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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020922

Título: Dios nos puede desconcertar con sus regalos, pero debemos saber abrirlos y agradecerlos

Original en audio: 17 min. 6 seg.


Hermanos,

Esa frase un poco extraña que le oímos varias veces a Jesús: "los primeros serán los últimos, los últimos los primeros", esa frase indica el desconcierto que uno muchas veces puede llevarse cuando examina los caminos y los planes de Dios.

Por eso nos advierte el profeta Isaías: "Mis caminos no son vuestros caminos; mis planes no son vuestros planes". Es decir que uno se lleva muchos desconciertos, pero afortunadamente hay otra palabra más amable que desconcierto para describir lo que se siente cuando descubrimos las obras de Dios.

Un desconcierto es algo que uno no entiende, pero a veces un desconcierto se puede volver una decepción y a veces un desconcierto se puede volver una sorpresa.

Si una persona llega un día al trabajo y encuentra que le tienen armada una pequeña reunión, una pequeña fiesta porque alguien dijo que ese era el cumpleaños, y hay adornos, qué sé yo, serpentinas, dulces, una torta, un canto, alegría, música, saludo, caras amables; la persona se queda desconcertada: "¿Quién les dijo? Aquí nadie sabía que yo cumplía años". Pero ese desconcierto es un desconcierto bonito, es un desconcierto de sorpresa, es una sorpresa agradable.

Otros desconciertos, en cambio, son supremamente tristes, por ejemplo, cuando una persona está haciendo negocios con alguien, y de pronto empieza a ver que las cuentas no cuadran, revisa libros y se lleva la mala noticia: "¡El amigo, el socio de toda la vida me ha estado robando! Robo continuado, pero ¿cómo me hizo eso?" Hay un desconcierto que produce una decepción.

Dios nos dijo por boca del profeta Isaías, que el Dios, ese Dios en el que nosotros creemos, es un Dios que nos desconcierta, porque así como el cielo está distante de la tierra, así los planes de Dios sobrepasan lo que nosotros alcanzamos a conocer y a imaginar.

Dios nos desconcierta, pero lo interesante es que ese desconcierto se vuelva una agradable, una maravillosa sorpresa, y que no se vaya a volver una decepción, porque Jesús dijo: "¡Ay de aquel que se escandalice de mí! ¡Ay de aquel que se decepcione de mi!" O sea que sí hay gente que se desconcierta y se decepciona, pero hay mucha gente que se desconcierta y queda maravillosamente sorprendida por Cristo.

Vamos a mencionar una persona que se desconcertó y se decepcionó: Judas Iscariote. Ese no entendió la manera de obrar de Cristo, tanta paciencia de Cristo, ese no responder las amenazas, perder oportunidades de gobernar, de salir adelante con una oferta de poder; Judas quedó desconcertado, confundido, quedó aturdido por Cristo y se decepcionó. Quedó decepcionado de Cristo, porque se desconcertó mal.

En cambio, hay muchos que se han desconcertado bien. Somos muchos los que nos hemos desconcertado en el otro sentido, en el sentido de la sorpresa; por ejemplo, cuando una persona se convierte: San Agustín se convirtió; él no era San Agustín,él era Agustín, un pagano, y se convirtió, y él, a los treinta y tres años, o cosa parecida, se convierte y se pone a mirar toda la paciencia que le ha tenido Dios.

Se queda aturdido, se queda desconcertado y dice: "Pero ¿por qué me amaste tanto? ¿Por qué me esperaste tanto, por qué fuiste tan bueno conmigo?" Él se queda desconcertado en el sentido de la sorpresa. Es interesante lo de los desconciertos.

Fíjate lo que sucedió en el evangelio: en el evangelio el dueño de la viña le dio a los que habían trabajado poquito lo mismo que había acordado pagar a los que habían trabajado más, es una cosa interesante. Él no cometió injusticia, a los que les había fijado un contrato de un denario, eso le pagó, pero se quedaron desconcertados.

Ellos pensaron que les iba a dar más de un denario, aunque lo acordado había sido un denario, pero ellos pensaron que les iban a dar más, y se quedaron desconcertados. Y las preguntas que hace el propietario de la viña, al final del texto del evangelio, nos muestran el tipo de desconcierto que ellos tienen. Dice el propietario de la viña: "¿No nos ajustamos en un denario?" San Mateo 20,13b. "¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" San Mateo 20,15.

Los que habían trabajado todo el día se quedaron desconcertados porque el dueño de la viña resultó demasiado bueno,un hombre demasiado generoso, y les dio rabia que fuera tan generoso con otros, y ellos esperaban que a ellos les iba a dar también más. Ellos tuvieron un desconcierto de decepción.

Seguramente, en cambio, los que llegaron de último recibieron un desconcierto de sorpresa. O sea que este tema de los desconciertos y de los planes de Dios, es un tema maravilloso, porque Dios no cabe en la cabeza de nosotros, Dios es mayor que nuestra inteligencia. O sea que no hay nada qué hacer, más tarde o más temprano, Dios nos va a desconcertar; más tarde o más temprano Dios nos va a rebasar, nos va a desconcertar. Lo interesante es, si nos vamos a dejar sorprender por Dios, o si vamos a entrar en el camino de los que se han decepcionado de Dios.

Y hay una palabra que podemos decir sobre este tema. Examinemos este caso: había una mujer muy pobre, esta mujer, para ganarse la vida, lavaba ropa. Fue engañada por un hombre que le dijo palabras muy dulces, le dijo palabras dulcísimas, y esta mujer se dejó cautivar por aquel hombre, sintió que ese hombre era el regalo que Dios le daba en su pobre y triste vida, y el hecho es que esa mujer quedó embarazada.

Una vez que la mujer quedó embarazada, el hombre ya no le habló más palabras dulces, el hombre empezó a escurrir el bulto, aunque parece que era gordo, y como no había Instituto Colombiano de Bienestar Familiar porque esto no sucedió en Colombia, sino en España, y no sucedió en el siglo XXI sino en el siglo XVI; como no había ante quien apelar, pues esta mujer quedó simplemente con su muchachito, con su bebé.

En ese momento esta mujer que había sido una mujer buena, aunque engañada por este caballero, ¿qué puede sentir ella? Que la vida es demasiado triste, que es demasiado injusta, que la vida es una maldición, qué cómo le va a pasar eso. Ella queda desconcertada ya confundida, y cuando uno está desconcertado y confundido normalmente dice muchas tonterías.

Pero la historia cuenta que esta mujer no dijo muchas tonterías; esta mujer siguió el camino de ese embarazo y tuvo a ese niño y lo educó de la mejor manera. Por aquella época esa mujer empezó a trabajar en un convento de los Padres Dominicos, en España del siglo XVI, y el niño creció conociendo ese ambiente, y el niño tuvo el anhelo de volverse religioso y de volverse dominico.

Y el niño, hijo de esta madre soltera, llegó a ser uno de los más grandes, uno de los mejores predicadores, un santo varón, cuyas obras todavía se pueden conseguir en nuestro país, y en muchos otros lugares, y en Internet.

Este gran predicador, este cantor de la misericordia divina se llama Luis de Granada. Es un regalo,un regalo muy bello, pero un regalo que venía envuelto en un papel un poco extraño, porque sufrir tanto no es la manera como uno está acostumbrado a recibir las sorpresas. Dios tiene su manera de mostrar su generosidad, y a veces el papel no es el más bonito, pero el regalo sí es el mejor, el más grande y el más brillante.

Lo que le había sucedió a esa mujer era desconcertante; cualquiera que la hubiera conocido hubiera dicho: "Realmente, si es que el que nació para barrigón, ni que lo fajen chiquito. No, no, no, ¡qué cosa, esto es sufrimiento sobre sufrimiento! ¡Qué dolor, hola! Oiga, señora, usted ya toca llamarla "bulto de sal", ¡qué sal la suya! ¡Qué mala suerte la suya!"

El empaque era triste, el empaque era pobre, el empaque era feo, pero creo que no hay en todo el siglo XVI otro predicador de la Palabra de Dios como fue Fray Luis de Granada. ¡Y mire en qué circunstancias vino al mundo!

De manera, hermanos, que Dios nos conoce y mi Dios sabe por qué camino nos lleva, y es una gran tontería cuando nosotros renegamos de los planes de Dios, o cuando nos quejamos de la manera como Dios obra. Dios sabe lo que hace, Dios sabe qué le da a cada uno, Dios sabe por qué obra como obra con cada persona.

Y hay otra historia que me parece tan bonita, esta historia la conocí por Internet. Esto fue en en una familia norteamericana. Un señor que educó a sus hijos en muy buenas universidades de los mismos Estados Unidos; este hombre era acaudalado, todo lo contrario de la historia anterior, él tenía mucho dinero pero nunca trató a sus hijos como "hijos de papi", según la expresión que utilizamos aquí en Colombia, nunca fueron unos niñitos mimados, consentidos, más bien los mantuvo un poco corticos, parece que eso como que es mejor a la hora de educar hijos.

Cuando el muchacho terminó la universidad, él se hizo interiormente estas cuentas: "Bueno, ahora sí soy un profesional, le he dado gusto a mi papá haciendo una carrera brillante. Se supone que mi papá, que tiene mucho dinero, se va a dejar ver con un gran regalo".

Y efectivamente, llegó el día del grado, la reunión familiar, pero en la reunión familiar no se gastó demasiado dinero, -parece que el viejo era un poco tacaño-, y únicamente le dio un paquete al hijo, y el hijo se quedó como pensando: "¿Qué puede venir en ese paquete? Está demasiado chiquito para ser un portátil, ese paquete está demasiado pequeño, ¿qué pasa aquí?"

Y llegó a la conclusión de que no era lo que él estaba pensando. Abrió el paquete: "The Holy Bible", "La Biblia", "¡ah, es la Biblia! Gracias, papá". Cerró la Biblia y la guardó, y el papá le dio un abrazo: "Mijo, que tengas muchas bendiciones. Me alegra mucho este gran paso que has dado”. Y no le dijo más.

Y todo el regalo, después es de años de esfuerzos, un hombre con tanta plata, y lo "único" que le regala, ¡una Biblia! Pues allá quedó esa Biblia arrinconada, porque este muchacho siempre pensó que él se merecía un regalo mejor viniendo de un papá con tanto dinero.

Pasaron los años y el papá se murió, y el hijo estaba viviendo en otra ciudad cuando le llega la noticia, una llamada telefónica: "Tu papá ha muerto", como por instinto, él fue a buscar esa Biblia, porque esa Biblia era el último regalo grande que le había dado el papá. El papá no vivió mucho más después de graduar al hijo.

Él fue y abrió esa Biblia, no la había abierto más allá de la primera página, empieza a pasar las páginas de la Biblia que le había regalado su papá,, y encuentra que había un papelito, el papelito era un bono de diez mil o de veinte mil dólares para comprar un auto nuevo, y ahí estaba ese bono sepultado no sé cuántos años.

Claro, Él no había pasado de la primera página: "The Holy Bible". ¡Ah, una Biblia! ¿A quién se le ocurre? ¡Qué oso! ¡Caspa!¡Me escondo! ¡Cómo se le ocurre regalarme una Biblia! Por allá, en el evangelio de Juan, estaba una hojita que tenía el bono de los dólares para comprar un carro último modelo, y el muchacho nunca se enteró de eso, y nunca le dijo al papá: "Gracias, porque no supo abrir su regalo.

Hermanos, el Dios que nosotros tenemos es un Dios muy bueno, es un Dios buenísimo, un Dios increíble, espectacular, fantástico, amoroso, bondadoso, pero hay que saber abrir los regalos, porque los regalos que Él nos da son los regalos como esa Biblia, y si no los sabemos abrir, tal vez nos moriremos con todos los regalos sepultados.

¡Dios nos libre!