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Fecha: 20020922

Título: No podemos reclamarle ningun derecho a Dios, porque todo lo hemos recibido de El por su misericordia

Original en audio: 21 min. 59 seg.


Hermanos Míos:

Son muchas las aplicaciones que podemos dar a esta Palabra que nos regala la Iglesia hoy, por ejemplo, Dios llama en distintos momentos de la vida; esa es una aplicación muy bonita.

Algunos se sienten llamados al servicio de Dios desde temprana edad, desde niños, incluso. Tenemos el caso de un Santo Tomás de Aquino, tenemos el caso de la Santísima Virgen María; son muchos los que han sido llamados a servir a Dios desde niños, sin embargo Dios llama en distintos momentos.

Así como la parábola nos hablaba de distintas horas del día y para todos hay, y es muy bonito pensar que Dios da tantas oportunidades a lo largo de la vida.

A mí no se me puede olvidar un grupo de oración en donde recibí mucho, ahí se consolidó finalmente la vocación sacerdotal, con la que Dios quiso bendecir mi existencia, por su misericordia.

Y en ese grupo de oración, recuerdo el testimonio de una señora que en aquella época podía tener unos setenta y ocho o setenta y nueve, años y ella decía: “Tanto vivir, tanto tiempo pasar y yo puedo decir que vine a conocer al Señor hace tres o cuatro años”.

Ella tuvo su gran experiencia de conversión, su aceptación de Cristo como su verdadero Señor y Salvador, a los setenta y cuatro o setenta y cinco años de edad; ya el sol estaba cayendo en el horizonte de su vida, ya estaba muy cercano el ocaso, pero Dios la llamó.

Primera reflexión bonita que podemos hacernos: alabar a Dios por su misericordia, por su Providencia, porque llama a las personas en momentos distintos de su vida, y eso lo podemos aplicar también a nosotros mismos. Porque Dios seguramente a nosotros nos estaba llamando desde hacía rato, de manera que no es sólo alabar a Dios que es compasivo y llama en distintos momentos, sino un Dios que llama varias veces.

Examinemos lo que dice el texto y descubriremos. Esto dice: “El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña” San Mateo 20,1.

Y lo interesante del caso es que luego dice: “Salió otra vez a media mañana… salió de nuevo hacia medio día..." San Mateo 20,1-6. ¿Eso qué indica? Que hay varios llamados, y esto nos conmueve más, porque pensamos en cuánta paciencia nos ha tenido Dios.

En otra predicación citábamos a San Agustín, pues él, en sus “Confesiones”, alaba a Dios diciendo estas palabras: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé; y tú estabas adentro de mí, pero yo vivía afuera; y deforme como yo era, me lanzaba sobre las cosas que sin ti no existirían”. ¡Qué profundidad y qué belleza de palabras tiene San Agustín.

San Agustín es consciente de que Dios lo venía buscando hace mucho tiempo y por eso dice: “Tarde te amé”, indicando así por un lado, todo lo que se había demorado, pero por otro lado, que es más importante toda la paciencia que Dios le había tenido. Dios te llama varias veces.

Además de este mensaje, esto que indica, -sabemos que Dios es paciente, que es misericordioso, sabemos que ha ejercido esa paciencia y misericordia con nosotros-, también este texto sirve para aplicarlo a otras personas, ¿por qué? Porque a veces nos impacientamos pensando que el tiempo avanza, el tiempo pasa y gente que nosotros quisiéramos que se convirtiera no se convierte.

Y eso a veces es una verdadera tentación, es una prueba muy dura para nuestra esperanza y para nuestra fe en Dios. la parábola también nos invita a tener nosotros mismos paciencia con las otras personas.

Así como el dueño de la viña salió una vez, dos veces o tres veces, y yo no sé cuántas veces, así también todo el que quiera servir en la viña de Dios y todo el que quiera ser mensajero del Evangelio, tiene que estar dispuesto a sembrar una vez, dos veces, tres o cinco veces, ¿sí o no? Así es, tiene que ser así.

Hay que anunciar el mensaje de la misericordia y hay que anunciar que Dios es el único Juez y hay que anunciar que sólo en Él está la salvación, hay que anunciarlo; y hay quien dirá: “¿Y por qué repites eso, si ya se ve que no te creyeron?” No se sabe, alguna vez, en la sexta salida, puede funcionar.

Y estos venerables amigos en el sacerdocio que hoy nos acompañan, yo creo que tienen el corazón lleno de testimonios de que es así, porque no sabemos cuál de todas esas veces, de todos esos anuncios, cuándo al fin va a sonar, cuándo al fin va a resonar esa voz en el corazón.

¿Como llegamos nosotros hacia Dios? Un día alguien dice: “Va a haber un retiro", "va a haber un encuentro”, “se va a abrir una capilla de adoración”; hubo una palabra, y uno dice: "¿Era la primera vez que dijeron eso?" Seguramente que no, seguramente lo había dicho muchas veces, pero hubo un día en que la gracia de Dios le abrió los ojos a uno y dijo: “¡Eso sí es para mí!”

Tengamos esa misma paciencia con las otras personas, no seamos de aquellos que por desesperación o por impaciencia le cierran la puerta a Cristo en otros corazones.

Porque cuando nosotros nos llenamos de impaciencia porque alguien no se convierte, muchas veces le damos más razones para que no se convierta; si nosotros obramos con impaciencia, con dureza y nos erigimos en jueces y condenamos a todos los demás, lo que estamos haciendo es alejarle gente a Cristo.

Bien lo dice la Carta del Apóstol Santiago: “Esperemos las lluvias tempranas y las tardías, hasta que al fin llegue el día, hasta que al fin llegue el mensaje” Santiago 5,7.

Dios sabe cómo sucede y nosotros, hermanos en el sacerdocio, hemos visto conversiones, casi diría uno, en el último minuto y hasta allá nos espera Cristo. Así que nada de impaciencia, nada de dureza, porque el que se impacienta, según nos enseña Santa Catalina de Siena, no está buscando la gloria de Dios, sino está buscando confirmar que sus esfuerzos no son en vano.

Cuando uno se impacienta porque la gente no se convierte, esa impaciencia no es por el amor a la gloria de Dios, esa impaciencia es por amor a uno mismo: “Lo que estoy trabajando no se ve, no se nota, no está sirviendo para nada, necesito que Dios me confirme que lo que yo estoy haciendo sí vale la pena”.

La impaciencia, esa desesperación, esa rabia porque la gente no cambia de vida, a veces es un signo de amor propio, es un signo de impaciencia nuestra, no es una señal de que estemos amando más a Dios.

El amor a Dios es celo, el amor a Dios es prisa por el Reino; pero el amor a Dios nunca puede ser ni mal genio, ni juzgar a los demás, ni creernos mejores que nadie, ni muchísimo menos cerrarle la puerta de la gracia a otros.

Entonces ya hemos aplicado esta parábola a nuestra vida y la hemos aplicado a las personas que nos rodean, pero todavía hay otra enseñanza ahí, una enseñanza que me gustaría compartir con ustedes.

Miremos cómo termina el texto. Resulta que los que habían llegado primero les dio impaciencia, precisamente, los que llegaron primero pensaron que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno.

Entonces se pusieron a protestar contra el amo y resulta que el acuerdo había sido un denario, y lo que dice la parábola es muy cierto: "Pero es que el contrato suyo era por un denario, si yo le quiero dar lo mismo que le doy a usted y se lo quiero dar a otro: ¿es que no puedo hacer lo que yo quiera con mi dinero? San Mateo 20,13-14.

O sea que realmente ahí no hubo ninguna injusticia, sino que con algunos hubo solo justicia y con otros hubo más que justicia, y aquí me parece que está la enseñanza mas profunda, quizá la podemos nombrar la enseñanza mística de esta parábola.

¿Tú cómo quieres que te trate Dios? ¿Sólo con justicia o con justicia y algo más, llámalo caridad, generosidad, llámalo amor, llámalo misericordia? Esta es la parte más interesante, a mí parece.

¿Cómo queremos que nos trate Dios? Si tú le vas a hablar a Dios en el lenguaje de los contratos, Dios te habla a ti en el lenguaje de los contratos, y en el lenguaje de los contratos te dice: “Siéntese y hagamos cuentas”; si tú le vas a hablar a Dios en el lenguaje de la súplica, del clamor, de la humildad, de la fe y de la confianza, Dios te habla en el lenguaje de la generosidad, de la ternura, de la misericordia, de la confianza.

¿Qué lenguaje quieres tú tener con Dios? Si tú obligas a Dios a hablar en el lenguaje de los contratos, Él te dice: “Siéntese y hagamos cuentas”, y ese es el lenguaje en el que más salimos perdiendo, porque ya dice el Salmo 130: “Si llevas cuentas de mis delitos ¿quién podrá resistir?” Salmo 130,3; ¿quién puede resistir el lenguaje de los contratos?

Qué tal que Dios se siente con nosotros y diga: "Bueno, ¿está usted muy preocupado por la injusticia del mundo? ¿Usted cree que los únicos injustos son los violentos, los paramilitares, los políticos, los guerrilleros?

¿Usted cree que toda la injusticia está fuera? ¿Usted se cree muy justo? Siéntese y hagamos cuentas, sumemos, restemos, hagamos cuentas usted y yo”. Pero ya el Salmo 130 nos indica hacia dónde lleva ese camino: “Si llevas cuentas de mis delitos, ¿quién podrá resistir?” Salmo 130,3.

Esta parábola la dijo Cristo para que dejáramos de una vez y para siempre el lenguaje de los contratos, porque hay una cosa pavorosa, hay una frasecita que es terrible y está ahí en la parábola, y de pronto usted ya cayó en cuenta de qué estoy hablando.

Mire lo que dice: “Amigo, no te hago ninguna injusticia” San Mateo 20,13, "usted está muy preocupado por la justicia". Bueno, la frase terrible es: “Toma lo tuyo y vete” San Mateo 20,14, esa es la frase terrible.

¿Tú quieres hacer un negocio con Dios? Un día Dios te dirá esta frase: “Toma lo tuyo y vete” San Mateo 20,14, y fíjate una cosa: “Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama al jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos".

Vinieron los del atardecer, les dieron un denario a cada uno. Cuando llegaron los primeros...” San Mateo 20,8-10. A los jornaleros de la última hora no los despidió, a esos no les dijo: "Váyanse", ¿te das cuenta la diferencia?

A los problemáticos, a los que andan obsesionados para hacer cuentas con Dios, a los que creen que tienen derecho sobre Dios, a los que creen que pueden carearse con Dios, Dios les dice: “Hagamos cuentas”, y finalmente les dice”: Toma lo tuyo y vete; no te quiero”.

"Trabajemos más, abrámonos, hermanos"; ese es el lenguaje para con aquellos que quieren el lenguaje de los contratos, para con aquellos que creen que resisten el examen de la justicia de Dios; a los otros, a los que vinieron tarde, a esos no les dijo: "Vete", ¿te das cuenta la diferencia?

“Llegaron los primeros cuando oscureció y le dijo al capataz: "Llámalos y págales el jornal, empezando por los últimos” San Mateo 20,8, y no dice nada de que los hubiera despedido; a los primeros sí los despidió, porque quisieron manejar un lenguaje de contratos con Dios.

Esta parábola, ¿por qué la dijo Cristo? ¿Por qué Cristo dijo esto? Lo dijo porque siempre ha habido en las comunidades, y también puede haber en nuestras comunidades gente que se cree más buena que otra y gente que cree que tiene más derechos a estar que otros, esas personas siempre han existido y esas personas son las que se ponen a hacer cuentas, o nos ponemos a hacer cuentas con Dios.

"-Un momentito, Señor Jesús, usted no puede comparar la vida de cualquier persona con la vida de un sacerdote, es que, por favor, ¡yo soy un sacerdote!" "-¿Ah, ¿y...? ¿Y por qué eres sacerdote? ¿Qué tienes que no hayas recibido?" "-Ah, Señor, tú no puedes comparar la vida de una adúltera desgraciada, con la vida mía que nunca he faltado en nada, tú no puedes comparar..."

Nos llenamos de derechos y vamos despreciando por la derecha a otros; cuando nos llenamos de derechos despreciamos por la derecha a nuestros hermanos: "Tú no puedes comparar la vida de un violento, la vida de un secuestrador, la vida de un ladrón, la vida de un corrupto, con mi vida"; y nos llenamos de derechos, ¡qué peligro, cuidado con ese lenguaje!

Cuidado con presentarse a Dios alegando derechos, todo lo que tenemos, todo es regalado: la salud, la inteligencia, la familia, las virtudes, la capacidad de cultivar y cuidar las virtudes, todo eso es regalado por Dios.

Cuidado de llegar donde Dios y decirle: “Yo tengo más derecho que esta prostituta, que este publicano”, cuidado, porque Dios nos dirá: “Pues primero va ella, el publicano y después veremos si vas tú”.

Cuidado con ese lenguaje de derechos, por eso Jesús hablaba así, porque en la época de Él, los que se creían con derechos eran los que tenían estudios, los escribas, y ellos decían: "¿Cómo se va a comparar conmigo un campesino pata al suelo conmigo, que llevo veinticinco o treinta años estudiando la Torah?"

Y el fariseo decía: “¿Y cómo se va a comparar un pecador conmigo que pago el diezmo del comino, de la ruda, del cilantro?”

Y cada uno se llena de derechos y Dios responde: “Si tú quieres que te trate en el lenguaje de los derechos, siéntate y sumemos lo que te he dado, sumemos lo que te he concedido, lo que te he regalado y vamos a ver qué has hecho tú con lo que te he dado yo; y después de que acabemos la suma y veas que has perdido, vete”. Es muy fuerte este lenguaje, y el mensaje es muy claro.

Hermanos, ante Cristo Jesús el único lenguaje que cabe es: “Gracias por todo, y ten piedad, Señor, por todo”; ese es el único lenguaje que cabe ante Dios.

El que este alegando derechos, el que esté alegando la vida pasada, el que esté alegando virtudes, no sabe con quién está hablando, y sobre todo, no sabe la terrible frase que le tocará oír: "¿Ya terminamos de hacer cuentas?" “-Sí". "-Vete”.

Yo no quiero que Jesús me diga esta frase: “vete”, ¿qué me vaya a dónde? Yo digo con el Apóstol Pedro: “A dónde voy a ir? Si Él tiene palabras de vida eterna” San juan 6,68. Y aquí entiendo por que no hubo injusticia en la manera en que procedió el dueño de la viña.

Los que trabajaron durante todo el día, sí, tuvieron que aguantar más sol, y si el sol ese día estaba tan pesado como hoy, tenían razón de quejarse, si miramos al sol; pero ellos no descubrieron otra cosa, habían pasado un día con el dueño de la viña, un día con el Señor, ellos habían mirado el trabajo, no habían mirado la amistad, la caridad, la preferencia que Dios había tenido con ellos.

¡Si tu únicamente vas a mirar tu trabajo y únicamente tu contrato, cancelemos tu contrato y vete": sólo cuando le dicen a uno “vete”, uno entiende cuánto pierde alejándose de Dios, y entonces uno dice: "Claro, infinitamente más recibieron los que llegaron temprano, porque tuvieron todo un día de la hermosa casa, de la preciosa viña y de la dulce amistad con su Señor", pero ellos no vieron eso sino solamente vieron el trabajo.

Por eso, hermanos, ¿qué tenemos que pedir nosotros? ¿Qué tenemos que concluir nosotros? Que el único lenguaje que vale ante Dios es: Gracias, Señor, por todo; y ten piedad, Señor, por todo y por todos. Si me llamaste temprano habrá cosas en las que he tenido que sufrir más, pero he tenido más tiempo para conocerte y para disfrutar de tu amistad".

Si me llamaste tarde, Señor, he tenido muchas oportunidades que he perdido, pero cuánto tengo para agradecerte tu misericordia. Si me llamaste temprano o si me llamaste tarde, gracias, Señor".

Si me llamaste temprano, ten piedad de mí, Señor, no sea que yo caiga en la tentación de los jornaleros de la primera hora y empiece a juzgar a mis hermanos e incluso a juzgarte a ti mismo".

Ten piedad de mí, Señor; si me llamaste temprano, si me llamaste tarde, ten piedad de mí, Señor; sigue compadeciéndote de mí, porque soy débil y yo que te he faltado tantas veces podría faltarte también ahora".

El único lenguaje que cabe ante Dios, y este debe ser el lenguaje de los adoradores eucarísticos, el único lenguaje que cabe es: "Gracias, Señor, por todo, por mi infancia, por mi juventud, por mi pasado, gracias, Señor por todo; y también perdóname todo y ten piedad de todo, Señor, y compadécete de todos".

Eso es lo que el Señor quiere de nosotros, que tengamos la humildad del que es capaz de pedir siempre misericordia y que tengamos la alegría del que es capaz de decir siempre gracias.

Así nos lo conceda Dios con el poder de su Espíritu.

Amén.