dirían los adinerados, "porque se ve que Dios derrama sobre nosotros las bendiciones", esos eran los primeros.

O sea que cuando Jesús decía esta frase: “Muchos de los primeros serán los últimos” San Mateo 20,16, esa frase no sonaba en abstracto, esa frase era una dinamita, era una bomba, porque era Jesús diciendo: “Toda esta gente que cree que está muy bien, en el fondo vale poco y en el fondo cuenta poco, y en la mirada de Dios no son los que ellos creen que son.

Bueno, ¿y quiénes eran los últimos? Cuando Jesús habla de los últimos, los últimos eran, por supuesto, los que estaban más cerca de Jesús en el Evangelio.

Los niños eran vistos como los últimos, ahora que tenemos aquí este acompañamiento de inopinados de algunos niños de varias lenguas. Los niños eran vistos como los últimos, porque en esa sociedad tan difícil, lo que cuenta es el que pueda trabajar, el que pueda producir, eso es lo que cuenta; y el que no puede trabajar, el que no puede producir, entonces es una carga, es un gasto. Entonces para los niños, pues, lo único que vale es que son carga, que son pesados, que son estorbo.

Luego, están entre los últimos los pecadores, por supuesto, y los pecadores estaban tipificados en dos: los cobradores de impuestos, que se llamaban los publicanos, y, por supuesto, las pecadoras públicas, las prostitutas, y recordamos lo que Jesús dijo sobre esas personas: "Las prostitutas y los publicanos van delante de ustedes en el Reino de Dios", es la misma frase que hemos oído hoy: “Los últimos van a ser los primeros” San Mateo 20,16, porque esos eran los últimos.

En general, las mujeres eran consideradas entre las últimas en esta sociedad en la que vivió Jesús, por ejemplo, el testimonio de una mujer no era recibido, el testimonio de un hombre valía lo que el testimonio de dos mujeres, creo que esto lo hemos comentado en alguna otra ocasión.

De modo que si la Ley, por ejemplo, pedía que tenía que haber dos testigos para algo, entonces, si eran mujeres, no valía, tenían que ser cuatro mujeres, porque una mujer valía lo de medio hombre. Y resulta que en el grupo de Jesús, como nos cuenta el Evangelista Lucas, en el grupo de Jesús, en esos que peregrinaron desde Galilea hasta Jerusalén, encontramos una cantidad de mujeres que estaban apoyando la obra de la evangelización, que estaban cerca de Jesús, que estaban cerca de los Apóstoles.

Ustedes pueden leer las páginas del Antiguo Testamento, eso jamás sucedía con los profetas, si los profetas trabajaban con alguien, trabajaban con otros hombres, jamás permitían a mujeres en su grupo.

Y luego, cuando la noticia de la resurrección, ¿quién es la primera persona que es enviada como testigo de la resurrección, y quién es la primera persona que llega? Pues la primera persona que llega es una mujer, es María Magdalena, y a ella encomienda el Señor en dar la Buena Noticia, ella pertenece a ese grupo inmenso, las mujeres, que no contaban, que ni siquiera, contaban como testigos en un proceso judicial.

Todos estos ejemplos, mis hermanos, es para que veamos esas dos cosas: por un lado, esa habilidad, esa capacidad pedagógica de Cristo que nos regala esta clase de frases que se le quedan a uno en la mente, en el corazón; y por otra parte, para que veamos cómo Él no sólo predicó esto sino que lo puso en práctica.

¿Cómo no recordar aquí el caso de aquella pecadora arrepentida que llora, que lava los pies de Cristo y a la cual le dice el Señor “tus muchos pecados están perdonados”? San Lucas 7,47, y la pone como ejemplo, nada más ni nada menos, que frente al anfitrión de la casa, que estaba fastidiado a más no poder viendo que esta mujerzuela se había entrado y estaba tocando a Jesús.

Sabemos muy bien que en estos pueblos semitas la gente jamás se toca en la calle, ustedes miren por ejemplo en la televisión, en las noticias, ustedes nunca ven a un musulmán sosteniendo siquiera la mano de una chica de la misma religión en la calle, jamás se tocan en la calle; y llega esta mujer y en público hace algo así y el escándalo es mayúsculo para el anfitrión, el que había invitado a Jesús, y la respuesta de Jesús es: “Ella es la que te da clases a ti, ella es la que te enseña a ti”.

Así que Jesús no estaba solamente diciendo una frase inteligente y que se queda en la mente, Jesús estaba mostrando algo de la esencia del Evangelio aquí, algo que Él practicó a lo largo de todo su ministerio, incluso algo que queda en los comienzos de la Iglesia, como se nota por el testimonio de María Magdalena.

¿Pero cuál es el sentido de esto? ¿Cómo podemos aplicarlo en nuestra vida? La secta de los fariseos como tal no existe, los escribas como tal no existen, los publicanos pues apenas sabemos quiénes son, ahora los impuestos se pagan por Internet o como sea.

¿Cómo podemos aplicar estas realidades de las que nos habla Jesús, cómo podemos aplicarlas a nuestro propio caso? Pues, mis hermanos, pasa que el ser humanos siempre busca algo en que apoyarse, para sentirse firme en su propia existencia y para sentirse mejor que otros.

Cada vez que nosotros utilizamos ese criterio, cada vez que nosotros intentamos mantenernos así, por encima de otros, "porque yo he estudiado más, porque yo me he esforzado más, porque yo tengo más dinero, porque yo sí soy culto, por lo que sea, cada vez que despreciamos a otra persona nos volvemos a poner en el lugar de los que Cristo llamó “los primeros”.

Cada vez que el orgullo se enseñorea en nuestro corazón, cada vez que consideramos, "yo sí soy de los piadosos, yo sí soy de los buenos, yo sí soy de los instruidos, yo sí soy de los amigos de los sacerdotes, yo sí pertenezco al grupo que se va a salvar", ahí estamos en riesgo de que caigan sobre nosotros las palabras de Cristo: "¿Tú te consideras de los primeros? Seguramente eres de los últimos". O sea que podemos aplicar esto a la realidad del orgullo que siempre tenemos, a la realidad del desprecio a las otras personas, ahí lo podemos aplicar.

Y la otra parte, aquello de que "los últimos serán los primeros" San Mateo 20,16, también lo podemos aplicar, porque también en nuestra sociedad hay una cantidad de personas que están siendo descartadas y nosotros mismos descartamos a otros, y nosotros sabemos, a través del Evangelio, que en esas personas se puede manifestar el regalo del amor, el regalo de la gracia de Dios.

Otro modo de hacer esta misma lectura es: es Dios finalmente el que triunfa, es finalmente su gracia la que gana, el gran mensaje del Evangelio es ese, que la salvación no es un pulso, a ver quién tiene más fuerza o quien tiene más riqueza, quien es más bonito, quien es más simpático.

La salvación finalmente es regalo, la salvación finalmente es don, es puro don que recibimos, y cuanto más digno se cree uno de ese don, menos ojos y oídos tiene para entender que sí es un don. En cambio, cuanto más reconoce uno la propia necesidad, más se prepara uno para recibir un don más grande, lo dice también el Apóstol Pedro: "El Señor prepara sus dones para los humildes, despacha vacíos a los soberbios"; lo dice la Virgen María también en su Cántico: San Lucas 1,53.

Al continuar esta celebración, mis hermanos, pidamos al Señor que nos dé ese reconocimiento de nuestra propia necesidad, que nos dé ojos para ver sus planes en la vida de otras personas, tal vez lo que nos puede parecer imposible.

Cuando pasan cosas como la de hoy, que no es la primera que me pasa aquí en el centro de Dublín, de la grosería, de la altanería de niños o de jóvenes, a veces hacia la religión, a veces hacia los sacerdotes, yo les reconozco que uno tiende a sentirse como desanimado y uno dice: "¿Qué será de la vida de estos niños que ahora gritan, insultan, tienen siete, ocho años, y gritan, insultan, desprecian todo, no parecen tener respeto hacia nada, nada parece importarles?"

Pero si nosotros perdemos esperanza en esos niños, estamos contradiciendo el Evangelio; si nosotros creemos que ese caso ya está perdido, si creemos que no se puede hacer nada con la juventud porque ya la juventud está degenerada, drogada, alcoholizada, apenas nosotros despreciemos a esas personas, Jesús va a decir: "Pues eso son mis amados, esos son mis predilectos".

Entonces nuestra actitud, incluso cuando sentimos que nuestro corazón se va al piso viendo cómo está la infancia o la juventud, nuestra actitud sólo puede ser: “Tú, Señor, y sólo tú eres el que da los dones, tú y sólo tú eres el que conoces todos los caminos, tú y sólo tú eres el que puede bendecir y el que puede conducir a feliz término la nave de tu Iglesia”.

Con esa convicción, con esa certeza, incluso con esa alegría, sigamos esta celebración.