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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990912

Título: Cuando nos enamore el precio de la Sangre de Cristo, podremos perdonar a nuestros hermanos

Original en audio: 13 min. 1 seg.


Amados Hermanos:

Estamos siguiendo, en este convento de Santo Domingo, un libro de lecturas, esto se le suele llamar "Leccionario", un libro de lecturas que trae traducciones de los textos originales de la Biblia.

La Biblia fue escrita principalmente en hebreo, el Antiguo Testamento; y en griego, el Nuevo Testamento. Usted probablemente notará que esta traducción, que por cierto es la misma que siguen las hojas de el domingo, es distinta de otras traducciones que estábamos acostumbrados a oír, sobre todo de origen español.

Por ejemplo, uno estaba acostumbrado a escuchar no siete veces siete, sino setenta veces siete, y esta traducción dice setenta y siete veces; es un detalle pequeño.

En cualquier caso, sabemos, que Cristo lo que quiso decir fue: "Lo que a ti te parece mucho perdonar, todavía no es empezar a perdonar", "lo que a ti te parece que es excesivo y que es muchísimo perdonar, todavía no es el comienzo de lo que significa perdonar.

Y hay otro detalle, en el texto griego se comparan denarios y talentos. Estas son cifras que sirven para indicar una cantidad monetaria. En esta traducción nos han hecho el favor de dejar una sola cifra, para que se vea el contraste entre lo que perdonó el señor y lo que no quiso perdonar el funcionario.

Lo que debía el funcionario era sesenta millones de denarios, lo que no quiso perdonar el funcionario fue cien denarios.

Hay unas cuentas que indican que un denario de aquella época corresponde a algo así como diez mil pesos de ahora. O sea que todavía podríamos hacer una traducción, para el cambio e hoy, diciendo que al funcionario le debían cien multiplicado por diez mil, un millón de pesos; es una cifra considerable, es una cifra como para disgustarse, si a uno no se la pagan.

Pero la deuda que él tenía es sesenta millones multiplicado por diez mil, ¿y esa qué cifra nos da? Seiscientos mil millones de pesos, ¿cómo llegó ese funcionario a endeudarse hasta esos límites? Hay que preguntarle a fogafin o al Banco de la República. El hecho es que este señor debía seiscientos mil millones de pesos.

Cristo escogió una cifra que evidentemente desborda la capacidad de un ser humano que no esté lavando dólares; escogió una cifra que desborda todo presupuesto. El funcionario esta desbordado por su deuda, está cargado por ella, y así sobre cargado, se cae a los pies de su acreedor y le dice una mentira: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo" San Mateo 18,26.

Seiscientos mil millones de pesos estaba debiendo este hombre, y pedía un poco de paciencia, pedía un placito para ponerse al día con sus seiscientos millones de pesos. El señor, al que le debían tanta plata, tiene realismo ante el tamaño de la deuda, pero tiene también compasión ante el deudor.

Estos dos datos son importantes, porque son los que nos van a servir para comprender la actitud de Dios ante nuestros pecados. Evidentemente, la comparación está entre los pecados nuestros ante Dios y las faltas que nuestros prójimos cometen contra nosotros.

Dios es realista, pero Dios también es misericordioso. Dios sabe el tamaño de la deuda en que nos hemos metido. Resulta exorbitante endeudarse hasta los seiscientos mil millones de pesos; pues también resulta exorbitante el género de vida que nosotros hemos llevado muchas veces.

En un pequeño lugar que se llama confesionario, y a veces cuando las personas quieren confesarse así como más conversadito, como dicen, uno escucha deudas que son mayores de los seiscientos mil millones de pesos, como aquella mujer que llevaba tres abortos, y estaba considerando el cuarto, cuando llegó a las puertas de este convento.

¿Cuánto vale cada niño perdido? ¿Le pondremos doscientos mil millones a cada niño y diremos que esa mujer debía sólo seiscientos mil millones de pesos? ¡No hay cifra que cubra lo que vale una persona humana!

Y con eso de la paciencia que le pedimos a Dios, me acuerdo un caballero, que después de cometer un asesinato, sintió que Dios nunca lo podría perdonar. Él cometió ese asesinato teniendo veintidós o veintitrés años. Cincuenta y un años después, cuando estaba cumpliendo setenta y cuatro o setenta y cinco, decidió acercarse a la Confesión.

Y quiso la Providencia de Dios, que en aquella oportunidad fuera yo el ministro, el sacerdote encargado de oír una confesión de cincuenta y un años de paciencia de Dios.

¡Cómo no acordarse en ese momento de este mensaje que nos da el evangelio de hoy! Ese hombre que había cometido ese asesinato, por motivos de violencia política hace no sé cuánto tiempo, o mejor dicho, en ese momento hacía cincuenta y un años, ese hombre le había dicho a Dios: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo".

A uno como sacerdote sí que le impresiona el sacramento de la Confesión. Desde luego, hay una penitencia que se le pide a la persona, sobre todo para rectificar su voluntad y para cubrir en cuanto es posible las consecuencias de su pecado. Pero es tan impresionante ver a una persona de setenta y cuatro años de edad, que se acerca después de cincuenta y un años de paciencia, para decirle a Dios: "¡Me resolví a confesarme!

Y es tan impresionante ver que ante el dolor sincero, ante el hombre caído, como dice la parábola, Dios tiene una palabra de perdón. Es impresionante ver a un hombre de setenta y cuatro años, con los ojos arrasados en lágrimas, diciendo: "Gracias, padre, gracias, padre; hasta luego".

Nunca lo volví a ver, no se trata, además, de ver a todos los penitentes; nunca lo volví a ver, pero sé que Dios tuvo paciencia con él. Y este hombre, lo mismo que el funcionario de la parábola,, no podía pagar su inmensa deuda.

Hermanos míos, el arte de perdonar es saberse perdonado; nos equivocamos cuando pretendemos perdonar, escudriñando con nuestra razón los motivos, las circunstancias, los alcances, las intenciones de aquel que nos hizo daño. Esto sólo sirve para grabar más profundamente en el alma el daño que nos han causado y odiar más. Así jamás alcanzaremos el milagro del perdón.

Cristo hoy nos enseña un camino distinto: "Que otros tengan deudas contigo, yo lo sé; pero hablemos de tus deudas, hablemos del amor que yo te he tenido y te tengo; de ahí surge la capacidad, de ahí surge la gracia del perdón". Y es lo que tenemos que pedirle nosotros a Dios.

Ese hombre no podía pagar, Dios lo perdonó. Nosotros no podemos pagar, y hay Alguien que paga por nosotros el precio infinito de su propia Sangre, ese es Jesucristo. Cuando sepamos el valor de la Sangre de Cristo, cuando nos cautive, nos arrobe, cuando nos enamore el precio de la Sangre de Cristo, nuestros rencores, nuestros resentimientos adquirirán su verdadero tamaño.

Este hombre sintió simplemente que ya no debía el dinero; él no se dio cuenta quién había pagado la deuda, por eso tal vez fue tan duro con el otro, que le debía apenas un millón de pesos.

Nosotros, cristianos, sí sabemos quién ha pagado la deuda. "A precio de sangre os rescataron" 1 Pedro 18,19, dice el Apóstol San Pedro. El que conozca ese precio, podrá mirar en su justa medida las deudas que los otros tienen con él, y los resentimientos que le han causado, y las incomodidades, y los problemas.

Así como Dios es realista y misericordioso con nosotros, así Dios nos enseña a ser realistas, no tontos, realistas; pero así de realistas como de compasivos con nuestros hermanos.

Por eso podemos hacer de esta Eucaristía una fuente de perdón: que el que tenga algo contra su hermano, quien esté resentido con el esposo, con la esposa, con el papá, con u antiguo socio, pídale a Dios la gracia de comprender un poquito el precio de la Sangre que se ofrece en el altar; pídale a Dios la gracia de amar el amor que recibe, de agradecerlo y hacerlo vida suya.

Desde esa fuente y desde esa luz, cuando volvamos a mirar las deudas de nuestros hermanos, vamos a notar entre lo nuestro y lo de ellos, entre lo que Dios hizo por nosotros y lo que Dios quiere que hagamos por los demás, notaremos la misma desproporción que hay entre seiscientos mil millones de pesos y un millón de pesos.

Que Dios, en su misericordia, nos cautive, nos fascine, nos enamore de su Sangre preciosa, y llenos de esa gratitud, seamos ministros de reconciliación para nuestros hermanos.

Amén.