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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19960915

Título: Jesus despierta en nosotros la admiracion por el perdon de Dios

Original en audio: 13 min. 58 seg.


Estábamos acostumbrados a escuchar: "No te digo hasta siete veces sino que hasta setenta veces siete" San Mateo 18,22, ahora esta traducción, que entiendo yo que es la misma que aparece en vuestras hojas dice: "Hasta setenta y siete veces".

Setenta veces siete: cuatrocientos noventa; setenta y siete, parece que nos rebajaron un poquito, ya no son cuatrocientos noventa, sino setenta y siete. La explicación de este cambio radica en un estudio de los adjetivos numerales en el griego, cuando aparecen dos adjetivos numerales multiplicativos como en este caso, la traducción más acertada parece ser la que ahora estamos leyendo, setenta y siete veces, pero evidentemente este evangelio no está propuesto para una clase de aritmética, sino para contarnos como es el perdón de Dios y hablarnos de nuestro propio perdón.

Pero quiero seguir comentando algo sobre la presente traducción, que por cierto es especial para nuestro país, para Colombia, tengo además la alegría de conocer a varios de los exégetas que participaron en esta traducción. Le comento este detalle: si usted lee en su Biblia, esto está en el capítulo 18 de San Mateo, si usted lee en su Biblia, allá no dice: "Sesenta millones de denarios", esa es una equivalencia aritmética que hicieron los traductores, si usted lee en su Biblia lo que se va a encontrar es la cifra "diez mil talentos" San Mateo 18,24.

Pero hay una cierta equivalencia entre los talentos y los denarios que hace que diez mil talentos equivalgan a sesenta millones de denarios, por la cara que usted me hace eso no dice demasiado: "Bueno, que sean diez mil talentos, sesenta millones de denarios, o cuatrocientos treinta y siete dracmas, a mí eso me deja en las mismas.

Pero es que hay otro pasaje del evangelio en el que se nos cuenta cuánto era en un denario: un denario era lo que se pagaba como salario mínimo a una persona por un día de trabajo, esto significa que un denario equivale a algo así como, que sé yo, dos mil o tres mil pesos nuestros, y eso facilita muchísimo hacer las correspondientes conversiones.

¿Cuánto eran entonces sesenta millones de denarios? Una suma absolutamente fabulosa, quizá no haya habido persona en este mundo que alguna vez haya tenido como deuda personal, no como deuda institucional, ni nacional, como deuda personal una cantidad tan elevada; sesenta millones de denarios es en dinero colombiano algo así como ciento veinte mil o ciento cincuenta mil millones de pesos.

Es verdad que hay gente muy endeudada, muy, muy endeudada, pero llegar a deber ciento cincuenta mil millones de pesos es algo descomunal. La otra cifra es mucho más pequeña, simplemente cien denarios, cien denarios denarios es más o menos lo que una persona como usted o como yo puede tener de deuda, eso puede equivaler a unos docientos o trecientos mil pesos.

De manera que cuando el primer funcionario se va a rogarle al rey que le perdone la deuda y le dice: “Ten paciencia que te lo pagaré todo” San Mateo 18,26, necesitaba sesenta millones de días para pagárselo todo.

¿Cuánto son sesenta millones de días? Simplifiquemos la aritmética, -esto es una predicación con muchos números-, mil días son algo así como tres años; por consiguiente, un millón de días son algo así como tres mil años, sesenta millones de días entonces vienen siendo como ciento ochenta mil años, y este optimista le dice al rey: “Ten un poquito de paciencia te lo voy a pagar todo” San Mateo 18,26.

Ciento ochenta mil años, si me ha fallado algún numero, me disculpan, no traje las cifras escritas, pero en todo caso son cifras descomunales. Ciento ochenta mil mil años. Le estaba diciendo: “Mira, aguárdame un poquitico y yo de a poquito te lo voy pagando”; necesitaba ciento ochenta mil años, poco más o poco menos, para pagarle todo lo que le debía.

El rey miró a este pobre criaturo arrodillado rogando y pensó haciendo cuentas: "Ciento ochenta mil años de trabajo, creo que me alcanzo a morir y este señor no me va a acabar de pagar, mejor dejemos la cosa así: usted váyase para su casa", eso fue lo que le perdonó, ciento ochenta mil años de trabajo, y de trabajo forzado porque es trabajar regalando todo el sueldo, cosa que está prohibida por la legislación laboral colombiana.

El hombre sale y le acaban de perdonar ciento cuarenta mil millones de pesos, le acaban de perdonar ciento ochenta mil años de trabajo, y se encontra al otro que le debía trecientos mil pesos: "Óyeme, perdóname la deuda aquella", y le dice: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo” San Mateo 18,29, le repite las mismas palabras que éste le había dicho al rey, y esa sí era una petición razonable, porque cien denarios es el trabajo de cien días.

Podemos suponer que dada la legislación laboral eso supusiera algo así como un año de trabajo, se da por entendido que esta era gente con necesidades. Pues bien, a este señor le perdonaron ciento ochenta mil años de trabajo, él no puede perdonar un año de trabajo.

¿Jesús por qué nos pone en este evangelio a jugar con todas estas cifras? ¿Por qué eso? Porque Él es un excelente maestro y sabemos que los maestros a veces necesitan ser un poco exagerados para dar a entender sus respectivas ideas.

Mi profesor de física por ejemplo, que en paz descanse, murió después de haberme dado física a mí, pero no por eso, si no por otras razones, el profesor de física tenía comparaciones como estas. Él decía: "Si usted va a cien kilómetros por hora por la autopista y de pronto ve que se le atraviesa un poste, hombre, los postes no se atraviesan, podría decir uno en rigor, pero el profesor tiene que ser exagerado y caricaturesco, el maestro tiene que hacerse entender a toda costa y eso hacía Jesucristo.

¿Por qué Cristo utiliza estas exageraciones? Pues yo voy a hacer una comparación haber si nos ayuda. Cuando yo era más joven era un poco más atlético de lo que soy ahora y tuve un buen profesor de atletismo que nos enseñaba las competencias propias de los juegos olímpicos: el lanzamiento de bala, de martillo o salto largo, etcétera.

Ciertamente mi figura corporal no ayuda demasiado, ni para el salto largo, ni para el salto alto, ni para otras cosas, pero gracias al entrenamiento de este hombre, que era obstinado, no importa lo mogolludo que viera a su alumno, gracias a la obstinación de este hombre yo alcancé a saltar en aquellos, tiempo algo así como un metro con veinte o un metro con treinta, nada de récords olímpicos ni mundiales.

Supongamos que alguien me dice a mí que el récord mundial de salto alto está en dos metros con diez centímetros, a mí me parece una cifra prácticamente imposible para mí, pero una cifra todavía posible.

Si alguien me dijera a mí: "Voy a llevarte a un entrenamiento fantástico de salto alto y tú vas a alcanzar a saltar dos metros", pues, de pronto con mucha imaginación yo le creo; pero si alguien me dice: "Necesito que te pares de donde estás y des un brinco y caigas encima de esa lámpara que está a diez o doce metros", entonces yo le digo: "Mire, hasta allá sí...., de esos entrenamientos no existen en esa tierra".

Cuando Jesús quería mostrar algo que requiere la acción de Dios y que sólo podemos pedirle a Dios, utilizaba un lenguaje exagerado; el objetivo de la exageración no es que nosotros nos reventemos la mente o el alma con un esfuerzo frustrado.

Le voy a dar tres ejemplos. Cuando Jesús por ejemplo dice: “Mire, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja” San Mateo 19,24, es una cosa tan gráfica que uno de poner al pobre camello frente a la aguja no se le olvida la enseñanza de Jesús.

Cuando Jesús dice: “Cuando te peguen en una mejilla, pon la otra mejilla” San Mateo 5,39, Él no estaba dando instrucciones ni de boxeo ni de contiendas personales ni cosa parecida; de hecho, sabemos por el relato de la Pasión que cuando uno de los soldados le pegó a El, Jesús no puso la otra mejilla sino le pregunto al soldado con estas palabras: “Si he dicho, mal dime en qué, y si no, ¿por qué me pegas?” San Juan 18,23.

O sea que Jesús no estaba con este tipo de lenguaje, no estaba dando instrucciones precisas, lo mismo que en el evangelio de hoy no nos está diciendo que uno empiece a llevar la cuenta de las veces: "Cero y va una, cero y van dos, cero y van tres", porque yo pienso, por ejemplo, en los matrimonios, yo creo que al cabo de unos diez, doce años de estar viviendo con un personaje, ya la cuenta ha pasado de setenta y siete veces, y de pronto la cuenta ha pasado hasta de las cuatrocientos noventa veces que estábamos acostumbrados a oír.

Entonces de pronto va a usted a salir en el periódico, en la página judicial: “Terrible asesinato, terrible uxoricidio en primer grado”. Cuando le preguntan al fulano por qué sucedió tal cosa, él dirá: “Bueno, yo empecé a llevarle la cuenta a mi esposa, le perdoné una, le perdoné dos, le perdpé tres, le perdone cuatrocientas quince, le perdoné cuatrocientas ochenta y cinco, le perdoné cuatrocientas noventa, cuando llegué al cuatrocientos noventa y uno dije: Hasta aquí, me pedía Jesús, ahora si mija...”

De manera que el sentido del evangelio no es que uno empiece a contar el número de veces que perdona, sino que uno se dé cuenta de que el volumen de perdón que Dios tiene para ofrecernos es tan descomunal como perdonarle la deuda a alguien que debía lo que debe todo un país, porque ciento cincuenta mil millones de pesos no son deuda de una persona sino de un país, y que perdonar ciento ochenta mil años de trabajo es algo tan descomunal que ninguna persona en esta tierra puede hacerlo.

En síntesis, Jesús con este evangelio intenta despertar en nosotros la admiración por el perdón de Dios, por el increíble, bellísimo, poderosísimo perdón de Dios, para que fascinados por ese perdón apreciemos en su justa medida, sin exagerar ya más, apreciemos en su justa medida lo que nos sucede también a nosotros.

Recíbamosle entonces la enseñanza a Jesucristo, démosle gracias por su incalculable perdón, nademos un rato en el océano de su misericordia, paseemos por la playa de su amor, extasiémonos ante el cielo de su clemencia, y después de respirar el aire de su perdón, entenderemos que el perdón también es posible en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestra Patria.