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Fecha: 19990912

Título: Orar por el enemigo y pedir que se haga en el la voluntad de Dios.

Original en audio: 16 min. 45 seg.


Mis Queridos Hermanos:

El tema principal de las lecturas de hoy es evidente, se trata del perdón y de perdonar. Perdonar es una cosa absurda, no encuentra uno a veces razones para perdonar.

Si uno está tranquilo, llevando su vida más o menos bien, y llega otra persona y se mete con uno y le causa un daño, eso es absurdo, eso es ilógico, y por eso a uno le parece también ilógico declarar mucho perdón a una persona así.

¿Cómo perdonar a un terrorista, a un secuestrador, a un sicario, a un torturador, a un ladrón? ¿Cómo perdonar al que ha burlado nuestra confianza, al que se ha burlado de nosotros? ¿Cómo perdonar al ingrato? ¿Cómo perdonar, cómo excusar la ignorancia atrevida?

Es difícil perdonar, es difícil, no sólo para el corazón, es difícil también para la mente, y por eso, ante las noticias que oímos por la radio, por la televisión, muchas veces nuestra alma se revuelve de ira contra los agentes de iniquidad, llámense como se llamen, y lo único que clamamos es venganza, desquite.

Parece que la ley del talión: “Ojo por ojo diente por diente”, tiene como más lógica: “Usted me sacó un ojo, por ningún motivo usted tiene que perder uno de sus ojos, tiene usted la libertad de escoger cuál quiere perder, el derecho o el izquierdo; pero usted tiene que sufrir lo mismo que ha hecho sufrir”; eso parece más lógico para la mente humana.

Antes de acercarnos a las lecturas de hoy, que desde luego tratan de este tema, yo quiero presentar el testimonio de un par de personajes no cristianos que han dicho algunas palabras sobre este tema, por ejemplo, Ghandi decía: “Ojo por ojo, y el mundo se quedará ciego” .

Ghandi no era cristiano, tenía cierto respeto y veneración por esta figura de Jesucristo, pero él no se consideraba cristiano ni mucho menos. Él desconfiaba de la ley del talión, veía en la ley de talión la multiplicación, la prolongación del mal; la ley del talión equilibra los males, pero no produce el bien, en fin, ese es Ghandi.

Hay otro pensador, Confucio, famoso por su sabiduría, desde luego tampoco cristiano y decía: “Si tu enemigo te hiere, te hizo daño una vez, si tú recuerdas con resentimiento la herida de tu enemigo mil veces, tú te has herido mil veces.

No seas enemigo de ti mismo, el recuerdo de la herida de tu enemigo, el resentimiento ante la herida de tu enemigo, es peor daño que lo que te hizo tu enemigo", así se expresaba este hombre que no era cristiano.

Yo personalmente he llegado a la conclusión de que sí, es cierto que el perdón es una cosa absurda, pero que el no perdonar es una cosa más absurda todavía, y debo reconocer que él que me ayudó para llegar a esta convicción; es el pensamiento de Confucio.

Cuando una persona, después de muchos años de haber sufrido un determinado daño, todavía sigue maltratando sus hígados y sus úlceras por lo que le hicieron, uno llega a creer que Confucio tenía razón, es peor el daño que se hace la persona con el resentimiento, que incluso el mismo daño que le hicieron cuando le causaron ese resentimiento.

Otro pensador tiene una frase brillante sobre el resentimiento, dice: “Vivir con el resentimiento es como tomarse un veneno y esperar que se muera el enemigo; el resentimiento es el daño tuyo".

Bueno, pero todos estos pensamientos pueden hacer más o menos comprensible que esto de perdonar tienen una lógica, pero fíjate que en el pensamiento de Ghandi, de Confucio o de este otro pensador que cité, perdonar prácticamente a lo que equivale es a no desquitarse. El cristiano va más allá de eso.

Y por eso vamos ahora a asomarnos a las lecturas de hoy, para ver más o menos que nos da la razón la Escritura con respecto a esta materia del perdón.

La primera lectura, del Eclesiástico, nos presenta varios motivos para perdonar, por ejemplo, si tú llevas cuentas estrictas de un ser humano, y tú eres un ser humano, ¿qué pasaría si llevaran cuentas estrictas de ti? Dice aquí: “Si uno guarda resentimiento contra su prójimo, ¿cómo puede pedir al Señor la curación?” Eclesiástico 28,3.

El que es tan duro contra otro ser humano, ¿qué razón tiene para pedir que sean blandos, piadosos o misericordioso con él? El Salmo 130 lo dice con otras palabras, es una oración en donde le decimos a Dios: “Si llevas cuentas, Señor, de los delitos, ¿quién podrá resistir?” Salmo 130,3.

En segundo lugar, esta lectura del Eclesiástico nos da un argumento que tiene que ver con la muerte: "Piensa en tu fin y deja el odio. Piensa en la muerte y en el sepulcro y cumple los mandamientos" Eclesiástico 28,6-7.

El pensamiento en la muerte le da una gran sensatez a nuestra vida, porque la muerte, precisamente como una condición externa, irrevocable, inevitable, le pone un límite a todas las pretensiones humanas, casi podemos decir, que la muerte es el termómetro de aquello que vale dentro del corazón humano.

Lo que se vea como grande a la hora de morir, eso es lo que es verdaderamente grande; lo que todavía puedas pensar que valió la pena cuando te estés muriendo, eso es lo que realmente vale la pena, y por eso el libro Eclesiástico nos invita a pensar en la muerte, de hecho este ha sido un camino de meditación y de conversión para muchas personas.

¿Ustedes conocen la vida de San Francisco de Borja? Él era militar, siervo de una cierta duquesa, o princesa, o reina, lo que fuera, de su época; la reina se murió, había que enterrarla, pero el protocolo pedía que había que enterrarla a no sé cuántos kilómetros, es decir, hacia donde estaba el mausoleo de la familia real, esto hizo un larguísimo viaje del cadáver, en un tiempo de verano, que además hizo que el cadáver quedara con el repugnante aspecto de lo que ya está empezando a podrirse.

Francisco de Borja mira el cadáver medio putrefacto de la que había sido su reina y se dice: “No volveré a servir a un rey que se me muera”. Hay que mirar el final de aquello a quienes nosotros servimos, hay que ver el final de nuestros intereses.

Cuando se piensa en lo que son los potentados, los famosos, los inteligentes, las hermosas de esta tierra y se mira su final, conocidísimo el caso, por ejemplo, de aquella mujer de la farándula, la bella Otero, vieja chuchumeca y horrenda a final de su vida, por algo se dice que en la vejez empieza esa igualdad que la muerte consuma.

La muerte nos obliga a pensar en qué es lo que realmente vale la pena, y un corazón que tenga la balanza bien puesta sobre qué que es lo que vale la pena, seguramente no se deja afectar más de lo debido una ofensa del prójimo.

¿Cuánto pueden significar unos millones? Pues muchos de nosotros seguramente necesitaríamos algunos millones para solucionar unos problemas, como el que se ganó la lotería de dos mil millones y le preguntan qué va a hacer, ustedes conocen el cuento, "voy a pagar unas deudas", "-¿y con el resto?" "-Pues el resto que espere, porque tengo que ir por orden".

Mil millones le sientan bien a todo el mundo, pero que por la pérdida de unos millones una persona le va a dar un ataque cardíaco y va a dejar la esposa viuda y a los hijos huérfanos o le va dar una ataque al cerebro y ha quedado torcido, uno piensa qué vale más, si los millones o esa salud.

Estoy seguro que uno hace esa reflexión. Por eso, recuperar la escala de valores hace que uno piense de otra manera sobre el tamaño de las ofensas, además, la muerte enseña que las personas humanas podemos cambiar y que de hecho cambiamos, y muchas veces las personas que iban por un camino, terminan por otro camino.

Dicen los italianos: “Un buen morir honra toda una vida”. El final, la muerte nos ayuda a reconsiderar en nuestro corazón las ofensas que recibimos, pero indudablemente el argumento más grande de las lecturas de hoy está dado por el tamaño del perdón divino, tamaño que nosotros los cristianos reconocemos especialmente en la efusión del la Sangre de Cristo.

Hay que vivir la experiencia que tuvo Santa Catalina de Siena. Un día estaba ella orando frente a una imagen de Jesucristo Crucificado, y le pasó algo, que si le pasa a usted yo creo que se vuelve santo como Catalina de Siena.

Catalina sintió como el paso del Espíritu, una obra del Espíritu Santo en ella, y exclamó esta frase que fue como un eje de toda su vida espiritual: "Señor, -le dice ella a Jesucristo-, Señor, yo soy el ladrón y tú eres el ajusticiado”.

Hay que descubrir todo el tamaño de la inocencia de Cristo y todo el tamaño del amor de Cristo y todo el tamaño de la oración de Cristo, para descubrir todo el precio de la Sangre de Cristo; y saber que esa Sangre no reclama venganza sino que pide perdón para nosotros y para nuestros enemigos.

Esa Sangre, el precio de esa Sangre, mucho mayor que sesenta millones de denarios, el precio de esa Sangre, es el gran argumento para sabernos perdonados y para pensar que aquel que nos ha ofendido también tiene una esperanza de perdón.

Terminemos esta reflexión con una sugerencia práctica para los casos más duros. Cuando usted tenga una persona a la que materialmente no puede perdonar, lo mejor es que usted reconozca que es incapaz de perdonar, eso es lo más sensato; pero no se quede ahí.

Si usted le pone cuidado al ejemplo de Catalina de Siena y se va hacia la Cruz de Cristo, usted puede intentar una oración más o menos de esta clase: “Señor, yo no puedo perdonar con mis fuerzas, pero con tus fuerzas, con tu gracia, con tu amor, yo sí puedo perdonar”.

“Yo no puedo perdonar de corazón porque de mi corazón no nace eso, pero de tu Corazón, a fuerza de tu Corazón y de tu amor yo sí puedo”. “Señor, yo no encuentro una razón para perdonar mi enemigo, pero estoy seguro, porque así dice el Evangelio, estoy seguro de que tú sí eres capaz de perdonarlo a él, por eso te pido que cumplas en él o en ella tu voluntad”.

Yo he descubierto que este tipo de oración es honesto, porque es la limitación que uno tiene, pero le va abriendo paso al amor de Dios en el corazón de uno y va haciendo que este evangelio que hemos oído hoy, se aplique de la mejor manera en nuestra propia historia: “Yo estoy seguro, Señor, de que tú quieres perdonar a esa persona; te pido que cumplas en ella tu voluntad”.

Un ejemplo dramático de lo que significa esto, es lo que sucede en la infidelidad matrimonial, creo que no hay cosa, dentro del ámbito normal, llamémoslo así, dentro de nuestras familias, que despierte más odio que sentir que hay una persona que ronda y que hace peligrar el hogar pretendiendo enamorar al papá y esposo, a veces se escuchan consejos horrendos de brujerías, maleficios, desquites, “vénguese”, o cosas así.

La postura cristiana ¿cuál será? ¿Aguante, aguante? ¡No, señor! En lo que tiene que ver con la oración, porque siempre hay que orar, habrá que decir estas palabras: “Señor, no puedo querer a esa mujer que está destruyendo nuestro hogar, no la puedo querer con mis fuerzas, sólo te pido que realices en ella tu voluntad; sé que eso es lo mejor para ella y sé que es lo mejor para nosotros; sé que es lo mejor para él y sé que es lo mejor para nosotros".

Cristo nos dijo que debíamos orar por los enemigos, Cristo no dijo que uno tenía que sentir dulzuras y ternuras por los enemigos, pero dijo que había que orar más de una oración.

Hay que decirla con los labios y dientes apretados, pero esas oraciones, si se unen, si se ofrecen, si se abandonan en el poder del amor de Dios, esas oraciones son eficaces para que salgamos del absurdo del pecado, y a través del absurdo del perdón, lleguemos a la sensatez de la paz.

Que Dios nuestro Padre, que nos ha regalado a Jesucristo y el don de su Sangre, convierta nuestros corazones hacia el verdadero amor y el verdadero perdón.

Amén.